Raul Anthony Olmedo Neri
Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, Universidad Nacional Autónoma de México,
México raul.olmedo@polticas.unam.mx
https://orcid.org/0000-0001-5318-0170
Doctor en Ciencias Políticas y Sociales por la Universidad Nacional Autónoma de México
Sin embargo, esta posición no siempre fue evidente; durante el siglo XX la población rural mexicana disputó su legitimidad en la sociedad, pero la desfavorable correlación de fuerzas que se fue fraguando generó que este grupo social dejara de ser un actor estratégico en los proyectos políticos de desarrollo nacional y se convirtiera en una merma histórica bajo el neoliberalismo.29 Esta oscilación de su reconocimiento a su desacreditación es producto de los cambios estructurales de orden político-económico que se dan a nivel mundial,30 específicamente después periodo de posguerra.31
En este proceso la correlación de fuerzas fue favorable o no, dependiendo de las condiciones contextuales en las que el campesinado luchaba por su legitimidad social e histórica. Por ello resulta importante mostrar los cambios estructurales para reconocer cómo la participación protagónica de los jóvenes rurales se diluyó conforme el sistema dejó de ofrecerles una integración positiva y funcional en el modelo económico al grado de orillarlos al exilio urbano.
Las bonanzas del Modelo Sustitutivo de Importaciones (1940-1970)
El Modelo Sustitutivo de Importaciones fue estratégico para que México pudiera desarrollar sus instituciones y mejorar las condiciones de la vida tanto en el campo como en la ciudad. El también llamado “Milagro Económico Mexicano” ofreció la oportunidad al sistema de integrar de manera funcional a la clase media que se formaba en las ciudades, por un lado, y ofrecer la posibilidad de crear futuros dignos para la juventud de ese tiempo, por otro lado.32
En este periodo, la clase obrera y campesina fueron parte del modelo de producción económico de forma articulada e incluyente.33 Esto quiere decir que su papel no solo fue dinamizar la producción de mercancías para el mercado nacional, sino que, a la vez, la calidad de vida que tuvieron y el poder adquisitivo que ostentaron les permitió consumir aquellos productos y servicios que producían.34 Lo anterior fortaleció tanto el proceso de industrialización nacional como su dinamización mediante el consumo sostenido de grandes sectores populares.35
Especialmente para el campesinado, su función dentro del Modelo Sustitutivo de Importaciones le dio una legitimidad social y estructural porque estaba orientado a la producción de granos básicos para controlar su precio,36 garantizando así que el ingreso de la clase obrera permitiera el consumo de productos a los que antes no tenía acceso.37 Por lo tanto, la producción campesina era estratégica dentro del plan de desarrollo del Estado mexicano y la industrialización, por lo que el campesino se encontraba en una posición privilegiada38 que le otorgaba una mejor calidad de vida y legitimaba su demanda relativa al reparto agrario.39
Los beneficios que otorgaba el Modelo Sustitutivo de Importaciones durante el periodo de la posguerra dieron paso al crecimiento sostenido de la economía,40 de la población41 y de sus condiciones de vida.42 La Gráfica 1 muestra el crecimiento poblacional y su distribución en zonas rurales y urbanas de México durante el siglo XX y parte del XXI.
Gráfica 1. Crecimiento y distribución poblacional en México (1930-2020)

Nota: Se mantiene el criterio del Inegi sobre localidades rurales (con menos de 2,500 personas) porque no hay una desagregación por tamaño de localidad en los censos de 1930, 1940, 1950 y 1960. A pesar de su empleo, consideramos que esta clasificación es injusta porque limita lo rural y la ruralidad a una dimensión poblacional de orden cuantitativo, negando los territorios
bordes y las mezclas de actividades, identidades y culturas que se dan entre lo rural y lo urbano. Es preciso aclarar que los porcentajes sólo ilustran la composición predominantemente urbana que va adquiriendo la sociedad mexicana durante el siglo XX, pero no significa que las zonas rurales decrezcan en cuanto a población. De hecho, en términos absolutos se puede observar que la población rural creció, aunque en menor cantidad que la población urbana. La Tabla 1 muestra este crecimiento poblacional durante el siglo XX y XXI.
