Editorial

solo un puebloSÓLO UN PUEBLO DE DIOS

Un tema que no deja de aparecer de un modo u otro, ya en los estudios bíblicos de las iglesias, ya en las redes sociales, es el de Israel contado por unos como pueblo de Dios, y descontado por otros como tal. Esto nos llama la atención no nada más por querer tener algo en qué pensar, sino porque los acontecimientos en el Medio Oriente desde hace más de 50 años, con sus variaciones tan frecuentes, nos impelen a elegir un modo de mirar a esa nación recientemente resurgida. Por ejemplo, no quisimos dejar ir el detalle hace unos meses cuando el Primer Ministro israelí, Netanyahu, en un twitter celebraba con D. Trump su proyecto del muro fronterizo, comparándolo con el nefasto muro físico y militar y el subsiguiente bloqueo comercial inhumano que Israel construyó contra los palestinos de Gaza. Pero este asunto no será comentado por esta vez.

Dado que todo ya ha sido dicho por alguien, no se puede expresar hoy una opinión al respecto sin ir a caer en alguna clasificación. Si se dice que Israel sigue siendo el pueblo de Dios, se caerá en la caja de los dispensacionalistas; si se dice que no, algunos colocarán al que así opine o en la eclesiología amilenialista de los reformadores, o entre los defensores de “la teoría de la sustitución”, o peor, como un eco del antisemitismo que Lutero lamentablemente profesó en los últimos años de su vida.

Aun así, no podemos quedarnos sin estructurar una definición en base a lo que leemos en los escritos bíblicos. Este es un asunto en el que el metodismo no se ha pronunciado, así que nos toca armar alguna conclusión. Para hacerlo, sólo enlistemos algunos hechos, sin ser exahustivos:

