Categoría: Teología

¿Qué Debería Hacer un Estudiante de Teología?

¿Qué es lo que debería hacer un estudiante de teología hoy?
Teología en práctica [1]

Leonel Iván Jiménez Jiménez

«Tienen que ser como niños [Mt. 18.3] y es por esta meta que ustedes estudian teología: para convertirse en niños otra vez» [2].

Karl Barth

Estudiar teología es un acto de osadía. No es raro que cada generación de estudiantes de teología sea reducida. En medio de la incertidumbre económica y las presiones sociales, un estudiante de teología es un ser extraño: alguien que dedica su tiempo a estudiar idiomas que ya no se utilizan en la forma en que los aprende, que tiene asignaturas tan extrañas como “teología sistemática” y que pasa sus días (con sus noches) revisando un texto de autores inciertos y antigüedad considerable. 

​Además, el estudiante de teología se mueve en un mundo raro y contradictorio: la iglesia. Como creyente ha sido llamado a ser parte de la iglesia, el cuerpo de Cristo, pero también tiene como vocación servir a la comunidad religiosa cristiana. Tiene la misión de mirar a las congregaciones tal como Cristo las mira, como hombres y mujeres libres, pero también debe conocer las heridas y vicios de una comunidad en que habita un mundo también herido, no para juzgarla, sino para guiarla en la construcción de algo diferente. 

​Cualquiera en su sano juicio recomendaría alejarse de inmediato de la teología y los seminarios. No obstante, debemos decir lo contrario, pues el estudio de la teología implica cierta locura y mucha osadía, las cuales no son ajenas a la fe cristiana: la cruz es locura y la encarnación osadía de un Dios que ama sin limites. El estudio de la teología implica la locura de acercarse radicalmente a la revelación de Dios -Jesucristo- para pretender la osadía de “contar la vieja historia” a un pueblo necesitado de buenas noticias.    

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Credo del Migrante

Credo del Migrante

José Luis Casal
Traducción: Rev. Lilia Ramírez

Creo en Dios Todopoderoso,
quien guió a su pueblo en el exilio y en el éxodo,
el Dios de José en Egipto y de Daniel en Babilonia,
el Dios de los extranjeros e inmigrantes.

Creo en Jesús Cristo un desplazado de Galilea,
quien nació lejos de su gente de su casa,
quien tuvo que huir del país con sus padres cuando su vida estuvo en peligro,
y quien al volver a su propio país tuvo que sufrir la opresión del tirano Poncio Pilato,
el sirviente de un potencia extranjera.
Fue perseguido, golpeado, torturado,
y finalmente acusado y condenado a muerte injustamente.
Pero que en el tercer día, este Jesús rechazado resucitó de la muerte,
no como un extranjero sino para ofrecernos la ciudadanía celestial.

Creo en el Espíritu Santo,
el inmigrante eterno del Reino de Dios entre nosotros/as,
quien habla todos los idiomas,
vive en todos los países y une a todas la razas.

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La Sorprendente Estructura de los Diez Mandamientos

La sorprendente estructura de los Diez mandamientos

Los diez mandamientos curiosamente empiezan y terminan en el mismo lugar: amar a Dios y al prójimo desde el corazón.

Andrés Messmer

Introducción
Muchos ya conocemos los Diez mandamientos de Éxodo 20 y Deuteronomio 5, pero por si acaso, aquí los tienen en forma resumida:

  1. No tener dioses ajenos
  2. No hacer imágenes
  3. No tomar el nombre de Dios en vano
  4. Guardar el sábado
  5. Honrar a tus padres
  6. No matarás
  7. No cometerás adulterio
  8. No hurtarás
  9. No mentirás
  10. No codiciarás

Hasta aquí, todo bien, pero surge la pregunta: ¿por qué están estructurados así, y cuál es su lógica? Aunque los Diez mandamientos juegan un papel central en la catequesis cristiana, muchos no profundizan más que observar que algunos mandamientos hablan de nuestra relación con Dios (normalmente los 1–4), mientras que otros hablan de nuestra relación con los hombres (normalmente los 5–10). En este artículo, me gustaría profundizar en la estructura y lógica de los Diez mandamientos. (Como comentario parentético, permítanme reconocer mi deuda con la comunidad judía al respecto, y sobre todo a los sefardí de la Edad media).

La estructura de los Diez mandamientos
Cuando consideramos la estructura de los Diez mandamientos, el tema más importante es cómo los podemos dividir para que nos ayude a entenderlos mejor. Los cristianos solemos dividirlos en dos grupos, con los primeros tres o cuatro hablando de nuestra relación con Dios, y los últimos seis o siete de nuestra relación con los hombres. Sin embargo, me gustaría sugerir que hay otra manera —quizá mejor— de dividirlos: en dos grupos de cinco mandamientos que hablan de nuestra relación con Dios y nuestras autoridades y los otros cinco de nuestra relación con nuestros iguales.

