El evangelio que se acerca, transforma y restaura.
Dentro del evangelio podemos encontrar historias de Cristo encarnándose en la comunidad, conviviendo, transformando y dando un nuevo rumbo en la vida de las personas. Vemos momentos del ministerio de Cristo en donde se acerca alguien, cena en su casa y cambia su vida; otro momento en el que le pide a un hombre su barca para predicar y ese hombre, episodios después, es quien predica y al escucharlo se convierten miles; vemos también enfermos que fueron sanados, una mujer rechazada a la que Cristo le pide agua y – aquí está nuestro enfoque – es sanada la herida que llevaba cargando en su cotidianidad.
Vemos a Cristo yendo a alcanzar a esos perdidos y lo hace de una manera integral en la vida de las personas. Entender esto es fundamental para poder explicar una transformación completa de Cristo.
En Juan 4 vemos una conversación con una mujer, la cual está en un lugar alejado, en una hora poco convencional y cansada de su rutina…
El escenario se sitúa en el pozo de Jacob, a las afueras de Sicar, Samaria, en donde no era común encontrar una mujer frecuentando un lugar así y mucho menos a medio día. Vemos en los primeros versículos como Cristo muestra necesidad de pasar por ahí, a pesar de no ser el camino recurrente de los judios, ni el momento más lógico para hacerlo. En un primer momento vemos la intencionalidad de Jesús en pasar por ese lugar, la necesidad de encontrarse con ese corazón roto, afligido y acostumbrado a una rutina de sufrimiento. Cristo va y se encuentra con ella, esperándola sentada en el pozo, plácido en la realidad de la mujer. La Escritura nos muestra como el primer contacto con ella es pedirle agua. Y aquí quiero detenerme un momento.
Muchas veces el cristiano puede verse envuelto en la idea de que el impacto del evangelio debe de golpear la realidad de la persona sólo con poner el tema “en la mesa”, como si el mencionar el nombre “Jesús” o palabras como “infierno” “cielo” “salvación” o “pecado”, trajera consigo un terremoto interno en el corazón de la persona automáticamente, dejando a un lado la gracia, el convencimiento del Espíritu Santo, o siquiera la muestra del amor de Cristo en una palabra o acción piadosa. Y, sabes, la acción del amor de Dios podemos verla en el interés superior que tiene Dios por cada persona, de cómo Cristo entró al universo de la samaritana y buscó conectar con ella en lo único que ella tenía, el agua del pozo: “Estoy tan cerca de ti, que ahora también me interesa lo que estás haciendo”…
Entender que Cristo está tan cerca del agua es ver el amor del Padre manifestado en pequeños momentos, el interés de estar cerca de su creación, la pasión por conocernos. Cristo se muestra interesado primeramente en la dimensión actual de la mujer, en entenderla, y mostrarle su humanidad, puesto que vemos en la Escritura el cansancio de Jesús plasmado en las palabras de la Biblia. Esto dio pie a estar cerca de ella, sentarse a platicar; y en medio de su realidad, en la dimensión que ella vivía, el dolor que ella cargaba, en ese pozo al que nadie iba, en una hora en la que no había nadie, ahí, en medio de su rutina de sufrimiento, Cristo halló valor en ella.
Al sentarse a platicar inmediatamente la mujer muestra rareza de cómo un judio le hablaba siendo samaritana, entendiendo una posición de clasismo y racismo en la que vivía – la tercera dimensión de la que hablaremos un poco más adelante en este mismo articulo – . Cristo responde y comienza a mostrar su intención con ella; y si bien Cristo comienza a hablar del propósito restaurador que tiene, la conversación sigue en torno al pozo de agua, pero el Maestro comienza a dirigir la conversación, no al problema, sino a la solución, al agua de vida.
Una vez que esta mujer ha accedido a hablar, desde su lugar, Cristo comienza el proceso en ella, y entra de lleno en su segunda dimensión: después de hablar de su situación, entró a su realidad. Su pecado. Jesús le muestra lo que hay en ella (lo que en un primer momento provocó toda esta situación inicial de la rutina del pozo). Cristo conoce su problema real; y la mujer, al reaccionar, reconoce su necesidad de Dios. En unos cuantos versículos, un par de intercambios de palabras, la mujer abrió sus ojos y pudieron hablar de ella, y la tercera dimensión social en la que se encontraba: rechazada por el contexto en el que le tocó nacer, Cristo la alcanzó y le mostró la gracia y magnanimidad de nuestro Dios. Y lo más hermoso es que se le reveló: “Yo soy el Mesías, el mismo que habla contigo”.
Para este momento vemos como la mujer fue impactada desde el instante en el que el evangelio la alcanzó en donde estaba. La impactó con conocer su vida y aún con sus errores, le mostró la gracia, y cómo, a pesar de la indignidad cultural, fue llamada digna por aquel que dio su vida por nosotros, aquel que había de venir, nuestro Mesías.
Debemos entender que para este proceso Jesús está dispuesto a acercarse al lugar donde estamos, dar esa agua de vida y revelar la esperanza de la gracia y misericordia del Salvador.
Hoy como iglesia, debemos encarnarnos en la sociedad. Debemos conocer su pozo, y acercarnos tanto que podamos pedirles agua y comenzar un proceso en el que mostremos a aquel que dio su vida, así como lo hizo la samaritana como producto de ese encuentro con Jesús; y que así, quien acepte esta agua de vida, pueda decir: “ahora creo, no solamente por lo que tú me dijiste, sino porque también yo mismo le he oído, y sé que de verdad es el Salvador del mundo” (Jn 4:42).
En tu labor misional, busca ser tridimensional: encárnate en la vida de las personas, muéstrales esperanza en medio de su problema, dales propósito y preséntales a aquel Mesías que se acerca, restaura y transforma.
