EL DERECHO A SER ESCUCHADO

EL DERECHO A SER ESCUCHADO

Todos conocemos la comisión de Jesús de hacer discípulos. Como iglesia, buscamos constantemente maneras de llevar a cabo el evangelismo y lograr que más personas conozcan a Cristo. Personalmente, considero que todo esfuerzo evangelístico es digno de celebración y admiración. No podemos menospreciar las estrategias que las iglesias desarrollamos; con los elementos, recursos y herramientas que tenemos a nuestro alcance, realmente hacemos lo que podemos para llevar el mensaje de Cristo a las personas.

Sin embargo, tampoco podemos negar que algunas de las formas de evangelismo que fueron muy utilizadas hace algunos años han perdido fuerza. Las grandes campañas que reunían multitudes y llenaban estadios ya no tienen el mismo auge. Y esto nos lleva a hacernos una pregunta importante: ¿qué sucedió con todas aquellas personas que alguna vez respondieron a una invitación, levantaron la mano, pasaron al frente o hicieron una oración de fe? ¿Dónde están hoy? ¿Cómo fueron acompañadas después de aquella experiencia? ¿Cómo fueron encaminadas hacia la madurez cristiana?

Mi reflexión parte de Lucas 24:13-32, el conocido relato del camino a Emaús. Allí encontramos a dos hombres que amaban a Jesús, pero que caminaban con el corazón roto después de haberlo visto morir. Y creo que la manera en que Jesucristo se acerca a ellos nos permite reconocer algunos principios fundamentales del discipulado.

Si entendemos el discipulado como el proceso mediante el cual una persona se convierte en aprendiz de Jesucristo, lo primero que encontramos en esta historia es a Jesús caminando con ellos. El pasaje nos presenta a aquel hombre que ellos consideran un forastero, pero que en realidad es Jesús mismo. Él se acerca, escucha su conversación, escucha su dolor y les permite expresar sus preguntas y su confusión.

El proceso del discipulado comienza con tiempo y con escucha.

¿Cuánto cuesta una vida? Cuesta tiempo. Cuesta agenda. Cuesta disponibilidad. Cuesta estar dispuesto a escuchar la realidad de una persona, su historia, sus preguntas y hasta su manera de interpretar lo que está viviendo. Antes de querer corregir, exhortar o enseñar, necesitamos aprender a caminar con las personas.

El discipulado no es sólo un estudio ni consiste únicamente en exponer el plan de salvación. Es lo que pasa en el camino mientras compartimos la vida. Es abrir la casa, el corazón, la familia y nuestra propia experiencia para que otra persona pueda observar, de manera integral, cómo Dios está obrando en nuestra vida. No se trata solamente de transmitir información bíblica; se trata de acompañar a una persona mientras aprende a seguir a Jesús.

Jesús no comenzó diciéndoles quién era. Primero caminó con ellos.

Después de caminar con estos hombres, Jesús comenzó a enseñar. Utilizó las Escrituras de una manera estratégica, ayudándoles a comprender que aquello que había sucedido con Cristo no era el fracaso que ellos pensaban, sino parte del propósito de Dios. Jesús tomó sus preguntas, su confusión y su dolor, y los llevó hacia una comprensión más profunda de las Escrituras.

Hay algo muy importante aquí: Jesús enseñó en el momento adecuado.

Como creyentes, estamos convencidos de que somos portadores de la verdad del evangelio. Sin embargo, también debemos reconocer que las personas que no profesan nuestra fe tienen sus propias experiencias, conocimientos, convicciones y maneras de interpretar la realidad. Por eso, nuestro trabajo como iglesia no consiste en imponer la verdad, sino en enseñar la verdad.

Y para enseñar la verdad necesitamos generar confianza y ganarnos el derecho a ser escuchados. Implica, como Jesús, sentarnos a comer. Necesitamos construir relaciones en las que la persona nos permita entrar en su historia y escuchar nuestra fe, sin asumir una posición de superioridad, sin invadir agresivamente y sin tratar a la otra persona como un proyecto que tenemos que corregir.

