Por Mario Vega, www.elim.org.sv
En una iglesia celular los miembros reciben enseñanzas tanto del pastor, en la celebración, como del líder en las células. Pero no se trata de enseñanzas que compitan sino que se complementan. La predicación en la congregación es el punto de partida de un proceso que continúa durante la semana en las casas.
Al pastor le corresponde establecer el fundamento bíblico para toda la iglesia. Esto dota a la congregación de unidad doctrinal y una visión compartida. Con frecuencia el pastor orienta a la iglesia hacia prioridades que Dios le está mostrando. Ya sea que las células usen el sermón del domingo para su enseñanza o que el pastor prepare las lecciones con antelación, el pastor sigue siendo el principal maestro de la congregación.
La predicación en la celebración es una extraordinaria herramienta de discipulado. Inspira y enseña pero el discipulado también requiere diálogo. Este diálogo se produce en las casas, donde los miembros pueden hacer preguntas, expresar dudas, compartir experiencias, aplicar la enseñanza a situaciones concretas y animarse mutuamente a obedecer. En la celebración la enseñanza llega al corazón y en las casas pasa del corazón a la práctica.
El domingo el creyente escucha el llamado de Dios; durante la semana, la célula pregunta cómo se está respondiendo a ese llamado. Ese acompañamiento convierte la predicación en un proceso de transformación, no solo de información. Cuando los miembros comentan y aplican el mensaje en la célula, incluso quienes no asistieron al culto pueden beneficiarse de la enseñanza, ampliando el alcance del ministerio del púlpito.
En una iglesia celular saludable, la predicación del pastor y la vida de las células no son dos ministerios paralelos, sino dos momentos de un mismo proceso de formación. El púlpito siembra la palabra; la célula la cultiva; y el Espíritu Santo produce el fruto en la vida de los discípulos.