Tabla 1. Crecimiento de población rural en México (1930-2020)
| Periodo (Modelo de desarrollo) | Año | Población rural registrada en censo | Crecimiento poblacional en términos absolutos entre censos |
| Posrevolucionario (Agro-minero Exportador) | 1930 | 11,012,091 | No aplica |
| Posguerra (Modelo Sustitutivo de Importaciones) | 1940 | 12,757,441 | 1,745,350 |
| 1950 | 14,807,534 | 2,050,093 | |
| 1960 | 17,218,011 | 2,410,477 | |
| Crisis (desajuste estructural) | 1970 | 19,916,682 | 2,698,671 |
| Neoliberalismo (Modelo desarticulado y excluyente) | 1980 | 22,547,104 | 2,630,422 |
| 1990 | 23,289,924 | 742,820 | |
| 2000 | 24,608,597 | 1,318,673 | |
| Transición (Agroindustrial Transnacional) | 2010 | 26,049,769 | 1,441,172 |
| 2020 | 26,983,528 | 933,759 |
Fuente: Elaboración propia con datos históricos Inegi.
Se puede observar que de 1940 a 1970 hay un crecimiento constante de la población rural en México; esta situación va a cambiar por los cambios estructurales y productivos posteriores.
A partir de estos datos queda más claro que para los jóvenes rurales de la posguerra ser campesino no solo era una posibilidad de realización, sino que era la posibilidad de transitar a la vida adulta de manera ordenada y con una calidad de vida próspera. En otras palabras, el contexto les daba aliento a mantenerse en el campo por dos razones principales: la primera de ellas provenía del reparto agrario que se intensificó en el cardenismo (1934-1940). Bajo esa política se concreta la posibilidad de obtener una parcela de manera más rápida que esperar su adquisición mediante la herencia; la segunda razón descansa en la función productiva e incluyente que fungía el campesinado para el Modelo Sustitutivo de Importaciones, lo cual le aseguraba una vida con condiciones dignas para su permanencia en el campo y su sobrevivencia a partir de su participación en las actividades agropecuarias.
Rubio sintetiza esta relación de producción de dicho modelo de desarrollo de la siguiente forma: “la explotación de las bases subalternas garantizaba la reproducción del proceso de acumulación y, a su vez, el régimen de acumulación favorecía la reproducción de las clases explotadas”.43 No obstante, el Modelo Sustitutivo de Importaciones llegaría a su desgaste en los años setenta y la posición integradora e incluyente se erosionaría conforme se consolida su crisis productiva y operativa.
La crisis del modelo (1970-1982)
La crisis del Modelo Sustitutivo de Importaciones ofrece las condiciones materiales e históricas para concretar al proyecto neoliberal en México y su nuevo modelo de producción. Específicamente “México transitó durante esos años por la penosa mutación que lo engarzó al ciclo de la dependencia agroalimentaria con el exterior”;44 esta transición estuvo marcada por el decrecimiento de la industrialización, por un lado, así como por la desfavorable correlación de fuerzas para las clases subalternas que veían cada vez más acotado su margen de acción e integración dentro en el viejo modelo y su potencial marginación en el nuevo.45 Así pues, la crisis de un modelo a otro implicó la disputa del campesinado por mantener su función productiva y legitimidad en la sociedad mexicana.46
De acuerdo con Bartra son tres las causas estructurales que dan paso a la crisis en el campo mexicano en los setenta: por un lado, la reproducción de un capitalismo dependiente y con una base de acumulación periférica donde la industrialización se apropia del excedente de la producción de pequeños productores; por otro lado, la crisis del modelo de desarrollo agropecuario que se manifiesta con el crecimiento de la población por encima de la capacidad de producción de alimentos, lo que dificulta que los precios agrícolas se mantengan controlados, provocando la importación de alimentos e incrementando su valor de venta en el mercado. En tercer lugar, se encuentra la crisis de la política agraria nacional donde se muestra el divorcio entre el proyecto del Estado mexicano y el campesinado al finalizar discursiva y empíricamente el reparto agrario.47
Estas causas de orden estructural tendrán efectos negativos sobre la población rural, mismos que pueden verse a través del inicio de su decrecimiento poblacional; por un lado, la Gráfica 1 muestra que en los censos de 1960 y 1970 se registran las caídas porcentuales más drásticas sobre la población rural en comparación a la urbana (8.1 % y 8.0 % respectivamente), mientras que la Tabla 1 evidencia que a partir de los setenta se comienza a registrar el decrecimiento en la población rural, el cual tocará su punto más bajo registrado hasta el momento dentro del periodo neoliberal, particularmente durante la década de los ochenta.
