Editorial

editorialLA LIBERTAD HUMANA

La tensión entre la explicación calvinista y la arminiana sobre la salvación del hombre no es cosa sin importancia. Algunos, por no comprender la base de una ni de la otra, simplemente afirman que cualquiera de ellas es igualmente aceptable, por lo que no vale la pena decidirlo. Pero detrás de este desentendimiento en realidad sólo parece tratarse de la exhibición de una mentalidad ecléctica. Tan importante es decidirlo que grandes figuras en la historia del cristianismo han confrontado los argumentos de ambos campos teológicos, pero sin lograr un acuerdo. Para esta fecha ya sabemos que ese acuerdo jamás sucederá sobre este mundo. Y es la razón por la que nos alineamos en un campo o en el otro, pero cuidando de no descalificar a nuestros hermanos que han preferido el lado contrario. Los metodistas estamos posicionados en la modalidad arminiana.

Con el riesgo de caer en el simplismo por falta de espacio, formulemos de manera muy sucinta las dos propuestas: El calvinismo consiste en negar la libertad de la voluntad humana para elegir a Cristo como Salvador, por lo que será únicamente Dios quien lo decida, escogiendo él a quienes desea se salven y escogiendo al resto para que se condene irremediablemente. El arminianismo asegura que sí existe la libertad de la voluntad humana, y esto debido a la gracia de Dios, de modo que serán los individuos quienes decidirán personalmente si proclaman a Cristo como su Señor, o si prefieren prescindir de él y acarrearse una correspondiente condenación.

Los asuntos que subyacen nos parecen de importancia. Por ejemplo, si ningún ser humano puede decidir su salvación, ¿con qué derecho podría Dios llamar a la humanidad a un juicio ante él? ¿No parecería un absurdo juzgar a gente que por naturaleza estaba totalmente incapacitada para ansiar una salvación, gente a la que Dios no quiso capacitar con la facultad de decidir? Si los que desean ser salvos tienen esos deseos porque Dios se los dio, ¿por qué Dios no repartió ese deseo a todos? Si la salvación de cada persona es decidida sólo por Dios, ¿por qué, entonces, Dios no decidió salvar a todos? ¿Por qué él decidió salvar sólo a algunos que, por cierto, son la minoría entre la población humana? No es poca cosa dejar a Dios llevar el estigma de ser alguien que, por razones nada justificables, determina la destrucción de una humanidad que estaba incapacitada para decidir amarle a él. No hay muchos dioses entre las religiones de la tierra que exhiban tanta maldad sólo “para su gloria” como nos explica el calvinismo.

En el marco del 500 Aniversario de la Reforma Protestante, celebrándose durante el año 2017, podemos pensar un poco sobre una de las influencias de la Reforma en el metodismo. Es de todos sabido que Martín Lutero negó la libertad humana para decidir su salvación, y prefirió seguir la idea de San Agustín sobre la predestinación divina que salva a unos y condena a otros por la sola voluntad de Dios. Esta postura le costó perder la colaboración de un gran humanista como lo fue Erasmo de Rotterdam, separándose porque éste último favorecía la visión antropológica de gente capaz de tomar decisiones respecto a Dios. Por otro lado, el teólogo con el que contaba Lutero, Felipe Melanchton, seguía a Lutero cuando escribió la primera obra sistematizada de la teología luterana, Loci Communes Rerum Theologicarum, con la finalidad de que sirviera como texto para los estudiantes de la doctrina luterana. Al principio Melanchton incluyó en ella la negación de la existencia de la libertad humana, pero en revisiones posteriores, y gracias a la influencia de Erasmo, modificó su postura para aceptar la responsabilidad que tenemos los humanos de responder voluntariamente al amor redentor que Dios ofrece.

Aunque no existe un dato que enlace esta obra de la primera mitad del siglo XVI con la teología de Jacobo Arminio, que se elaboró hasta finales del mismo siglo, no son pocos los que opinan que Arminio debió recibir la influencia de Loci Communes.

