La Biblia “protestante” de P. Felipe Scío de San Miguel
El tema de la participación de la Iglesia después de la Independencia se vuelve
recurrente en la vida pública porque se busca establecer los límites de la libertad de
imprenta en materia religiosa, así como en cuestiones del celibato, el tema de Patronato,
el sacerdocio y la educación religiosa. Fueron temas que constituyeron parte de la
agenda legislativa, periódicos, sermones y gran cantidad de textos. Comienza un
aumento de libros que defienden o critican la participación de la Iglesia, de tal forma que es un mercado importante de trabajar, en donde los temas religiosos son significativos.
Y es que dice Laura Suárez de la Torre:
Desde la perspectiva de los impresos, (México) resulta una opción por el
número de habitantes –políticos, religiosos, estudiantes, comerciantes, etc.- por
los proyectos educativos que surgirían de los intereses de las nuevas
autoridades, por las necesidades de piedad cotidiana, por las aspiraciones de la
élite dirigente, por las demandas propias de una nación en construcción, como
mencioné. Por ello, diversos libreros extranjeros pusieron su mirada en México
y se relacionaron muy tempranamente con el mercado mexicano. (Laura de la
Torre, 2011, p. 472)
Aparecieron nuevos espacios donde la gente tuvo acceso a comprar materiales
de muy diferentes temas: educación, filosofía, religión, gastronomía, periódicos,
historia, minería, matemáticas, educación, teología, moral, gramática, etcétera. Por su
parte el Estado, apoyado con la Iglesia de las diferentes localidades, tenía la
responsabilidad de cuidar la entrada de materiales que pudieran atacar la fe católica,
generando las Juntas de Censura.
a. La Biblia y la educación.
Durante los primeros años de los diferentes gobiernos se establecieron diferentes
modelos de escuelas, los cuales fueron fundamentales para los planes que buscaban en
este proceso de modernización de la sociedad mexicana. Las escuelas con el sistema
lancasteriano llegaron en el país a ser 70, que por su modelo podía albergar y enseñar a
unos mil niños en cada espacio, esto con bajos costos, lo cual era fundamental. En
ellas se planteó no solo el enseñar a leer, escribir y aritmética, sino a recibir enseñanza
moral, como parte de una las bases del ciudadano que debía ser un buen cristiano, pero
católico. Tenemos el caso de Vicente Rocafuerte, quien tradujo para la Sociedad de
Escuelas Lancasterianas de México, fragmentos de la Biblia “que eran usados por la
Sociedad de Escuelas Libres de Nueva York (y que dichos)… fragmentos fueron
publicados con el título Lecciones para las escuelas de primeras letras, sacadas de las
Sagradas Escrituras, siguiendo el texto literal de la traducción del padre Scio, sin notas
ni comentarios”, los cuales fueron aprobados por el clero diocesano mexicano.
(Bárcenas García, 2020, 211).
Pero las experiencias de James Thomson, quien llegó a México en 1827, fueron diferentes. Thomson era un protestante escocés vinculado con la promoción del Sistema Lancasteriano (Tanck de Estrada, 1992). Al mismo tiempo, trabajaba como agente de la
Sociedad Bíblica Británica y Extranjera, fundada en 1804, cuya finalidad era promover
la traducción, impresión y distribución de la Biblia (Escobar, 2005). Antes de llegar a
México había desarrollado actividades educativas y de distribución de Biblias en
Argentina, Chile, Uruguay y Perú, donde obtuvo reconocimiento por su labor.
En México, Thomson intentó relacionar ambas actividades: la alfabetización y la
distribución de las Escrituras. Su propósito era colocar ejemplares de la Biblia,
particularmente en los espacios donde se desarrollaba la enseñanza lancasteriana, con la
idea de que la lectura de las Escrituras contribuyera tanto al aprendizaje como a la
formación moral y religiosa de los niños. Para ello buscó establecer contacto con
autoridades y personas vinculadas con las escuelas locales. Sin embargo, su proyecto
encontró dificultades. La circulación de Biblias promovidas por sociedades protestantes
generó desconfianza entre sectores católicos, que podían considerar estos ejemplares
diferentes de las Biblias utilizadas tradicionalmente por la Iglesia, especialmente por la
ausencia de notas y explicaciones, propio de las ediciones católicas. Por esta razón, en
determinados ambientes fueron vistas como Biblias protestantes.
