Cuando la Biblia ocupa el lugar de Dios: Una reflexión sobre la bibliolatría

Cuando la Biblia ocupa el lugar de Dios: Una reflexión sobre la bibliolatría

Cada Agosto, el llamado Mes de la Biblia nos ofrece una buena oportunidad para regresar a las Escrituras, promover su lectura y recordar el lugar fundamental que tienen en la vida de la Iglesia. Pero quizá también sea una buena ocasión para hacernos una pregunta menos frecuente: ¿es posible amar y defender tanto la Biblia que terminemos dándole un lugar que ella misma nunca reclamó?

Desde hace algunos años he observado con preocupación que, en ciertos sectores del mundo evangélico, la defensa de las Escrituras ha llegado a utilizar un lenguaje que en ocasiones se acerca a una verdadera divinización del texto bíblico. No me refiero al amor por la Biblia, a estudiarla seriamente, predicarla o reconocer su autoridad. Todo eso forma parte de nuestra fe y de nuestra tradición metodista.

El problema comienza cuando hablamos de ella como si fuera Dios mismo.

Escuchamos expresiones como “depositamos nuestra fe en la Biblia”, “confiamos en la Biblia”; o convertimos la aceptación de una determinada doctrina sobre la inerrancia en la prueba definitiva de la fidelidad cristiana. A veces pareciera que, sin proponérnoslo, hemos formado una especie de “cuatriunidad”: Padre, Hijo, Espíritu Santo y Biblia.

La expresión puede resultar provocadora, pero intenta señalar un riesgo real. La fe cristiana no consiste primordialmente en creer determinadas cosas acerca de un libro. Nuestra fe está puesta en el Dios vivo al que conocemos de manera decisiva en Jesús.

Esto no disminuye la autoridad de las Escrituras. Al contrario, ayuda a comprender por qué tienen autoridad. La Biblia es indispensable para la Iglesia porque conserva, transmite e interpreta el testimonio de la acción salvadora de Dios. Pero es necesario distinguir entre el testimonio y aquel de quien se da testimonio.

El Evangelio según Juan presenta una escena particularmente importante para esta discusión. Jesús dice:

“Escudriñad las Escrituras, porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí; y no queréis venir a mí para que tengáis vida” (Jn 5:39-40).

Jesús no está hablando con personas indiferentes hacia las Escrituras. Está hablando con personas que las conocen y las estudian. Sin embargo, el texto plantea una posibilidad inquietante: podemos conocer las Escrituras y al mismo tiempo perder de vista a aquel hacia quien apuntan.

Allí comienza el problema de la bibliolatría.

Cuando defender la Biblia no necesariamente significa comprenderla

Una persona puede memorizar versículos, defender doctrinas acerca de la inspiración y conocer numerosos textos bíblicos y, sin embargo, utilizar la Biblia de una manera contraria al evangelio de Jesús.

La propia historia cristiana debería hacernos humildes. La Escritura ha sido utilizada para defender la esclavitud, justificar empresas coloniales, sostener discriminaciones, legitimar estructuras de poder y presentar determinados proyectos políticos como si fueran voluntad directa de Dios.

Quienes hicieron estas cosas no necesariamente desconocían la Biblia. Algunos podían citarla abundantemente. El problema estaba en la manera en que la interpretaban.

Esto nos recuerda que no existe una lectura completamente neutral. Siempre llegamos al texto desde una historia, una cultura, determinadas experiencias y preguntas. Por eso la crítica bíblica moderna realizó una aportación que la Iglesia no debería considerar necesariamente enemiga de la fe: nos recordó que la Biblia también tiene historia.

La Escritura no cayó terminada desde el cielo.

Los textos bíblicos surgieron dentro de comunidades concretas. Sus autores escribieron dentro de determinados contextos políticos, sociales, religiosos y culturales. Utilizaron diversos géneros literarios, reelaboraron tradiciones anteriores y expresaron su testimonio mediante las categorías disponibles en su tiempo.

Reconocer esa humanidad no destruye necesariamente la inspiración. Más bien puede ayudarnos a abandonar una idea mecánica de ella.

