EDITORIAL

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Cristianos de autoconsumo

Vivimos una época que, con crisis sanitarias, económicas, sociales, o sin ellas, se caracteriza por la búsqueda del bienestar y el éxito, fundamentado en la satisfacción personal e individual de todo cuanto gozamos. Desde los satisfactores más básicos para el cuerpo, hasta los más elevados de aceptación y trascendencia, a través de una espiritualidad ególatra buscando el bienestar individual y consumista. Los valores del Reino de Dios no son estos valores.

La fe wesleyana no sólo es un asentimiento especulativo y racional, frío y sin vida, sino también una disposición del corazón. En esta edición de El Evangelista Mexicano disfrutamos de la reflexión que nos comparte el Obispo Moisés Morales Granados, con su participación en la Semana Nacional del Hombre Metodista, evento que congregó vía remota a miles de hombres metodistas de México y Latinoamérica con el reto de la fe como fuerza para “arrebatar” el Reino de los Cielos (Mt. 11:12).

Esta fe “que mueve montañas”, nos debe motivar para actuar y promover decididamente la verdad bíblica en nuestras iglesias, mediante la capacitación de pastores y líderes apoyados en estudiosos de la Biblia, permitiendo a todas las personas tener acceso a espacios donde puedan debatir y exponer sus interrogantes. Para ello, es necesario el cuestionamiento mediante teología sistemática que, si se evita, limitará nuestra fe para convertirla en una “fe perezosa”.

También, actualmente vivimos un clima de violencia social en la que, de una u otra manera, participamos todos. Desde esos pequeños hábitos de comunicación intrafamiliar que tenemos en el hogar, hasta los más visibles actos criminales, podemos notar la evidente ausencia de amor. Un vacío que nos impide observar nuestras condiciones comunitarias; nos endurece y nos hace insensibles a las necesidades y sentimientos del otro; y, finalmente, se manifiesta en la violencia individual, familiar, social, política, etc. En suma, en la corrupción social que vivimos hoy.

Sin embargo, podemos afirmar que, en muchos sentidos, la violencia -de cualquier tipo-, la generan los indiferentes: en todo proceso de violencia hay una víctima, un victimario y un indiferente. Dios quiera que nuestra Iglesia NO sea parte del sector indiferente que sólo ve, opina, juzga… y no actúa. Algunos hermanos, ya ahora mismo, la llaman la “indiferencia activa” de la Iglesia en temas que preocupan a nuestro pueblo mexicano.

El amor del Evangelio es empatía, pero CON COMPASIÓN. Y esa compasión sólo es consecuencia de que CRISTO VIVA en nosotros. No como un ente externo y etéreo, sino como manifestación de ese Espíritu que le recuerda a nuestro espíritu que somos hijo de Dios.

En todo aquello que no vulnere la esencia del Evangelio, los metodistas pensamos y dejamos pensar. Y la esencia del Evangelio es el amor. Pero un “amor activo”, de disposición de corazón, de compasión, que es capaz de dar la vida por el otro. No es el amor “que ama al pecador, pero no al pecado”, que ni siquiera es una afirmación bíblica y menos wesleyana. Hacer esa distinción, desliga a la persona de su esencia. Si lo etiquetamos así, ya lo estamos discriminando. Si lo vemos así, lo más seguro es que no hagamos nada por él o ella.

El amor cristiano verdadero comienza con la empatía, pero arropada por la compasión. La compasión sin empatía es simple caridad, y la empatía sin compasión tiene el riesgo de convertirnos en jueces implacables y señaladores de los pecados de los otros. De esos pecados que vemos “grandes” en los hombros del otro, pero pequeños en los nuestros. No se trata de consentir el pecado, sino mostrarle al pecador el Camino, la Verdad y la Vida proclamada por el Señor. Sin distingo de personas: sin importar su extracción social, su apariencia, su historia de vida, sus antecedentes (penales o no), su color de piel, su nacionalidad, su edad, su género ni su orientación sexual.

Debemos seguir trabajando por un ser humano regenerado con el amor del Evangelio de Cristo, bajo el permanente llamado de nuestro Señor al arrepentimiento y a iniciar un camino de regeneración guiados por el Espíritu Santo. No para ser cristianos de autoconsumo, sino para llevar a cuántos podamos a los pies del Maestro e incorporarlos al discipulado fructífero que le de sabor a la Tierra.

Un comentario sobre “EDITORIAL

  1. Así es, hermano. Estamos llamados a mostrar a Cristo como el camino, la verdad y la vida para todos. Que él no sólo sea el Salvador, sino el Señor de nuestras vidas. Que toda lengua confiese que Jesús es el Señor, para gloria de Dios Padre, como dice Filipenses 2.

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