Así, encontramos a un joven estudiante de la Universidad de Oxford en Londres, en el siglo XVIII, con apenas 22 años de edad, leyendo con una notable apertura La Imitación de Cristo, de Kempis, pero expresando que una sola cosa no le gustaba, y se refería a una parte donde el místico de origen alemán parecía decir que Dios había predestinado de manera incondicional sólo a un sector de la humanidad para que obtuviera la salvación. Nos referimos a Juan Wesley, quien maduró su identidad teológica más adelante al elegir ser arminiano. No sabemos hasta qué grado el arminianismo wesleyano se debió a Loci Communes, pero de un modo u otro, el metodismo fue influenciado por una de las explicaciones protestantes sobre la salvación humana proveniente del siglo XVI.

El arminianismo intenta rescatar una saludable teología, una concepción noble de la naturaleza de un Dios quien “quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad” (1ª Tm 2:4); de un Dios “que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento” (2ª P. 3:9). Si Dios desea la salvación de todos, significa que quienes se pierdan no lo será por voluntad divina, sino por voluntad propia del hombre. Es una teología que no describe el universo de manera sombría, no se trata de tal tragedia como haber sido muchos humanos creados para el único fin de ser condenados. Todos tenemos las mismas oportunidades, hay un amor y un sacrificio expiatorio a favor de todos, todos tenemos derecho y acceso a una esperanza de salvación.

Pbro. Bernabé Rendón M.

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4 comentarios sobre “Editorial

  1. Hno Bernabe
    Habemos personas en la Iglesia Metodista, que no estamos en la necesidad de alinearnos a pensamientos teológicos o filosóficos de personajes que han surgido a través de la historia y que han influido con su teología a estudiosos, llevándoles a la necesidad de tomar posición de fe relativa, entre lo que enseñan unos y otros, en este caso entre Calvino y Arminio.
    Sabemos que el cristiano obtiene la sana doctrina de la palabra de Dios, y que cualquiera de aquellos pudo o no alinearse a ella.
    Resulta de muy mal proceder (que no es su caso) el que se usen motes o adjetivos peyorativos como: arminiano o calvinista, a aquellos que no tenemos clara idea de lo que estos dijeron o pensaron, como si se tratara del tener que ser o de uno o de otro.
    Por mi parte, estimado Hno Bernabe, me quedo en la sencillez de las palabras de Jesus de los evangelios, dirigida a gente simple e iletrada, que nos dice que a su tiempo, (pues Dios fijo un tiempo), por amor, Dios dio a su hijo unigénito, para que todo aquel que en El cree, no se pierda, más tenga vida eterna Jn 3:16. Ha sido el hombre mismo quien se ha impedido este conocimiento y ha condenado desde el principio a sus futuras generaciones a la ignorancia de lo que el único y verdadero Dios ha dispuesto para su salvación.
    Le saludo con afecto.
    Jorge Ordóñez Rascon

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    1. Gracias, Hno. Jorge, lo saludo con afecto de Cristo. Al principio del escrito aclaré que respetamos las ideas opuestas a las nuestras, ya que es ese el verdadero espíritu wesleyano. Wesley y Whitefield, uno arminiano y el otro calvinista, fueron entrañablemente amigos hasta la muerte. El fin de mi escrito es interpelar a aquellos metodistas quienes, diciendo que conocen ambas formulaciones teológicas, aseguran que les da igual una cosa que la otra. La diferencia entre ambas no es así de simple, y es necesario que quienes pertenecemos al metodismo valoremos nuestra propia doctrina, y sobre todo porque Wesley fue originalmente educado en el calvinismo pero, como usted bien lo ha dicho, renunció a esa herencia teológica por recurrir a la sencillez de las Sagradas Escrituras. Los historiadores valoran el calvinismo por su refinada lógica, y el wesleyanismo por su apego bíblico. Bendiciones.

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  2. Gracias a Dios por, hacer grandes hombres pensantes que nos ayudan a discernir la dicha de poder decidir que aceptamos la salvación de nuestro Señor Jesús.

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    1. Así es, Hna. Rebeca, Dios nos ha dado la libertad de aceptar o rechazar a su Hijo, y respeta esa libertad porque nos creó con ella como parte de su imagen y semejanza en nosotros. Al unirse la gracia de él con la fe de nosotros, entramos a la fiesta de la salvación, al gozo mismo de nuestro Señor. Bendiciones.

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