La iglesia cristiana debe anhelar con todas sus fuerzas el fin del mundo. Desde hace un tiempo —algunos dirán décadas, otros dirán siglos— ha sido revelado que vivimos en un momento cercano al fin de este mundo. O sea, que nos encontramos ni más ni menos que en tiempos apocalípticos. Esta es una realidad que la iglesia cristiana -o al menos los seguidores de Cristo- no pueden omitir en aras de la fidelidad autoproclamada al crucificado. Tan ineludible es esa realidad que incluso el supuesto “lenguaje secular” no ha podido evitar del todo exponer en términos cristianos las catástrofes mundiales que anuncian el fin.
Apocalipsis es una palabra gastada que, a causa de enseñanzas y aprendizajes erróneamente dirigidos dentro de la iglesia, nos remite casi siempre a destrucción, raptos o calamidades en muchos casos de tipo natural o estrafalario. Estos sentidos de apocalipsis son los favoritos de los predicadores del evangelio del miedo y sirve en muchos casos para alimentar la comodidad de la pasividad. Es claro que, así como está la creación en este momento, apocalipsis hoy puede sin problemas absorber mucho de esos sentidos. Considero, no obstante, que apocalipsis debe vincularse con sentidos que hagan, irónicamente, verdadero sentido en este tiempo, en el que no sólo el declive ecológico del planeta está cerca.
Su sentido de “revelación”, por ejemplo, es uno de los sentidos que quienes quieran decirse cristianos deben abrazar con completud. Digo “abrazar” en lugar de “integrar” o “usar”, porque abrazar supone un cierto ánimo de consuelo más que necesario para este inminente fin. Un ánimo muy parecido al del encarcelado de Patmos quien, al terminar su escrito, afirma: “¡Amén! ¡Ven, Señor Jesús!”. Con una similar firmeza y alegría debemos aceptar que este es el tiempo cercano al fin o, ¿por qué querríamos que las cosas sigan como están ahora? ¿acaso es deseable que las muertes en Gaza sigan sucediendo? ¿es, por ejemplo, deseable que las desapariciones y muertes en el país sigan pasando? ¿es siquiera pensable un futuro en el que los que gobiernan el mundo sigan con sus políticas de muerte y conquista? Los seguidores de Cristo como mínimo deberán contestar negativamente estas preguntas, al tiempo que deben declarar que el fin está cerca, que este mundo tal y como funciona ahora no debe existir más. “Mi reino no es de este mundo”, aclara Jesús.
Si bien no es seguro que estas guerras, muertes, injusticias y violencias afloran más que en otras épocas, si bien es cierto que a lo largo de la historia siempre ha habido imperios… lo que sí es seguro es que ahora podemos con más facilidad evidenciar al imperio y sus agentes. La iglesia cristiana -si quiere decirse como tal- tiene poco o ningún margen de pretexto. Este tiempo parece tener un carácter de revelación como pocos antes, y eso debe alertar nuestras convicciones cristianas. Históricamente, y hasta más allá de la historia, los que no perciben o los que no quieren ver las cosas que aquejan al mundo, siempre fueron los que quisieron que el mundo siguiera así. Apocalipsis siempre es incómodo para aquellos que administran el mundo. Tan incómodo es que hay incluso quienes aseguran que no hay calentamiento global o crisis ecológica. Hay también quienes aseguran que no hay genocidios, o que nuestro país no tiene urgencias por atender.
Con todo, confío en que los seguidores del nazareno no tienen ese velo y saben reconocer las señales de los tiempos. Confío en que los cristianos de este tiempo hacen caso a las exhortaciones que el “comilón y bebedor de vino” les hizo: “Velad pues en todo tiempo…” Confío en que a los andantes de “el Camino” se les han revelado cosas, que no tienen más el velo en sus ojos; y que por ello, saben bastante bien que las promesas de bienestar que nos hacen líderes políticos y carismáticos, mega iglesias o incluso las mal llamadas nuevas tecnologías, son falsas. Que el futuro cercano que ellos vislumbran es donde se cumplen las promesas de Dios y no las de los tecnócratas. Confío en que saben ubicar bien a los falsos profetas, a los falsos salvadores de este mundo que han demostrado más bien preocuparse por todo, menos por la creación y sus creaturas.

Pero, si por un lado apocalipsis incomoda a los que quieren que las cosas y el mundo sigan como están, por otro, la idea de “un cielo nuevo y una nueva tierra” conforta a quienes hoy este mundo les maltrata. El apocalipsis supone el fin de un mundo que da paso a otro nuevo. Pero para otro mundo posible primero hay que saber andar por los huesos secos del pueblo de Dios; hay que encontrarlos, pues están ahí, a la espera de ser revitalizados. Esperan por aquellos a los que el Señor ha convocado para disponer de su paciencia y de su palabra en favor de la carne, tendones y músculos de los que carece ese valle de huesos. Están a la espera de quien los saque de sus tumbas para levantarse y andar nuevamente. ¡A la espera de quienes verdaderamente creen que pueden vivir!
Sin embargo, sé bien que algunas tradiciones y costumbres son difíciles de desechar. Sé bien que el evangelio del miedo es popular en nuestras iglesias. Así, si no queremos dejar de hablar desde ese lugar, hay razones suficientes para hacerlo también desde ahí. Hay que hablar, por tanto, a los que deben temer por el inminente fin que se acerca. Debemos decirles que pronto vendrán momentos en los que su poder y autoridad serán abatidos, a quienes creen que su vida vale más que la de otros, a quienes sin misericordia destruyen pueblos enteros por avaricia, a quienes en sus manos está el cuidado de la gente y les dan la espalda, a quienes las lágrimas de los que sufren no les conmueven, a quienes se mofan de las luchas legítimas, a quienes denigran a los que son diferentes… a ustedes les decimos que el Señor viene pronto; sin duda que vendrá, y los destruirá con el aliento de su boca.
Pero anunciar el fin del mundo no debe ser sólo un grito sórdido de voces. Esos gritos deben significar también preparad el camino, crear modos de vivir distintos a los que tenemos ahora, contrarios a los de este mundo. Es buscar y crear sentidos que vayan de acuerdo con ese cielo y tierra nuevos que se anhelan, que estén en sintonía con la Nueva Jerusalén prometida. En pocas palabras, crear las condiciones necesarias para habitar no sólo el apocalipsis, sino los tiempos postapocalípticos, los tiempos después del fin de este mundo gobernado por la mentira.
En este tiempo cercano al fin, ¡al esperado y anhelado fin!, cristianos y cristianas tenemos que declarar con toda firmeza y esperanza lo que Pagura nos hace cantar: “…ya nada puede detener su historia ni de su Reino eterno la venida”.
Acerca del autor:
Ismael Arroyo Martínez es pastor del templo Filadelfia en Nezahualcóyotl, Estado de México (CAM). Ha servido en otras comunidades de la misma Conferencia como Xoxocotla y Galeana, ambas en el estado de Morelos. Su iglesia madre es la misión “Juan Wesley” en el municipio de Jiutepec del mismo estado.
