La orden de ser libres en Cristo
Estad, pues, firmes en la libertad con que Cristo nos hizo libres, y no estéis otra vez sujetos al yugo de esclavitud. He aquí, yo Pablo os digo que si os circuncidáis, de nada os aprovechará Cristo. Y otra vez testifico a todo hombre que se circuncida, que está obligado a guardar toda la ley.
Gálatas 5:1-3
La libertad que celebramos en México cada 15 y 16 de septiembre es una aprendida de la historia, que conocemos por la enseñanza recibida de nuestros mayores. Los nombres de Miguel Hidalgo, Ignacio Allende, Josefa Ortiz de Domínguez, José María Morelia y otros paladines, los hemos escuchado desde nuestra más tierna infancia en actos cívicos, por enseñanza en la escuela, o quizá aún por relatos de nuestros mayores. Esa libertad es algo que sentimos seguro, que se nos da por el simple hecho de ser mexicanos, aunque probablemente no nos hayamos dado la oportunidad de platicar de esto con alguien más. ¿Alguna vez habremos reflexionado sobre esta libertad, más allá del hecho de gritar ¡Viva México! cada mes patrio?
De la misma forma, la libertad en Cristo, esa otra libertad nacida de la gracia de Dios, que envió a su Hijo a morir en nuestro lugar, es algo que no tuvimos que esforzarnos por conseguir -alguien más pagó su precio por nosotros. Tal vez sí hayamos platicado acerca de esta libertad con alguien más; quizá hayamos comprendido algo del alcance de que realmente el sacrificio de Cristo nos hizo libres del yugo del pecado. Y si esta libertad nos permite vivir sin el peso de nuestra maldad, cuando en verdad nos hemos arrepentido de esa maldad, ¿por qué agregarle condiciones, si ya Cristo cubrió todo lo que teníamos que pagar? La libertad que Cristo nos compró en la cruz es algo por lo que a diario debiéramos dar gracias:
- porque ya no necesitamos “hacer méritos” para ganarnos el favor del Padre, pues Cristo es nuestra sabiduría, justificación, santificación y redención.
- porque con Cristo nos ha sido dado el Espíritu Santo, bendita persona de la Trinidad, en quien hay libertad (2 Corintios 3:17).
- porque al disfrutar de esa libertad gloriosa, recordamos que un día esa libertad se verá reflejada en toda la creación, que ahora está sujeta a esclavitud (Romanos 8:19-21).
Querer “complementar” el sacrificio de Cristo con cualquier conocimiento, mérito, título (profesional o de nobleza) es caer en un yugo de esclavitud que no es la voluntad de Dios. La orden de Dios es que seamos libres en Cristo. Recordamos aquel antiguo y sencillo canto que dice:
Libre, tú me hiciste libre,
tú me hiciste libre, libre, Señor.
Rotas fueron las cadenas
que estaban atando a mi corazón.
La libertad cristiana: un regalo inmerecido, en el cual Dios nos conmina, nos exhorta, nos manda permanecer.
En este número del 15 de septiembre contamos con valiosas reflexiones sobre el quehacer de la iglesia, el testimonio de cómo la Biblia se ha abierto paso aún en medio de la oposición, y las palabras confiadas de una líder juvenil y su equipo mientras se preparan para una preciosa actividad conferencial, además de la crónica de una iglesia centenaria. Éstos y otros escritos son parte de la edición que ponemos ante ustedes. Dios les bendiga.
Atentamente,
María Elena Silva Olivares
Directora de El Evangelista Mexicano
