Eduardo Delás
“… En cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis… En cuanto no lo hicisteis a uno de estos más pequeños, tampoco a mí lo hicisteis…” (Mt. 25:40,45)
El criterio determinante a la hora de sopesar la conducta auténtica de cada ser humano, no es sólo toda la violencia que hizo o el daño y el sufrimiento que causó a los demás. Esto es muy importante, claro está. Pero existe un criterio más hondo e inconfesado que ése y que cotiza especialmente a la hora de evaluar cómo somos: la indiferencia que se desentiende del sufrimiento de los demás, de la soledad y del desamparo. El abandono de todos los que se ven maltratados por la vida, el mundo y la sociedad.
Ahora bien, si esto es así, significa que la valoración para determinar “el bien” no se mide sólo ni principalmente a partir del criterio de “no hacer daño”. O sea, no vale decir “yo soy bueno porque no robo, ni mato”. Un individuo que pasa por la vida jactándose de no hacer tales cosas puede resultar un ser sumamente peligroso porque, según el criterio evangélico, el mal que nos pierde es también y, sobre todo, el bien que dejamos de hacer a muchas personas que, en este mundo, se encuentran desamparadas, desatendidas y necesitadas.
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