EDITORIAL

Dios y el sismoDios y el sismo

Ninguno esperaba los acontecimientos del 19 de septiembre en el centro y sur de México. Vanamente nos habíamos persuadido de que lo sucedido en 1985, si acaso se repitiera, sería en otra generación, porque una misma generación no podría vivir dos catástrofes semejantes en su vida. Esta sacudida no dejó tanta destrucción como la anterior, pero es una tragedia que nos ha dolido en todas las formas posibles. Sin embargo, dentro de la confusión pudimos maravillarnos por la reacción automática de la sociedad, pues sin haber una convocación que mediara, los voluntarios llegaron a los lugares por iniciativa propia, y las donaciones (incluso de sangre) se hicieron presentes abundantemente en el acto, mientras los conductores cooperaron con las medidas de tránsito emergentes. Vimos a un pueblo ejemplar en todos los sentidos, tanto que se podía colegir que si la situación global de México no ha sido la deseable por décadas, ciertamente la culpa no puede ser de un pueblo valeroso y solidario como el nuestro, por lo que las razones deben estar en otra parte.

¿Dios tuvo algo que ver con el sismo? Es imposible evadir la pregunta, y las respuestas vienen revelando nuestros trasfondos doctrinales, nuestros énfasis sobre los temas bíblicos. El más fácil de elaborar es el de sustento calvinista. Sólo se avisa que se piensa que el atributo que define a Dios es su soberanía, para simplemente concluir que el sismo fue provocado directa y deliberadamente por Dios para castigar a la gente (niños y adultos, creyentes y no creyentes juntos) por su pecado. Se puede echar mano de textos bíblicos que muestren a Dios controlando las fuerzas de la naturaleza en determinadas situaciones del pasado, para afirmar con total seguridad, como una trompeta: ¡fue Dios!

No obstante, como sucede en casi todos los postulados calvinistas, si se les desenvuelve hasta sus últimos pliegues, terminan en una aberración, y ese es su peligro como teoría doctrinal. En este caso, si Dios en su soberanía quería castigar matando gente, entonces debemos concluir que deberían retirarse todas las brigadas que buscan personas vivas entre los escombros, pues al salvarlas estarían impidiendo las muertes que Dios quiere concretar. Así mismo, si se trata de un juicio de Dios, entonces deberían suspenderse todas las ayudas a los damnificados, pues al aliviarles su dolor estaríamos estorbando la voluntad punitiva de Dios con su juicio. Si hay una propuesta teológica que, para conservar su congruencia, nos lleve a la insensibilidad humana y a negar el auxilio que los desafortunados requieren para poder vivir o restaurarse, es una propuesta que debe ser desechada por peligrosa.

Con razón el historiador inglés Arnold Toynbee (1), desde un enfoque meramente secular, dijo que hasta la idea budista del karma resulta más ética que la idea agustiniana-calvinista de una soberanía divina ejecutando decretos sin tomar en cuenta la responsabilidad humana. Y eso que Toynbee no tocó el tema del amor de Dios, que estaba fuera de su interés. Lo decimos porque otra de las fallas de esta doctrina es que pone en conflicto los atributos de Dios. Con tal de salvar el concepto de un Dios que es soberano sobre su creación, sacrifica el concepto de un Dios que es amor. Hasta hará mofa de quienes creen en el amor de Dios, exaltando con cierto extraño placer el juicio inexorable de un Dios santo que se glorifica a sí mismo destruyendo vidas. ¿Qué es más factible? ¿Qué Dios desee destruir a los pocos que le temen por causa de los muchos que no le temen, o que desee salvar a los muchos que no le aman por causa de los pocos que le aman? Hasta Abraham, con la poca luz del evangelio que disponía en su tiempo, sabía que un Dios de misericordia salvaría a los muchos por amor a los pocos. Dios le dijo que por diez personas que le temieran salvaría a todos los habitantes de Sodoma y Gomorra (Gn. 18:32). Dios no destruiría una ciudad hoy si en ella hubiere al menos diez creyentes que invocaran su nombre e intercedieran por ella. Si Dios deseare castigar a un grupo determinado, que lo haga, pero lo haría sin incluir en el grupo a sus propios hijos.

