Editorial

1. editorialDespués del Día de Preparación

Jesucristo fue crucificado en viernes, el día anterior al día de reposo (sábado). Por eso los viernes son mencionados como “el día de preparación”, como en Jn. 19:42, “Allí, pues, por causa de la preparación de la pascua de los judíos, y porque aquel sepulcro estaba cerca, pusieron a Jesús”. Aquel año el día siguiente sería el 15 de nisán, día de la Pascua, por lo que sería un sábado de gran solemnidad. Esto corrige la idea errónea que algunos manejan en el sentido de que el Señor fue crucificado en miércoles. El caso es que, por tratarse del “día de la preparación” (el parasceve, como dice en el texto griego del Nuevo Testamento) necesitaban descolgar y sepultar el cuerpo de Jesús con rapidez, antes de las 6 p. m., hora en que empezaba el sábado pascual. Tal parasceve era empleado para hacer compras y preparativos para el sábado y la Pascua, pues el 15 de nisán no podrían realizar tarea alguna. Así estaba ordenado en Ex.12:16, “El primer día habrá santa convocación, y asimismo en el séptimo día tendréis una santa convocación; ninguna obra se hará en ellos, excepto solamente que preparéis lo que cada cual haya de comer.” Debido a las carreras que habían de hacerse el día de preparación, según Flavio Josefo, el gobierno romano había liberado a los judíos de cualquier obligación ciudadana ante el Imperio a partir de las 3 p. m. (*) 

Ninguna obra haréis…”, era la disposición para el día posterior al día de la preparación. Lo hacemos notar porque entonces nos sorprende leer en Mt. 27:62-64 que “Al día siguiente, que es después de la preparación, se reunieron los principales sacerdotes y los fariseos ante Pilato, diciendo: Señor, nos acordamos que aquel engañador dijo, viviendo aún: Después de tres días resucitaré. Manda, pues, que se asegure el sepulcro hasta el tercer día, no sea que vengan sus discípulos de noche, y lo hurten, y digan al pueblo: Resucitó de entre los muertos. Y será el postrer error peor que el primero.” ¡Qué grande hipocresía! Los principales guardianes celosos que se creían responsables de obligar al pueblo a abstenerse de toda obra en día sábado, fariseos y sacerdotes, estaban allí, en el sábado pascual, celebrando una junta con Pilato. Jesús había sanado a un ciego, pero de inmediato los fariseos se enfurecieron y llamaron a Cristo pecador por hacer tal cosa: “Entonces algunos de los fariseos decían: Ese hombre no procede de Dios, porque no guarda el día de repos. Otros decían: ¿Cómo puede un hombre pecador hacer estas señales?” (Jn. 9:16). Porque Jesús hacía una obra de misericordia en sábado, era acusado de no proceder de Dios, pero esos mismos acusadores podían hacer una obra de odio en sábado y se podían sentir tranquilos auto-justificándose. Y aún más, entraron a la presencia del gobernador romano, estando juntos en un sitio de gentiles paganos, cosa prohibidísima por los fariseos, so peligro de contaminarse. Pero también de esto se perdonaron a sí mismos. ¿Quién puede entender a los falsos religiosos? 

Pero la hipocresía de aquellos líderes judíos no procedía de la nada, eran impulsados por el temor. Aquel sábado de Pascua fue un día de hipocresía y de temor. Tenían miedo de que el cuerpo de Jesús fuese robado y luego se anduviera diciendo por allí que había resucitado. Para evitarlo, solicitaron el apoyo de las fuerzas armadas para que custodiaran la tumba. Sin embargo, no eran los únicos atemorizados. También los miembros del grupo apostólico estaban escondidos en un aposento por miedo a los judíos (Jn. 20:19). No lograban creer en la promesa de su Maestro de regresar vivo de la tumba al tercer día. La ironía era que mientras los líderes judíos temían que los apóstoles robaran el cuerpo de Jesús, los apóstoles temían que esos mismos líderes los aprehendieran para terminar de una buena vez con aquel movimiento disidente. De manera diferente, pero se tenían miedo los unos a los otros. Y las mujeres que habían visto morir al Señor, madres de los apóstoles (Salomé, madre de Jacobo; María, madre de Jacobo el menor, por ejemplo), ¿cómo no imaginar que también ellas habían sido influenciadas por sus hijos sobe el temor al peligro que les amenazaba?

Aquel sábado de Pascua, incluidas la noche anterior y la posterior, fue un tiempo de amargo temor. Es el temor que reina en el corazón de las personas que no cuentan con la vitalidad de aquella vida eterna que proviene de Jesús Resucitado. Qué consuelo milagroso fue transmitido, entonces, en aquel segundo día después del “día de la preparación”, cuando, desde el amanecer hay una voz angélica que anuncia el fin del temor: “No temáis vosotras; porque yo sé que buscáis a Jesús, el que fue crucificado. No está aquí, pues ha resucitado, como dijo. Venid, ved el lugar donde fue puesto el Señor” (Mt. 28:5,6); y unos minutos después, el mismo Maestro viviente ordena: “No temáis, id, dad las nuevas a mis hermanos” (Mt. 28:10).

El vulgo ponía en duda las palabras y carácter de Jesús mientras moría, y lo desafiaba retándolo a dar su prueba contundente, según Mt. 27:39-42, “Y los que pasaban le injuriaban, meneando la cabeza, y diciendo: Tú que derribas el templo, y en tres días lo reedificas, sálvate a ti mismo; si eres Hijo de Dios, desciende de la cruz… si es el Rey de Israel, descienda ahora de la cruz, y creeremos en él.” No, descender de la cruz no convenía al plan redentor de Dios, pero el primer día de la semana había algo mejor que eso, estaba entre ellos de nuevo, apaciguando los temores y avivando la vida de quienes crean en él con su paz, su gozo, su poder.

No podemos dejar de percibir en México una pesada atmósfera de inseguridad y temor en vista de las elecciones de 2018. Unos temen un régimen que dé continuidad al estado actual de las cosas en las que ellos ven signos de corrupción, y otros temen un cambio en el que ellos creen se podría desestabilizar el orden económico. Es nuestro deber reunir los elementos de juicio, que estén bien sustentados, para que nuestro voto sea una real aportación al destino del país. Pero nuestra cosmovisión cristiana nos impone el deber de descubrir a Jesucristo detrás de nuestro proceso electoral, porque, como antes, hoy él tiene la autoridad para darle muerte al espíritu de temor.

Pbro. Bernabé Rendón M.

(*) Josefo, Flavio, Antigüedades de los Judíos, Tomo III, Ed. CLIE, Barcelona, 1988, p. 144,145.

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