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Propiciación vs Expiación

La propiciación vs. la expiación

Dr. Ernesto Contreras Pulido

El apóstol Juan escribió: “En esto consiste el amor: No en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados”. Esto es importante porque la Biblia dice que la sangre de los toros y de los machos cabríos (sacrificados de acuerdo con la ley de Moisés) no puede quitar los pecados, pues eran sacrificios expiatorios. Expiar quiere decir cubrir los pecados para que Dios no los vea; pero el superior sacrificio propiciatorio de Jesucristo, es el sacrificio aceptable, suficiente y sustitutivo ante Dios, que paga por los pecados (de antes, durante y después de Cristo), los remueve del pecador, los echa en el fondo del mar y permite así que, saldada la cuenta, Dios se olvide de ellos para siempre, se reconcilie con el pecador y le de vida eterna (Heb. 10:4, Jn. 1:29).

Dice la Biblia: “¿Qué Dios como Tú, que perdona la maldad, y olvida el pecado del remanente de su heredad? No retuvo para siempre su enojo, porque se deleita en misericordia. Él volverá a tener misericordia de nosotros; sepultará nuestras iniquidades, y echará en lo profundo del mar todos nuestros pecados” (Mi. 7:18-19).

Por eso, cuando Juan vio a Jesucristo dijo: “He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”; pues la Biblia dice que Dios cargó en Él (en su cuerpo), el pecado de todos nosotros, “de tal manera que al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuéramos hechos justicia de Dios en Él”. Así, la Biblia, clara y repetidamente, dice que Jesucristo es la propiciación por nuestros pecados; y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo (Is 53:6; 2ª Co 5:21; 1ª Jn 2:2).

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Teología en Tiempos Globales

3. Teología en tiempos globalesFe y cosmopolitismo: hacer teología en tiempos globales

Nicolás Panotto

El modo en que se comprenden las relaciones multiculturales ha ido mutando considerablemente a lo largo de la historia, aunque en estas últimas décadas, con el fenómeno de la llamada “globalización”, ciertos procesos se han profundizado. Hay mucho que se puede decir al respecto, especialmente sobre los modos en que se evalúa dicha instancia. En este sentido, la noción de globalización se juega entre una noción positiva y otra negativa. Es decir, por un lado se comprende como un fenómeno que posibilita el enriquecimiento de procesos de conocimiento mutuo, a través de los intercambios y encuentros con la diversidad de sujetos y culturas que habitan nuestro mundo. Pero por otro, también representa un escenario de dinámicas de poder, donde los tipos de vinculación también son asimétricos entre grupos y países. De esta manera, la globalización representa un fenómeno tanto inclusivo como excluyente.

De aquí surgen dos elementos importantes. Por un lado, hablar de globalización implica una redefinición de cómo se comprenden la construcción de las identidades individuales y sociales. Tal como plantea Néstor García Canclini (2001), somos comunidades y sujetos híbridos. No existen esencialismos nacionalistas, ni culturales, ni políticos, ni sociales, inclusive religiosos. Somos seres y grupos que se construyen desde trayectorias históricas muy diversas, desde procesos interculturales entre geografías cruzadas, desde la conjunción de distintas matrices existenciales, tales como nuestra situación económica, el lugar dentro de las jerarquías sociales, las creencias, las ideologías, etc. La pluralidad que representa lo global no es sólo un elemento descriptivo de los elementos que la componen, sino una cosmovisión antropológica donde lo diverso, lo multi, lo plural, son instancias constitutivas de todos los agentes.

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El Postmodernismo y la Razón

postmodernismo razonMetodismo y Razón

El movimiento del metodismo que impactó a Inglaterra surgió en medio del ambiente ideológico del racionalismo. La Inglaterra de tiempos de Juan Wesley iniciaba su expansión imperial y su transformación industrial, gracias a la invención de las máquinas movidas por vapor. El auge económico que se iniciaba estuvo acompañado por las ideas racionalistas de los filósofos de la ilustración de la Europa Continental y por la influencia de destacados pensadores de la propia Inglaterra, como Berkley, Locke, Bacon, Newton. Como estudiante de una de las más prestigiadas universidades de su tiempo, Juan Wesley no podía ser ajeno a la influencia del racionalismo que dominaba el ambiente de su época. Su labor evangelstica  consistió en llamar a un genuino arrepentimiento que condujera a una conversión radical del hombre y se manifestara en una vida de santidad. Sus enseñanzas se expresaban en un lenguaje sencillo, pero destacando siempre su forma disciplinada de razonar, de tal manera que sus sermones parecen transcurrir a la manera de silogismos lógicos que van de premisa en premisa hasta arribar a sólidas conclusiones. Los escritos, exposiciones y predicaciones del señor Wesley nos permiten corroborar que no sólo aceptó el valor de la razón sino que la utilizó como poderosa herramienta para el conocimiento de la Palabra, la enseñanza y la predicación.