El proyecto de Thomson no alcanzó los resultados que esperaba mediante las
instituciones educativas. Por ello, una parte importante de su actividad consistió en
recorrer distintas poblaciones y buscar compradores en los lugares donde existía mayor
concentración de personas, como mercados, fiestas patronales y otros espacios de
reunión. De esta manera, la circulación de las Biblias dejó de depender exclusivamente
de las escuelas y pasó también por circuitos comerciales y redes locales. La experiencia
de Thomson muestra así una nueva etapa en la historia de la Biblia en México: después
de la Independencia, el texto bíblico comenzó a circular no solamente dentro de los
espacios controlados por la Iglesia, sino también mediante agentes extranjeros,
sociedades bíblicas, escuelas, libreros y mercados, generando nuevas posibilidades de
acceso y lectura.
b. La Biblia y su venta al público
Thomson, en su primera estancia en el país, desarrolló una serie de viajes por distintas
regiones de México. Entre las poblaciones que visitó estuvieron San Luis Potosí,
Ciudad de México, Puebla, Tlaxcala, Veracruz, Oaxaca, Orizaba, Córdoba y
Chalchicomula (Tellez, 1993). Durante estos recorridos buscó establecer relaciones
tanto con políticos y religiosas interesadas en la lectura de la Biblia. Algunos sacerdotes
llegaron incluso a comprarle ejemplares. Entre las personas con las que tuvo contacto se
encontraban el rector del Colegio de San Agustín, el padre José María Alcántara, y Fray
Servando Teresa de Mier, quien posteriormente fue objeto de una confiscación de libros
por parte del Santo Oficio, entre ellos una Biblia y un Nuevo Testamento en inglés y
unos evangelios en francés. Asimismo, Fray Servando y José María Luis Mora
estuvieron relacionados con la Sociedad Bíblica y apoyaron, de distintas maneras, la
difusión de sus actividades.
Al analizar el tema del trabajo de Thomson como parte del engranaje editorial
religioso, también vemos que formaba parte de un movimiento internacional de
distribución de Biblias impulsado por las Sociedades Bíblica Británica y Extranjera
(SBBE). Estos agentes eran conocidos como colportores, es decir, personas que
recorrían diferentes lugares para vender y distribuir libros, especialmente Biblias,
llegando directamente a posibles lectores. En México, las condiciones no fueron iguales
a las que tuvo en los países de Sudamérica; sin embargo es importante comprender su
sistema comercial, el cual forma parte de “llegar a todas las naciones y presentar el
Evangelio”, para lo cual es importante la educación, es decir, enseñar a leer y escribir,
así como la moralización de los infantes.
Para lograr estos objetivos busca llegar a las escuelas pero no le es posible, lo
que genera tener que vender en la plaza pública, generando relativo éxito. Sus acciones
lo llevan a publicar sus avisos en los periódicos, donde informaba en qué población se
encontraría y dónde podían adquirirse sus libros. De esta manera, su actividad no
dependía únicamente de las instituciones religiosas o educativas, sino que también
aprovechaba los espacios comerciales y las redes de comunicación que comenzaban a
desarrollarse en el México independiente.
Otro elemento que favoreció la aceptación de estos ejemplares fue su formato y
precio. Algunas de las Biblias que distribuía Thomson podían presentarse en un solo
volumen, lo que facilitaba su transporte y, en determinados casos, las hacía más
económicas que las grandes ediciones católicas. Thomson señala, por ejemplo, que el
padre Cuevas promovía su compra entre las personas que acudían a “nuestra sala de
ventas”, destacando que las “Escrituras que se les ofrecían” tenían “tan bajo precio”
(Thomson, 8 de noviembre de 1827). Asimismo, en una carta dirigida a sus superiores,
Thomson observó que los compradores mostraban una “decidida preferencia” por las
Biblias y los Nuevos Testamentos en formato 8.º (Thomson, 27 de julio de 1827).
Esta preferencia resulta significativa si se compara con la Biblia “católica” de
Scío, cuya edición podía estar formada por varios tomos. Los ejemplares distribuidos
por Thomson, en cambio, podían ser más manejables y adecuados para su transporte y
venta. De este modo, su labor no sólo incorporó nuevos agentes a la circulación de las
Escrituras, sino también nuevas formas de ponerlas al alcance de los lectores:
ejemplares de menor tamaño, ofrecidos a precios accesibles y comercializados
directamente en distintos lugares. La Biblia comenzó así a integrarse en nuevos
circuitos de venta y lectura, que complementaban los espacios tradicionales vinculados
con la Iglesia.
