Eduardo Delás *
La pregunta del enunciado es muy fácil de responder desde la geografía económica que nos enseña la universidad de la Globalización: En el mundo existen cuatro mundos. Nos centraremos en tres de ellos. El primero es el mundo occidental, el de la abundancia, la opulencia, la prosperidad, el empleo, la educación, la sanidad, los servicios sociales, en resumen, el de las naciones que son alguien. Este es el mundo en el que nos encontramos. El tercer mundo es de las naciones pobres, donde las personas sufren epidemias, desempleo, hambre, exclusión social, enfermedades y muerte prematura. Son los nadies y los invisibles de toda la vida, los que valen menos que aquello que les mata. El cuarto mundo describe a la población que vive en condiciones de desprotección, indigencia, marginación y riesgo social, y lo hace en el habitat perteneciente al primer mundo. Es toda esa multitud que describimos a menudo como molestos mendigos y sin techo que ensucian con su presencia nuestras ciudades y a quienes nos gustaría ver desaparecer cuanto antes del paisaje urbano.
Bien, ya sabemos quién es quién. Qué bien vivir en el primer mundo, ¿verdad? Nos sentimos afortunados de haber nacido en él porque, además, la división del mundo en “mundos” nos ayuda a convencernos de que ellos, los otros, se encuentran tan lejos y nos interesan tan poco que en esta jerarquía de cosmos solo merecen estar los últimos de la fila. Así, separados, cada uno en su casa, ciegos, sordos y mudos ante el infortunio de los demás universos de prójimos, vivimos, nos movemos y somos. Pero un día, de pronto y de manera repentina e inexplicable, todo cambia. Nuestro mundo se pone patas arriba de tal modo que todo queda al revés de manera tan inexplicable que aparece de súbito tocado, herido, tendido en el camino y tan vulnerable, abatido y enfermo como los demás mundos. Este drama tan repentino, brutal e inesperado recuerda una conocida parábola que contó Jesús:
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