EDITORIAL

1. Editorial (1)Oye, Israel

Te ruego que me muestres tu gloria” (Dt. 33:18), fue la petición de Moisés al Dios invisible. Pero no se le concedió tal súplica, mostrándosele más bien alguna mínima manifestación de la presencia de Dios, con grandes limitaciones. Como Moisés, la inclinación a querer ver a Dios o las manifestaciones de Dios, es cosa muy generalizada. La vista es la mejor manera de percibir el mundo, entre el resto de nuestros sentidos de percepción; lo que se aprende viendo se conserva mejor en la memoria que aquello que se aprende sólo escuchando. Preferimos ver a oír, esto es algo muy natural, propio de nuestra naturaleza humana.

Las religiones antiguas, las anteriores y las contemporáneas del peregrinaje de Israel en su recorrido de Egipto a Canaán, estaban basadas en la vista. Los sacerdotes necesitaban mostrar algo a los adoradores, razón por la que las ceremonias paganas eran tan vistosas y atractivas, al grado de cautivar a los judíos. Aquella gente religiosa podía invitar a algún amigo a acompañarles al templo donde adoraban y decir a su invitado, “este es mi dios.” Tenían algo que mostrar a la vista. Algunas imágenes de aquellos dioses con sus templos llegaron a ser tan artísticamente elaborados que representaron joyas de la escultura y arquitectura de la antigüedad, como lo fue el caso del templo a Diana en Éfeso y la estatua de Zeus en Grecia, dos de las siete maravillas del mundo antiguo. 

Contrariamente, el templo diseñado por Dios, cuyo modelo entregó a Moisés en sus manos, no contenía ninguna imagen de él. Ningún judío podía invitar a algún amigo gentil a visitar el templo para mostrar qué Dios adoraba Israel. Cuando Dios se dio a conocer a la nación judía les advirtió que no intentaran depender de la vista, sino del oído. Dios quiso ser escuchado, más que ser visto. El mismo Moisés aprendió este énfasis al correr del tiempo y, cuando ya estaba a punto de morir, reunió al pueblo y les dijo: “…y habló Jehová con vosotros de en medio del fuego; oísteis la voz de sus palabras, mas a excepción de oír la voz, ninguna figura visteis” (Dt. 4:12). Esto nos queda claro, la estrategia de Dios no era mostrar algo a la vista, sino dejar oír su voz. La religión del Antiguo Testamento era del oído, no de la vista. 

Lo que para los cristianos es Jn. 3:16, lo es para los judíos el shemá, que dice, “Oye Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es” (Dt. 6:4). Para Israel no hay más grande declaración bíblica acerca de Dios que ésta. Y es aquí donde tenemos la palabra, “oye”, pues de eso se trata. El gran mandamiento no es “mira”, sino “oye”.

El Nuevo Testamento es fiel continuador del propósito divino de no ser buscado con la vista sino con los oídos. Así ambos Testamentos establecen una línea de congruencia en el carácter de Dios. Jesús nos asegura que sus verdaderos discípulos le oyen, “Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen” (Jn. 10:27); “El que es de Dios, las palabras de Dios oye; por esto no las oís vosotros, porque no sois de Dios” (Jn. 8:47). Y San Pablo nos asegura que “…así que la fe es por el oír, y el oír por la Palabra de Dios” (Ro. 10:17), y que “Porque por fe andamos, no por vista” (2ª Co. 5:7). 

El escritor Peter Wagner acuñó el término La Tercera Ola, para referirse al movimiento avivacionista de nuestro tiempo. Así lo distingue de los dos períodos anteriores, registrados en el siglo XX, comúnmente identificados como el movimiento pentecostal y el movimiento carismático. La mentalidad que envuelve a las iglesias de la era de La Tercera Ola es que no bastan las Sagradas Escrituras como guía para la iglesia, si no se acompañan de fenómenos visibles que validen la predicación. Estos fenómenos serán manifestaciones especiales como liberación de endemoniados, sanidad de enfermedades y otros. Así, el postulado doctrinal de la Reforma Evangélica sobre la sola Scriptura ya no es suficiente. Transcribamos un párrafo del autor John MacArthur:

Algunos adherentes de La Tercera Ola dicen que los incrédulos deben experimentar lo milagroso para llegar a la fe completa. Ellos creen que la mera predicación del mensaje del evangelio nunca alcanzará al mundo para Cristo. La mayoría de la gente no creerá sin ver milagros, dicen ellos, y los que lo hagan serán convertidos inadecuadamente y por tanto raquíticos en su crecimiento espiritual.” (*) 

 El vehículo para el conocimiento de la verdad no es lo que pudiéramos ver, no son los milagros, no son los fenómenos espectaculares, no son las experiencias sensoriales. No dudamos que Dios quiera hacer milagros, y de hecho, los hace. Pero poner los medios como el fin es una falla de entendimiento bíblico. La verdad de Dios nos es comunicada por su palabra, única y exclusivamente por la palabra. Le interesa ser escuchado, y jamás le interesó ser visto en ninguna forma o modo. Bien lo dijo nuestro Señor y Salvador en su oración, “Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad” (Jn. 17:17). 

Pbro. Bernabé Rendón M. 

(*) MacArthur, John, Diferencias Doctrinales entre los Carismáticos y los no Carismáticos, Ed. Mundo Hispano, El Paso, 2012, p. 131. 

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