15.ª Asamblea Mundial de Mujeres Metodistas e Iglesias Unidas
25–29 de agosto de 2026 | Auckland, Nueva Zelanda
“Levántate, resplandece, porque ha venido tu luz, y la gloria de Jehová ha nacido sobre ti.”-Isaías 60:1
Nunca imaginé que el nombramiento como presidenta de Unidad México me llevaría hasta Auckland, Nueva Zelanda, para participar en la 15.ª Asamblea Mundial de Mujeres Metodistas e Iglesias Unidas.
Del 25 al 29 de agosto de 2026, mujeres provenientes de diferentes partes del mundo nos reunimos para adorar, aprender, compartir experiencias, reflexionar sobre los desafíos de nuestro tiempo y, sobre todo, fortalecer los lazos que nos unen como mujeres metodistas comprometidas con la misión de Dios.
Para mí, este viaje comenzó mucho antes de subir al avión.
Un viaje sostenido por Dios
Como presidenta de Unidad México, participar en esta Asamblea formaba parte de mis responsabilidades y también de mis derechos. Sin embargo, hacer realidad el viaje representó todo un reto: cubrir los gastos, obtener la visa de Nueva Zelanda, organizar vuelos, hospedaje, traslados, comunicación mediante e-SIM y resolver muchos otros detalles.
Hubo momentos en los que todo parecía complicado, y pensé que no sería posible; pero una vez más pude experimentar que cuando Dios abre una puerta, también provee los medios para atravesarla.
Recibí también el apoyo de algunas personas que hicieron donativos para ayudarme a realizar este viaje, con quienes estoy profundamente agradecida. Cada aportación significó mucho para mí, porque detrás de ella sentí el cariño, la confianza y el respaldo de quienes hicieron posible que pudiera representar a México en este encuentro mundial.
Finalmente llegó el momento de partir. Viajé sola y con mucha emoción.
Al llegar, había algo que me inquietaba especialmente: el idioma. La comunicación sería principalmente en inglés, desde los aeropuertos y traslados, hasta las conversaciones cotidianas y las sesiones de trabajo.
Pero desde el primer devocional matutino Dios comenzó a mostrarme algo que se convertiría en una de las experiencias más hermosas del viaje.
Saludé a hermanas del Congo, de Nueva Zelanda, de Japón, de Zimbawe, de Londres, de Polonia, de Austria, de China y más países. Mujeres de lugares que para mí estaban tan lejos, con culturas, historias e idiomas diferentes. Y, sin embargo, ahí estábamos juntas, adorando al mismo Dios.
Es difícil explicar la sensación de encontrarse con personas que nunca antes habías visto, que viven a miles de kilómetros de distancia y hablan otro idioma, y descubrir que puedes sentirte hermana de ellas. Porque hay un lenguaje que no necesita traducción: el lenguaje de la fe, la amistad y la alabanza.
El abrazo de América Latina

Y al terminar el devocional matutino me encontré con dos hermanas de México: Lilia Canseco Saint André, presidenta anterior de Unidad México y delegada oficial, e Irma Luna, quien asumía la presidencia del Área de América Latina. También tuve la alegría de encontrarme con Jessica Solar, de Perú, quien dejaba la presidencia del Área de América Latina para dar paso a Irma.
Recuerdo especialmente el momento en que Jessica me recibió con un cálido abrazo. Después de un viaje tan largo y de llegar sola hasta el otro lado del mundo, ese abrazo significó mucho para mí. Fue como sentir que, aun estando tan lejos de casa, había llegado a un lugar donde me esperaban hermanas.
Jessica, como presidenta saliente, e Irma, como nueva presidenta, representaban también ese hermoso proceso de continuidad que pude observar durante la Asamblea: mujeres que entregan responsabilidades a otras mujeres, compartiendo con ellas su experiencia y acompañándolas en el inicio de una nueva etapa.
Irma y yo llegábamos como nuevas dirigentes, con mucho que aprender de las mujeres que nos habían precedido. Durante la Asamblea participamos como delegadas fraternales, acompañando las sesiones y viviendo de cerca este proceso de transición y aprendizaje.