También tenemos que su novedad puede observarse en que la distribución de las
Biblias comenzó a llegar a grupos sociales de menores recursos. Thomson relata un
episodio ocurrido un domingo, mientras se encontraba en su casa con su esposa. Según
su testimonio, llegaron “tres indios” muy interesados en adquirir algunas de sus Biblias.
Al saber que ninguno de ellos sabía leer, Thomson les preguntó por qué querían
comprar un libro que no podían leer. Uno de ellos respondió que lo quería para que sus
hijos lo leyeran. Al preguntarle si sus hijos asistían a la escuela y estaban aprendiendo a
leer, respondió afirmativamente. También señaló que pagaba dos reales y medio por
semana por cada uno de sus dos hijos (Thomson, 14 de noviembre de 1827).
Este episodio resulta significativo porque muestra que la adquisición de una
Biblia no dependía necesariamente de que el comprador supiera leer. El libro podía
entrar en el hogar a través de los padres y ser leído por los hijos, convirtiéndose así en
un medio de transmisión de contenidos religiosos dentro de la familia. Es posible que
estos niños estuvieran vinculados con alguno de los nuevos sistemas de enseñanza que
se estaban extendiendo en México, como el método lancasteriano, aunque el testimonio
de Thomson no permite afirmarlo con certeza.
Más allá de este detalle, el episodio permite observar la convergencia de varias
transformaciones: una educación que comenzaba a ampliar el acceso a la lectura,
Biblias ofrecidas a precios relativamente accesibles y familias que podían incorporar
estos libros a su vida cotidiana. De esta manera, la circulación de las Escrituras no se
limitaba a quienes podían leerlas personalmente, sino que también alcanzaba hogares
donde los niños podían convertirse en lectores para otros miembros de la familia. La
Biblia adquiría así una nueva presencia en espacios domésticos y en prácticas de lectura
que iban más allá de los ámbitos tradicionales de la Iglesia.
Pero pasó que a mediados de 1828, algunos periódicos de la ciudad de México
criticaron la distribución de Biblias de la sociedad, debido a que no tenían los libros
apócrifos. Estas no tenían los permisos correspondientes de censura, por lo que en junio
de 1828 el Cabildo de la Iglesia Metropolitana de México “publicó un edicto
prohibiendo a los fieles católicos la compra, venta o retención de las biblias en idioma
vulgar, sin notas y explicaciones aprobadas” (Ruiz Guerra, 2021). Estos mensajes
también se presentaron en los obispados de Oaxaca y Guadalajara y se planteó que el
propósito era de “propagar el funesto principio de las sectas protestantes, a saber, que la única regla de fe es la Escritura entendida por cada uno según su propio juicio”. Se le
recogieron ocho cajones con sus publicaciones, generando que tuviera que salir del país
y regresar en 1830, pero con efectos negativos.
Consideraciones finales
La Biblia, como se puede observar, no es un texto utilizado exclusivamente por los
protestantes, sino un libro cuya circulación estuvo determinada por distintas dinámicas
religiosas, sociales y económicas dentro de contextos históricos específicos. En el caso
analizado, tanto católicos como protestantes recurrieron a la misma traducción de las
Escrituras y buscaron ponerla al alcance del público mexicano, precisamente en un
periodo de profundas transformaciones políticas y sociales marcado por la
Independencia de México.
Al mismo tiempo, los cambios que experimentó la Iglesia católica en su labor
pastoral favorecieron una mayor apertura hacia la traducción y circulación de la Biblia
en español, en un momento en que también se estaba desarrollando el comercio de
libros. Sin embargo, las dos experiencias analizadas muestran formas diferentes de
entender y llevar a cabo la difusión de las Escrituras, y cada una produjo resultados
particulares.
Por un lado, la experiencia católica buscó presentar una Biblia que permitiera
“acercar” las Escrituras a los fieles, pero manteniendo el papel tradicional del sacerdote
como mediador de la enseñanza religiosa. Esta estrategia fortaleció la presencia
institucional de la Biblia dentro de la Iglesia; sin embargo, las características de las
ediciones, especialmente su extensión, formato y precio, podían dificultar su acceso
para una parte importante de la población.
