¿La iglesia histórica se está condenando a morir?

¿La iglesia histórica se está condenando a morir?

Hay preguntas que no hacemos, no porque no sepamos la respuesta, sino porque tenemos miedo de lo que podríamos encontrar al responderlas.

Una de ellas es ésta:

¿La iglesia histórica se está condenando a morir?

La pregunta no pretende ser una sentencia contra quienes aman profundamente la tradición de la Iglesia. Tampoco pretende presentar a la iglesia moderna como el modelo perfecto que todos deberíamos imitar. Más bien, busca provocar una conversación que considero necesaria: ¿qué estamos haciendo como Iglesia para participar en la misión de Dios en nuestro tiempo?

Vivimos en un momento en el que las formas de hacer iglesia han cambiado considerablemente. Algunas comunidades han dejado de identificarse principalmente como “iglesias” y prefieren llamarse “comunidades de fe”. Para algunos, este cambio puede parecer innecesario o incluso preocupante. ¿Por qué abandonar una palabra que ha definido a la Iglesia durante siglos?

Pero quizá la pregunta no debería ser solamente cómo nos llamamos, sino qué estamos haciendo cuando nos reunimos.

La iglesia moderna ha intentado convertirse en un espacio donde las personas puedan llegar, escuchar, convivir y encontrar un lugar donde pertenecer. En muchos casos existe una menor exigencia institucional y una mayor preocupación por generar espacios de autenticidad, acompañamiento y comunidad.

Esto tiene riesgos. Una comunidad que exige poco puede terminar ofreciendo un cristianismo cómodo, sin discipulado, sin compromiso y sin cruz.

Pero también tiene algo que quizá la Iglesia histórica necesita volver a mirar: la posibilidad de encontrarnos con personas reales, con heridas reales, con preguntas reales y con una necesidad real de Jesucristo.

Cuando conservar se convierte en nuestra misión

La Iglesia histórica posee riquezas que no deberíamos despreciar.

Tenemos liturgias que han formado generaciones. Himnos que contienen verdades teológicas profundas. Espacios que hemos considerado sagrados. Tradiciones que nos recuerdan quiénes somos. Una memoria histórica que nos conecta con hombres y mujeres que antes de nosotros anunciaron el evangelio.

El problema no está en conservar.

El problema comienza cuando conservar se convierte en nuestra misión.

Podemos conservar los himnos y olvidar el mensaje que cantamos.

Podemos conservar la liturgia y perder el asombro delante de Dios.

Podemos conservar nuestros edificios y olvidar a las personas que están afuera.

Podemos conservar nuestras estructuras y dejar de preguntarnos si esas estructuras todavía están ayudando a cumplir la misión.

Dietrich Bonhoeffer hace una observación que resulta particularmente provocadora para esta discusión. Al hablar de los periodos de renovación eclesial, señala que la pregunta fundamental no debería ser simplemente qué quiere determinada persona o institución de la Iglesia, sino qué quiere Jesucristo de nosotros. Incluso advierte que podemos terminar colocando “fórmulas y conceptos” delante de las personas hasta dificultarles el acceso a Jesús (1).

La afirmación es incómoda porque nos obliga a distinguir entre ser fieles a una tradición y ser fieles a Cristo.

No son necesariamente cosas opuestas.

Pero tampoco son automáticamente lo mismo.

Una tradición puede ayudarnos a encontrar a Cristo.

También puede convertirse en una barrera para encontrarlo.

La pregunta entonces no debería ser: “¿Esto es tradicional o moderno?”

La pregunta debería ser:

“¿Esto nos está acercando a Jesucristo y ayudándonos a participar en su misión?”

¿Gracia barata para la congregación y gracia costosa para el liderazgo?

Bonhoeffer utiliza una de sus categorías más conocidas: la diferencia entre la gracia barata y la gracia costosa. Para él, la gracia barata es aquella que ofrece perdón y consuelo sin verdadero seguimiento; la gracia costosa, en cambio, llama a seguir a Cristo y a asumir las consecuencias de ese seguimiento (2).

Esta idea resulta fundamental para pensar nuestra realidad eclesial.

Pero quisiera plantear una pregunta adicional:

¿No existe el peligro de exigir la gracia costosa a los líderes mientras permitimos que los congregantes vivan una especie de gracia barata?

A veces pareciera que el pastor debe ser el más consagrado, el más preparado, el que siempre tiene respuestas, el que nunca se cansa, el que siempre está disponible y el que debe mantener una imagen espiritual impecable.

Mientras tanto, al congregante simplemente se le pide asistir.

El resultado puede ser una Iglesia donde el liderazgo está cada vez más ocupado y la congregación cada vez más pasiva.

La misión termina siendo responsabilidad del pastor.

La oración termina siendo responsabilidad del pastor.

La evangelización termina siendo responsabilidad del pastor.

La visita pastoral termina siendo responsabilidad del pastor.

Y la congregación termina convirtiéndose en espectadora de una obra que, bíblica y teológicamente, pertenece a todo el cuerpo de Cristo.

