La palabra “espiritualidad” y sus derivadas forman parte de nuestro vocabulario cristiano. Seguramente hemos escuchado frases como «debemos ser más espirituales», «la iglesia debe cuidar su espiritualidad», entre muchas otras. No obstante ¿qué es esa cosa llamada espiritualidad? Cuando pensamos en espiritualidad seguramente lo relacionamos con la oración o la alabanza; sin embargo, en el itinerario de Jesús la oración no se desligaba de la acción, ambas eran una forma de encuentro con Dios. Los primeros pensadores de nuestra fe, conocidos como Padres de la Iglesia, entendieron que una iglesia espiritual es una iglesia capaz de abrazar el aspecto místico, pero también el aspecto ético del seguimiento de Jesús.
Vivimos en la época del fast food (la comida rápida), donde buscamos que sea todo rápido y que nos sea de utilidad y que nos sacie, e incluso nuestra vida espiritual se ha vuelto una forma de consumismo: tenemos al alcance de nuestra mano sermones, estudios y muchas más cosas que, supuestamente, «hacen crecer nuestra espiritualidad». Sin embargo, no nos sentimos satisfechos, en ocasiones buscamos llenarnos tanto que terminamos azorados y confundidos; o por el contrario, deseamos alejarnos de tanta información que dejamos a un lado lo que es verdaderamente importante. Ya en el siglo IV San Agustín escribía que «nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti”, reconociendo la necesidad del ser humano de no depender de nada más que de Dios, dejar a un lado la dispersión que podemos tener en nuestras vidas para buscar la unidad en la Verdad de Dios. Si el ser humano tiene la necesidad de un descubrimiento o un redescubrimiento de Dios, la respuesta no está en lo externo, Dios es más íntimo que el mismo ser.
¿En dónde iniciar nuestra búsqueda de Dios? Dios es omnipresente, lo que significa que está en todo lugar. A veces lo imaginamos como la luz que atraviesa el aire, una experiencia visible de algo intangible; sin embargo, esta idea no está exenta de ser problemática, ¿desde dónde deberíamos empezar a buscar a Dios, en lo sensible y en lo material o en lo íntimo de nuestra existencia? Al buscarlo dentro de nosotros podemos descubrir una región frágil y estéril; Agustín decía que lo contrario a nuestra inquietud hacia Dios era el Pondus, un peso que nos aparta de la búsqueda divina y nos hace retomar nuestro amor por las cosas sensibles de este mundo. Nuestra voluntad, entonces, se encuentra dividida entre ambos pesos. No es a través del sentimiento o de la razón sino a través de Cristo; es Él, dice Agustín, quien no sólo es el lugar de destino sino también el camino hacia ese destino, Él hace que lo eterno se vuelva histórico y que lo inalcanzable se vuelva cercano. La espiritualidad cristiana no vale únicamente por lo que se nos promete en el futuro, vale porque cambia nuestra forma de vivir el presente. La experiencia de Cristo transforma la forma en que miramos el mundo; ya no es sólo el final lo que nos interesa, es el presente y vivir la forma de vida abundante que aprendemos de Cristo; una vida que hace camino entre la muerte y la vida, entre el pasado y el futuro, entre el dolor y la alegría; una vida que no niega nada pero que tampoco se conforma a lo que hay. Cristo no es sólo el destino, es la punta de lanza para abrir nuevos caminos en el mundo.
Este encuentro con Cristo produce santidad exterior e interior. San Agustín menciona: «también entonces descansarás en nosotros, del mismo modo que ahora obras en nosotros», «allí descansaremos y veremos, veremos y amaremos, amaremos y alabaremos». Un estado donde el alma se encuentra purificada y «derretida en el fuego del amor», se funde en Dios para vivir una vida «viva y llena toda de Ti». Juan Wesley recomendaba la lectura de Agustín y de otros Padres de la Iglesia; sin embargo, fue más allá de la idea agustiniana y entendió que toda esta dimensión espiritual debía también tener un alcance social; para Wesley la vida de Iglesia tuvo que salir a las calles, a las minas, a anunciar que la respuesta a la inquietud espiritual se encontraba en Cristo, la perfecta unión entre lo humano y lo divino, la majestad encarnada. Actos como el establecer las clases o bandas para enseñar a la gente -no solamente la Biblia, sino también a leer y escribir- son una muestra de que en el movimiento metodista la espiritualidad no se reduce a un ritual cúltico, sino a una forma abierta y consciente de vivir una vida que valga la pena vivir.
Dicho de una forma poética: espiritualidad es la transformación de un amante hacia una comunión que nada puede agotar; el corazón humano fue hecho para un bien que ninguna criatura puede darle. Sin duda la espiritualidad abarca el aspecto místico del amor a Dios y del amor que Dios derrama hacia nosotros; Dios es ese “Otro” que a través de su amor nos da la calma y la quietud para que nuestros corazones hallen el reposo que necesitan; pero ese descanso no es un descanso pasivo, sino que se convierte en una forma amorosa que es incesante en la búsqueda del bien, la forma en que vemos y experimentamos el mundo; pero también la forma en que nos vemos a nosotros mismos transforma nuestra manera de conocer, experimentar y vivir a Dios. La manera en que enfrentamos nuestra cotidianidad, nuestro día a día, no nos desliga de nuestro itinerario espiritual; por el contrario, nos confronta a pensar que es sólo a través de una espiritualidad basada en el amor que se puede cumplir con lo que el Maestro dijo: «Ama a Dios y ama a tu prójimo como a ti mismo»
Acerca del autor:
Oscar Uriel Armendariz Zainos es pastor de la congregación Mahanaim en Cuautitlán Izcalli.
