¿Qué decir acerca de la cremación?

¿Qué decir acerca de la cremación?

Jorge Jesús Figueroa Del Valle

Nota de la dirección: Cremar a quienes han fallecido es una práctica que se ha generalizado en los últimos años, y vimos su difusión especialmente durante la pandemia del Covid 19. Por ello compartimos la siguiente reflexión de un miembro de nuestra iglesia sobre este particular, que él preparó para atender inquietudes de varias personas de su congregación.

Se entiende por cremación o incineración, en nuestra cultura, la práctica de quemar el cuerpo de una persona después de haber muerto. El hecho en sí no es condenado ni prohibido en la Palabra; lo que se debe juzgar son las razones por las que la persona toma esta decisión. Lo condenable es ofrecer el cuerpo de un muerto para cualquier tipo de práctica idolátrica, pagana u ocultista, no sólo quemándolo, sin haciéndole cualquier cosa para estos fines. Citas bíblicas al respecto incluyen: Deuteronomio 12:31; 18:10; Levítico 18:21; 2 Reyes 16:3, 17:17 y 31, 21:6, 23:10-16 y 20, 28:3, 33:6; Jeremías 7:31, 19:5 y 23:37.

Cuando se quería profanar un altar pagano se quemaban huesos de muertos, no para maldecir a los muertos, sino al altar (1 Reyes 13:1 y 2; 2 Reyes 23:15-16; 2 Crónicas 23:4-5). Estos altares de sacrificios humanos estaban dedicados principalmente a Quemos, el dios de Moab (Números 21:9; Jeremías 48:6) y a Moloc o Milcom (aquel que reina), dios de Amón (1 Reyes 11:7. Baal (señor), dios supremo de los cananeos, representando al sol, recibía sacrificios humanos para aplacar todos los desastres naturales relacionados con el sol (Números 22:41; 1 Reyes 18:22; Jeremías 11:13, 19:5 y 32:29). Baal era un dios adorado por los israelitas (Jueces 2:11 y 13, 3:7, 6:31-32, 8:33, 10:6 y 10) que, aunque Samuel desechó esa práctica (1 Samuel 7:4, 12:10), llegó a su punto cumbre con el rey Acab (1 Reyes 16:32). Los tres dioses recibían sacrificios humanos, fueran vivos o  muertos; y los tres dioses parecían ser el mismo, pero adorado en distintas culturas.

Esto estaba prohibidísimo por Dios (según vemos en Levítico 18:21, 20:2-5, 1 Reyes 11:7, 33; 2 Reyes 23:10,13; Hechos 7:43), pero su pueblo lo practicó (2 Reyes 17:17), incluyendo sus reyes (2 Reyes 16:3, 17:17 y 21:6; Ezequiel 23:37), comenzando por el mismo Salomón (1 Reyes 11:7 y 33). Estas ofrendas humanas, especialmente de niños vivos (2 Reyes 3:27), desde recién nacidos hasta de tres o cuatro años (hecho confirmado por excavaciones en Cartago) se practicaron fuertemente en Tofet, un lugar alto (altar pagano) en el valle del hijo de Hinom (Isaías 10:33; Jeremías 7:31, 19:4-5, Ezequiel 16:21, 23:32 y 39) en honor al dios Moloc (2 Reyes 23:10). Para impedir esas abominaciones el rey Josías profanó Tofet (2 Reyes 23:10-16) y sus altares; los muertos no recibieron ningún tipo de castigo o maldición, y habiendo quemado restos humanos no recibió condenación. Jeremías luego profetizó enérgicamente contra los que ofrendaban de esa manera (Jeremías 7:30-31). Él profetizó que multitudes, azotadas por el Señor, perecerían en este lugar (Jeremías 7:32-33, 19:6, 32:35); un lugar similar sería dispuesto para el rey de Asiria (Isaías 30:33). Moab también recibirá castigo por ofrendar a su dios Quemos los restos del rey de Edom (Amós 2:1-2), no por el acto de incineración con los motivos con los que se hace hoy en día. Todos éstos recibieron maldición por lo que hicieron en vida: quemar a seres vivos y ofrendar a dioses ajenos. Los niños sacrificados no recibían maldición o condenación por haber sido quemados en los altares.

Tanta razón hay en que no se profana el cuerpo de los muertos al quemarlos que los restos del rey Saúl y sus hijos fueron cremados antes de ser sepultado para purificarlos por haber estado colgados en manos de los filisteos (1 Samuel 31:12,13); por este hecho, ni los de Jabes de Galaad ni Saúl recibieron ningún tipo de maldición.

El fuego no sólo es un símbolo, sino que realmente es juicio (Salmo 97:3, 140:10), prueba (Job 1:16) o castigo (Números 10:2; 2 Reyes 25:9; Salmos 78:63). Por esto las imágenes de ídolos eran quemadas (Deuteronomio 7:5, 25:2, 2 Samuel 15:21; 1 Reyes 15:13; 1 Crónicas 14:12; 2 Crónicas 14:12, 15:16, 19:18); los adúlteros recibían este castigo (Génesis 38:24, Levítico 20:14, 21:9), pero a esto no se le llama cremación como la entendemos ahora, pues no son cuerpos de muertos -sino imágenes en el primer caso y vivos en el segundo-; o como el rey Zimri, que se suicidó prendiendo fuego a su palacio (1 Reyes 16:18), como resultado de hacer hecho lo malo ante Dios (1 Reyes 16:9). En ninguno de estos casos se condena el simple hecho de quemar muertos.

La práctica de sacrificios humanos desapareció del pueblo judío al regresar del cautiverio en Babilonia. Sin embargo, los fenicios continuaron con esta costumbre; Tertuliano (160-225 a.C.) lo afirma al hablar de los sacrificios a Baal. Los antiguos israelitas pensaban que quemar cuerpos de muertos era un pecado muy grave, malinterpretando la ley de Dios al decir que los cuerpos quemados no podrían resucitar. Esto queda obsoleto en el poder de la resurrección de Jesús, como se explica ampliamente de manera particular en el Nuevo Testamento (Isaías 26:19; Oseas 6:2; Juan 5:29; Hechos 2:32, 3:15, 4:10, 26:8; 1 Corintios 15:2; 2 Corintios 1:9, 4:14; Filipenses 3:10-11; 1 Tesalonicenses 4:16).

En relación con 1 Corintios 3:17, el contexto habla claramente de lo que haga uno en vida con su cuerpo, que es templo del Espíritu Santo. Los restos humanos, aún los de un recién fallecido, no son más morada de Dios.

La Biblia dice que los muertos vuelven al polvo (Génesis 2:7, 3:14; Eclesiastés 3:20, 12:7) sin hacer excepción a causa del tipo de muerte y de la suerte de sus restos (pues tanto los sepultados como los quemados se convierten en polvo), y dice que seremos juzgados según nuestras obras, no según lo que suceda a nuestros restos mortales; y dice que la única condenación a la práctica de quemar restos humanos es por utilizarlos como ofrenda a otros dioses. 

Pienso que es importante aclarar esta aparentemente pequeña inquietud, pues sé que hay personas en nuestra congregación que han cremado a familiares o han deseado ser cremados. Puede caer en ellos un sentimiento de culpa, o podemos crear una fama de falsa doctrina o exageración en la interpretación de la palabra de Dios.