Pbro. Ricardo Omar Escárzaga CarrizosaEntonces Pablo, puesto en pie en medio del Areópago, dijo: Varones atenienses, en todo observo que sois muy religiosos; porque pasando y mirando vuestros santuarios, hallé también un altar en el cual estaba esta inscripción: AL DIOS NO CONOCIDO. Al que vosotros adoráis, pues, sin conocerle, es a quien yo os anuncio.
Hch 17:22-23.
Una frase que suele atribuirse a Peter Drucker dice: “La cultura se desayuna a la estrategia”. Y es una gran verdad. No sólo desde el mundo de las empresas y los negocios, sino desde la vida de fe y el ejercicio del ministerio.
Se ha denominado sensibilidad cultural a la capacidad de comprender los valores, las costumbres, las formas de pensar y dinámicas de relaciones de una comunidad, con el propósito de interactuar de forma respetuosa y pertinente. No prestar atención a estos aspectos puede entorpecer la comunicación y afectar las relaciones.
En el pasaje de Hechos 17 que leímos al principio, encontramos a un Pablo que, siendo como dice Filipenses, “circuncidado al octavo día, del linaje de Israel, de la tribu de Benjamín, hebreo de hebreos; en cuanto a la ley, fariseo; en cuanto a celo, perseguidor de la iglesia; en cuanto a la justicia que es en la ley, irreprensible” (Filipenses 3:4-6) – es decir, un judío profundamente formado en su tradición- llega al Areópago, no desde Moisés, sino desde la cosmovisión religiosa de sus oyentes griegos. No acepta sin más sus creencias, sino que utiliza la cultura del auditorio como un punto de contacto para anunciar el evangelio.
En este punto, alguien podría pensar que estamos hablando de contextualización. Y tendría parte de razón. La sensibilidad cultural y la contextualización están estrechamente relacionadas; sin embargo no son lo mismo. Mientras que la sensibilidad cultural tiene que ver con la comprensión y el respeto a la cultura de las personas a quienes nos dirigimos, la contextualización es el proceso mediante el cual comunicamos y encarnamos el evangelio de forma pertinente en ese contexto.
El peligro entonces es que nos hayamos enfocado tanto en la contextualización, sin una base de sensibilidad cultural. En otras palabras, buscamos acomodar nuestras prácticas y creencias al contexto, pero no hemos tomado el tiempo de conocer a las personas que lo conforman.
Un ejemplo que escuché hace tiempo puede ser útil. En algunas iglesias coreanas en los Estados Unidos, existe la costumbre de celebrar reuniones de oración a las cinco de la mañana, de lunes a viernes. En determinadas congregaciones, estas reuniones cuentan con una participación muy numerosa, a tal grado que muchas personas se dirigen a trabajar al terminar dichas reuniones.
Cuando algunas iglesias comenzaron a desarrollar ministerios hispanos, intentaron reproducir este modelo. Sin embargo la respuesta no fue la esperada. Para quienes habían visto funcionar esa práctica en las congregaciones coreanas, resultaba frustrante que no produjera los mismos resultados en el nuevo contexto. Aquí cobra sentido la frase: “La cultura se desayuna a la estrategia”.
La actividad no era mala, pero no se había considerado suficientemente las circunstancias, horarios, responsabilidades y sobre todo dinámicas culturales de las personas a quienes iba dirigido ese ministerio.
El hecho de que una práctica funcione en un contexto determinado, no garantiza que producirá los mismos resultados en otro. Necesitamos comprender a las personas y el contexto en el que se desarrollan.
No pretendo generalizar sobre todas las iglesias coreanas ni a las comunidades hispanas. El ejemplo busca ilustrar la importancia de comprender el contexto antes de utilizar una estrategia ministerial.
Regresemos ahora a Pablo. Es muy interesante el acercamiento que hace en la carta de Tito:,
Pablo, siervo de Dios y apóstol de Jesucristo, conforme a la fe de los escogidos de Dios y el conocimiento de la verdad que es según la piedad, en la esperanza de la vida eterna, la cual Dios, que no miente, prometió desde antes del principio de los siglos (Tito 1:1-2)
Deseo llamar tu atención a la expresión “Dios, que no miente”. Podríamos preguntar: ¿No es evidente que Dios no miente? Para nosotros como cristianos, esta afirmación forma parte de nuestras convicciones fundamentales. Sin embargo, no debemos pasar por alto que Pablo escribe a creyentes que viven en un contexto particular: la isla de Creta.
¿Qué tiene esto que ver con nuestro tema? La propia carta ofrece pistas que nos ayudan a comprender el contexto en el cual es escrita dicha carta.
“Porque hay aún muchos contumaces, habladores de vanidades y engañadores, mayormente los de la circuncisión ..”
Y después añade:
Uno de ellos, su propio profeta, dijo: Los cretenses, siempre mentirosos, malas bestias, glotones ociosos.
Es muy significativo que la cita comience describiendo a los cretenses como mentirosos. Pablo recurre a una declaración atribuida a un profeta de aquella cultura para describir un asunto arraigado en esa cultura.
Aquí encontramos una tensión saludable. Por una parte la iglesia debe comprender y respetar a las personas en su contexto cultural, y por otra, no debemos olvidar que el evangelio también cuestiona, transforma y redime aspectos no sólo de nuestras vidas, sino también de nuestras culturas.
Ambas verdades pueden coexistir. La sensibilidad cultural no significa aceptar todo lo que una cultura considera normal, y la fe genuina tampoco nos autoriza a confundir nuestras costumbres con los principios de la vida cristiana.
La pregunta no es solamente cómo adaptar nuestras estrategias ministeriales a una cultura, sino también cómo comprenderla lo suficiente para poder comunicar el evangelio con fidelidad y pertinencia.
Algunas consideraciones.
¿Nuestro evangelismo se comunica de forma que la sociedad lo pueda entender, o estamos utilizando un lenguaje y formas que sólo entienden los que ya pertenecen a la iglesia?
¿Nuestros discipulados consideran las realidades familiares, laborales y sociales de las personas, o esperamos que todos se adapten a un mismo modelo?
¿Nuestros sermones conectan con la realidad de nuestros oyentes o predicamos suponiendo que todos comparten nuestras experiencias y cosmovisiones?
¿Hemos confundido nuestras preferencias litúrgicas, con las únicas formas legítimas de adorar a Dios?
¿Se evalúa solamente el compromiso por la asistencia a las actividades, o se conocen las circunstancias familiares, emocionales y laborales de las personas a quienes acompañamos?
Por mencionar algunas.
Presbítero Ricardo Omar Escarzaga Carrizosa