James Barr cuestionó precisamente la tendencia fundamentalista de construir primero una teoría acerca de cómo debería comportarse un libro inspirado para después intentar hacer que todos los textos bíblicos encajaran dentro de esa teoría (Barr, 1973, 1977). La pregunta debería realizarse en sentido contrario: partiendo de la Biblia que realmente tenemos, con toda su riqueza y complejidad, ¿qué significa decir que Dios habla por medio de estas Escrituras?

Inspiración, infalibilidad e inerrancia

Parte de la dificultad aparece porque solemos utilizar las palabras inspiración, infalibilidad e inerrancia como si fueran exactamente lo mismo.

Segunda Timoteo 3:16 dice que “toda la Escritura es inspirada por Dios”. El término griego theópneustos está relacionado con aquello que ha sido alentado o soplado por Dios. Pero el pasaje no desarrolla una teoría detallada acerca del mecanismo mediante el cual ocurrió esa inspiración.

Además, pocas veces recordamos que inmediatamente antes encontramos una afirmación fundamental: las Escrituras pueden hacernos “sabios para la salvación por la fe que es en Jesús” (2 Ti 3:15).

Esto cambia el énfasis.

La Escritura tiene una finalidad: comunicar la historia de salvación, enseñar, corregir, formar a la comunidad creyente y prepararla para toda buena obra. No fue entregada simplemente para proporcionarnos información religiosa.

Nuestra tradición metodista resulta muy interesante en este punto. El Artículo V de Religión habla de la “suficiencia de las Sagradas Escrituras para la salvación”. No dice que la Biblia deba responder todas las preguntas científicas, históricas o filosóficas imaginables. Afirma que contiene todo aquello que resulta necesario para la salvación.

La palabra “inerrancia”, en cambio, adquirió particular importancia dentro de ciertos sectores del evangelicalismo moderno. Una de sus formulaciones más conocidas aparece en la Declaración de Chicago de 1978, que sostiene que la Escritura está libre de error en todo aquello que afirma, incluyendo aquello relacionado con la historia y el mundo creado (International Council on Biblical Inerrancy, 1978).

Podemos reconocer que detrás de esa formulación existe una preocupación legítima: preservar la confianza de la Iglesia en la Biblia. Pero también podemos preguntarnos si hacer de la inerrancia una condición indispensable de la fe cristiana no termina exigiendo a la Biblia algo distinto de aquello para lo cual fue dada.

La pregunta fundamental no es solamente: “¿Puede equivocarse la Biblia?”. Hay otra pregunta anterior: “¿Para qué tenemos la Biblia?”.

Y el propio Nuevo Testamento responde que las Escrituras nos conducen hacia la salvación que encontramos en Jesús.

Karl Barth insistió en una distinción que resulta útil aquí. Para él, la revelación de Dios no debe identificarse simplemente con un texto. Dios se revela de manera decisiva en Jesús; las Escrituras constituyen el testimonio normativo de esa revelación y, mediante la acción del Espíritu, se convierten en Palabra de Dios para la Iglesia (Barth, 1975).

Esta comprensión permite sostener una autoridad bíblica muy seria sin necesidad de convertir el libro en Dios.

Una Biblia profundamente humana

A veces creemos que reconocer tensiones dentro de la Biblia constituye una amenaza para nuestra fe. Pero tal vez una de las riquezas de la Escritura sea precisamente que conserva diferentes voces.

Job discute las explicaciones religiosas tradicionales acerca del sufrimiento. Eclesiastés cuestiona algunas respuestas demasiado fáciles sobre la vida. Los profetas enfrentan prácticas religiosas aceptadas por otros sectores de Israel. Los evangelios recuerdan a Jesús desde perspectivas distintas. Pablo discute con otros creyentes acerca del lugar de los gentiles dentro del pueblo de Dios.

La Biblia contiene memoria, debate, interpretación y relectura.

Pretender eliminar toda diferencia para defenderla puede terminar empobreciendo aquello que queremos proteger.

Los antiguos cristianos tampoco fueron simplemente lectores literalistas. Sabían que interpretar las Escrituras implicaba mucho más que repetir las palabras del texto.