Después llegaron los encuentros con mis hermanas de América Latina: Perú, Chile, Argentina y Brasil; y debo confesar que escuchar español después de tantos momentos de comunicación en inglés fue un verdadero descanso. Poder conversar en nuestra lengua, compartir nuestras experiencias y reconocer expresiones y costumbres familiares me hizo sentir acompañada. La calidez de las mujeres latinoamericanas es incomparable. Ellas fueron mi equipo durante esos cinco días. Juntas compartimos sesiones, comidas, conversaciones, risas y aprendizajes. Pero también comprendimos que nuestra cercanía no significaba que fuéramos iguales. Cada país tiene sus propias realidades, desafíos y maneras de vivir la fe. Y eso fue precisamente una de las riquezas de la Asamblea: descubrir que la diversidad no nos separa, nos enriquece.
Mujeres de todos los rincones
Uno de los aspectos que más disfruté fue conocer a las mujeres del Área del Pacífico Sur.

Desde el principio fueron extraordinariamente hospitalarias y amigables. Entre ellas conocí a Malia, quien se convirtió en una amiga muy especial. Un día me invitó a su mesa para comer. Allí conocí a otras hermanas y, durante los días siguientes, nos encontrábamos una y otra vez en los devocionales, cultos, sesiones de trabajo y coffee breaks. Tuvieron incluso la amabilidad de llevarme a mi hotel. Y el último día, Malia me llevó a comer; fue un tiempo hermoso de conversación, nos conocimos un poco más, compartimos diferencias en formas de celebración, nos mostramos fotografías de nuestras reuniones de mujeres y nos admiramos la una de la otra.
Llegó el momento de despedirnos. Me llevó al aeropuerto y fue como una despedida familiar entre lágrimas, abrazos y sonrisas. Quizá para alguien que observa desde fuera pueda parecer sorprendente que una amistad pudiera crecer tanto en solamente unos días. Pero quienes hemos experimentado la hermandad cristiana sabemos que hay encuentros que parecen pequeños y, sin embargo, dejan huellas profundas. Me fui de Nueva Zelanda con una amiga al otro lado del mundo.
“Arise and Shine”
El tema de la Asamblea fue “Arise and Shine” — “Levántate y resplandece”, basado en Isaías 60:1.
La frase estuvo presente durante toda la Asamblea. La escuchábamos en las predicaciones, los devocionales y las reflexiones, cantos y también nos la decíamos unas a otras: “Levántate y resplandece.”
Pero durante esos días descubrí que levantarse y resplandecer tiene muchos significados.
Significa responder al llamado de Dios. Significa no permanecer indiferentes ante las necesidades de nuestro mundo. Significa atrevernos a utilizar los dones que Dios nos ha dado. Significa levantarnos para acompañar a otras mujeres. Pero también significa reconocer que la gloria no es nuestra: la gloria es de Dios. Podemos servir, liderar, enseñar, predicar, organizar y trabajar; pero todo lo que hacemos debe apuntar hacia Él.
Una alabanza con muchos rostros
Las presentaciones culturales e informes de cada área fueron otro de los momentos que más disfruté. Pudimos ver diferentes formas de expresar la fe a través de cantos, danzas, movimientos, ritmos y tradiciones. Cada cultura adoraba de una manera distinta. Y todas eran hermosas.
También tuvimos la oportunidad de cantar canciones en inglés, español y otros idiomas. Algunas nos las enseñaban frase por frase para que todas pudiéramos cantarlas juntas.
Aquello era maravilloso. Mujeres de diferentes continentes aprendiendo una canción en un idioma que quizá no era el suyo y uniéndose para cantar. Una vez más, el lenguaje no fue una barrera.
Como América Latina también participamos mencionando los países que conforman nuestra área y con un poco de danza folclórica representativa de cada país. Les encantó. Y fue impresionante también ver que, aunque éramos todas latinas, teníamos diferencias y particularidades, pero la música se convirtió en un puente. Tuvimos también la oportunidad de orar por cada una de las otras Áreas en un devocional.
Una Iglesia que participa y sirve
La Asamblea también fue un espacio para conocer el trabajo que se realiza a nivel mundial.
Escuchamos los informes de las oficiales mundiales y conocimos más acerca de la relación de la Federación con la Organización de las Naciones Unidas y de los esfuerzos que se realizan para contribuir a los Objetivos de Desarrollo Sostenible.
También reflexionamos sobre temas de gran relevancia para las mujeres y nuestras comunidades: finanzas, liderazgo, justicia, paz y otros desafíos sociales.