Por otro lado, Thomson tomó las mismas Escrituras y desarrolló una estrategia
de distribución que prestó mayor atención a las condiciones económicas, comerciales y
educativas de la sociedad mexicana. La utilización de ejemplares más manejables,
precios accesibles y una venta directa permitió ampliar los espacios en los que la Biblia
podía ser adquirida y leída. No obstante, esta iniciativa también encontró límites. La
circulación de las Escrituras se desarrolló en medio de un escenario político y religioso
complejo, en el que la presencia de agentes protestantes y la venta de Biblias generaron
tensiones con distintos sectores. Estas circunstancias terminaron afectando la
permanencia de Thomson en México, quien tuvo que abandonar el país en dos
ocasiones.
En este sentido, ambas experiencias muestran que la circulación de la Biblia no
dependió únicamente de la existencia de una traducción disponible, sino también de las
condiciones institucionales, económicas, educativas y políticas que hicieron posible —o
limitaron— su acceso. La historia de la Biblia en México durante este periodo permite
observar, por tanto, cómo un mismo texto podía adquirir funciones diferentes según los
grupos que lo promovían, las estrategias utilizadas para distribuirlo y los lectores a
quienes se buscaba llegar.
Gerson A. Trejo Gutiérrez, casado con Tania Tamez Grenda, dos hijos: Luca y Sofía. Al frente de la Iglesia El Divino Redentor en la Colonia El Ancón, en los Reyes La Paz. CONFERENCIA ANUAL DE MEXICO DISTRITO CENTRO
Bibliografía
Alonso Marañon, P. M. (1992). Iglesia y Estado, sistemas educativos nacionales e instituciones docentes religiosas: el caso particular de las escuelas pías en Hispanoamérica en el siglo XIX. Historia de la educación: Revista interuniversitaria, 91-104.
Bárcenas García, F. (2020). Censura eclesiástica en el México independiente: libros prohibidos en los obispados de Monterrey y San Cristobal de las Casas (1821-1855). Ciudad de México: UAM-Iztapalapa.
Bastian, J.-P. (1984). Protestantismo y sociedad en México. México: CUPSA.
Escobar, Samuel (2005), Orígenes del Movimiento de Sociedades Bíblicas y su contexto misionológico en Revista Lusofona de Ciencia das religioes, n.º 7/8, pp. 21-30
Faubell, V. (1993). Historia de la educación en España y América. La educación el la España moderna (Siglos XVI-XVIII). Madrid: Ediciones Morata.
García Hurtado, M.-R. (1999). La Traducción en España, 1750-1808: cuantificación y lenguas en contacto. En F. Lafarga, La traducción en España (1750-1830) (págs. 35-43). España: Ediciones de la Univesitat de Lleida.
González León, C. A. (2015). La educación en la Nueva España tras las reformas borbónicas: una interpretación pedagógica. México: UNAM.
Hernández Fuentes, M. Á. (2007). Discusión religiosa en el espacio público mexicano, 1812-1827. México: Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora.
Herrera Fuentes, A. (2005). Lectores subversivo: fray Bartolomé de Las Casas y fray Servando Teresa de Mier. En B. y. López de Mariscal, Libros y lectores en la Nueva España (págs. 137-155). Monterrey: Instituto Tecnológico de Estudios Superiores de Monterrey.
Rivera Moya, M. R. (2021). Libertad de imprenta en México. En J. L. Soberanes Fernández, Derechos y libertades entre cartas magnas y oceános: experiencias constitucionales en México y España (1808-2018). IIJ-UNAM.
Ruiz Guerra, R. (2021). La lectura de la Biblia: proyecto cultural para construir una modernidad latinoamericana . Cuadernos Americanos, 85-103.
Salas Salgado, F. (2011). La traducciónde la Biblia del P. Felipe Scío y su época. Fortvinatae, 303-314.
Serrano, R. A. (2014). Historia de la Biblia en español. Una introducción. Lulu.com.
Tanck de Estada, D. (1992). Las escuelas lancasterianas en la ciudad de México: 1822-1842. En J. M. Kazuhiro Kobayashi, La educación en la historia de México (págs. 49-68). México: El Colegio de México.
Tellez, A. (1993). James Thompson, un viajero británico en México. Secuencia, 71-84.
Thomson, James, cartas: www.jamesdiegothomson.com/blog?offset=1387930125262
