Dios, el Perfecto Imperfecto

DIOS, EL PERFECTO IMPERFECTO

Alan Sánchez Cruz
Domingo 29 de marzo de 2020

Soy el pastor Alan Sánchez Cruz. Antes de iniciar la reflexión, quiero invitarte a que realices este ejercicio: cierra tus ojos o, si puedes, véndalos hasta que te dé la indicación de que los puedes abrir o descubrir. Puedes pausar el video antes de seguir.

Bien. Continuando con los mensajes a distancia, el título de este es: “Dios, el perfecto imperfecto”. Por supuesto, utilizar estos conceptos que van de extremo a extremo no solo resultaría una contrariedad sino, inclusive, una herejía, al considerar que el mismo Dios pudiese tener los dos adjetivos. ¿Puede Dios ser perfecto e imperfecto a la vez? ¿Pueden en él habitar el bien y el mal? ¿Pueden existir en él la luz y las tinieblas? El evangélico común dirá: “¡Por supuesto que no! Pastor, ¿qué nos quiere decir?”. Podemos acudir a la Biblia y citar versículos como los siguientes, para defender la idea que ya he mencionado:

“Ustedes deben ser perfectos como Dios, su Padre que está en el cielo, es perfecto” (Mateo 5:48 TLA). Por tanto, está claro que Dios no es imperfecto sino perfecto.
“Él es un Dios bueno; su amor es siempre el mismo, y su fidelidad jamás cambia” (Salmo 100:5 TLA).

Es claro que Dios no puede ser malo, sino bueno.
“Jesucristo nos enseñó que Dios es luz, y que donde Dios está no hay oscuridad” (1 Juan 1:5 TLA). Una vez más, Dios es luz y no hay oscuridad en él.

¿A qué pretendo ir acercándote, hermana, hermano, con esto? Ante la pandemia que vive el mundo, cuando nuestro país pasó a la fase 2…, así como ante diversas enfermedades y males que han sobrevenido al planeta, no falta la inquietud cuasi eterna: “¿Por qué Dios lo permite?”. No es mi afán hacer labor de apologista y decir: “La Biblia dice que cosas peores iban a suceder”, o “estamos en tiempos apocalípticos”. Nos mete en problemas considerar que el Dios perfecto pudo equivocarse y permitir ciertas imperfecciones en su creación; o, que, en aquella su luz inmarcesible, hay un poco de oscuridad. Según el Génesis, cuando Dios creó al mundo vio que todo era bueno. No obstante, la humanidad ha sufrido guerras desde la antigüedad, pestes, divisiones a causa del color de piel, de la preferencia sexual, latitud geográfica y de la religión. Ante ello, la respuesta inmediata de un gran sector del cristianismo ha sido: “Dios no se equivoca, los males del mundo son consecuencia del pecado de la humanidad”. El pastor lo dijo, cerramos la Biblia y nos vamos. ¡Está todo resuelto!

De esta manera segregamos a quienes son diferentes a nosotros. Pregunto, ¿cuántos grupos marginados hay en nuestras congregaciones? ¿Ubicamos alguno? “Sí, yo sé que no soy perfecto, por eso asisto a la iglesia”, “soy un pecador, pero Dios ha perdonado mis pecados y ahora soy nueva creatura”. Pero, con esta misma actitud, sin ser biólogo ni genetista, critico, rechazo, niego, margino -y no he dicho, condeno- a quienes forman parte de los grupos como la comunidad LGBT+. Hay pastores, predicadores, que inclusive se burlan de quienes asisten a nuestros templos.

Otro grupo marginado es el de las y los pecadores. “La chica salió embarazada”, “¡que no vaya a la iglesia por un buen tiempo!”. “El pastor pecó, se equivocó”, “no hay que hablar de restauración, ¡hay que hablar de juicio!”, “¡y más condenación merece porque conoce la Palabra de Dios!”. Al sector infantil también lo marginamos, cuando preparamos liturgias únicamente para los adultos, creyendo que sólo nosotros comprendemos el misterio de Dios. Pero hay un sector más, al que estamos olvidando. Hermana, hermano que tienes la venda, te la puedes quitar, abre los ojos. Dime, ¿quiénes pertenecen a ese sector? Si tú fueras parte de este sector marginado, o de los demás que he mencionado, ¿cómo te sentirías al escuchar a un cristiano/a, pastor/a al decir: “Tu condición es consecuencia de tu pecado”? Leeré Juan 9:1-7 en la Traducción al Lenguaje Actual:

