Cristo, Ejemplo de Humildad y Sacrificio

Cristo humildad sacrificioMartín Lutero

Sermón para el Domingo de Ramos.

Fecha: 2 de abril de 1531.

En el marco del 500 Aniversario de la Reforma Protestante celebrándose en 2017, estamos compartiendo con nuestros lectores sermones de Martín Lutero. Eventualmente echaremos mano también de sermones de otros reformadores, en la esperanza de que nos brinden información sobre los temas bíblicos que en aquella época dominaban la mente de los héroes de la fe.

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Texto: Filipenses 2:5-8.

“Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo  Jesús, el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.”

Introducción: Cristo es el ejemplo para sus fieles. Esta es una epístola para cristianos solamente, y para nadie más. Pues los que no creen, sino que tienen el evangelio por una tontería, nada tienen que ver con la enseñanza que se imparte en nuestro texto. Es preciso ante todo creer que Jesucristo se hizo obediente al Padre y se entregó a sí mismo a la muerte, no en bien suyo y de su propia persona, sino en bien nuestro. Al que cree esto, a éste se dirige la exhortación de nuestro texto. Y esta exhortación reza: “Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo, el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como presa”, quiere decir: no lo reclamó para sí como si lo hubiese robado o tomado por la fuerza, “sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo”. Palabras asombrosas, en verdad, y difíciles de entender en la versión al alemán.

En el capítulo del cual fue tomado nuestro texto, el apóstol inició su enseñanza estimulando a los cristianos a que cada uno mostrara una viva solicitud por el bienestar del prójimo, olvidando la preocupación egoísta por los intereses propios y “mirando cada cual también por lo de los demás” (Filipenses 2:1-4). Y esto es también lo que nosotros queremos recalcar como enseñanza de nuestro texto de hoy, a saber: Una vez que reconocimos que hemos recibido del Señor toda clase de bienes, y que hemos sido redimidos por Cristo de todos los pecados, debemos demostrarlo también en nuestro trato con los demás. Para enseñar esta verdad, no podríamos presentar un ejemplo más elocuente que el de Cristo. Pues así es como obró el que os redimió. Esta es la actitud que él mostró para con vosotros. Y esta misma actitud debéis mostrar ahora también vosotros para con vuestro prójimo. Sin embargo, la demostración de nuestro amor para con el prójimo ciertamente será harto pobre en comparación con lo que Cristo hizo por nosotros; pues Cristo, el Dios fue hecho un siervo. En vista de ello, el apóstol agrega: “El cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como presa”. Esta es una manera de hablar propia de Pablo, que los alemanes entendemos sólo con cierta dificultad. Veamos por lo tanto lo que significa.

  1. Jesucristo no estimó como presa el ser igual a Dios.

La divinidad de Cristo no es robada sino innata. Hay personas que ganaron sus bienes y su dinero en forma legítima y honrada, sin robo ni hurto; estas personas pueden decir: lo que poseo, no es producto del robo. Así es como San Agustín y otros interpretan este texto’. Según esta interpretación. Pablo quiere decir: Cristo obtuvo su divinidad no por medio de un robo, que es el medio con que otros suelen obtener su dignidad, p.ej. los papistas, que quieren ser maestros y señores sobre la palabra de Dios, sino que él posee la divinidad como herencia; no la compró sino que le es innata. El papa robó la potestad divina que se le atribuye, y ladrones fuimos también nosotros, y lo son en general todos aquellos que se atreven a gobernar y dominar las almas. Un príncipe p.ej. puede decir a un ladrón, a un asesino o a un revoltoso: “Tú me has robado mi potestad señorial, que de ninguna manera te compete. Pues sólo a mí me incumbe gobernar los bienes y la vida de este súbdito mío; y si a pesar de esto tú le quitas sus bienes y su vida, has cometido un acto criminal.” Porque a ese asesino, etc., la potestad con que actúa no le es innata, sino que la usurpó, la robó. Pero quien la posee en virtud de su nacimiento, tiene el derecho legítimo de ejercerla. Así, pues, Cristo posee su divinidad no como Lucifer, el papa y los espíritus facciosos, que son ladrones de la dignidad y potestad divina. Me parece muy buena esta interpretación de San Agustín; no hay por qué rechazarla. De consiguiente, a Cristo le corresponde la potestad divina por cuanto él es Dios por naturaleza, y con sus palabras en Filipenses 2, Pablo confirma aquel artículo de la divinidad de Cristo, o sea, que Cristo tiene el derecho de recibir honores divinos porque él es Dios igual a Dios Padre.

