Lo Mejor es que Dios Está con Nosotros

ENP lo mejor es queENCUENTRO NACIONAL DE PASTORES:
LO MEJOR DE TODO ES QUE DIOS ESTÁ CON NOSOTROS

Por Gilberto A. Bravo y González,

Conferencia Anual del Sureste

Según diversos biógrafos de Juan Wesley, con estas palabras el fundador del movimiento metodista fue trasladado a la Conferencia Celestial.

Como fiel seguidor de Jesucristo, Wesley tuvo la visión de una iglesia ungida por la presencia de su salvador invencible: Cristo.

Fue así como se pudo sentir la presencia alentadora del Espíritu Santo en el Encuentro Nacional de Pastores, que con motivo de los Quinientos Años de la Reforma Protestante, se llevó a cabo en el Templo Metodista, La Trinidad, en la ciudad de Monterrey, Nuevo León.

Brillantes ponentes nos llevaron a reflexionar sobre el patrimonio teológico y espiritual que enriquece al metodismo mexicano (sui géneris por cierto), que se alimenta —entre otras corrientes—de ese manantial de experiencia cristiana que es la Reforma Protestante.

El saldo de este encuentro va más allá de una mera reunión multitudinaria de pastores, que sin duda gozamos los asistentes, entre otras cosas, por encontrar a los viejos amigos y hacer nuevos. Este saldo, está en las acciones de la Providencia Divina que puso delante de nuestros ojos una realidad: La Reforma Protestante más que un hecho histórico es un desafío permanente para el pueblo de Dios.

La frase latina, Ecclesia reformata semper reformanda: Iglesia reformada, siempre reformándose, no describe a una iglesia inconclusa, sino a una comunidad en permanente superación. Esa es la esencia y reto de las iglesias protestantes y de los metodistas en particular.

La iglesia medieval cayó en la trampa de identificar la congruencia del evangelio con la parálisis, al grado de suponer que la Iglesia debe permanecer estática, perdiendo de vista que nuestro Salvador viene para cambiar a los individuos y para cambiar permanentemente al pueblo que le pertenece.

Por eso, la celebración de los 500 años de la Reforma Protestante, representa para los metodistas la oportunidad para reflexionar en nuestra herencia protestante, que va más allá de las categorías teológicas y filosóficas que con este evento llegan a convertirse en lugares comunes.

Los metodistas no somos herederos del dogma, porque ni los Reformadores ni Wesley fueron dogmáticos, y menos aún los metodistas de hoy somos dogmáticos. Nuestra herencia va más allá, a la esencia misma de la Reforma: La Iglesia Cristiana Reformada, es una Iglesia en Reforma permanente.

Cuando algunos críticos externos del protestantismo señalan su diversidad de expresiones, ponderando en contrario el monolitismo de otras expresiones del cristianismo, se les escapa que es precisamente la enorme capacidad para diversificarse la esencia del pensamiento protestante.

Es su comunión personal con Dios, la que catapulta al protestante a entender que su experiencia espiritual como individuo se hace una realidad cuando él se reforma, en una reforma que continúa permanente. Ese mismo creyente busca esa reforma.

La herencia protestante de los metodistas se ejemplifica en la experiencia de Wesley el 24 de mayo de 1738, pero no hay metodista genuino que a su manera no tenga memoria de su propia reforma personal y de cómo ésta continua a lo largo de toda su vida.

No solo la vive, la busca. Para los metodistas, como fieles protestantes, no es necesario llegar a la crisis para buscar la reforma, ella es la experiencia y el reto de todo cristiano, Juan 3 y Hechos 2 presentan la recurrencia de la reforma permanente en la vida de la Iglesia.

En realidad Lutero no inicia la Reforma, solo descubre su necesidad y es usado por Dios para desencadenar esa inercia en esa parte de su pueblo, que celebramos los 500 años del hito histórico, que bien puede ser parábola y como tal encierra una profunda enseñanza espiritual: el grano tiene que morir para que germine en una resurrección que lo multiplique (Juan 12: 24, 25).

La Reforma, como parábola de la permanente renovación, es la búsqueda permanente de reformar formas y estructuras para servir a Dios, sin tocar la esencia inmutable del evangelio (Hebreos 13:8).

Los metodistas no necesitamos estar en crisis para buscar derroteros de superación espiritual, el cambio es nuestra inercia a la que impulsados por el Espíritu de Dios, oteamos sin cesar en el horizonte de la oración cotidiana: Renuévame, Señor Jesús, ya no quiero ser igual.  “…hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo” (Efesios 4: 13).

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