EDITORIAL

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Tiempo de Contrariedad y Bendición

In memoriam. Obispo Rogelio Hernández Gutiérrez (1969-2022).

El 24 de febrero de 2022, tropas rusas invadieron Ucrania en un episodio bélico que acapara la atención de los espacios noticiosos del mundo en los días recientes, porque se realiza en un continente que ha sido importante polo de la civilización occidental y escenario de las guerras más cruentas de la humanidad en los siglos más recientes. Los medios electrónicos dan cuenta de imágenes, reportajes y testimonios, influenciados por los intereses que los mueven y los mercados a los que sirven, enfatizando los sinsabores del conflicto. Pero en cada crónica, en cada fotografía y en cada narración, encontramos la desazón por un evento que, de una u otra manera y como siempre, afectará a los más vulnerables: a la población civil, a la niñez y a los sectores sociales más deprimidos económicamente, en aquella y en muchas otras regiones del mundo.

Múltiples sectores de la política, de la ciencia y la religión a nivel mundial, se han pronunciado por el cese de hostilidades por parte de las partes beligerantes, pero también en el llamado a la sensatez de los líderes de las naciones para que prevalezca la paz con justicia, evitando a toda costa la opresión del hombre por el hombre. Los evangélicos en todo el mundo ya se han pronunciado y los metodistas no somos la excepción.

Ese mismo día 24, la Iglesia Metodista de México, despidió al Obispo en la Conferencia Anual Septentrional Pbro. Rogelio Hernández Gutiérrez, quien partió a la Patria Celestial el pasado 22 de febrero. Por primera vez en su historia, la Iglesia Metodista de México ve partir a uno de sus obispos en pleno ejercicio episcopal. Independientemente de su labor como obispo, nuestro hermano Rogelio tenía ya una amplia trayectoria como pastor en la CAS, que lo llevó a cumpir fielmente a la vocación que Dios le hizo hace ya varias décadas, dejando huella en las congregaciones en las que sirvió.

Los obispos Moisés Morales y Raquel Balbuena, haciendo acto de presencia en el Culto de Acción de Gracias en el funeral del obispo Hernández, nos compartieron bellos mensajes llenos de sabiduría del Señor, consolando a la familia del obispo Rogelio y a todo el pueblo metodista. Nos hicieron reflexionar sobre la semilla de esperanza que vivimos en tiempos de contrariedad; como lo señala el Predicador sabio del Eclesiastés: hay tiempo de llorar y tiempo de reír, tiempo de endechar y tiempo bailar; tiempo de guerra y tiempo de paz. Pero en ese ritmo perenne y hermoso de la vida, la mano del Señor se manifiesta ya que es imposible acercarse a Su Gracia solamente en tiempo de bonanza. Es necesario que vivamos todas esas “contrariedades” que, aparentemente, son obstáculos para las bendiciones de Dios. En todo caso, son oportunidades para fortalecer nuestrta fe y conocer que no hay cosa mejor que alegrarse, para hacer bien en la vida; y que también es don de Dios que todo hombre goce el bien de toda su labor.

Pareciera que vivmos tiempos de contrariedad y desesperanza. No es así. Vivimos tiempos de endechar, es posible. Son tiempos en lo que el lamento y el dolor pueden nublar la vista y la mente. Son tiempos en los que los sucesos cotidianos pareciesen llevar un curso contrario a la voluntad del Buen Pastor. A fin de cuentas, no impiden el logro de ello, sino que nos obligan a volver nuestros ojos y voluntad al Señor de la mies, al Creador y al Padre Eterno.

Que nuestra oración sea que Dios ponga eternidad en el corazón de todo el mundo, aún sin que alcance el hombre a entender la obra que ha hecho Dios desde el principio hasta el fin. Que nos lleva a entender que:

“El Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho. La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo”.

Jn. 14:26-27

No es momento para el miedo, sino para mostrar la paz de Dios al mundo. La Iglesia deber esa mano del Señor que muestra ese amor y consuelo. El mensaje de nuestro Señor Jesucristo nos reta a interiorizar en nosotros esa convicción y transmitirla a otros, en medio de la adversidad, bajo una visión que nos muestra que Dios nunca nos abandona y que participa de la pasión humana. El fiel puede superar el sentimiento de abandono y de desamparo y sentirse acompañado. Porque lo terrible del sufrimiento es la soledad, cuando no hay nadie que te diga una palabra de consuelo y te de un abrazo solidario. El sufrimiento no desaparece, pero se hace más soportable.

Pero es un acto de razón reconocer aquello que la supera. Ella se inclina ante Algo mayor, ante el misterio, y se obliga a admitir que el sufrimiento está ahí, produce tragedias y muertes de inocentes. No hay respuesta al sufrimiento, queda reservada a Dios.

El mundo hoy requiere abrazar la reconciliación que da Cristo en su amor. La que hace que veamos a nuestro prójimo con otros ojos, no la que simplemente se acuerda en el plano político o militar, la que hace que disfrutemos la paz que el Señor nos da en tiempos de contrariedad y la convierte en bendición para nosotros y para los que nos rodean.