Jesús caminó con ellos, escuchó sus preguntas y después les abrió las Escrituras.

Esto nos recuerda que el discipulado no comienza necesariamente con una clase; muchas veces comienza con una conversación.

Otro aspecto importante de este proceso de enseñanza es reconocer que la Biblia distingue entre el llamado que Dios hace a quienes pertenecen a Cristo y las expectativas que podemos tener respecto de quienes todavía están fuera de la fe.

Pablo lo expresa con claridad en 1 Corintios 5 cuando señala que la responsabilidad de juzgar la vida de quienes están dentro de la comunidad cristiana corresponde a la propia iglesia, mientras que no podemos pretender que quienes no conocen a Cristo vivan bajo los mismos compromisos que nosotros hemos asumido al seguirlo.

Esto es fundamental para el discipulado. Una persona que todavía no ha decidido seguir a Jesús no puede ser tratada como si ya hubiera asumido las responsabilidades propias de un discípulo.

No podemos exigirle a alguien que todavía no ha conocido a Cristo que viva como alguien que ha decidido entregar su vida a Cristo.

Finalmente, en el pasaje del camino a Emaús encontramos el momento en que sus ojos fueron abiertos. Reconocieron a Jesús y comprendieron aquello que durante el camino no habían podido ver. Entonces experimentaron algo que ellos mismos describieron diciendo: «¿No ardía nuestro corazón en nosotros?» Habían encontrado la verdad, pero no solamente como una idea que podían comprender intelectualmente; la verdad había tocado su corazón y transformado la manera en que entendían lo que había sucedido.

Y cuando sus ojos fueron abiertos, sucedió algo natural: regresaron para contar lo que habían visto y experimentado. No pudieron quedarse con la experiencia solamente para ellos. Volvieron a Jerusalén y hablaron de Jesús, de lo que había sucedido en el camino y de cómo lo habían reconocido al partir el pan.

Aquí encontramos otro principio fundamental del discipulado: el discípulo que ha sido formado se convierte, a su vez, en alguien que puede formar a otros.

Como discípulos que estamos llamados a formar discípulos, necesitamos tener paciencia con los procesos. No podemos pretender que todas las personas comprendan, maduren y transformen su vida al mismo ritmo. Nuestro llamado es caminar con ellas, enseñarles, acompañarlas y permitir que, en el tiempo de Dios, la luz resplandezca en sus corazones.

El objetivo no es simplemente que una persona conozca nuestras respuestas, sino que llegue a conocer a Cristo. No buscamos producir personas que repitan nuestro testimonio, sino discípulos capaces de reconocer la obra de Dios en su propia historia.

Evangelizar puede llevar a una persona a encontrarse con el mensaje de Cristo, pero discipular implica caminar con ella mientras aprende a seguirlo. En el camino a Emaús, Jesús no solamente logró que aquellos hombres escucharan un mensaje. Caminó con ellos, escuchó su historia, interpretó las Escrituras, entró en su casa, compartió la mesa y permitió que sus ojos fueran abiertos.

Y cuando finalmente comprendieron quién era Jesús, dijeron: «¿No ardía nuestro corazón en nosotros?»

Tal vez ese sea uno de los grandes desafíos de la iglesia de nuestro tiempo: no conformarnos con llevar personas a una experiencia, sino comprometernos a caminar con ellas hasta que conozcan a Cristo, comprendan su Palabra y aprendan a vivir como sus discípulos.

Por eso, quizá nuestra pregunta no debería ser únicamente cuántas personas estamos alcanzando, sino cuántas estamos acompañando hacia la madurez. El propósito no es producir personas que simplemente repitan nuestras respuestas, sino discípulos que conozcan a Cristo, experimenten su verdad, aprendan a vivirla y puedan contar su propia historia. Porque cuando alguien ha encontrado a Jesús en el camino, su vida puede convertirse también en el camino por el que otros encuentren a Cristo.

Pbra I. Ana P. Borunda Magallanes

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