Padre Nuestro que Estás en los Cielos

Padre Nuestro que Estás en los Cielos

Alan Sánchez Cruz

Junio de 2021

El pasado 10 de junio se conmemoraron cincuenta años del genocidio conocido como “el halconazo”, respuesta orquestada por el gobierno federal con el fin de terminar tajantemente con la protesta juvenil que se creyó se había extinguido el 2 de octubre de 1968. Aquel jueves de Corpus Christi, las y los jóvenes vieron la oportunidad para salir una vez más a las calles, en apoyo a estudiantes de la ciudad de Monterrey. La manifestación estudiantil de alumnos pertenecientes a las dos casas de estudio más importantes del país -UNAM e IPN- fue reprimida por un grupo paramilitar denominado los “Halcones”. La masacre dejó un saldo oficial de 120 estudiantes muertos, de entre 14 y 22 años.

Quien suscribe, comparte una oración escrita en octubre de 2014, en memoria de las luchas independentista y revolucionaria, pero, también, puede realizarse recordando lo sucedido en la Plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco, y el Halconazo. ¡Pero, también! En memoria de sucesos recientes en los que se ha visto involucrado el gobierno federal, el de la Ciudad de México y otros estados: la falla por negligencia de la Línea 12 del Metro; el socavón que se formó en Santa María Zacatepec, Puebla, presumiblemente por excesos de la empresa Bonafont; o el caso de Betty Hernández, la joven doctora de 29 años, asesinada por la policía al interior de la presidencia municipal de Progreso de Obregón, Hidalgo.

Existen otros casos más de injusticias, de violencia, de muerte, donde no han faltado profetas que han llegado hasta las últimas consecuencias con tal de que el deseo de Dios se establezca en la tierra. Aquí la oración:

PADRE NUESTRO QUE ESTÁS EN LOS CIELOS

Jueves 23 de octubre de 2014

Me gustó escucharte la primera vez. Hablar de Dios era “bonito”, pero ha pasado el tiempo desde aquella ocasión y ya no lo es tanto. Ahora parece una burla el decir algo de ti, Dios. ¿Cómo hablar de amor, de justicia, de paz, de gozo y esperanza en mi país? No hago más que gritar “¡Violencia y destrucción!”, y tu Palabra no consuela, y hay palabras de los que predican que las ha desaparecido el viento.

Mi tierra sufre y el cielo llora porque se mueren los inocentes y nadie pudo escucharlos. Mi pueblo es un pueblo que lucha, pero parece que se ha cansado. Hubo hace mucho un cura llamado Miguel, que soñaba con su independencia; cien años después, un campesino luchó porque a los de su clase les fueran devueltas las tierras que les habían quitado los hacendados y expresaba con coraje que “la tierra es de quien la trabaja”. Esto pasó, no hubo algo más. Ni independencia, ni revolución, ni seguridad, ni victoria. ¡Que viva Hidalgo, que viva Morelos! ¡Que viva el general ‘Miliano’! Que nos lo regrese Guajardo, para que la lucha siga y alguien nos muestre que todavía hay un futuro. Porque, sin futuro, ¿de qué sirve la espera?

Zapata murió ayer, o debió ser alguien que se le parecía, porque todavía hay sangre por la vereda donde anduvo el general. Señor, dime la verdad, te suplico, ¿ya te fuiste? ¿Nos has abandonado? Porque, desde que recuerdo, siempre han existido el opresor y los oprimidos. Lo pregunto porque no me gustaría saber que nos has dejado a nuestra suerte. Los ricos se hacen más ricos porque abusan de los pobres, quienes están muertos en vida, pues falta poco para que los vendan por un par de zapatos. ¡No permitas que llegue ese momento, ni ahora ni nunca! Tal pareciera que nuestra pequeña embarcación boga en un mar de violencia. Si estás aquí –porque lo creo- escúchanos, ¡despierta, pues perecemos!

Resulta que en este país los pacificadores hallan la buena ventura cuando los desaparecen y los asesinan. Como si los buenos ahora fuesen malos y viceversa (entonces, me da miedo decir que quiero ser bienaventurado, aunque me digas que seré tu hijo). ¿Dónde está la justicia, dónde la paz? Si el plan era que participaran de algo tan puro como un beso y aun se fundieran en los deleites del amor, da la impresión que se han ocultado para no verse. Y es que con tanta violencia se prefiere estar en el escondite. ¡Pero, gracias a ti porque no todos se han escondido! Todavía hay quienes salen a las calles, y se organizan, y hacen que su voz se escuche. Porque son conscientes del dolor y desean llorar con los que lloran. Son el eco de la voz que clamó en el desierto, son un sonido continuo en el sitio donde el desierto ahora es un pueblo o una ciudad. Todavía hay quien lucha, quien espera algo mejor. Yo quiero ser de ésos, Señor. Hazme parte.

Envía tu respuesta, que venga tu reino para que el amor, la justicia y la paz dejen de ser un cuento. Para que haya una convicción en mí y para que el mundo crea. Te pido, nuevamente, por mi país que quiere tener la convicción de que todavía lo oyes, y termino: Padre nuestro que estás en los cielos, ven a la tierra, te necesitamos. Te necesito para seguir creyendo, buscando. Amén.