Por lo anterior, estas causas promoverán en los años setenta, primero, movilizaciones locales y la toma e dtierras en zonas donde el capital de avanzada estaba establecido,48 y, después, todo un movimiento campesino nacional con una fuerza que acercó a México a una guerra civil.49 Entonces, la crisis del Modelo Sustitutivo de Importaciones incitará la constitución y el despliegue de un movimiento campesino nacional que luchará, entre otras cosas, por el excedente de la producción apropiado –hasta ese momento– por la agroindustria, por la apropiación del ciclo productivo, por los puestos de representación política a nivel local y municipal para hacerle frente a los poderes fácticos como el cacicazgo, así como la defensa y exigencia de la lucha por la tierra.50 Este movimiento será clave no solo por el carácter de clase, primero
de jornaleros agrícolas que buscan hacerse de tierra (campesinización), y después de campesinos que buscan mantener su función productiva en el modelo productivo (recampesinización),51 sino que además concluirá con una correlación de fuerzas temporalmente favorable para este sector que dará paso a los mayores repartos de tierra en el norte del país,52 desde donde el capital de avanzada sometía a sus lógicas a los demás sectores productivos.53En este periodo de crisis los jóvenes rurales tuvieron un papel protagónico, aunque no se le ha reconocido explícitamente. Por un lado, los (jóvenes) campesinos y jornaleros agrícolas no solo luchaban por mantener una posición funcional e incluyente dentro del nuevo modelo, sino que a la par estaban librando una batalla por la continuidad de un proyecto donde su futuro seguía siendo esperanzador a través de la reproducción de las formas de vida y estructuras productivas campesinas. Entonces, el movimiento campesino nacional que surgió en el periodo de crisis no puede pensarse solo como una lucha histórica y anta-gónica entre la agroindustria y el campesinado, sino como una expresión de la batalla ontológica entre el horizonte de posibilidades juvenil y la estructura capitalista que aspiraba a una reconfiguración en beneficio de la acumulación.
Para sustentar la idea del protagonismo de los jóvenes rurales en el campo y con ello en el movimiento campesino nacional se presenta la Gráfica 2. Esta gráfica muestra la presencia de las juventudes rurales en los años de la crisis y posteriores.
Gráfica 2. Porcentajes etarios en la población rural de México (1970-2020)

Fuente: Elaboración propia con datos históricos de Inegi
Nota: Se ha descartado aquella población que no especifica su edad en los censos.
Antes del censo de 1970 no se tiene desagrada la información poblacional por edad o quinquenios, lo cual dificulta mostrar cómo este protagonismo se fraguó durante la bonanza económica y social del periodo de posguerra.A partir de esta gráfica es posible afirmar que para los años setenta, el campo mexicano prácticamente gozaba de una juventud productiva y etaria al representar poco más del tercio de la población rural. De hecho, son los jóvenes rurales quienes históricamente han ostentado la mayor presentación porcentual de la ruralidad mexicana, aun a pesar de las reconfiguraciones del sistema económico y político del país; caso contrario han sido las infan-cias rurales, las cuales han decrecido su representación porcentual con más evidencia desde inicios del siglo XXI.
Al sumar el porcentaje de los menores de 29 años en el campo, se observa que en conjunto representan el 72.67 % de la población rural para 1970. Por ello es que el movimiento campesino nacional tiene un impacto trascendental dentro de los estudios agrarios y en general de la sociología rural mexicana: si bien los adulos (30 a 59 años) son quienes comandan la batalla contra el capital de avanzada que desea despojarlos de su posición privilegiada bajo el Modelo Sustitutivo de Importaciones, su base social son los jóvenes (10 a 29 años) en tanto herederos del campo y reproductores de las formas de vida y estructuras productivas campesinas.
Dicho de otra manera, el movimiento campesino nacional que cundió en los años setenta no solo responde a la lucha de clases, sino que en términos específicos es una lucha ontológica que encarnan y lideran adultos campesinos y jornaleros agrícolas de la mano con un sector de las juventudes rurales. Por un lado, aquellos (jóvenes) adultos que se encontraban construyendo su vida en el campo (con familia y tierra) luchaban por mantener aquella lógica del Modelo Sustitutivo de Importaciones que le daba sentido a su futuro próximo en el campo, dada la integración e inclusión que ello suponía; por otro lado, estos mismos adultos luchaban coordinadamente con los jóvenes rurales para preservar la legitimidad de sus ser/estar ante la sociedad y el Estado mexicano, con el fin de que las nuevas generaciones tuvieran las mismas posibilidades de hacerse de su vida en el campo y disfrutar de los beneficios de ser campesino.
