Después del episcopado: Diez Recomendaciones Para El Camino Pastoral

Después del episcopado: Diez Recomendaciones Para El Camino Pastoral

Nota de la Dirección: Aunque está dirigido a los ministros de una de las conferencias anuales, por su relevancia, viniendo de una autoridad episcopal, quisimos reproducir este documento en su totalidad:

Al cuerpo pastoral de la CANCEN de la Iglesia Metodista de México A.R.

Luego de ocho años en el ministerio episcopal de la Conferencia Anual Norcentral, y de caminar junto a ustedes visitando iglesias, compartiendo alegrías y lágrimas, escuchando risas y enojos, celebrando los frutos del ministerio y acompañándolos también en los momentos difíciles, de dudas y temores, quiero dejarles estas recomendaciones. No nacen de la teoría, sino de la experiencia de caminar como pastor y obispo; de los aprendizajes, los errores y, sobre todo, de la gracia de Dios, que nunca nos abandona.

1. Nunca permitan que Cristo deje de ser el centro de su vida.

Antes que pastores y pastoras, somos discípulos de Jesucristo. He comprobado que, cuando nuestra relación con Él es la prioridad, el ministerio encuentra su verdadero sentido. Ningún programa, responsabilidad o proyecto puede sustituir el tiempo dedicado a buscar su presencia.

2. Cuiden su vida espiritual con disciplina y alegría.

He visto cómo el desgaste del ministerio comienza cuando dejamos de tener comunión con Dios. La oración, el estudio de las Escrituras y los momentos de silencio delante de Dios no son un lujo; son el sustento diario de quienes hemos sido llamados a servir.

3. Cuiden también su cuerpo, sus emociones y su familia.

Durante estos años confirmé que un pastor o una pastora que se encuentran agotados difícilmente podrán cuidar bien del rebaño. Descansen, aliméntense adecuadamente, hagan ejercicio, atiendan su salud emocional y dediquen tiempo de calidad a su familia. Cuidarse también es una forma de honrar el llamado de Dios.

4. No recorran este camino en soledad.

El ministerio nunca fue pensado para vivirse en aislamiento. Busquen la amistad y el compañerismo con otros colegas en el ministerio. Hablen de sus luchas, compartan sus alegrías y no tengan miedo de pedir ayuda cuando la necesiten.

5. Nunca olviden que la autoridad cristiana siempre se expresa en el servicio.

Los cargos pasan, los títulos cambian, pero el ejemplo de Jesús permanece. Las personas no necesitan líderes que busquen reconocimiento o pretendan mostrar su autoridad mediante la imposición; seamos, mas bien, siervos y siervas que reflejen humildad, cercanía y amor.

6. Amen profundamente a las personas que Dios les ha confiado.

He aprendido que las iglesias crecen cuando sus pastores conocen a su gente, escuchan sus historias, acompañan sus dolores y celebran sus victorias. Nunca permitan que las tareas administrativas les hagan perder el privilegio de caminar junto al pueblo.

7. Nunca dejen de aprender.

Cada generación presenta nuevos desafíos. Manténganse estudiando, leyendo, escuchando y creciendo. La formación permanente fortalece el ministerio y nos permite responder con sabiduría y sensibilidad a los tiempos que vivimos.

8. Vivan con integridad y sencillez.

La credibilidad del ministerio se construye todos los días. Sean transparentes en el manejo de los recursos, coherentes entre lo que predican y lo que viven, y recuerden que el mejor sermón siempre será el testimonio de una vida íntegra.

9. Confíen siempre en la gracia de Dios.

Si algo he aprendido en estos ocho años es que nunca hemos sostenido a la Iglesia con nuestras propias fuerzas o capacidades. Es Dios quien llama, capacita, corrige, restaura y sostiene. Habrá momentos de gozo y también de incertidumbre, pero en todos ellos podrán descansar en la certeza de que Aquel que los llamó será fiel para acompañarlos hasta el final.

10. Nunca olviden que nuestra esperanza tiene un nombre: Jesucristo.

A lo largo de estos años he aprendido que la Iglesia no se sostiene por nuestras estrategias, planes o estructuras. Somos, ante todo, el pueblo del Cristo resucitado. Por eso, aun en medio de las dificultades, nunca debemos permitir que la desesperanza encuentre lugar entre nosotros.

Cuando olvidamos el señorío de Cristo, corremos el riesgo de agrandar los problemas, mirar las crisis como si definieran toda la vida de la Iglesia y convertir nuestro lenguaje en una sucesión de quejas. Pero, cuando volvemos nuestra mirada al Señor y nos dejamos guiar por el Espíritu Santo, recuperamos la visión, renovamos el sentido del llamado y recordamos que el Reino de Dios continúa abriéndose paso aun en medio de la oscuridad.

La Iglesia no está llamada a ser portavoz del miedo ni de los prejuicios; está llamada a anunciar, con fidelidad y esperanza, el Evangelio de Jesucristo.

A todos los pastores y pastoras les expreso mi profunda gratitud. Celebro y agradezco su servicio fiel, su amor a Cristo y el pastorear su Iglesia, y su compromiso de anunciar el Evangelio de Jesucristo en cada lugar al que han sido enviados.

Mi oración es que el Señor continúe renovando sus fuerzas, afirmando su esperanza y llenando de fruto su ministerio. Que nunca pierdan la alegría del llamado ni la certeza de que el Buen Pastor camina siempre delante de nosotros.

Su compañero en el camino,
Rodolfo E. Rivera de la Rosa

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