EDITORIAL

1. EditorialUn rostro ensangrentado

La Semana Santa de 2018 cae en la última semana de marzo, en la cual transcurrirá la semana final de la Cuaresma. Dentro de ella celebramos el Domingo de Resurrección, fiesta que dio origen a la Semana Santa y a la Cuaresma. Pero no se puede dejar palidecer la trascendencia del significado de los sufrimientos expiatorios de nuestro Salvador. No sólo su triunfo sobre la muerte, sino también sus aflicciones por reconciliarnos con el Padre son dignos de recordarse para adorarlo con gratitud.

¿Cómo era el rostro de Jesús? Nunca lo sabremos mientras vivamos sobre la tierra. No se nos dejó ningún grabado, ninguna pintura, ninguna descripción escrita sobre su parecer. El famoso Manto de Turín (en Italia), con el cual supuestamente se envolvió el cuerpo del Señor en la sepultura, nos lo muestra con los rasgos tradicionales, con barba espesa y bigote. Sin embargo, en el Cáliz de Antioquía, en el que se supone Jesús ofició la Santa Cena, mismo que se exhibe en el Museo Metropolitano de Nueva York, aparece sin barba. Y el fresco con la imagen de Cristo más antigua que se conoce (siglo II), que está en las Catacumbas de San Calixto en Roma, aparece también como un joven lampiño. (*) La duda se nos quedará, dando lugar a la imaginación, pero nada seguro en el terreno de la realidad.

Lo que sí es cierto es que la Biblia nos describe el rostro del Señor desde sus aspectos simbólicos, como expresión de sus cualidades virtuosas. Por ejemplo, acerca de su sangrienta pasión y muerte, Isaías anunciará de él “Como se asombraron de ti muchos, de tal manera fue desfigurado de los hombres su parecer, y su hermosura más que la de los hijos de los hombres” (Is. 52:14). Su rostro fue desfigurado, su hermosura le fue quitada, gracias a la maldad humana descargada sobre él. Mateo describe ese hecho así: “Entonces le escupieron en el rostro, y le dieron de puñetazos, y otros le abofeteaban.” Su rostro fue molido e inflamado a golpes mientras recibía los insultos de los escupitajos. Uno de los mejores himnos de Cuaresma con que contamos, que muy poco ahora se canta, se intitula “Rostro Divino”, y dicen dos de sus estrofas:

Rostro divino, ensangrentado;

Cuerpo llagado por nuestro bien.

Calma, benigno, justos enojos,

Lloren los ojos que así te ven.

 

Crucificado en un madero,

Manso Cordero, mueres por mí.

Por eso el alma, triste y llorosa,

Suspira ansiosa, Señor, por ti.

El padre del que esto escribe fue un cristiano convertido, luego fue un líder laico y finalmente llegó a ser un Presbítero Itinerante de la Iglesia Metodista mexicana. Le escuché una vez contar su historia como parte de un sermón. Había entrado a una congregación presbiteriana sólo por curiosidad, atraído por los cantos. Le acercaron un himnario para ayudarle a participar del culto. Y en algún momento se anunció que se buscara el himno que hemos referido para cantarlo en forma congregacional. Desde la primera estrofa, él comenzó a ser impresionado con la descripción que el himno hace de la crucifixión de Jesucristo, a tal grado que comenzó a llorar, y en ese momento creyó en él y el Espíritu Santo le produjo el nuevo nacimiento. 

La más completa composición sobre los sufrimientos expiatorios del Redentor, bajo la figura de un rostro divino hinchado por bofetadas, se la debemos a una de las más grandes figuras cristianas de la historia, Bernardo de Claraval del siglo XII, reconocido como místico y doctor de la iglesia. Se trata de un larguísimo himno que aparece notablemente reducido en pocos himnarios, donde una estrofa de ocho líneas dice: ¡Oh rostro ensangrentado, / Imagen del dolor, / Que sufres resignado / La burla y el dolor! / Soportas las angustias, / La saña, la maldad / Y en tan cruel amargura, / ¡Cuán grande es tu bondad!

Nuestro rostro es una parte muy apreciada en nuestro cuerpo. Por él somos reconocidos, por él somos recordados, es la parte de nosotros que fotografiamos, es lo que más cuidamos y embellecemos. Pero fue la parte de la encarnación de Jesucristo que expuso a vituperio, sin reclamarla, renunciando a ella, para sufrir de ese modo su más completo dolor por rescatarnos de nuestra condenación. Rostro irreconocible, magullado, enrojecido, labios reventados, escupido, bañado en sangre, ¡qué asombroso amor inmerecido! ¡Qué perturbadora manera de entregarse para ser herido por nuestras rebeliones! En ese rostro puede verse a la vez la brutalidad violenta del humano, la gravedad del pecado nuestro que le llevó a tal suplicio, y la gracia que así salva al más indigno. Verlo nos hace confesar junto con el Credo Apostólico: “Creo en el perdón de los pecados”.

Pbro. Bernabé Rendón M.

(*) Podemos consultar y ampliar estos datos en diferentes páginas del internet.

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2 comentarios sobre “EDITORIAL

  1. Pbro.Bernabe Rendon.
    He leído con mucho apetito el artículo El Rostro Ensangrentado,y nos contesta muchas reflexiones,que sin
    Pensar los congregantes en algunas ocaciones hemos desfigurado el rostro de quien decimos amar,y querer.
    Recibe,un abrazo desde el Estado Jardín en USA.
    Sguiillen@hotmail.com

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