El líder también necesita un lugar donde ser humano

Esta tensión también nos lleva al pensamiento de Henri Nouwen.

En En el nombre de Jesús, Nouwen identifica varias tentaciones que amenazan al liderazgo cristiano: querer ser relevante, querer ser espectacular y querer ejercer poder (3).

El problema es que estas tentaciones no solamente aparecen en los líderes jóvenes, ni pertenecen exclusivamente a las iglesias modernas.

También pueden aparecer en nuestras iglesias históricas.

Podemos comenzar a pensar que el pastor debe demostrar constantemente su capacidad.

Que debe tener todas las respuestas.

Que debe proyectar fortaleza.

Que debe ser diferente de los demás.

Que debe representar una espiritualidad casi inaccesible.

Pero el liderazgo cristiano no consiste en demostrar que somos mejores que los demás.

El liderazgo cristiano comienza cuando reconocemos que también somos personas necesitadas de gracia.

Quizá aquí exista una de las oportunidades que algunas comunidades contemporáneas han descubierto: generar espacios donde podamos reconocer nuestras luchas sin tener que esconderlas detrás de un título, un cargo o una función.

No necesitamos líderes que aparenten ser incapaces de caer.

Necesitamos líderes que sepan señalar hacia Cristo.

No necesitamos iglesias donde todo parezca perfecto.

Necesitamos comunidades donde las personas puedan encontrarse con Jesús en medio de su realidad imperfecta.

Y esto no significa abandonar la reverencia, la doctrina o la santidad.

Significa recordar para qué existen.

¿Qué estamos ofreciendo?

Aquí llegamos a una pregunta que considero todavía más importante para nuestra realidad metodista.

La discusión no debería reducirse a si debemos conservar la liturgia, cambiar los himnos, modificar nuestros espacios o utilizar nuevas formas de comunicación.

La pregunta más profunda es:

¿Qué está proponiendo la Iglesia Metodista de México frente a la misión de Dios?

No solamente cuál es nuestra misión institucional.

No solamente cuáles son nuestros programas.

No solamente cuántos cultos tenemos durante la semana.

La pregunta es:

¿Estamos participando realmente en la missio Dei?

¿Estamos generando espacios genuinos de encuentro con Jesucristo?

¿Estamos formando discípulos o solamente asistentes?

¿Estamos enviando a nuestros miembros a servir o solamente invitándolos a ocupar una banca?

¿Estamos anunciando el evangelio con nuestras palabras y con nuestro ejemplo?

¿Estamos viviendo la justicia social que históricamente ha formado parte de nuestra identidad metodista?

¿Estamos formando nuevas generaciones capaces de amar a Cristo y servir a su Reino?

Estas preguntas adquieren todavía mayor importancia cuando observamos la realidad de nuestras iglesias.

Sé que hablar de la disminución numérica de la Iglesia Metodista puede parecer un tema repetitivo. Tal vez algunos ya estamos cansados de escuchar estadísticas, diagnósticos y llamados al cambio.

Pero quizá el problema no sea que hablamos demasiado del cambio.

Quizá el problema sea que todavía no hemos sentido suficiente urgencia para cambiar.

Y aquí quiero ser cuidadoso.

No estoy afirmando que la Iglesia Metodista de México no tenga misión, ni que no existan personas trabajando, evangelizando, sirviendo y entregando su vida por Cristo.

Las hay.

Lo que cuestiono es si nuestra estructura general está generando suficiente urgencia misionera.

Porque podemos tener una Iglesia ocupada sin tener necesariamente una Iglesia misionera.

Podemos tener muchos programas sin tener necesariamente discípulos.

Podemos tener reuniones llenas sin tener necesariamente transformación.

Y podemos conservar una institución durante décadas mientras lentamente perdemos la capacidad de comunicar el evangelio a quienes están fuera de ella.

Una historia que todavía me cuestiona

Hay un testimonio familiar que me ha hecho pensar profundamente en esto.

El pastor Pedro García Carlos, tío abuelo de mi esposa, vivió una experiencia transformadora en la Iglesia Trinidad de Monterrey.

En aquel tiempo, su esposa pasó frente a un cine y observó las grandes filas de personas esperando entrar. Entonces hizo una pregunta sencilla:

“¿Algún día veremos a la gente haciendo fila para entrar a la iglesia?”

La pregunta parece sencilla, pero contiene una preocupación profunda.

Tiempo después llegó un avivamiento.

Y lo interesante es que aquel movimiento no nació simplemente de una estrategia para llenar el templo. No nació porque alguien hubiera descubierto una fórmula para hacer atractiva la Iglesia.

Nació de algo mucho más profundo:

intimidad con Dios, encuentro con Cristo y una comunidad que volvió a vivir su fe.

Ese testimonio me hace pensar que quizá hemos buscado demasiadas veces la solución en las formas, cuando deberíamos comenzar nuevamente en la presencia de Cristo.

El avivamiento no comienza preguntando cómo podemos hacer que la Iglesia parezca más atractiva.

Comienza preguntando:

¿Qué tan cerca estamos de Cristo?

