El Reto de la inclusión

El Reto de la inclusión

Gilberto Bravo

La Reforma Protestante impactó a Juan Wesley a través de los moravos (luteranos), la serenidad de ellos ante la muerte, contrastada con la angustia irrefrenable que nuestro hermano mayor experimentó, esta experiencia lo llevó a buscar una comunión íntima con Dios y así, justamente en una capilla morava vivió su experiencia del 24 de mayo de 1738 al cuarto para las nueve de la noche, al, ¡oh sorpresa! Escuchar la lectura del prefacio de Martín Lutero a la Epístola a los Romanos. 

El impacto de la Reforma Protestante se siente aún en los metodistas de hoy, tenemos claro que la Reforma continúa sí, y solo sí: es una reforma continua. Pero al estilo de Wesley: con un corazón ardiendo de gratitud y amor a Dios, por darnos en Cristo el perdón de nuestros pecados y derramar en nuestros corazones su amor por El Espíritu Santo que nos es dado; (Romanos 5: 5), acompañándonos en todo nuestro peregrinar temporal, (Mateo 28: 20b)

En el reciente III Encuentro Nacional de Pastores, las ponencias giraron alrededor de muchos de éstos retos, algunos sumamente desafiantes como el de la inclusión, pero precisamente lo más sobrecogedor del reto de la inclusión, es precisamente que es una asignatura pendiente no solo frente a un colectivo determinado, sino frente a toda persona que se atreve a cruzar los umbrales de nuestros templos en sus primeras veces.

Estamos desafiados a desarrollar intencionadamente un ambiente cálido que arrope a quienes recién lleguen a nuestras iglesias.

A veces pensamos que, al ser cristianos, somos amor y que expresamos actitudes amorosas para los que asisten a nuestras iglesias, ─y en efecto, se puede afirmar que muchos metodistas arropan y ejercen una verdadera pastoral con los que recién llegan a nuestras iglesias; ─ pero basta que alguno no sea así, no por falta de experiencia cristiana, sino por falta de tacto en sus relaciones humanas, para que las almas tiernas se sientan lastimadas y busquen otros horizontes espirituales. 

Un destacado pastor metodista que fue obispo, el Pbro. I. Ricardo Esparza Zumo, daba testimonio de que, al convertirse a Cristo, entrar a la Iglesia Metodista le fue muy difícil, tuvo que vencer resistencia, oposición y en algunos casos franca exclusión. 

En más de medio siglo de ser metodista he podido observar muchos casos de éstos de modo, que más parece ser una constante que un caso excepcional.

La sociedad en cuyo seno nos desenvolvemos, se ha deshumanizado, las familias pierden su cohesión por múltiples factores, eso hace que la gente esté ansiosa de encontrar una comunidad en donde no sea solo un número, sino donde encuentre relaciones interpersonales afectuosas, que le permitan desarrollar el sentido de pertenencia a una nueva humanidad cuya cabeza es Cristo, y pueda vivir la fe en Él, a semejanza de los ejemplos que mire a su alrededor, donde el disenso no sea estigma, sino la oportunidad de enriquecer a esa comunidad y enriquecerse a la vez con su amorosa retroalimentación.

La gente está cansada de pertenecer a instituciones frías, impersonales, amorfas en las que no tiene incidencia alguna, donde la ortodoxia eclesial es incomprensible y opresiva porque aplasta la riqueza humana que quieren aportan y que a la jerarquía no le interesa. 

Y ahogan su necesidad de trascendencia en los humos del alcohol, en adicciones nocivas, en relaciones humanas tóxicas que nada contribuyen a su realización humana, pero que son emocionantes. 

¡Miserables sustitutos de sus ansias de eternidad!

Esa es la gente que llega a nuestros templos, cruza nuestras puertas. Viene en busca de una relación existencial con Dios.

Y quieren ver a Cristo en nuestros rostros, sentir el amor de Dios en el amor de los metodistas, tienen hambre y sed de nuestro abrazo, de nuestra amistad de nuestra comprensión, quieren aprender a ser cristianos presenciando nuestro cristianismo.

La gente muere de hambre espiritual, se puede ver en la proliferación de practicantes de tradiciones espirituales no cristianas, por ejemplo, las de origen oriental; buscan ahí lo que no ven en la espiritualidad cristiana, lo buscan por su ignorancia de lo que es vivir en Cristo y que no han podido objetivar al observar a los metodistas. 

Libran sus luchas con métodos de autoayuda y autoconocimiento, porque no saben, no han visto en nosotros el poder del amor de Dios.

La Reforma se ralentizó por los desacuerdos en la ortodoxia, (muchos de los cuales se originaron en el ego, más que en Las Escrituras)

En toda interacción humana se dan desencuentros, es necesario aprender y enseñar a nuestras congregaciones a solucionar conflictos, desarrollar un poderoso ministerio de la reconciliación permanente, que nos permita descubrir que perdonar hasta siete veces siete no es un problema matemático, solo significa sin cuenta.

Inclusión significa brazos abiertos para propios y extraños en el desarrollo de una espiritualidad de aceptación y apoyo mutuo en el crecimiento de nuestra perfección en amor, como la de los metodistas primitivos. 

Urge aprender y enseñar a veteranos y novatos metodistas, que nuestros ojos están puestos en Jesús, quien genera y perfecciona en nosotros la fe, (Hebreos 12: 2) Y no en las debilidades humanas de cada uno de nosotros.

Al abrir los Templos, será necesario abrir nuestros corazones y nuestras mentes para recibir a nuestros congregantes, a fin de que redescubran el amor de Dios en sus hermanos. 

Preparar a los líderes para expresar el gozo de volvernos a ver. 

Por la sana distancia y uso de cubrebocas, nuestras muestras de amor cristiano se limitarán a la mirada, el tono de voz, la actitud servicial, la disposición de agradar.

Pero también tendremos que ir a buscar a los que no regresen, mantener cultos y actividades devocionales por medios remotos, no retirarnos del ciberespacio, sino capacitarnos para ser más eficientes en las redes sociales. 

Y prepararnos, como Wesley, para que cuando sea oportuno, salir a las calles y redescubrir que el mundo es nuestra parroquia y que está es tarea ¡de todos los metodistas! 

Si bien cada cual según sus dones y ministerios.

El gran desafío pastoral que nos plantea la Reforma, es que la Reforma continúa, si nos reforzamos para que sea una Reforma continua.

El gran reto para nosotros pastora, pastor, metodista comprometido o de banca, es: retornar a nuestro primer amor, Por lo cual, levantad las manos caídas y las rodillas paralizadas; (Hebreos 12: 12), implica orar como estilo de vida, más que como evento, (sin dejar de hacer el evento), poniendo nuestras rodillas en el suelo en clamor para que El Señor nos habilite a mostrar su amor a las personas, y luego poner nuestras rodillas en movimiento y hacer …sendas derechas para vuestros pies, para que lo cojo no se salga del camino, sino que sea sanado. (Hebreos 12: 13)

El gran desafío que nos plantea la Reforma, es: Seguid la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor (Hebreos 12: 14).

Una vida de oración que nos habilite a amar, a enseñar a amar y vivir el amor sin fingimiento en nuestras congregaciones a fin de transitar las sendas de nuestro peregrinar en el extendimiento del reino de Dios, quizás con lágrimas que el Señor enjuga, y a retornar con el regocijo del fruto, siendo pacificadoras y pacificadores: como nuestro Señor nos ha enseñado.