Es curioso el relato de Job capítulo 1. El patriarca estaba perdiendo sus posesiones y a sus hijos por mano de Satanás, y los mensajeros venían uno tras otro con las noticias. Unos decían que la destrucción venía de ejércitos enemigos, y otros que se originaba en fuerzas de la naturaleza, lo que suponía que el enemigo estaba utilizando agentes humanos y naturales para hacer daño. Pero uno dijo que la destrucción vino por un fuego de Dios (v. 16). ¿Cómo podría ser un “fuego de Dios” si la facultad de dañar la tenía el diablo? Y dijimos “curioso”, porque ¡cómo se repiten hoy las acusaciones erradas de que Dios está haciendo lo que quizá esté haciendo el diablo! Si no tenemos la certeza de que Dios esté ejecutando algo, por esa misma razón, lo más seguro es tapar nuestra boca.

Debe tomarse en cuenta que hay cosas que no corresponden a la voluntad de Dios pero que suceden. Y esto se debe porque además de la voluntad divina hay otras voluntades actuando en el universo. Debe entenderse que: 1) Porque Dios así lo ha permitido, Satanás es el dios de este mundo (2ª Co. 4:4). 2) Que al hombre se le ordenó enseñorearse de la tierra (Gn. 1:28), y que su mala administración daña el comportamiento ecológico. 3) Que la tierra fue maldecida por Dios (Gn. 3:17,18), lo que modificó su condición natural, tanto que ella misma sufre su desempeño irregular (Ro. 8:20-22). 4) Que por la razón anterior hay fuerzas de la naturaleza que pueden ser dañinas al hombre, pero son naturales, no juicios divinos. 5) Que un temblor no mata a nadie, sino la caída de las construcciones hechas por el hombre, y mayormente si fueron edificadas de manera irresponsable. 6) Que por razones naturales en algunos lugares de México siempre ha temblado, y siempre temblará (del mismo modo como no temblará en otros lugares) porque son parte de lo que se llama El Cinturón de Fuego del Pacífico (2), donde el movimiento de las placas tectónicas es mayor que en otros sitios de la tierra.

¿Tiene qué ver Dios con el sismo? ¡Sí! Todo el movimiento de buenas voluntades que se organizan y acuden en auxilio de los necesitados se debe, según el venero bíblico doctrinal del metodismo, a la gracia preveniente de Dios, gracia que despierta, aun en los corazones que no le conocen, el amor por el prójimo, la generosidad, la solidaridad humana, el impulso de hacer el bien, el sacrificio por otros. Es por esta gracia de Cristo que él es “Aquella luz verdadera que alumbra a todo hombre” (Jn. 1:9). Dios está allí también para dar esperanza, para insuflar aliento, para animar a nuestro pueblo a que se restaure de nuevo.   

Pbro. Bernabé Rendón M. 

  • Toynbee, Arnold y otros, La vida después de la muerte, Ed. Sudamericana, S. A., Buenos Aires, 1999, p. 33.
  • rincondelvago.com/el-cinturon-de-fuego-del-pacifico.

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4 comentarios sobre “EDITORIAL

    1. Gracias, Hno. Luis, es este un maravilloso sermón evangelístico con una aplicación inspiradora. Compartimos tu aportación para formar opinión en nuestros lectores. Sin necesidad de verificar la autenticidad del escrito, trae toda la marca de Carlos Wesley. En mi escrito mencioné que la Biblia refiere cataclismos atribuidos a Dios, y así lo creemos, y Carlos W. en su escrito menciona que los terremotos podrían ser por causas naturales. Así que no estamos tan polarizados. De todas maneras, su argumento general es que los terremotos provienen de Dios. Con el respeto que los Wesley me merecen, debo aclarar que la doctrina wesleyana se fue formando poco a poco, madurando a través de muchos años (pues fueron teólogos de campo, no de oficio), como también que, a pesar de eso, el mismo Juan Wesley no logró resolver en vida contradicciones en sus posturas (como lo fue el tema del pecado original). Así que tenemos que invocar sus propios postulados de “Los metodistas pensamos y dejamos pensar” y “En lo esencial, unidad; en lo no esencial, libertad; pero en todo, caridad” para refugiarnos allí cuando vemos, como en el caso de este sermón de su hermano Carlos, que no se refleja la doctrina arminiana-wesleyana de manera completa. ¡Gracias, por tu aportación, hermano!

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  1. Así es: no podemos culpar a un Dios perfecto por las construcciones que se cayeron, las cuales fueron hechas por hombres imperfectos.

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    1. De hecho, ya comenzaron las denuncias por edificios que operaban de manera irregular desde su construcción, como es el caso del Colegio Enrique Rébsamen. Hay situaciones de sobornos y corrupción en los permisos. Por otro lado, en las redes sociales están circulando opiniones sobre un juicio de Dios por medko del sismo. Gracias por opinar, Hna. Ma. Elena.

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