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editorial¿Dicotomía o Tricotomía?

Hace unas semanas, mientras impartía la clase de Escuela Dominical en la iglesia a la que asisto, surgió espontáneamente el tema de la tricotomía humana. Un alumno se expresó dando por sentado que el ser humano se compone de tres partes: cuerpo, alma y espíritu. Sin adivinar que se iniciaría una larga y apasionada discusión, aclaré con simplicidad que en la constitución humana no había más que una doble dimensión, la física y la espiritual. Aquél alumno se quedó al final de la clase para continuar con la discusión… hasta que finalmente captó la idea. Yo sabía que hay denominaciones no metodistas y tendencias de interpretación iniciadas en el siglo XX acerca de una división tripartita del ser humano, pero no había captado cuán arraigadas podrían estar esas ideas dentro de algunos de nuestros pastores y algunas congregaciones metodistas en México, hasta que se registró el incidente referido.

Incluso, usar la palabra dicotomía (dos partes) no es justa ni exacta al referirnos a la descripción bíblica de lo que es el hombre. Es un vocablo que pertenece a la lógica y a la filosofía, y se ha ampliado a los campos de la botánica y la lingüística, pero no es bíblica, razón por la que no nos sirve para explicar la antropología bíblica. No podemos decir que el ser humano se componga de dos partes porque en él no hay partes. Una parte terminaría donde iniciara la siguiente parte, y esto no puede decirse de una persona. ¿Dónde termina el espíritu y comienza el cuerpo? En realidad, no se puede hablar ni siquiera de que el cuerpo contenga al espíritu (idea popular), porque se podría hablar también de que el espíritu contenga al cuerpo. Si el ser humano no puede tener partes, entonces, ¿qué tiene? Es difícil hallar términos, sobre todo porque la Biblia no los ofrece. No es, por tanto, una correcta interpretación de la Biblia si se habla de las “partes” del ser humano. 

Si no es exacto aplicar una dicotomía a la constitución humana, menos lo sería aplicar una descabellada tricotomía. En su Teología Sistemática (1), Louis Berkhof relata cómo la teoría sobre la tricotomía humana apareció hasta los tiempos de Orígenes de Alejandría, pero duró poco tiempo pues no halló cabida en el pensamiento cristiano de la época, y menos cuando grandes hombres como San Agustín la resistieron. Sólo resurgió hasta el siglo XIX, para declinar de nuevo. Pero se abrió camino en el siglo XX a través de cursos bíblicos, o bajo una influencia oriental de movimientos de renovación espiritual. No sobra destacar que ninguno de los reformadores del siglo XVI, ni Wesley en el siglo XVIII la favorecieron.

En el presente se han escrito libros sobre esa teoría especificando, sin ningún apoyo escriturario, qué aspectos quedan bajo la tutela del alma, y qué otros quedan bajo el espíritu. De este modo clasifican la espiritualidad, las emociones, la voluntad, los sentimientos, etc., bajo el alma o bajo el espíritu. Hacen clasificaciones fantasiosas a la manera de las interminables genealogías de los espíritus y emanaciones divinas que los gnósticos imaginaban en su tiempo (1ª Tm. 1:4).  

El pensamiento bíblico es que el hombre es una unidad. Su tendencia no es fraccionar al hombre en partes, sino verlo como una persona integrada y no divisible mientras viva. Cada acción que llevamos a cabo en esta vida es una acción de toda nuestra persona, involucrando tanto al cuerpo como al alma. Esta tendencia bíblica integradora es bien advertida por el Dr. Gonzalo Báez-Camargo (2),

Mencionemos con una máxima brevedad algunas realidades en el mensaje bíblico: Primero, la mentalidad hebrea no veía partes en el ser humano como lo hacían los filósofos griegos. Por eso en todo el Antiguo Testamento se evita explicar acerca de elementos que constituyesen al hombre. Afortunadamente este concepto saludable estaba bien arraigado en el pensamiento de los escritores del Nuevo Testamento, por ser judíos, de modo que la filosofía griega de ese tiempo no los afectó.