Participamos además en Thursday in Black, una manifestación silenciosa contra la violencia hacia las mujeres. Vestidas de negro, mujeres de diferentes países nos unimos para recordar que nuestra fe también nos llama a trabajar por la dignidad, la seguridad y la vida de las mujeres.
La misión no ocurre únicamente dentro de los templos. También se vive cuando respondemos a las necesidades concretas de nuestro mundo.
Aprender de quienes nos precedieron
Algo que valoré profundamente fue la oportunidad de observar el liderazgo de mujeres con muchos años de experiencia en el servicio cristiano. Mujeres que han ocupado diferentes responsabilidades, que han enfrentado diferentes contextos y que continúan poniendo sus dones al servicio de Dios.
Como nuevas dirigentes, Irma y yo tuvimos la oportunidad de aprender de ellas. Esta experiencia me hizo valorar profundamente la importancia de la continuidad entre generaciones. Necesitamos la experiencia de quienes llevan muchos años sirviendo; pero también necesitamos abrir espacios para que nuevas generaciones puedan levantarse, aprender, aportar y asumir responsabilidades. No se trata de sustituir una generación por otra. Se trata de caminar juntas.
Elegir a quienes continuarán la misión
Algo que me pareció interesante es que antes de las elecciones de las nuevas oficiales mundiales tuvimos la oportunidad de conocer a las candidatas. Cada una contó con tres minutos para presentarse, compartir parte de su experiencia y expresar aquello que podía aportar. Después, en la siguiente sesión de trabajo, se realizaron las votaciones. Fue significativo poder conocer un poco más a las candidatas antes de participar en este proceso.
Finalmente fueron presentadas las nuevas integrantes de la Mesa Directiva de la Federación Mundial:
- Presidenta Mundial: Louise Wilson, de Irlanda, Área de Gran Bretaña e Irlanda.
- Presidenta Emérita: Sipiwe Chisvo, de Zimbabue, Área de África Meridional y Oriental.
- Vicepresidenta Mundial: Patricia Mapani, de Zimbabue, Área de África Meridional y Oriental.
- Tesorera Mundial: Jeanette Bouknight, del Área de América del Norte.
- Secretaria Mundial: Simulata Pope-Hiko, de Nueva Zelanda, Área del Pacífico Sur.
Ellas son las nuevas oficiales de la Federación Mundial, quienes trabajarán en conjunto con las nuevas presidentas de las 9 Áreas.
Fue muy emotivo presenciar el momento en que fueron nombradas oficialmente las nuevas integrantes de la Mesa Directiva y las nuevas presidentas de las Áreas. Se hizo la entrega del collar del Árbol de la Vida, el cual simbolizó para mí mucho más que un cambio de responsabilidades: representó continuidad, servicio y la responsabilidad de recibir una tarea que otras mujeres han sostenido antes y que ahora deberá continuar en nuevas manos.
Las jóvenes también tienen un lugar
También tuvimos la oportunidad de conocer a las becarias Helen Kim, quienes se presentaron y compartieron parte de sus experiencias.
Verlas me hizo pensar nuevamente en la importancia de invertir en las nuevas generaciones. La Iglesia necesita mujeres jóvenes que tengan oportunidades para prepararse, participar, desarrollar sus dones y encontrar espacios donde puedan servir. El futuro de la misión también se construye cuando confiamos responsabilidades y abrimos caminos para quienes vienen detrás de nosotras.
Aprender haciendo
Durante la Asamblea también participamos en diferentes talleres: liderazgo femenino, ecología, servicio, fe, mujeres bíblicas, pérdida, cuidado del alma, salud integral, bienestar financiera, salud mental, danza litúrgica, manualidades, música y alabanza.
Fueron espacios muy interesantes, pero además permitieron una convivencia más cercana. Porque en un taller puedes aprender técnicas, herramientas o ideas, pero lo mejor es que puedes aprender de la mujer que está sentada junto a ti; puedes conocer su historia, descubrir sus desafíos, escuchar cómo trabaja en su iglesia y comprender que quizá aquello que ella está viviendo también está sucediendo en otro lugar del mundo.
Detrás de cada detalle, muchas manos
No puedo dejar de mencionar al equipo del Área del Pacífico Sur. La organización de una Asamblea Mundial implica una enorme cantidad de trabajo: alojamiento, alimentación, traslados, sesiones, talleres, cultos, materiales, horarios y tantos detalles de los cuales quienes asistimos muchas veces solamente alcanzamos a ver una pequeña parte. Pude admirar la disposición, organización y colaboración de todo el staff. Gracias a Dios, todo salió muy bien.