  • Es imposible que estén vigentes a la par el antiguo pacto hecho con Israel con la mediación de Moisés, y el nuevo pacto hecho con los creyentes de todas las naciones con la mediación de Cristo. He. 8:7 dice: “Porque si aquel primero hubiera sido sin defecto, ciertamente no se hubiera procurado lugar para el segundo.” Así, nadie podría discutir que el segundo pacto dejó fuera al antiguo pacto.
  • Todos los versículos de la Biblia que mencionen la permanencia del antiguo pacto tienen que ajustarse al hecho de que sería tan eterno y permanente como lo fuera la fidelidad de Israel en cumplir su parte. Ese pacto estaba condicionado a la obediencia de ellos, según Ex. 19:5, “Ahora, pues, si diereis oído a mi voz, y guardareis mi pacto, vosotros seréis mi especial tesoro sobre todos los pueblos.” Esta no fue la única ocasión en que se mencionó la condicionalidad del antiguo pacto. Si llegaba a fenecer (como sucedió) no sería por causa de algún cambio en la voluntad de Dios de cumplir sus promesas, sino por incumplimiento del pueblo. Así pues, es incorrecto invocar la eternidad de las promesas de Dios a Israel sin tomar en cuenta el elemento condicionante que ellos debían cubrir.
  • La venida de Cristo al mundo por medio de Israel fue la prueba de fuego para esta nación. Jn. 1:11 nos recuerda “que a lo suyo vino, y los suyos no le recibieron”. Ya habían quebrantado el pacto antiguo muchas veces, pero el rechazo del Hijo de Dios fue la pérdida de su oportunidad, la capitulación de toda posibilidad de que se estableciera el nuevo pacto teniéndolos a ellos como nación entre los beneficiarios al tiempo presente. Jesús lo ilustró con su parábola de los labradores malvados al concluir, “¿Nunca leísteis en las Escrituras: La piedra que desecharon los edificadores, ha venido a ser cabeza del ángulo. El Señor ha hecho esto, y es cosa maravillosa a nuestros ojos? Por tanto os digo, que el reino de Dios será quitado de vosotros, y será dado a gente que produzca los frutos de él” (Mt. 21:42,43). Así pues, dejaron de ser el pueblo de Dios, y el reino que se les concedió fue transferido a otra gente. Jesús fue enfático al pedirles que no confiaran en su argumento de ser hijos de Abraham, porque, “Si fueseis hijos de Abraham, las obras de Abraham haríais… ¿Por qué no entendéis mi lenguaje? Porque no podéis escuchar mi palabra. Vosotros sois de vuestro padre el diablo, y los deseos de vuestro padre queréis hacer” (Jn. 8:39,43,44).
  • La forma paulina, aun tratándose de un apóstol que amaba y oraba tanto por su nación, para explicar, no “la teoría” sino el hecho de la sustitución, fue su parábola del olivo en Ro. 11:1-26. Usa tres palabras definitivas que no pueden discutirse: “Defección” (12), “exclusión” (15), “desgajadas” (17,19). Por su defección fueron excluidos y desgajados por Dios de su propio olivo. En el lugar de las ramas originales fuimos injertados los gentiles creyentes (17) para sustituirlas. Pero el v. 1 dice que Dios no los ha desechado. ¿Hay aquí una contradicción? Claro que no, pues de inmediato Pablo explica en qué sentido no han sido desechados. Primero, porque hay en el olivo un remanente (una minoría de la nación) que es la esperanza de la salvación que la mayoría de ellos no tiene (2-5); y segundo, porque en el futuro “todo Israel será salvo” (26). Por lo tanto, ¿fue Israel el pueblo de Dios? Sí. ¿Lo será en algún futuro? Sí. ¿Lo es hoy? No. Es sólo en este contexto amplio, dentro de esta explicación paulina, donde cabe la frase “Pues irrevocables son los dones y el llamamiento de Dios” del v. 29. Es crucial no jugar con los versículos originando contradicciones donde no las hay.
  • La eclesiología de Pablo nos dice sin lugar a confusión que Dios tiene sólo un pueblo, según Ef. 2:12-16. Su explicación es simple: Había dos pueblos, judíos y gentiles. Pero de “ambos pueblos hizo uno” (14). Los gentiles desde su ignorancia vinieron a las promesas hechas a Israel, promesas cumplidas en Cristo. Lo irónico fue que Israel despreció esas promesas y los gentiles las creyeron por fe. Si los gentiles hubieran sido incorporados a Israel como nación, significaría que todos los judíos son salvos; y si los judíos hubieran sido incorporados a los gentiles, sería sólo si todos éstos fueran salvos. Puesto que no es así, el “un solo pueblo” del que se habla es un tercer pueblo formado por algunos gentiles y algunos judíos unidos en Cristo. No dice que de un pueblo hizo dos, sino que de dos hizo uno. Por lo tanto, no puede haber dos pueblos de Dios, la iglesia por un lado y los judíos por otro lado. La iglesia es el único pueblo de Dios por considerar a Cristo como su Señor y Cabeza, y por pertenecer al nuevo pacto. Entonces, ¿los judíos serían el pueblo de Dios por rechazar a Cristo e insistir en la validez del antiguo pacto?
  • Si quisiéramos elaborar una herejía, aquí están dos elementos buenos: Uno, suponer que Dios recibe a unos como pueblo a través de Cristo, y a otros por algún otro camino diferente que, incluso, contradiga al primero. Dos, suponer que para Dios no fue gran cosa que una nación rechazara y crucificara a su Hijo, diciendo de ellos “Mas vosotros negasteis al Santo y al Justo… y matasteis al Autor de la vida” (Hch. 3:14,15), aceptándola como su pueblo a pesar de no corregir aquello mediante el arrepentimiento y la fe en el nuevo pacto. Sería una herejía y una confusión de ideas. Pero, por otro lado, la deducción que no se nos permite extraer de esto es que condenemos por nuestra cuenta a esa nación amada por Dios, como los hicieron Lutero y la santa inquisición en su momento.
  • El nuevo testamento le da a la iglesia el trato de pueblo de Dios, como lo fueron los israelitas en el antiguo pacto. “Quien se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras” (Tit. 2:14). “Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable; vosotros que en otro tiempo no erais pueblo, pero que ahora sois pueblo de Dios…” (1ª P. 2:9,10). ¿Dónde está el desarrollo neotestamentario que señale a Israel como actual pueblo de Dios? Entonces, el único pueblo de Dios es la iglesia de Cristo.
  • Finalmente, para Dios no hay nación ni raza que sea su preferida, incluyendo a Israel. Todas las naciones, pueblos y razas son exactamente iguales a sus ojos, esta es la naturaleza del nuevo pacto. “Entonces Pedro, abriendo la boca, dijo: En verdad comprendo que Dios no hace acepción de personas, sino que en toda nación se agrada del que le teme y hace justicia” (Hch. 10:34,35). “Porque no hay diferencia entre judío y griego, pues el mismo que es Señor de todos, es rico para con todos los que le invocan” (Ro. 10:12).

Pbro. Bernabé Rendón M.

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