Cristo emplea su divinidad no en beneficio propio, sino en beneficio nuestro. Ahora bien: hay también cierta clase de personas que poseen sus bienes legítimamente, y no obstante son ladrones y asaltantes. A esa clase pertenecía aquel campesino que dijo a un mendigo: “Yo tengo pan en mi casa; el que no tiene, vea de dónde lo puede conseguir”. Sería lo mismo que si yo tuviera pan, y mi vecino pasara hambre, y yo le dijese: “Yo tengo pan; si tú también quieres, ¿por qué no vas y te compras?” Si uno no da de comer al hombre hambriento que le pide, sus bienes son bienes hurtados y robados, aun cuando no los robó ni hurtó. A pesar de que no se los quitó a otros, comete no obstante el mismo pecado que el ladrón que arrebata sus bienes a otros convirtiendo así a sus prójimos en hambrientos. ¿Por qué? Porque los necesitados le piden, y él no les da. Con esto llega a ser un ladrón respecto de sus propios bienes, porque no presta con ellos un servicio a nadie. Un hombre tal tiene el mismo carácter que un ladrón.

En este sentido dice Ambrosio: “Da de comer al que sufre hambre; si no lo haces, le has asesinado;” y por eso se lee también: “Parte tu pan con el hambriento, desata las ligaduras del que está aprisionado”, pues en estas necesidades es tu deber socorrer a tu prójimo con tus bienes. Y es en este sentido que Pablo dice aquí respecto de Cristo: Él posee la divinidad no sólo como posesión real, y según su esencia como Hijo de Dios, sino también por la forma como la usa y la pone en acción. Por eso no dice “no robó” sino “no estimó como presa”. En efecto: Cristo era esencialmente Dios, no había robado su divinidad, y sin embargo, no la estimó como una presa; en otros términos: no actuó como un propietario que si bien no es un ladrón en cuanto a su derecho a la propiedad, sí lo es en cuanto al uso que hace de ella, dado que la usa como un ladrón y un miserable. Hay pues dos tipos de ladrones: el que roba cosas, y el que usa las cosas a la manera de un ladrón.

  1. La actitud de Cristo exige imitación por parte de todos los cristianos.

El que se niega a dar y a servir, niega a Cristo. Y ahora nos dice Pablo: “Así como hizo Cristo, haced también vosotros”. Si yo soy una persona instruida, y sé predicar, y tengo el llamado de hacerlo, pero no lo hago, entonces cometo un robo en perjuicio de aquellos que necesitan la predicación. Pero ¿acaso mi saber no es propiedad mía? No me lo diste tú, ni lo robé yo, ni lo hurté. Sin embargo, si no se lo doy al que lo necesita, se lo estoy robando; pues como ese saber es mi deuda para con él, ya no me pertenece a mí, sino a él. Y de nada me vale decirle: “Amigo mío: lo qué sé no lo aprendí de ti; tú no fuiste mi maestro”. De la misma manera deben tener mucho cuidado los comerciantes para no decir: “Lo que tengo me lo ha dado Dios; por esto puedo venderlo o retenerlo a mi antojo”. Así no es como actuó Cristo. A pesar de que él poseía la divinidad, y era verdadero Dios, no nos dijo: “Vosotros sois pecadores, yo en cambio soy santo, veraz y sabio; ¿qué, pues, podéis reclamar de mí?” Pese a que nadie le había dado nada, ni él había tomado nada de nadie, no obstante no lo “estimó como presa”. Y por consiguiente, no usó su divinidad en su propio beneficio, como si la hubiese robado, sino que la dio en usufructo a otros, con la intención de que su justicia y santidad, su poder y sabiduría no quedasen confinados en él, sino que todos los que a él claman fuesen sus usufructuarios. Esto es lo que hizo Cristo.