Agustín de Hipona, escribiendo entre los siglos IV y V, dejó una afirmación que sigue siendo sorprendentemente actual. En De doctrina christiana sostuvo que quien cree comprender las Escrituras, pero las interpreta de una manera que no conduce al doble amor de Dios y del prójimo, todavía no las ha comprendido como debe (Agustín de Hipona, ca. 397-426/1995).

Para Agustín, por tanto, no bastaba tener una interpretación técnicamente posible. Había un criterio teológico y pastoral para evaluar nuestra lectura: ¿qué clase de vida produce?

Esa pregunta sigue siendo necesaria.

Podemos tener una interpretación aparentemente impecable y, sin embargo, utilizarla para humillar, excluir o deshumanizar. En esos casos quizá conozcamos las palabras de la Escritura, pero todavía no hemos comprendido aquello hacia lo que pretenden conducirnos.

Leer como metodistas

John Wesley se describió célebremente como homo unius libri, “hombre de un solo libro”. La frase puede prestarse a confusión si imaginamos que Wesley proponía encerrarnos con una Biblia y despreciar cualquier otra fuente de conocimiento.

No era así.

Wesley estudiaba, leía ampliamente, dialogaba con la tradición cristiana, utilizaba la razón y otorgaba gran importancia a la experiencia de la gracia. Posteriormente, el teólogo metodista Albert Outler utilizó la expresión “cuadrilátero wesleyano” para describir esta manera de hacer teología: Escritura, tradición, razón y experiencia.

Conviene aclarar que Wesley nunca dibujó un cuadrilátero ni utilizó ese nombre. Es una sistematización posterior de su método teológico. Además, los cuatro elementos no tienen necesariamente el mismo peso. La Escritura conserva un lugar primario, pero no es leída en aislamiento. La tradición nos permite escuchar cómo ha leído la Iglesia antes que nosotros; la razón nos ayuda a pensar responsablemente; y la experiencia nos obliga a preguntar cómo la gracia de Dios acontece realmente en la vida humana.

Esto es especialmente importante frente a la bibliolatría. Una cosa es afirmar la primacía de la Escritura y otra muy diferente imaginar que nuestra interpretación particular de ella es infalible.

Porque aquí aparece otra idolatría bastante común: afirmamos que “la Biblia dice”, cuando muchas veces deberíamos reconocer con mayor humildad: “yo interpreto que la Biblia dice”.

La diferencia no es menor.

Leer la Biblia desde la vida

La teología latinoamericana añadió otra pregunta indispensable: ¿desde dónde leemos?

Carlos Mesters y otros representantes de la lectura popular de la Biblia han insistido en que las personas no llegan a las Escrituras como hojas en blanco. Llegan con su trabajo, sus preocupaciones, su pobreza, sus pérdidas, sus luchas y sus esperanzas. El encuentro ocurre entre el texto bíblico, la comunidad creyente y la realidad que esa comunidad está viviendo.

Por eso determinados textos cobraron una nueva fuerza dentro de las comunidades latinoamericanas: el Éxodo, las denuncias de los profetas contra la injusticia, las bienaventuranzas, la práctica de Jesús entre enfermos y excluidos, el anuncio del Reino de Dios.

Leonardo y Clodovis Boff señalaron que la lectura de la Biblia desde la liberación comienza escuchando las preguntas y sufrimientos concretos de los pobres (Boff & Boff, 1987).

Esta perspectiva no debería conducirnos a manipular la Escritura para hacerle decir aquello que políticamente queremos escuchar. El riesgo existe tanto en la izquierda como en la derecha. Más bien nos recuerda que leer la Biblia tiene consecuencias.

Jesús mismo muestra esto en sus controversias.

Muchas veces el conflicto entre Jesús y otros intérpretes de la Ley no consiste en decidir si la Escritura es autoritativa. Ambos la reconocen. La diferencia está en la interpretación.

Frente a una aplicación religiosa que termina dañando a las personas, Jesús declara que “el sábado fue hecho por causa del hombre, y no el hombre por causa del sábado” (Mc 2:27). Cuando se le pregunta por el gran mandamiento, coloca en el centro el amor a Dios y al prójimo. Y en Mateo 25 relaciona el encuentro con él con realidades tan concretas como el hambre, la sed, la enfermedad, la extranjería y la cárcel.