Entonces, la simbólica participación de los jóvenes rurales en el movimiento campesino nacional no solo buscaba asegurar su propio futuro en el campo, sino extender las bonanzas con las que habían crecido durante losprimeros años de la posguerra hacia las nuevas generaciones que serían hijas de la crisis. Esto claramente no será posible dado que el proyecto neoliberal y su modelo de crecimiento los denunciará como parte del problema estructural más que de la solución política.
La fractura sistémica del neoliberalismo (1980-2000)
El proyecto neoliberal y el modelo de desarrollo que ofrecía implicó una fractura en la estructura de explotación y la consecuente forma de acumulación que se venía desarrollando desde los años cuarenta. Ante el desgaste de un modelo articulado e incluyente se instaló un modelo de subordinación excluyente en el que las clases que constituían el valor histórico de la Fuerza de Trabajo en el capitalismo estaban bajo amenaza: la clase obrera y la campesina.54
La también llamada “década perdida en América Latina” no solo refiere al retroceso en cuanto a desarrollo social y crecimiento económico en la región, sino que evidencia el periodo donde los países latinoamericanos sufrieron la acumulación de contextos desfavorables que contribuyeron a su endeudamiento y sometimiento ante la hegemonía internacional55 que se estaba consolidando.56 En este proceso, el Modelo Sustitutivo de Importaciones se vuelve cada vez más inviable57 y el modelo neoliberal cuestiona toda la infraestructura estatal creada bajo el paternalismo que se había producido en dicho periodo.58
Entonces, la fisura del sistema se da porque el dinamismo de la forma de explotación articulada e incluyente se redujo al grado de que “provocó también con el paso del tiempo una fractura de los mecanismos de acumulación de capital”.59 Esto generó que la propuesta neoliberal ganara legitimidad, aunque no garantizara su efectividad sobre todos los sectores de la población.60
Dado que se retira todo apoyo gubernamental hacia la producción agroalimentaria nacional bajo el discurso de reorientación política, el campesinado queda excluido de forma explícita ante la desventaja competitiva en comparación con las grandes empresas transnacionales que dominan el mercado agroalimentario mundial y que le dan una forma que les beneficie de manera exclusiva.61 Entonces, al abandonar la política de contención de
salarios mediante la producción de granos básicos no solo se excluye a los campesinos del modelo de desarrollo, sino que se incrementa su explotación y la de los obreros al dejar que los precios de los alimentos se definan mediante la competencia (desleal) del libre mercado.62
Entonces, en el periodo neoliberal no solo se da una marginación estructural, simbólica y progresiva del campesinado,63 sino que además se desarrollan mecanismos de confrontación con el claro objetivo de redistribuir la tenencia de la tierra en favor de la nueva lógica de acumulación.64 El desmantelamiento del Estado y la privatización consecuente generó una crisis al interior de las organizaciones campesinas y dentro de las zonas rurales que comenzaron a ver y vivir el desencanto del nuevo modelo de desarrollo que los veía como enemigos a vencer, más que como aliados en la nueva lógica de producción.65 En consecuencia, esta ruptura no solo vino a debilitar la presencia del campesinado y toda la estructura organizativa que venía desarrollándose desde el Cardenismo dentro del discurso gubernamental,66 sino que además obligó a una reconfiguración de las estructuras corporativistas que se habían mantenido intactas desde su conformación en el cardenismo.67
Paralelamente, el proyecto neoliberal se encargó de desplegar mecanismos de privatización indirectos al realizar reformas constitucionales como la hecha en el artículo 27° donde no solo se pone fin al reparto agrario, sino que a la vez se abre la puerta a la concentración y especulación de tierras mediante su liberación y potencial circulación en el mercado nacional.68
Así, se suprime cualquier posibilidad de acceder a la tierra más que mediante la herencia o comprándola y no como un derecho legítimo para mantener una función social estratégica.69 Esto, sumado al contexto económico desfavorable para la producción campesina tornó negativamente la visión interna y externa del campo mexicano. El contexto rural de ese periodo causó que el proceso de deslegitimación de la función del campesinado en la sociedad se combi-nara con la desatención del Estado mexicano para profundizar la adversidad tanto en la permanencia en el campo como de la sobrevivencia individual/ familiar a través de actividades agropecuarias. En suma, desde el neoliberalismo ser campesino deja de ser un modo de realización exitoso y más bien sevuelve una condena que los jóvenes rurales tratan de evitar en la medida de lo posible. Desde el neoliberalismo, los jóvenes en zonas rurales estarán ausentes de la lucha por la tierra y la demanda de mejores condiciones para su integración en la producción agroalimentaria nacional.
