EDITORIAL

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Ser Metodista Mexicano Hoy

Martin Larios Osorio

La influencia del metodismo, compromiso ético con México

El pensamiento wesleyano engloba, además de un a aceptación a Dios como creador del universo y de Jesucristo como Redentor del hombre a través de su sacrificio en el calvario, un compromiso en cada uno de los miembros de la Iglesia Metodista por medio de una actitud de amor y servicio al prójimo en un contexto social determinado.

Lo que mejor define la identidad de cualquier grupo social es la capacidad de apropiarse de sus propios elementos históricos para interpretar su pasado y transformar su sociedad en el presente inmediato. Es por ello, particularmente interesante revisar algunos aspectos de las necesidades sociales que atrajeron al establecimiento del movimiento metodista en nuestro país en las últimas décadas del siglo XIX y a su consolidación dentro de la sociedad mexicana en la primera mitad del XX. Esta revisión estará destinada a crear una conciencia del compromiso actual del cristiano metodista mexicano.

Los adeptos a las asociaciones protestantes de fines del siglo XIX en nuestro país, pertenecían a ciertas capas sociales en transición, que no incluían a los indígenas ni a los peones de las haciendas tradicionales, ni a los burgueses ni alos oligarcas. Se caracterizaban tanto por la precariedad de su situación económica como por el vínculo que los unía al capitalismo naciente como trabajadores asalariados.

El metodismo primitivo mexicano no se redujo a una mera actividad religiosa, sino que jugó un papel marcadamente político. Fue marcada la formación de actores religiosos y sociales caracterizados por una participación política particularmente significativa, sin abandonar la interpretación deísta y religiosa de la sociedad. La adhesión a las congregaciones implicaba la conversión individual. Sin embargo, ésta se daba en el marco de las relaciones naturales y adquiridas ya vigentes, no en un vacío social ni político.

Esta disidencia social interponía una visión de la vida al concepto tradicional heredado por la tradición histórica religiosa proveniente de la época colonial, donde la Iglesia Católica Romana, corporativista, patrimonial y defensora del “orden social natural”; por otra parte, la visión liberal, en búsqueda de la liberación del Estado de la tutela de la Iglesia por medio de los principios democráticos.

Las principales características de las congregaciones metodistas eran: un discurso cristiano, la participación activa del elemento laico y la referencia exclusiva a la Biblia. Su objetivo era combatir el catolicismo, acusado de fomentar el atraso, oponiéndose al progreso e impedir la democratización de las sociedades, obstaculizando la educación del pueblo. Por esto, es que las escuelas metodistas, encajaron perfectamente en la tradición liberal de la época.

Sin duda, la expansión del metodismo inicialmente se debió al apoyo de los grupos misioneros protestantes provenientes de los Estados Unidos y que, a su vez, le dieron una serie de características al metodismo autóctono. Uno de los aspectos fundamentales del protestantismo estadounidense era su carácter pragmático y ético. Predicaban la conversión y el esfuerzo individual para alcanzar una tradición intramundana y modernizar la sociedad.

Las sociedades protestantes -y por tanto las metodistas- fueron portadoras de un socialismo cristiano utópico dentro de los círculos minero y ferrocarrilero, principalmente. Las empresas que empleaban a estos elementos sociales en transición, se interesaban principalmente en la disciplina ética que fomentaban las sociedades protestantes entre los trabajadores.

Las escuelas metodistas constituyeron un atractivo para estos sectores en permanente movilización. Los maestros fueron una parte importante en la formación que pretendían dar los grupos protestantes, ya que su origen social y su vinculación con la red de congregaciones protestantes rurales y urbanas los hicieron sensibles a los profundos problemas que afectaban al país.

Es la situación económica precaria lo que explica la apertura de estos sectores sociales a las nuevas formas de asociación, que implicaban drásticos cambios de usos y costumbres, signos de modernidad provocada por un relativo mejoramiento económico.

La tarea fundamental del metodismo, en ese entonces, consistió en proporcionar una educación que no fuera entendida en el sentido exclusivamente escolar del término, sino incluyendo la concepción de formar ciudadanos corresponsables y útiles a la Patria. Esta cultura política moderna era el instrumento idónea para lograr esa transformación progresiva de los valores que se buscaba.

El programa educativo metodista hizo énfasis en la formación del individuo como actor social y en la vinculación de prácticas igualitarias y valores democráticos, y la escuela se convirtió en campo para la asimilación de estos principios democráticos por medio de la práctica escolar cotidiana. El objetivo de esta pedagogía era formar el carácter de los alumnos estimulándolos a pensar por sí mismos. Esta formación es la que debía darse en el seno, tanto de congregaciones, como de escuelas metodistas.

Las agrupaciones juveniles debieron hacer hincapié en la voluntad individual y en la “pedagogía del esfuerzo”. Es por esto, que la acogida que tuvo en su momento la Liga Epworth, fue la respuesta a una necesidad de participación, que se dio principalmente en el seno de las escuelas metodistas y que fue fomentada por mismos maestros.

Es esta voluntad de transformación, la que lleva a los metodistas a convertirse en firmes opositores al régimen de conciliación con la Iglesia Católica, encabezado por Porfirio Díaz (Presidente de la república en los periodos 1877-1880 y 1884-1911), típicamente contrarios a la participación democrática y a la formación liberal. El pensamiento metodista mexicano siempre ha rechazado cualquier forma de autocracia o teocracia.

La noción principal del metodismo ha sido el sentido de que el individuo es el único actor religioso o social posible. Es importante que comprendamos correctamente la connotación de lo que la política es. Es una necesidad inherente en el ser humano de relacionarse con sus semejantes y buscar algún objetivo social común.

Es muy probable que en los tiempos actuales, el propio desarrollo de la sociedad mexicana haya rebasado el alcance del metodismo como corriente doctrinal ética. Por ello es importante entender el compromiso que tenemos ante las profundas transformaciones que tenemos que enfrentar como miembros y actores en la sociedad mexicana contemporánea.

En lo esencial, es vital no perder la visión cristiana de transformación de nuestra sociedad. Es esta la pauta que debe regir la política de la institución metodista, cuyo objetivo es extender el Reino en la Tierra. Esta labor de expansión debe considerar el conocimiento explícito de todas las expresiones sociales que se dan en el grupo al que se pretender transformar. Esto es, la sociedad mexicana.

Por todo lo anterior, querido/a lector/a, El Evangelista Mexicano rinde honor a todos aquellos que han hecho suyo este ministerio magisterial y que, de una u otra manera, han contribuido a hacer de esta noble Patria mexicana, una tierra en la que valores del Reino de Dios permeen para convertirse en una cotidiana realidad que nos identifique como discípulos del Maestro de Maestros.