EDITORIAL

1. Editorial (1)Ojos con qué ver el mundo

Una de las doctrinas distintivas del metodismo lo es su concepto wesleyano de la gracia preveniente. Con esa idea nos referimos a la disposición favorable de Dios hacia su creación, y su influencia dejada en ella para reavivarla. No queremos decir con el vocablo preveniente que se trate de alguna segunda forma de gracia. En nuestro Dios perfecto no puede haber más de una forma de gracia, una misma actitud dentro de su naturaleza, que se expresa de manera continua y consistente en favor de todo lo creado. Le llamamos preveniente únicamente para especificar los beneficios que Dios obsequia al hombre antes de que esa misma gracia lo lleve a la experiencia de su salvación, es gracia anticipante que prepara la voluntad humana para acceder al ofrecimiento divino de una reconciliación por medio de  Cristo. La gracia de Dios es preveniente antes de la salvación del individuo, y es gracia salvadora en la hora maravillosa de la justificación y nuevo nacimiento. Pero es la misma gracia. Es el modo como el Océano Atlántico cambia de nombre de acuerdo a las playas que moja, llamándose, por ejemplo, Golfo de México por un lado, Golfo de Venezuela por otro lado y Mar Caribe por otro,  pero es el mismo Océano. Así también la gracia de Dios cambia de nombre, en nuestro concepto, dependiendo de los beneficios que esté prodigando, pero insistimos, es la misma.

La gracia divina ha sido distribuida en todo el género humano, sin excepción alguna, con la finalidad principal de prepararlo para responder favorablemente al amor de Dios. Cristo es el facilitador de esa gracia para todos, y por eso se dice en Jn. 1:9 que él era “Aquella luz verdadera que alumbra a todo hombre”. Tocará a cada persona colaborar con esa gracia o resistirla, y es la razón por la que la tarea evangelizadora de la iglesia cristiana se dirige confiadamente a la conciencia de los seres humanos en la esperanza de que se dejen llevar por esa gracia a los pies del Salvador. Para Juan Wesley la explicación del por qué las personas pueden decidir aceptar la salvación en Cristo, no está en el así llamado libre albedrío, sino en la gracia preveniente. La salvación depende enteramente, de principio a fin, de la pura gracia de Dios. 

Con precisión, Mildred Bangs Wynkoop nos lo expondrá así: “En contraste con el calvinismo que ponía el énfasis sobre el sublime poder de Dios (él crea y redime porque puede y quiere hacerlo), y Arminio quien insistió en la justicia de Dios (él no solamente es bueno, sino también equitativo con todos los hombres), Wesley recalcó el amor de Dios que incluye y unifica todos los atributos divinos en una personalidad total.” (*)

Pero hay más, la gracia es no sólo la explicación del hecho de la salvación, sino también de todo lo bueno que hallamos en la humanidad, aun entre los que no pertenecen a Cristo. Por esa gracia, la maldad es reprimida en el corazón de las creaturas para que no hagan todo lo que quisieran. A su vez, alienta buenas actitudes y acciones en toda la gente, para que procuren servirse unos a otros. Es por eso que podemos hallar buenos padres de familia, buenos hijos, gente que practica la filantropía, héroes sociales, entre personas que no conocen ni sirven a Dios. También la gracia preveniente alienta los adelantos en las ciencias y el aprovechamiento del universo para bien de todos nosotros. A pesar de que el hombre heredó el pecado de Adán de manera universal, hay en él muchos signos favorables, y la única explicación posible es que en todos está actuando la influencia bienhechora de la gracia universal de Dios. Esto nos da nuevos ojos para ver al mundo. No vemos solamente una sociedad degradada, sino una creación en la que está actuando de un modo extraordinario la gracia de Dios; todo, absolutamente todo, está pintado con los colores de la gracia.

La muerte reciente de un hombre como Stephen W. Hawking, nos hace sentir una grande e irreparable pérdida, la de un hombre en quien la gracia descansaba de manera especial. No sólo nos llama la atención su lucha contra los efectos de la esclerosis lateral amiotrófica que sufrió desde su juventud, negándose a rendirse ante las limitaciones crecientes que ella le imponía, y ganándole siempre la carrera. Llama nuestra atención también el hecho de haber sido el científico investigador que no tuvo parangón sino en Albert Einstein de quien, por cierto, tomó la teoría de la relatividad para procurar relacionarla con la mecánica cuántica con el fin de establecer conocimientos sobre los agujeros negros. Este gran hombre, a pesar de carecer movilidad de sus extremidades y de haber perdido el habla, logró escribir, en esas condiciones, varios libros. En algún momento, lamentablemente, perdió su fe en Dios, no por razones de su salud, sino por razones ideológicas, según él mismo lo explicó. 

Ya se trate de personas creyentes en religiones diferentes al cristianismo, ya se trate de Hawking o de cualquier otra persona atea, o se trate de todo el género humano, los wesleyanos tenemos ojos para ver a todos como seres depositarios de la maravillosa gracia de Dios. No podemos celebrar las tragedias de nadie, ni festejar con placer la muerte de ninguno, debido a que sentimos respeto y un grande aprecio por la creación en la que Dios quiso sembrar su gracia. Esa es la visión que tenemos, ese es el modo como vemos el mundo, nuestra doctrina nos ha dado estos ojos para ver la obra de Dios con los ojos de él.

Pbro. Bernabé Rendón M.

(*) Wynkoop, Mildred B., Bases Teológicas de Arminio y Wesley, Casa Nazarena de 

      Publicaciones, Kansas, 1973, pág. 101.  

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2 comentarios sobre “EDITORIAL

  1. Algo muy interesante es que su primera esposa era cristiana y cuando ya estaba él muy grave, hace años, insistió en que no lo “desconectaran” y muchos oraron para que viviera. Sí vivió y ella considera que fue un milagro de Dios, aunque él no lo haya querido reconocer.

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