Se sentó a la mesa con los doce
Y comió y bebió y les dio a ellos
“Tomad, comed, esto es mi cuerpo”,
Y mi sangre, el nuevo pacto a su provecho.
El diablo había puesto ya en Judas
traicionar al Maestro, por dinero;
Jesús no había cumplido sus deseos
Y lo entregó a los judíos con un beso.
Se quitó su manto, se ciñó una toalla
Y, humilde, lavó los pies de ellos;
¡El Señor y el Maestro se hizo esclavo! y dijo:
“Ejemplo os he dado, así hacedlo”
Subió al huerto y oró al Padre:
“No sea mi voluntad, sino la tuya.”
Y era su sudor, como de sangre,
Cual si trajera cortadas o hendiduras.
El día de la muerte había llegado
Y ésta celebraba su victoria;
Su soberbia, sin saber, la había engañado
Y no veía el final de la historia.
Jesús subió a la cruz y dio su vida;
El justo por los pecadores se entregaba.
El Dios que se hizo carne así moría
Por salvar la humanidad que tanto amaba.
Y así acabó ese día de la muerte,
La que aún maltrata y engaña a la gente,
Pero algo sucede al llegar el tercer día:
El fin de esta historia, ¡lo más sorprendente!
Raúl García de Ochoa
Cd. Benito Juárez, N.L., México
4 de abril de 2026
Dedicado al pastor Esteban de León, quien lavó los pies de sus discípulos.