En segundo lugar, que las palabras espíritu y alma en toda la Biblia son intercambiables, es decir, se refieren a lo mismo, no a ámbitos diferentes. Ambos términos se refieren al ámbito trascendental del ser humano. Así pues, no se deben sumar para que resulten dos, sino igualar. Por ejemplo, en Jn. 12:27 Jesús dice: “Ahora está turbada mi alma”, mientras que en un contexto muy similar en Jn. 13:21 se dice que Jesús “se conmovió en espíritu”. O, como en el Magnificat se dice, “Mi alma glorifica al Señor, y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador” (Lc. 1:46,47). Por tratarse de una poesía, aquí se echa mano del principal distintivo poético hebreo, que es el paralelismo (una misma cosa se dice dos veces con diferentes palabras), por lo que se igualan las palabras “alma” y “espíritu”.

Tercero, que San Pablo siempre se refirió a las esferas del ser humano como “el hombre interior” y “el hombre exterior”. O daba por completo un individuo al mencionar esas dos esferas, sin necesitar de una tercera, como en 2ª Co. 7:1, “…limpiémonos de todo lo que contamina el cuerpo y el espíritu” (sin mencionar el alma). Idea apoyada por Stg. 2:26, “El cuerpo sin el espíritu está muerto” (sin mencionar el alma).

Y cuarto, que la línea de pensamiento de Pablo no puede ser rota con la única vez que se refirió a “cuerpo, alma y espíritu” (1ª Ts. 5:23). Nunca debe entenderse un todo por la parte. En este verso está usando dos palabras que para él eran sinónimas (alma y espíritu), sólo para lograr un énfasis. Ese era un recurso frecuente, como en Mr. 12:30, “Y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas”. ¿Está aquí Jesús hablando de cuatro partes? Claro que no, está repitiendo el mismo significado con palabras diferentes. Es más, ¿debería haber agregado “cuerpo” y “espíritu”, para demostrar que nos integramos con seis partes? Y tenemos el mismo caso de He. 4:12, acerca de que la Palabra de Dios “penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón”. La idea no es mostrar el absurdo de que tengamos que sumar siete partes (alma, espíritu, coyunturas, tuétanos, pensamientos, intenciones y corazón), sino repetir con varias palabras un solo concepto, que es ponderar la acción penetradora de la Palabra de Dios hasta lo más profundo de nuestro ser.

Dios nos haga aptos para discernir entre la ortodoxia y lo novedoso, entre la tradición (una de nuestras cuatro fuentes teológicas) y las doctrinas mal formuladas, seguramente adoptadas con sinceridad y buena fe, pero de todos modos equivocadas.

Pbro. Bernabé Rendón M.

  • Berkhof, Louis, Teología Sistemática, T.E.L.L., Grand Rapids, Mich.. 1987, pág. 225,226.
  • Báez-Camargo, Gonzalo, Genio y Espíritu del Metodismo Wesleyano, CUPSA, CDMX, 1981, pág. 60,61.

 

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2 comentarios sobre “Editorial

  1. Es verdad, pastor Bernabé. Somos un todo. Y entiendo que somos indivisibles. Están también los textos de Ecl. 12:6-7 y 1 Ts, 5:23-24: el primero me habla de un cuerpo que vuelve al polvo, y cuyo espíritu vuelve a Dios que lo dio, mientras que el otro me menciona a todo nuestro ser (todo, sin separarlo) espíritu, alma y cuerpo. No debiéramos preocuparnos por el número de partes, porque finalmente Dios las ha creado como un todo, y así nos ve Él. Si no, ¿por qué en Apocalipsis 20:13 dice que “el mar entregó los muertos que había en él; y la muerte y el Hades entregaron los muertos que había en ellos”?

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    1. Pues sí, Hna. María Elena, la Biblia propone una antropología saludable y pertinente para todos los tiempos, sin arrastrar los entendimientos deficientes (que la psicología de hoy no podría aceptar como serios) de tiempos pasados. Esto hace, entre otras cosas, del cristianismo una religión superior a otras. El tema de la resurrección del cuerpo, que tú mencionas, es un punto que respalda la unidad de las dimensiones espirituales y físicas del ser humano. Gracias. Bendiciones.

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