EDITORIAL

EDITORIAL

Carácter moldeado por Jesús

Martín Larios Osorio

La ONU ha revelado que, desde que se desató la pandemia de COVID-19, se ha intensificado todo tipo de violencia contra las mujeres y las niñas, sobre todo, en los círculos más íntimos de nuestra colectividad. Esto es, en el hogar y la familia.

Es por ello que cobra más importancia seguir señalando este tema como una gran área de oportunidad para desarrollar ministerios evangélicos que atiendan, acompañen, asesoren y sanen a aquellos que enfrentan la violencia contra las mujeres, como una prioridad en las medidas de recuperación y respuesta en la condición actual del mundo ante la COVID-19. A los que lo enfrentan y lo sufren: ellas… y ellos también. Porque es una condición de pecado social que afecta a todos por igual. No es solamente a la que sufre “violencia de género”, sino para todos aquellos –mujeres y hombres- que han sido educados, formados y culturizados en un modelo en el que la mujer es sólo un objeto o un medio.

En esta edición, estimado, lector encontrarás artículos que nos llaman a la reflexión sobre este tema. A concientizar, pero también a actuar. En el marco del Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer declarado por la ONU el 25 de noviembre, El Evangelista Mexicano es un foro para que se manifieste la voz de la iglesia; pero también un foro para la reflexión y la propuesta.

Es irrelevante seguir discutiendo de quién tiene más razón o menos sinrazón. Quién es más violento o menos violento: si el que ejerce violencia contra una persona o el que destruye la infraestructura urbana. Eso es accesorio. La necesidad, que pide a gritos ser escuchada, es la necesidad de transformación de las conciencias. Esas almas que son agredidas y que agreden.

Es, por tanto, una obligación evangélica de nosotros como creyentes, si hemos sido amados y justificados por el Señor Jesucristo, ser las manos y los pies de Él que transportan amor y buscar justicia para todos los prójimos maltratados del mundo. Pero ello comienza por el amor a Dios: sin amor a Dios, no hay forma de amar al prójimo. Esta doble dimensión del amor es comentada en el artículo de Juan Simarro en esta edición.

No se trata de la banalización de los hechos arropada por la exacerbación de los sentimientos, seducción propia de los tiempos de posverdad que vivimos en la que nos parece guiar la inmediatez de las publicaciones de los medios y redes sociales. Sino de un llamado al trabajo colectivo como Iglesia para desarrollar ministerios, protocolos, materiales educativos y una pastoral que atienda esta dolorosa realidad tan cotidiana y presente. Una realidad tan dolorosamente latinoamericana y tan mexicana. Tan impactante, pero también tan retadora.

En estos tiempos, requerimos ser una comunidad con un carácter moldeado por Jesús, para ver a nuestro prójimo con ojos nuevos. Ser una comunidad que sirve al estilo del Maestro. Una comunidad santa, rescatada por Cristo y destinada a ser un pueblo santo, elegido para hacer el bien. En esa nueva comunidad las personas tienen una forma de actuar diferente de hacer las cosas. Los cristianos somos llamados para hacer conocer el Evangelio en todas las naciones, pero, sobre todo, para vivir vidas transformadas en todas las esferas de la vida humana.

En suma, ser una comunidad nueva: Hombres nuevos. Mujeres nuevas. Personas nuevas en Cristo Jesús.

Porque, así como hay violencia contra ellas en los círculos más íntimos, como la familia, el hogar y la iglesia; así como hay pecado y necesidad dentro de Su Pueblo, hay redención en Cristo para todos.

“Pero ahora que ha llegado la fe, ya no estamos a cargo de ese esclavo que era la ley, pues por la fe en Cristo Jesús todos ustedes son hijos de Dios, ya que al unirse a Cristo en el bautismo, han quedado revestidos de Cristo. Ya no importa el ser judío o griego, esclavo o libre, hombre o mujer; porque unidos a Cristo Jesús, todos ustedes son uno solo. Y si son de Cristo, entonces son descendientes de Abraham y herederos de las promesas que Dios le hizo”.

Gálatas 3:25-29 DHH