EDITORIAL

1. EditorialReforma Protestante, llamado a re-formarnos

“Examinaos a vosotros mismos si estáis en la fe; probaos a vosotros mismos. ¿O no os conocéis a vosotros mismos, que Jesucristo está en vosotros, a menos que estéis reprobados? […] Porque nada podemos contra la verdad, sino por la verdad“ (2 Corintios 13:5,8). 

El día de hoy los cristianos protestantes conmemoramos los 501 años de la Reforma Protestante, que se desencadenó con la publicación de las 95 tesis de Martín Lutero en la capilla del castillo de Wittenberg, en la actual Alemania, aquel 31 de octubre de 1517. Los planteamientos de Lutero, argumentando genialmente contra la corrupción en el seno de la Iglesia Cristiana liderada omnímodamente entonces por Roma, desencadenaron acontecimientos que cambiaron la forma de concebir la relación de Dios y el hombre; la relación entre los actores geopolíticos europeos del siglo XVI; y, por supuesto, la forma como se concebía la vida. Aunado a ello, otros acontecimientos como el Renacimiento Italiano, la caída del último vestigio del Imperio Romano representado por el Imperio Bizantino y el descubrimiento de América, todo ello en el entonces reciente siglo XV, hicieron que los aspectos políticos, económicos, sociales, religiosos y espirituales, sufrieran una sacudida que tendría impacto hasta nuestros días.

Pero todo ello también surgió de la crisis personal del propio Lutero, quien en su búsqueda de la redención, cayó en cuenta que debía volver al mensaje primigenio y genuino de la Escritura. Posterior al evento de 1517, pasó leyendo, meditando y escribiendo varios años, haciendo un trabajo de interpretación seria de la Escritura y no sólo apelando a la teología de las emociones que son propias del ser humano, pero no pueden sustituir a la fe. Publicó posteriormente muchos documentos como sus comentarios a los Salmos y a la epístola a los Gálatas, así como sus traducciones del Nuevo Testamento (1522) y del Pentateuco (1523). Lutero sabía que los fundamentalismos ignorantes podían llevar a polarizaciones con resultados catastróficos, como sucedió con las rebeliones campesinas en la misma Alemania durante 1524 y 1525. Desde entonces, las iglesias protestantes se han esforzado por la concreción del Reino de Dios “Sólo por medio de la Escritura”, proclamando que “Sólo por la fe Dios salva”, “Sólo por la gracia”, “Sólo a través de Cristo” y, todo, “Sólo para la gloria de Dios”.

Frente a la mentira y la ocultación de la memoria histórica de muchos pueblos, otros reformadores anteriores a Lutero, como Jan Hus en Bohemia se consideran hoy como héroes nacionales en países como la República Checa. Hus proclamaba “Amaos unos a otros, desead la verdad sobre todos”. En el pensamiento de otro excelente protestante, Jan Amós Komensky, más conocido como Comenius y considerado padre de la didáctica y del libro de texto, escuchamos frases como: “¡Mantente viva, nación consagrada a Dios! ¡No mueras!” y  «Si la gente lee la Biblia en casa, no podrá confundirse».

En nuestro querido México, la presencia protestante no comenzó con la llegada de los primeros misioneros de las iglesias consideradas “históricas”. Hubo personajes que, anterior a ello, se destacaron por una búsqueda genuina de la verdad bíblica. En esta edición exploramos, en la pluma de Carlos Martínez, García, sus múltiples orígenes, pero con un solo fin: la liberación del pueblo de ataduras, ignorancias y prejuicios. Siempre buscando de la verdad a través de la redención del individuo y su respectivo impacto social.

Y la verdad, estimado lector, no requiere sinuosos y complicados recovecos para conocerla, ejercitarla y comprenderla. Jesús es La Verdad. Dijo el Señor que si permanecemos en su Palabra, si guardamos sus mandamientos, si permaneceremos en su amor, seremos verdaderamente sus discípulos. Y conoceremos la verdad. Y la verdad nos hará libres. Reafirmando en palabras del apóstol Pablo: “Nada podemos contra la verdad, sino por la verdad”.

Pero para ello, debemos estar dispuestos a reformarnos nosotros mismos acogiéndonos sólo a la gracia misericordiosa de Dios. Y si pertenecemos a la verdad, nuestra pertenencia debe ser incondicional. Un principio básico de la dignidad humana es el amor al prójimo en el aquí y en el ahora, y debe ser fruto de nuestra interpretación y ejecución de Su Palabra y de sus mandamientos.

Examinémonos y probémonos.

Martin Larios Osorio.

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