Gersón A. Trejo Gutiérrez
Introducción.
Después de la Independencia, México abrió progresivamente sus puertas al mercado editorial internacional. Empresas y comerciantes de origen inglés, francés, español y norteamericano comenzaron a participar en la circulación de libros y otros materiales impresos. El país atravesaba entonces profundas transformaciones políticas, económicas, sociales y educativas, por lo que existía una creciente necesidad de publicaciones sobre temas jurídicos, técnicos, educativos, culturales y religiosos. Sin embargo, esta apertura también generó preocupaciones tanto al gobierno como a la Iglesia católica, quien vigilaban la entrada de publicaciones que pudieran considerarse contrarias a la fe católica, pues se temía que la circulación de ideas protestantes u otras corrientes provocara conflictos en una sociedad que todavía tenía al catolicismo como uno de sus principales elementos de unidad. Para gran parte de la población, la enseñanza religiosa se realizaba principalmente mediante la predicación, la catequesis, las oraciones, las fiestas, las procesiones y otras prácticas comunitarias.
Esta situación permite comprender una de las tensiones del México independiente: por un lado, el país necesitaba abrirse a nuevas ideas, conocimientos y materiales procedentes del exterior; por otro, existía el temor de que esa misma circulación de libros introdujera ideas religiosas consideradas peligrosas para la unidad católica. La apertura del mercado editorial, por tanto, no significó solamente una transformación económica, sino también un cambio en las formas en que las ideas religiosas que podían circular y llegar a la sociedad mexicana. Por lo que la élite católica ilustrada planteaba que los sacerdotes tuvieran una mayor capacitación y así tener acceso a materiales que promovieran prácticas religiosas que reivindicaran el orden cristiano.
La Biblia “católica” P. Felipe Scío de San Miguel
En las décadas anteriores a la Independencia de México, las ideas de la Ilustración comenzaron a influir tanto en la Iglesia como en distintos sectores de la sociedad. Estas ideas promovían una mayor confianza en la razón, la educación y el conocimiento; además favorecieron cambios en la formación del clero, particularmente en los seminarios, así como nuevas formas de enseñanza en las parroquias. Al mismo tiempo, la monarquía impulsó proyectos educativos dirigidos a niños y jóvenes; también promovió la educación universitaria, especialmente en áreas consideradas útiles para el desarrollo económico, como la minería. Por ello, este periodo suele asociarse con la idea de “ilumnar” mediante el conocimiento y no simplemente como el paso de una supuesta “oscuridad” medieval a la modernidad.
En este contexto también surgió un renovado interés por acercar los textos religiosos al lector en lengua española. Un ejemplo significativo aparece en 1751, cuando un directivo español, José Cevallos, quien poseía una traducción realizada por protestantes españoles, recomendaba a Asensio Sales, futuro obispo de Barcelona, y a Juan B. Cabrera adquirir una, aun cuando fuera de origen protestante (Mestre y Sanchis, 2017, p. 153). Este hecho muestra que, incluso dentro de ambientes católicos, existía interés por disponer de traducciones bíblicas en español. Posteriormente, se impulsó la realización de una traducción católica basada en la Vulgata Latina, tarea que fue encomendada al sacerdote Felipe Scío de San Miguel. La traducción, realizada durante aproximadamente diez años, fue publicada entre 1790 y 1793. Su proceso de elaboración y publicación estuvo acompañado por la revisión y aprobación de las autoridades eclesiásticas, incluido el Santo Oficio y el papa. Así, la Biblia de Scío puede entenderse como parte de los esfuerzos de renovación cultural y religiosa de finales del siglo XVIII, en los que la educación y el acceso a los textos religiosos adquirieron una importancia cada vez mayor.
La obra de Felipe Scío de San Miguel fue publicada en diez tomos, en formato folio e impresa en Valencia por José y Tomás de Orga. El texto presentaba el latín y el castellano en dos columnas, acompañado de notas a pie de página elaboradas para ayudar al lector a comprender el contenido bíblico, además de numerosos grabados que la enriquecían. Desde su presentación, la obra tenía también un importante significado político y religioso. En la primera hoja aparecía una ilustración en la que la Iglesia entregaba la Biblia al rey Carlos IV, representándolo como responsable de difundirla entre las distintas partes de su imperio.
Sin embargo, las características de la edición muestran que esta Biblia no estaba destinada al acceso cotidiano de toda la población. Su gran formato, el número de tomos, las ilustraciones y el trabajo editorial hicieron de ella una obra costosa y de lujo. Su precio podía equivaler aproximadamente al salario anual de un maestro de primeras letras, lo que hacía muy difícil que una persona común pudiera adquirirla. Por tanto, aunque a finales del siglo XVIII la Iglesia católica favorecía una mayor disponibilidad de la Biblia en castellano, esto no significaba que el texto estuviera al alcance de todos. Existía una diferencia importante entre autorizar y promover una traducción y lograr que esta pudiera ser leída por la mayoría de la población.
