Desde que recuerdo, en casa constantemente escuché la frase “El trabajo todo lo vence”. Dicha frase fue una realidad en la vida de mis padres como profesionales de la educación. Pasado el tiempo supe que era el lema de la institución donde mi madre estudió, institución de la cual yo también egresé años después.
Como docente siempre me ha gustado contar historias o anécdotas que me lleven a reflexionar sobre la vida diaria, común, que de alguna manera puedan aplicar en el andar cristiano y se relacionen con el servicio que como hijos de Dios prestamos.
En dos diferentes generaciones tuve alumnos que se distinguieron por haber puesto atención a una primera indicación que di cuando tomaba el grupo a mi cargo; la indicación era en relación con la oportunidad que todos tenían por igual para alcanzar un lugar en la escolta y al mismo tiempo esforzarse en pasar sus exámenes para obtener un espacio en la siguiente institución de su preferencia al concluir sus estudios primarios.
Ambos alumnos durante sus primeros años escolares no mostraron ser destacados en sus grupos. Por sus maestras anteriores eran considerados dentro de los “cumplidos” sin llegar a la excelencia. Después de escuchar las indicaciones para la forma de trabajo que tendríamos, curiosamente se acercaron y me hicieron la misma pregunta: “Maestra ¿también yo puedo participar?”, a lo que respondí muy bíblicamente “Todos son llamados” su segundo cuestionamiento fue “¿Qué tengo que hacer?”, en respuesta obtuvieron “Trabajar para vencer”.
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