Y lo que él tiene para repartir, no es una ridícula limosna o una rebanada de pan8; lo suyo tampoco son solamente cuatro reinos, o una erudición tan pobre como la que tengo yo y otros doctores, sino que su haberes el “ser igual a Dios”. No obstante, él se despoja de este haber y dice: “No ha de pertenecer a mí solo, sino que será tuyo”. ¿Y tú, hombre débil y miserable, lloras por un florín o por un saco? ¿Ves que tu prójimo necesita un saco, y no eres capaz de dárselo, y te haces un asaltante y ladrón y dices que no debes nada a nadie? ¡Y él, el Señor, puso a disposición nada menos que su divinidad! ¿Qué harías tú si tuvieras que darme el sol, o la luna, o la vida, como te los da Dios todos los días? Ya te parece demasiado si alguno te pide, no que le regales, sino que le vendas algo, y lo mismo pasa con el siervo si su amo le pide un trabajo. ¡Y piénsese en la estúpida alharaca que hace un carpintero con el producto de su habilidad! Pero ¿qué gran cosa es, al fin y al cabo? Aunque tengas una miserable limosna para dársela a un pobre, ¿acaso por eso hay que ensalzarte y adorarte de tal manera?

El ejemplo que da Cristo hace que empalidezcan también las obras y virtudes de los cristianos. ¿Y tú quieres ser un cristiano? ¡Al diablo contigo!¡Fíjate en el ejemplo que Cristo nos da, conforme a nuestro texto! Ahí no se trata de una mísera limosna, ni de la corona del monarca turco, ni del cielo, la tierra, el sol y la luna. Todas nuestras virtudes tienen que taparse la cara de pura vergüenza ante lo que Cristo hizo por nosotros. Aun cuando en el día postrero pudiéramos gloriarnos de verdad diciendo: “Yo prediqué, yo enseñé, yo di de comer a los que tuvieron hambre y de beber a los que tuvieron sed, etc.”, Mateo 25 (v. 35 y sigs.), ¿qué es todo esto comparado con lo que hizo él? Mejor es que digas: “Señor mío, ¡ten piedad de mí! Gustosamente

guardaré silencio acerca de las Obras de bien que hice.” Pues ¿qué es su divinidad en comparación con lo mío? Él te coloca en el primer asiento, como si tú fueras Dios, y él tu siervo.

Piense cada uno, por favor, en lo que esto significa. Pero lo triste es que no pensamos en ello.

Apartamos de nuestra vista ese ejemplo. Si alguno posee o puede o sabe algo, cree que todo esto es para él mismo) y quiere que se le elogie y adore junto con todas sus excelencias. Por esto dije que ese texto es solamente para cristianos. He aquí, pues, lo primero con que Cristo nos dio un ejemplo: no quiso usar su divinidad como propiedad exclusiva suya, a pesar de que tenía el derecho de hacerlo. No quiso decir: “Y soy Dios, y tú eres un miserable; exijo de ti que me adores”. ¡Al contrario! Nos dice: “A pesar de que yo soy Dios, quiero servirte con todo lo que soy y tengo. No vine para ser servido” (Mateo 20:28). Este mismo sentir, pues, que hubo en Cristo Jesús, debe animarme también a mí: todo cuanto poseo, todas mis facultades, han de servir no para que se me elogie y se me presten servicios, sino a la inversa, para que yo sirva con ellas a los demás, porque así lo hizo Cristo. Con esto queda abatida mi altivez, y mi confianza en todas mis buenas obras, llámense como quieran, no porque las buenas obras no sean del agrado de Dios, sino porque te fijó tan alta la meta de las obras que jamás la alcanzarás. Tú te despojaste de un florín o de un saco; él se despojó de su divinidad. Esto es una parte de su ejemplo.

III. La disposición de ayudar a otros no debe conducir a abusos. La ley del amor que rige para el cristiano no es una carta blanca para los mendigos.