Además, la propia introducción de Scío permite comprender los límites que la Iglesia establecía para la lectura de la Biblia. El traductor señalaba que, aun teniendo acceso a la obra, para «el manejo y lectura de los Libros sagrados en lengua vulgar» debía tomarse como guía a la Iglesia, «que debe ser maestra y directora de todas nuestras acciones» (Biblia, 1791, VIII). De esta manera, la Biblia podía acercarse al lector en castellano, pero su interpretación continuaba estando vinculada a la autoridad de la Iglesia. La Biblia de Scío representa, así, un momento importante de transición: se facilita el acceso al texto bíblico en lengua española, pero dentro de un marco en el que la Iglesia quiere conserva la autoridad para orientar su lectura e interpretación.
Se sabe que varias instituciones religiosas compraron este material; pero también en el circuito comercial como en la Librería de Francisco Rico, ubicada en la “segunda calle de Santo Domingo”, tanto en la Nueva España y posteriormente ya como nación independiente. A pesar de los costos algunas familias mexicanas los incluyeron en su libreros, pues era fundamental para la devoción católica, pero también se convirtió en defensa y renovación de la catolicidad hispana. “Defensa” frente a la cantidad de libros e ideas opuestas a la Iglesia que llegaron a la Nueva España; además de “renovación” en donde la Iglesia favorecía un regreso a la educación y a la ortodoxia, que chocaba en ritos e ideas populares.
Sin embargo, la Biblia de Scío tuvo un significado que iba más allá de la práctica devocional. En el contexto de los cambios políticos, culturales y religiosos de finales del siglo XVIII y comienzos del XIX, también podía funcionar como un instrumento de defensa y renovación del catolicismo hispano. Por una parte, constituía una respuesta ante la circulación cada vez mayor de libros e ideas que cuestionaban la autoridad de la Iglesia. Frente a estas nuevas corrientes, disponer de una traducción bíblica autorizada permitía ofrecer un texto en castellano que estuviera respaldado por la tradición y la autoridad católicas. Por otra parte, representaba un esfuerzo de renovación religiosa, pues la Iglesia buscaba fortalecer la formación de los creyentes y recuperar una práctica religiosa considerada más cercana a la enseñanza bíblica y a la doctrina católica. Este proyecto de renovación, sin embargo, podía entrar en tensión con algunas prácticas, ritos y formas de religiosidad popular que se habían desarrollado en la sociedad novohispana. De este modo, la Biblia de Scío puede entenderse no solamente como una traducción de las Escrituras, sino también como parte de un proyecto más amplio mediante el cual la Iglesia buscó responder a los nuevos desafíos culturales y religiosos de su tiempo.
También cabe señalar que, durante este periodo, la Biblia comenzó a ser leída de otras maneras. Los sacerdotes tenían acceso a ella, principalmente en latín, como parte de su formación y de sus funciones religiosas. Sin embargo, también existió una minoría de personas con mayor acceso a los libros —entre políticos, comerciantes, profesionales y otros miembros de una población ilustrada— que pudo disponer de Biblias en otras lenguas y de diversos materiales religiosos. En sus bibliotecas podían encontrarse sermones, devocionarios, catecismos, comentarios bíblicos, historias del cristianismo, meditaciones y evangelios, entre otros textos.
Tener acceso a estos materiales o leer una Biblia en otra lengua no significaba, por sí mismo, que una persona fuera protestante. Sin embargo, estos textos podían ofrecer nuevas formas de interpretar la religión y, en algunos casos, favorecer una mirada crítica hacia determinadas prácticas de los sacerdotes y de las instituciones eclesiásticas. Esto puede observarse incluso entre personas que permanecieron vinculadas al catolicismo. Algunos religiosos y dirigentes de la lucha por la Independencia, como Miguel Hidalgo y José María Morelos, utilizaron argumentos religiosos para cuestionar determinadas condiciones políticas y sociales. Hidalgo, por ejemplo, fue acusado por la Inquisición de ser “libertino, sedicioso, cismático, hereje formal, judaizante, luterano, calvinista, sospechoso de ateísmo y materialismo” (Bastian, 1984, 46). Las acusaciones muestran hasta qué punto ciertas lecturas y posiciones religiosas podían relacionarse con cuestionamientos más amplios al orden establecido.
Otros casos permiten observar esta diversidad de lecturas. Fray Servando Teresa de Mier, por ejemplo, tenía entre sus libros una Biblia y un Nuevo Testamento en inglés, así como unos “santos evangelios” en francés, materiales que le fueron confiscados por el Santo Oficio en 1817. Según Herrera Fuentes, probablemente se trataba de ediciones vinculadas con iglesias reformadas (2005, 150). Después de la Independencia, esta relación entre lectura religiosa, pensamiento crítico y discusión sobre la sociedad continuó presente en autores como José María Luis Mora, antiguo sacerdote, y José Joaquín Fernández de Lizardi, conocido como “El Pensador Mexicano”. En estos casos, la lectura de textos religiosos no debe entenderse únicamente como una práctica destinada a fortalecer la devoción, sino también como una posibilidad para reflexionar sobre la Iglesia, la sociedad y los problemas políticos de su tiempo.
Continua en la segunda parte….
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Acerca del autor:
Gerson A. Trejo Gutiérrez, casado con Tania Tamez Grenda, dos hijos: Luca y Sofía. Al frente de la Iglesia El Divino Redentor en la Colonia El Ancón, en los Reyes La Paz.