Por eso una interpretación puede ser muy literal y al mismo tiempo muy poco evangélica.

No basta preguntar: “¿Qué versículo puedo citar?”. También debemos preguntarnos qué imagen de Dios estamos comunicando y qué ocurre con las personas cuando nuestra interpretación se convierte en práctica.

Volver a Jesús

Quizá éste sea finalmente el punto central.

La solución frente a la bibliolatría no consiste en leer menos la Biblia. Necesitamos leerla más, pero también leerla mejor.

Leerla históricamente, comunitariamente, críticamente y en oración. Escuchar sus diferentes voces. Permitir que dialogue con nuestra realidad. Reconocer también nuestros prejuicios al acercarnos al texto.

Y, sobre todo, volver constantemente a Jesús.

No porque Jesús sea una excusa para eliminar cualquier texto que nos resulte incómodo, sino porque para la fe cristiana él constituye el criterio decisivo para comprender quién es Dios. Como dice Juan, “el Verbo se hizo carne” (Jn 1:14). El cristianismo no confiesa que el Verbo se hizo libro.

Esta distinción no disminuye la Escritura: la coloca en su verdadero lugar.

Durante el Mes de la Biblia podemos poner Biblias abiertas en nuestros templos, organizar estudios y animar a nuestras congregaciones a leerlas. Todo eso es bueno. Pero nuestra mejor celebración será permitir que esas Escrituras hagan aquello para lo que fueron recibidas por la Iglesia: confrontarnos, consolarnos, formar nuestra fe y conducirnos hacia Jesús.

La Biblia no necesita ocupar el lugar de Dios para ser santa.

Tampoco necesita ser protegida de cada pregunta histórica, literaria o teológica para seguir siendo Palabra que alimenta a la Iglesia.

Podemos acercarnos a ella con reverencia y con preguntas, con fe y pensamiento crítico, con tradición y experiencia. Podemos reconocer la humanidad de sus autores y seguir confesando que, precisamente a través de esas palabras humanas, generaciones enteras han escuchado la voz de Dios.

Tal vez el verdadero peligro no sea tomar demasiado en serio la Biblia, sino tomar demasiado en serio nuestra propia idea acerca de ella.

La bibliolatría comienza cuando dejamos de utilizar la Biblia como camino y la convertimos en destino. Pero cuando las Escrituras nos llevan nuevamente a Jesús, cuando nos enseñan a amar a Dios y al prójimo, cuando nos hacen mirar de otra manera al pobre, al herido y al excluido, entonces están cumpliendo aquello para lo cual fueron dadas.

Y quizá ésa sea una de las mejores maneras de honrar la Biblia durante su mes: no solamente defenderla, sino permitir que ella nos transforme.


Acerca del autor:

Eliú Sabino Palomares es pastor de la Iglesia Metodista de México y actualmente pastorea la Iglesia San Pablo, Jacarandas, Iztapalapa. Desarrolla su ministerio en la predicación, la enseñanza bíblica y el acompañamiento pastoral.

Referencias

Agustín de Hipona. (1995). De doctrina christiana [Sobre la doctrina cristiana]. En Obras completas de San Agustín. Biblioteca de Autores Cristianos. (Obra original escrita ca. 397-426).

Barr, J. (1973). The Bible in the modern world. SCM Press.

Barr, J. (1977). Fundamentalism. SCM Press.

Barth, K. (1975). Church dogmatics: Vol. I/1. The doctrine of the Word of God (G. W. Bromiley, Trans.; G. W. Bromiley & T. F. Torrance, Eds.). T&T Clark. (Obra original publicada en 1932).

Boff, L., & Boff, C. (1987). Introducing liberation theology (P. Burns, Trans.). Orbis Books.

International Council on Biblical Inerrancy. (1978). The Chicago statement on biblical inerrancy.

Mesters, C., & Orofino, F. (2007). Sobre la lectura popular de la Biblia. Pasos, 130.

Outler, A. C. (1985). The Wesleyan quadrilateral—in John Wesley. Wesleyan Theological Journal, 20(1), 7-18.

Wesley, J. (1872). Preface. En Sermons on several occasions. Wesleyan Methodist Book Room. (Obra original publicada en 1746).

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