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El 666 no es 666

666Por Juan Stam

Sobre el 666 hay mucho que decir, y lo primero es que no existe como tal. Lo que la Biblia dice no es «6-6-6» sino «seiscientos sesenta y seis», lo que es muy diferente. No es un «triple seis», como sería «666» en la aritmética moderna. El texto bíblico no tiene ese efecto de repetición, una misma cifra tres veces seguidas.  El énfasis no cae en los tres dígitos lado a lado, sino en la suma expresada por las tres palabras originales. Cualquiera que sea la interpretación, el significado no puede estar en los tres dígitos que se juntan sino en la cifra como suma total.

La gente de los tiempos bíblicos no podría ni imaginarse un número como «666», porque no conocían el sistema decimal. El número tenía que ser «seiscientos sesenta y seis».

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Modernismo y Posmodernismo

posmodernismo.pngCONOCIENDO EL POSTMODERNISMO

Introducción

El postmodernismo es un movimiento aún en formación, difuso y difícil de definir; de múltiples orígenes y exponentes; generalmente identificado como la ideología que subyace a las formas de pensamiento y comportamiento del hombre contemporáneo que habita este mundo globalizado (al cual podemos llamar utilizando las palabras del apóstol san Pablo αιωνι τουτω -Rom. 12: 2- “esta época” o este siglo, como traduce la versión Reina-Valera 1960). Se trata de la ideología dominante de la sociedad en que nos ha tocado.

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El Precio de la Gracia (parte 17)

art.mlutherk.dietrichDietrich Bonhoeffer, fue un pastor y teólogo luterano, quien predicó también con el ejemplo. Mientras las iglesias de Alemania guardaron silencio y se sometieron al nazismo de Hitler, él lo confrontó en forma escrita y verbal.

Su resistencia al régimen resultó en su captura, encarcelamiento y ejecución el 9 de abril de 1945, apenas 21 días antes del suicidio de Hitler, y 28 días antes de la rendición de Alemania. El día anterior de su muerte había dirigido un culto con los presos. Antes de ser ahorcado, de rodillas elevó su última oración. Tenía apenas 39 años de edad.

(Seguimos publicando, parte por parte, el libro de Bonhoeffer, “El Precio de la Gracia”).

De click en los enlaces para ir a la ←  parte 15, o puede ir al inicio de la serie.

II  LA IGLESIA DE JESUCRISTO Y EL SEGUIMIENTO

1 Cuestiones preliminares

Jesús estaba corporalmente presente, con su palabra, ante sus primeros discípulos. Pero este Jesús murió y resucitó. ¿Cómo llega hoy a nosotros su llamada al seguimiento? Jesús no pasa ya corporal mente ante nosotros, como pasó ante Leví, el publicano, para decirnos: «¡Sígueme!». Aunque en mi corazón esté dispuesto a oír, a abandonarlo todo y seguirle, ¿qué me da derecho a ello? Lo que para aquellos hombres resultaba tan inequívoco constituye para mí una decisión sumamente dudosa e incontrolable.

Por ejemplo, ¿cómo podría aplicarme la llamada dirigida al publicano? ¿No habló Jesús de forma completamente diferente a otros hombres en otras ocasiones? ¿Amó menos que a sus discípulos al paralítico al que perdonó los pecados y sanó, o a Lázaro, al que resucitó? Sin embargo, no les llamó a abandonar su profesión para seguirle; los dejó en su lugar, en su familia, en su trabajo. ¿Quién soy yo para ofrecerme a realizar algo desacostumbrado, extraordinario? ¿Quién me dice, y quién dice a los otros, que no actúo por propia autoridad, por propio fanatismo? Y esto no sería precisamente seguimiento.

Todas estas preguntas son falsas; al proponerlas, lo único que hacemos es situarnos fuera de la presencia viva de Cristo. Estas preguntas no cuentan con el hecho de que Jesucristo no está muerto, sino que vive hoy y continúa hablándonos por el testimonio de la Escritura. Él sigue presente hoy entre nosotros, corporalmente y con su palabra.