Esta ausencia juvenil se observa, por ejemplo, en el movimiento campesino nacional. Desde los ochenta y con mayor claridad en los noventa, dicho movimiento comienza a mostrar su incapacidad de movilización, a la vez que su fuerza de base comienza a presentar un rasgo etario específico: son campesinos adultos y de la tercera edad. Esta característica es crucial porque muestra que los jóvenes rurales no lideran dicho movimiento; por el contrario, son los campesinos de avanzada edad con tierras que luchan porque se reconozca y apoye su modo de producción. Existe, pues, una ruptura que es resultado de la monopolización del movimiento bajo un horizonte de posibilidad que ya no sintoniza con los deseos y contextos de los jóvenes rurales del neoliberalismo. Así, el divorcio entre los herederos/continuadores del movimiento campesino nacional y la agenda que ‘debían’ cumplir orilla a que el relevo generacional del movimiento campesino se frustre y en cambio se configure una confrontación entre los imaginarios colectivos de ambos grupos.
Quienes lideran el movimiento campesino nacional siguen siendo los jóvenes rurales nacidos entre las bonanzas de la posguerra y cuyo horizonte de posibilidad no interpela a los jóvenes rurales nacidos entre la crisis sistémica, quienes recriminan al movimiento que 1) las demandas no consideran sus aspiraciones y en cambio se aferran a proyectos alternativos que claramente no tienen cabida en el proyecto neoliberal y 2) las propias condiciones excluyentes del nuevo modelo neoliberal de desarrollo orillan a los jóvenes rurales a migrar en busca de mejores condiciones de vida, por lo que no pueden realmente tomar la batuta del movimiento en tanto las condiciones estructurales y contextuales los expulsa de su propio territorio.70
Bajo estas condiciones es que el campo se vacía de jóvenes y se queda con mujeres y personas de la tercera edad71 que mantienen tácticas ofensivas ante la embestida del capital privado de orden transnacional que se despliega mediante el modelo agroindustrial de tipo monocultivo y exportador,72 el
cual asfixia la economía campesina y somete a un proceso de subdesarrollo a la industria y el mercado nacional.73
Entonces ¿dónde estaban los jóvenes rurales durante la instalación del neoliberalismo en México? La inicial explicación sería: buscando alternativas de vida que les ayudaran a no heredar el campo y con ello su desesperanzadora situación. Así, el despoblamiento de las zonas rurales en México inicia en la crisis del Modelo Sustitutivo de Importaciones y se profundiza con la instalación y apogeo del modelo neoliberal en el país; mientras los datos de la Tabla 1 muestran que a inicios de los años ochenta la población rural comienza a ralentizar su crecimiento y para comienzos de los noventa se da la reducción más profunda registrada hasta el momento, en la Gráfica 2 se evidencia cómo el porcentaje de población menor de 29 años se reduce paulatinamente a partir de esos años.
Este despoblamiento no solo se debe al decrecimiento de la población rural, sino también por la expulsión de la Fuerza de Trabajo rural hacia las ciudades o hacia donde el capital agroalimentario hegemónico cobraba fuerza; por lo tanto, la migración del campo a la ciudad se volverá un rasgo característico de neoliberalismo en México.74 A pesar de que el censo del año 2000 registra un crecimiento poblacional en las zonas rurales, el porcentaje de jóvenes en dichas localidades sigue descendiendo; el incremento de la población rural puede deberse a que las condiciones de vida en el campo se ven ligeramente mejoradas como consecuencia del ingreso económico que representarán las remesas en los hogares rurales. La expulsión de la Fuerza de Trabajo que yacía en la ruralidad pudo integrarse en la (agro)industria urbana nacional e internacional, estableciendo las remesas como un ingreso fijo y a la vez volátil.75
De esta manera, el siglo XX finaliza con la ausencia de los jóvenes rurales en el movimiento campesino nacional de México y en su dispersión territorial como consecuencia de las condiciones excluyentes del modelo que les tocó vivir en la ruralidad.
(Continuará…)
