Por Alan Paul V. Vallejo,
exalumno.
Texto para lectura in situ.
Este inmueble —espacio de inagotables docentes y ávidos alumnos que hacen escuela— es el resultado de la visión piadosa de un hombre. Un hombre que comprendió que el amor inagotable de Dios no es solo para unos cuantos, sino para todos.
Ahora bien, hablemos de ese hombre. Me refiero a John Wesley, quien comprendió que Aquel que murió en la cruz ama por igual a niñas y niños, a mujeres y hombres, a pobres y ricos, a enfermos y sanos, a débiles y fuertes, a viejos y jóvenes, a trabajadores y patrones, a propios y extraños.
Y con esto en mente, avancemos un paso más. Este hombre se esforzó en bendecir no solo a los suyos, sino a todos los que encontraba en su camino. Y cuando fue criticado y acusado por ello, se limitó a decir: “EL MUNDO ES MI PARROQUIA; dondequiera que yo esté, es mi deber declarar las buenas nuevas de salvación a todos los que quieran escuchar.”
Para cumplir con este propósito, visualizó un hito: al lado de cada templo, una escuela y un hospital. Porque las buenas nuevas de salvación implican más que escuchar la Palabra de Dios; implican ser hacedores de ella. Es decir: amar al Señor nuestro Dios con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma, con toda nuestra mente y con todas nuestras fuerzas. Y amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos, porque Cristo nos amó primero y entregó su vida por nosotros.
Y es así como, en opinión de quien ahora habla, el legado de Wesley —aquel hombre nacido en Epworth, Lincolnshire, Inglaterra, el 17 de junio de 1703 (hace más de 322 años)— logró trascender su propia vida, su época, su país, su lengua y su cultura, para llegar en manos de misioneras metodistas estadounidenses hasta México, específicamente a la ciudad de Puebla, y fraguarse en esta histórica institución en cuyos atrios nos encontramos hoy.
Permítanme continuar. Si estos muros pudieran hablar, darían fe no solo de todo lo que han vivido sus alumnos y del incansable trabajo de quienes, a lo largo de 145 años, han ayudado a constituir la Normal México que conocemos. También darían fe de que se ha cumplido la visión que Dios dio a su precursor: “Haz todo el bien que puedas, por todos los medios que puedas, de todas las maneras que puedas, en todos loslugares que puedas, en todos los momentos que puedas, a todas las personas que puedas, mientras puedas.”
Estimados todos, han de saber que hablo con conocimiento de causa. No me atrevo a enunciar las palabras que componen mi discurso a la ligera. La historia, así como las vivencias de mi madre, de mis hermanos, amigos y colegas, y también las mías, son las razones que sustentan mi evaluación respecto de esta, mi Alma Mater, mi amada institución, que me educó desde la infancia hasta mi juventud. Verán, me atrevo a decir que el Instituto Normal México es el resultado de la verdad bíblica de que Dios ama a todos y no hace acepción de personas, porque esta escuela, en mi experiencia, ha demostrado educar y amar a cada uno de sus estudiantes sin importar su nacionalidad, raza, género, estatus socioeconómico o religión.
Y para fundamentar esta afirmación, pasemos ahora a revisar los hechos que la sostienen.
Primero
Recordemos que este espacio fue fundado por mujeres extranjeras. De tal suerte que convivieron en él personas de diferentes nacionalidades y razas. No importó si eran estadounidenses, mexicanas, caucásicas, mestizas o nativoamericanas. Lo importante era dignificar la vida y la existencia humanas con el arma de la educación.
Qué hermoso es saber que este colegio fue, es y será, por su origen, un ejemplo de las grandes bendiciones que trae consigo el amor por el prójimo, así como de los puentes entre culturas que construye el evangelio de Cristo.
Segundo
Consideremos ahora el rol de la Normal México en la historia. No podemos perder de vista que esta escuela es una de las primeras instituciones de nuestra nación en promover y facilitar educación a cientos de mujeres mexicanas. Y lo hizo desde 1881, una época en la que privaba fuertemente la idea de que únicamente los varones debían tener acceso a la educación científica, mientras las mujeres eran relegadas a la educación doméstica.