Cuando Jesús salió del templo, vio por el camino a un joven que había nacido ciego. 2 Los discípulos le preguntaron a Jesús: —Maestro, ¿quién tiene la culpa de que este joven haya nacido ciego? ¿Fue por algo malo que hizo él mismo, o por algo malo que hicieron sus padres? 3 Jesús les respondió: —Ni él ni sus padres tienen la culpa. Nació así para que ustedes vean cómo el poder de Dios lo sana. 4 Mientras yo esté con ustedes, hagamos el trabajo que Dios mi Padre me mandó hacer; vendrá el momento en que ya nadie podrá trabajar. 5 Mientras yo estoy en el mundo, soy la luz del mundo. 6 Enseguida Jesús escupió en el suelo, hizo un poco de lodo con la saliva, y se lo puso al joven en los ojos. 7 Entonces le dijo: «Ve a la piscina de Siloé, y lávate los ojos». El ciego fue y se lavó, y cuando regresó ya podía ver.

Contrario a lo que pudieses pensar, no voy a llegar a la conclusión tradicional: “Dios quiere que comprendamos que en ocasiones también somos ciegos espirituales”. No estoy diciendo eso. Tal vez no haya invidentes o débiles visuales en tu congregación, o tal vez sí; probablemente no hay alguien con TDA, probablemente sí; tal vez no haya sordomudos, autistas, etc. Muchas veces no los miramos en el culto, porque los padres prefieren que sus hijos o familiares adultos no causen molestias.

Intenta imaginar cómo se siente un invidente cuando quien está al frente dice: “Les invito a abrir sus Biblias en Juan 9:1-7 y leamos alternadamente”, “cantemos el himno que a continuación se proyectará en la pantalla”. ¿Se sentirá parte de nuestra comunidad, de la dinámica de nuestra iglesia? Necesitamos meditar en este tema pues, si bien hoy no les vemos en el templo porque seguimos resguardados en los hogares, hay familias de nuestras iglesias que preguntan “¿qué podemos hacer para que mi hija, mi hijo, se sienta parte de la familia de la fe?”. Mientras pastoras y pastores, líderes, hermanas y hermanos con mucho o poco tiempo en la iglesia dicen: “No sé, nunca me había detenido a pensar en ello”.

Como mencioné antes, hay personas a las que hemos desplazado, y nuestra lectura bíblica lo ha permitido. ¿Quieres otro ejemplo? John M. Hull, autor del libro Dios ciego, Biblia ciega, afirma que la Biblia se escribió pensada en los videntes. No solamente porque sea un libro -o libros- para quienes ven y saben leer, sino porque, inclusive en los Evangelios, ser ciego está mal. Por eso es necesario que Jesús los sane, para que abandonen la oscuridad (que, en aquel tiempo, representaba maldición, pecado, olvido, distanciamiento de Dios) y reciban la luz que es libertad y comunión con Él. Hull dirá que, así como hay un Dios que todo lo ve, también hay un Dios invidente que comprende la condición de quienes viven en oscuridad. Quiero tomar dos citas que él rescata para hablar de ello (Job 12:22 y Salmo 18:9-11): “Él descubre las profundidades de las tinieblas, y saca a la luz la sombra de muerte” (TLA). “Dios partió el cielo en dos y bajó sobre una espesa nube. Cruzó los cielos sobre un querubín; se fue volando sobre las alas del viento. Se escondió en la oscuridad, entre las nubes cargadas de agua que lo cubrían por completo” (TLA).

Las nubes, la espesura de la oscuridad debajo de sus pies. Como un invidente. Dios conoce, también, la oscuridad y a quienes habitan en ella. Tiene, como Jesús enseñaba, el deseo de hacerlos parte de la vida en comunidad, ¿cuándo, como Iglesia, será aquel nuestro deseo? En este tiempo de cuarentena, busquemos maneras de involucrar a aquellas y aquellos a quienes hemos marginado. Hay materiales para la iglesia -aunque pocos- para dialogar con personas discapacitadas o con capacidades diferentes y otros recursos para involucrar a la gente que antaño rechazamos, marginamos, por una mala lectura y comprensión de la Palabra de Dios. Aquellos que a nuestro juicio son imperfectos y les señalamos, son perfectos y amados por el buen Dios.