La condena no está en ser una iglesia histórica

Por eso, quizá el título de este artículo necesita una aclaración.

No creo que la Iglesia histórica esté condenada a morir por ser histórica.

Tampoco creo que una iglesia moderna tenga asegurada la vida simplemente porque utiliza nuevas formas, nuevos nombres o nuevos métodos.

Ambas pueden morir.

Una puede morir de tradicionalismo, cuando confunde fidelidad con inmovilidad.

La otra puede morir de superficialidad, cuando confunde relevancia con entretenimiento.

Una puede aferrarse tanto al pasado que deje de escuchar el presente.

La otra puede estar tan obsesionada con el presente que pierda el evangelio que recibió.

El verdadero desafío es otro:

¿Podemos conservar lo que es valioso sin convertirlo en un ídolo?

¿Podemos cambiar aquello que necesita cambiar sin abandonar aquello que no podemos negociar?

¿Podemos volver a colocar a Cristo en el centro?

Porque la Iglesia no existe para conservarse a sí misma.

La Iglesia existe para participar en la misión de Dios.

Todavía hay esperanza

No escribo esto desde el pesimismo.

Lo escribo desde la esperanza.

Creo que nuestras iglesias todavía pueden experimentar tiempos de renovación. Creo que nuestros templos todavía pueden llenarse de generaciones nuevas. Creo que nuestros himnos todavía pueden ser cantados con una fe viva. Creo que nuestra liturgia todavía puede conducirnos a la presencia de Dios. Creo que nuestros pastores pueden recuperar el gozo del llamado. Creo que nuestros miembros pueden volver a descubrir que no fueron llamados solamente a asistir a la Iglesia, sino a ser Iglesia.

Pero para ello tendremos que hacernos preguntas incómodas.

Tendremos que reconocer nuestras carencias.

Tendremos que dejar de pensar que el cambio siempre significa abandonar nuestra identidad.

Y quizá, sobre todo, tendremos que recordar que la misión no depende exclusivamente del pastor.

La Iglesia es una comunidad enviada.

Cada miembro participa.

Cada creyente tiene un lugar en la misión.

Cada discípulo es llamado a anunciar, servir, amar y hacer visible el Reino de Dios.

Por eso, mientras observamos una realidad que puede desanimarnos, quiero quedarme con las palabras de Pablo:

“No nos cansemos, pues, de hacer bien; porque a su tiempo segaremos, si no desmayamos.”

— Gálatas 6:9

Tal vez todavía no vemos la cosecha.

Tal vez nuestras iglesias parecen pequeñas.

Tal vez nuestros números nos preocupan.

Tal vez existen estructuras que necesitan ser revisadas y tradiciones que necesitan ser cuestionadas.

Pero no podemos confundir una temporada difícil con el final de la historia.

Todavía podemos sembrar.

Podemos buscar.

Podemos animar.

Podemos discipular.

Podemos servir.

Podemos llevar esperanza.

Podemos practicar la justicia.

Podemos anunciar a Cristo.

Y podemos volver a encontrarnos con Él.

Quizá la pregunta final no sea si la iglesia histórica va a morir.

Quizá la pregunta que deberíamos hacernos es mucho más personal:

¿Estamos dispuestos a dejar morir aquello que necesita morir para que la Iglesia vuelva a vivir?

Porque si seguimos haciendo el bien, si seguimos anunciando a Cristo, si seguimos extendiendo su Reino y si no desmayamos, a su tiempo segaremos.

Que Dios nos conceda no solamente una Iglesia que conserve su historia, sino una Iglesia que sea capaz de escribir una nueva historia de fidelidad a Jesucristo.

La tradición puede decirnos de dónde venimos.
Pero solamente Cristo puede mostrarnos hacia dónde vamos.

José Adrián Neri Cárdenas
Pastor de la Iglesia Metodista “Cristo El Redentor”
Hidalgo del Parral, Chihuahua


Notas

  1. Dietrich Bonhoeffer, El precio de la gracia: El seguimiento, 8.ª ed. (Salamanca: Ediciones Sígueme, 2016), especialmente la introducción. La edición consultada corresponde a la octava edición de 2016 de Ediciones Sígueme.
  2. Bonhoeffer, El precio de la gracia, sección “La gracia cara”. La obra desarrolla allí la conocida distinción entre “gracia barata” y “gracia cara”, vinculándola directamente con el seguimiento de Cristo.
  3. Henri J. M. Nouwen, En el nombre de Jesús: Reflexiones sobre el liderazgo cristiano (New York: Crossroad, 1989). La obra aborda las tentaciones de ser relevante, espectacular y poderoso, y propone una comprensión del liderazgo cristiano centrada en la oración, el servicio y dejarse conducir por Dios.

Bibliografía

Bonhoeffer, Dietrich. El precio de la gracia: El seguimiento. 8.ª ed. Salamanca: Ediciones Sígueme, 2016.

Nouwen, Henri J. M. En el nombre de Jesús: Reflexiones sobre el liderazgo cristiano. New York: Crossroad, 1989.

La Santa Biblia. Reina-Valera 1960. Gálatas 6:9.

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