Sin lugar a duda, desde aquellos años esta institución ha hecho la diferencia en la vida de muchas mujeres, dándoles herramientas formativas para superar su contexto y cumplir con su vocación. Muestra de ello son los testimonios de tantas exalumnas que hablan de la bondad de este colegio. Una bondad que las inspiró y les enseñó a ser docentes normalistas, y que aún hoy —después de tantos años de su egreso— lasmotiva, cada año y cada mes de mayo, a regresar desde varias partes del país a su Alma Mater para rememorar sus tiempos de formación académica.
Tercero
Pasemos ahora a los varones. Ciertamente nuestra escuela ha bendecido a gran cantidad de mujeres durante sus 145 años de historia, pero también lo ha hecho con los hombres. No solo porque, en principio, preparó a muchas de las madres y maestras que nos educaron —como es mi caso—, sino también porque, con la integración del sistema mixto, se le permitió al instituto alcanzar a los hombres y formar en ellos ciudadanos críticos, fundamentados en valores, para hacer la diferencia en este mundo tan necesitado de mujeres y hombres que puedan marcar una diferencia para bien.
No estoy legitimado para indicar si yo, como exalumno, he alcanzado la meta formativa de esta admirable institución; eso les corresponde a mis maestros, empleadores, colegas y alumnos. Pero sí puedo asegurar que estudiar en la Normal México transformó mi vida.
Fue aquí donde, con la paciencia de mis profesores de aritmética, física, álgebra y cálculo, logré superar mi apatía por los números. Fue aquí donde aprendí a amar nuestro idioma y la lectura, así como a superar mi mala ortografía. Fue aquí donde, en las clases de historia con una extraordinaria profesora, aprendí a conocer mi pasado para comprender mejor mi presente y proyectar mi futuro. Fue aquí donde aprendí a hablar inglés, así como a amar el arte y a cocinar. Fue aquí donde experimenté el amor de Dios de forma diferente gracias a la vocación de la maestra de taller de Biblia. Fue aquí donde aprendí que ser profesor es mucho más que enseñar y dar conocimientos: es cambiar vidas.
Cuarto
Continuemos. No podemos pasar por alto cómo el INM ha amado indistintamente a quien tiene y a quien no tiene. Siempre ha provisto, mediante becas y apoyos financieros, un espacio de respeto e integración entre personas de diferentes trasfondos sociales y económicos.
Nunca fue causa de afrenta pública si uno tenía mucho o poco, si venía de más o de menos, si nuestros hogares eran funcionales o disfuncionales, si nuestros padres eran casados o divorciados. Los recuerdos que tengo de esta institución no me dejan olvidar cómo cada salón en el que tomé clases hizo lo propio y permitió entretejer diferentes historias de amistad entre individuos sin importar su condición o trasfondo. Amistades que hasta la fecha existen y trascienden. Qué alegría pertenecer a un espacio comoeste, en donde la educación permite integrar las diferencias para enriquecer la vida humana.
Quinto
Finalmente, consideremos la apertura de la escuela para recibir a todo individuo que desea estudiar sin importar su trasfondo religioso. Este es un colegio que educa con principios cristianos (amor, servicio, responsabilidad moral, comunidad) y, fiel a dichos principios, siempre ha abierto sus puertas a todos los que lo pidan. La Normal México es así un espacio seguro, un espacio que permite acercarse a todo aquel que así lo desea.
Y por todo esto, y por mucho más, me atrevo a ratificar mi evaluación previa: el Instituto Normal México es un colegio que ama más allá de las variables humanas, fiel al trasfondo de su precursor y de Cristo.
Así pues, querida institución:
Felices 145 años de existencia.
Sigue adelante. No temas. Quien ha comenzado en ti la buena obra la perfeccionará continuamente hasta el día en que Él vuelva.
A Cristo sea la gloria.
Muchas gracias.