Con esto no quiero dar vía libre a los mendigos que dicen: “Yo soy un pobre hombre. Nadie me quiere dar nada.” Es verdad, Cristo dijo: “Yo he venido para salvar a los pecadores, no a los justos; pues los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos” (Mateo 9:12, 13). Pero si no estás enfermo, di: “Yo estoy fuerte y sano, no necesito tu ayuda”. Pero hoy día no quieren actuar así; prefieren entregarse a la mendicidad y a la haraganería. No es raro encontrar a hombres robustos que le huyen al trabajo y luego piden que se los mantenga. Si pudiendo trabajar prefieres vivir a cuenta mía o de otros, no tengo ninguna obligación de ayudarte. Muchos hay que recorren las calles con un niño de la mano y pidiendo limosnas. ¿Por qué no trabajan de hilandera o de aguatero? Y cuando se les piden explicaciones por qué obligan a su hijo a mendigar en vez de buscarle un trabajo, lloriquean: “Me están retando a mi hijo”. ¡Que se lo lleven a casa! ¡Y que no se les dé nada! Yo también fui hijo de mi madre y no obstante tuve que aguantar muchas cosas y trabajar duro; ¿y tú no quieres que tu hijo aguante algo y trabaje? Esa gente cree que el evangelio les da la libertad de entregarse a la pereza. Tú eres un hombre robusto y sano; si no puedes ser empresario, sé obrero, y si aun esto te es imposible, vete a trabajar en las obras dé fortificación n. O si eres mujer, ¿por qué no hilaso .haces algún otro trabajo para tener de comer? A gente tan perezosa habría que imponerles un castigo.

Vivís como el príncipe elector de Sajonia, y luego queréis que se os mantenga con fondos de la caja comunitaria. ¿A qué llevará todo esto? A que la ciudad se llene de mendigos. A los estudiantes sí hay que mantenerlos, porque su estudio no les da para vivir. Pero vosotros decís: “¡Ah sí, pero aquí en Wittenberg se predica que hay que hacer bien a los pobres!”, y por esto no queréis trabajar. No, señor; si quieres vivir haraganeando, a pesar de que gozas de buena salud y podrías trabajar en la huerta, lo que hay que hacer es dejarte plantado, y dejar que tus hijos y tú mismo os muráis de hambre. ¡Primero se os ayuda, y después vais á robar en las huertas! Con toda esa gente, nuestra predicación no tiene nada que ver.

Quien tiene salud y fuerzas, debe ganar su pan con el trabajo. Cristo no murió por los sanos. Él puso su divinidad al servicio de los hombres, pero en bien de aquellos que no pueden valerse por sí mismos. Si tú eres uno de ellos, mi florín debe estar Cristo, Ejemplo de Humildad y Sacrificio a tu servicio, mi pan debe ser tu pan, y lo que es mío debe ser tuyo, siempre que tú estés verdaderamente necesitado. Pero si estás más sano que yo, y quieres holgazanear y decir que tienes la casa llena de hijos que necesitan de comer, entonces vete a trabajar, o muérete de hambre. En ninguna parte está escrito que se tenga que manten er vagos. Pero así lo hacen también la servidumbre y los obreros. Dicen: “Somos evangélicos, por eso tienen que darnos una ayuda.” ¡Sí, habría que darte un portazo contra las asentaderas! Si yo supiera de uno que tiene hijos a los cuales les prohíbe trabajar, le pediría al alcalde que le arroje a la cárcel y le haga perecer de hambre, porque quieren aprovecharse de nuestro sudor y hacer que nosotros los alimentamos. Si estás en condiciones de trabajar y de ganarte tu pan —y son muchos los que veo andar por las calles, y que bien podrían hilar o llevar agua o hacer algún otro trabajo domestico— a éstos hay que decirles: “¡Vete, y gánate tu pan!”

Pero si hay una persona que es tan débil que no puede proveerse del sostén necesario, allí rige entonces el ejemplo de Cristo. Si él dice: “Yo quiero despojarme de mi divinidad y no estimarla como presa”, entonces también yo quiero hacer en bien de los débiles lo que pueda, aun cuando sólo fuera darles un vaso de agua fría (Mateo 10:42). Pero si la servidumbre se muestra reacia y arrogante — ¡déjalos que se vayan, en nombre del diablo! Ya vendrán días en que estarían muy contentos con poder trabajar por un bocado de pan. La Escritura dice: Cristo murió en bien de los débiles que no pueden valerse por sí mismos, no en bien de los fuertes. En fin, nuestro texto es demasiado bueno como para ser gastado en tales cosas. No obstante, la exhortación que di era necesaria.

  • Tomado de:iglesia reformada.com