¿Qué significa todo esto para las Sociedades Misioneras Femeniles de México?
Esta experiencia me hizo regresar con una perspectiva más amplia. A veces podemos mirar nuestro trabajo desde nuestra propia iglesia, nuestra ciudad o nuestra conferencia y pensar que somos pequeñas. Pero no lo somos. Somos parte de algo mucho más grande. Somos parte de una comunidad mundial de mujeres que oran, sirven, lideran y buscan responder a las necesidades de su tiempo.
Y eso nos plantea también una responsabilidad. Debemos seguir formando mujeres, abrir espacios para las nuevas generaciones, valorar la experiencia de quienes llevan años sirviendo al Señor, permanecer en la misión, buscar maneras de ayudar a otras mujeres, atrevernos a hablar de temas que afectan nuestras comunidades: liderazgo, finanzas, justicia, paz y tantos otros desafíos sociales; y, sobre todo, debemos aprender a caminar juntas.
Porque una de las enseñanzas más grandes que me llevo de Nueva Zelanda es que la unidad no depende de hablar el mismo idioma, vivir en el mismo país o tener las mismas costumbres. La unidad nace cuando reconocemos que tenemos un mismo Señor y una misma misión.
Y ahora que ya ha pasado un mes, cuando pienso en mi viaje a Nueva Zelanda, no pienso solamente en los kilómetros recorridos: pienso en las personas, en las mujeres que conocí, en las voces que escuché, en las canciones que cantamos y danzamos, en las manos que se extendieron para ayudarme, en quienes hicieron posible el viaje desde México, en las mujeres que me enseñaron, en las amigas que encontré, y en la certeza de que Dios estuvo presente en cada paso.
Fui a Nueva Zelanda como presidenta de Unidad México. Regresé con una visión más grande de lo que significa ser parte de una familia mundial de mujeres metodistas.
Regresé agradecida, desafiada, acompañada por nombres y rostros que ahora forman parte de mi historia; y regresé recordando las palabras que escuchamos una y otra vez: Levántate y resplandece, no para nuestra propia gloria, no para que otros nos admiren, sino para que, a través de nuestros dones, nuestro servicio, nuestra amistad y nuestra misión, la gloria de Dios pueda resplandecer.
Anhelo con todo mi corazón y pido al Señor, que las Sociedades Misioneras Femeniles de México también podamos levantarnos y que podamos resplandecer, que podamos caminar juntas, que podamos valorar a quienes han servido antes, abrir camino a quienes vienen detrás y permanecer fieles a la misión que Dios ha puesto delante de nosotras; y que podamos seguir descubriendo que, aun cuando el mundo nos separa por idiomas, distancias y culturas, en Cristo siempre encontraremos un lenguaje que nos une.
Porque hay un lenguaje que no necesita traducción: el lenguaje de la amistad, la fe y la hermandad en Cristo.
Bendiciones para todas de Dios, nuestro Padre y Jesucristo nuestro Señor. Que su amor nos impulse a seguir trabajando por el bien de las mujeres y para gloria de Dios.
Eunice Isayra Martínez Cordero
Presidenta de Comité Ejecutivo de Unidad México
De Federaciones de Sociedades Misioneras Femeniles 2026-2030
La World Federation of Methodist and Uniting Church Women (Federación Mundial de Mujeres Metodistas y de Iglesias Unidas) es una hermandad global que reúne a más de 3.5 millones de mujeres en 71 países y 90 unidades nacionales.
Propósito y Lema
- Lema principal: «Conocer a Cristo y darlo a conocer» (To Know Christ and To Make Him Known).
- Misión: Apoyar a las mujeres en su crecimiento espiritual, promover la igualdad, la paz, la justicia y la capacitación en liderazgo, colaborando incluso con las Naciones Unidas.
- Símbolo: El árbol de la vida (basado en Apocalipsis 22:2), que representa la vida continua y el servicio cristiano
- Las unidades nacionales se agrupan en nueve áreas geográficas mundiales.
- Desarrollan programas de educación, evangelización, ministerios de sanidad y servicios sociales.
- Cuentan con iniciativas como las Becas Helen Kim para fomentar el liderazgo de jóvenes mujeres y participan en campañas globales como Thursdays in Black (Jueves en Negro) contra la violencia de género.