Si queremos escuchar su llamada al seguimiento debemos oírlo allí mismo donde él se encuentra. La llamada de Jesucristo resuena en la Iglesia por su palabra y los sacramentos. La predicación y el sacramento de la Iglesia son el lugar de la presencia de Jesucristo. Si quieres oír la llamada de Jesús al seguimiento no necesitas para ello una revelación especial. Escucha la predicación y recibe los sacramentos. Escucha el Evangelio del Señor crucificado y resucitado. En él se encuentra todo entero aquel que trató con los discípulos. Sí, se halla aquí como el transfigurado, el vencedor, el viviente. Nadie más que él puede llamar al seguimiento. Ahora bien, dado que en el seguimiento nunca se trata esencialmente de decidirse en favor o en contra de tal o cual acción, sino siempre y exclusivamente de decidirse en favor o en contra de Jesucristo, la situación no era más sencilla para el discípulo o el publicano, a los que él llamaba, que para nosotros hoy día.

La obediencia de estos primeros llamados era seguimiento porque ellos reconocían a Cristo en aquel que les llamaba. Pero tanto allí como aquí es el Cristo oculto quien llama. La llamada, en sí, es equívoca. Todo depende del que llama. Pero Cristo sólo es reconocido en la fe. Y esto es válido para los hombres de aquel tiempo igual que para nosotros. Ellos veían al rabino, al obrador de milagros y creían en Cristo. Nosotros oímos la palabra y creemos en Cristo.

Pero la ventaja de estos primeros discípulos ¿no consistía en que, una vez reconocido Cristo, recibían su mandamiento de forma inequívoca y aprendían de su boca lo que debían hacer, mientras nosotros estamos abandonados en este punto decisivo de la obediencia cristiana? ¿No nos habla el mismo Cristo de forma diferente a la que hablaba a aquellos hombres? Si esto fuera cierto, nos encontraríamos indudablemente en una situación desesperada. Pero no es verdad. Cristo no nos habla de forma diferente a la que habló en aquel tiempo. Las cosas no sucedieron a los primeros discípulos de Jesús de tal modo que primero reconocieron en él al Cristo y después recibieron sus mandamientos. Más bien, sólo le reconocieron por su palabra y su precepto. Creyeron en su palabra y en su mandamiento y reconocieron en él al Cristo. Para los discípulos no hubo conocimiento de Cristo fuera de su clara palabra.

A la inversa, había que mantener que el verdadero reconocimiento de Jesús como el Cristo englobaba simultáneamente el reconocimiento de su voluntad. El conocimiento de la persona de Jesucristo no quitaba al discípulo la certeza de su acción, sino que se la daba. No existe ninguna otra manera de conocer a Cristo.

Si Cristo es el Señor que reina sobre mi vida, al encontrarme con él conozco la palabra que me dirige, y esto es tan cierto como el hecho de que no puedo conocerlo realmente más que por su clara palabra y sus mandamientos. La objeción de que nuestra desgracia consiste en que ciertamente querríamos conocer a Cristo y creer en él, pero no podemos conocer su voluntad, se basa en un conocimiento vago y erróneo de Cristo. Conocer a Cristo significa reconocerle, a través de su palabra, como Señor y salvador de mi vida. Y esto implica el conocimiento de la palabra viva que me dirige.

Si decimos, por último, que el mandamiento era claro para los discípulos, mientras que nosotros debemos decidir cuál de sus palabras se nos dirige, nos equivocamos una vez más sobre la situación de los discípulos y sobre la nuestra. El mandamiento de Jesús siempre tiene por fin exigir la fe que proviene de un corazón indiviso, exigir el amor a Dios y al prójimo con todo el corazón y toda el alma. Sólo en esto era claro el mandamiento. Todo intento de poner en práctica el mandamiento de Jesús sin entenderlo de este modo constituiría de nuevo una falsa interpretación y un acto de desobediencia a la palabra de Jesús.

Mas, por otra parte, no se nos niega el conocimiento del precepto concreto. Al contrario, en toda palabra predicada, por medio de la cual escuchamos a Cristo, se nos dice claramente: Sabes que sólo puedes cumplirla mediante la fe en Jesucristo. Así pues, se nos ha conservado íntegramente el don de Jesús a sus discípulos; incluso podemos decir que ahora está más cerca de nosotros, por el hecho de la marcha de Jesús, porque conocemos su transfiguración y se nos ha enviado el Espíritu santo.

Con esto queda claro que no podemos utilizar la historia de la vocación de los discípulos en contra de otras narraciones. Nunca se pretende que nosotros nos identifiquemos con los discípulos o con otros personajes del Nuevo Testamento; se trata únicamente de identificarnos con Jesucristo y su llamada, entonces y ahora. Y su palabra es la misma, bien haya resonado en su vida terrenal o en nuestros días, bien se haya dirigido a los discípulos o al paralítico. Tanto aquí como allí se trata de la llamada de su gracia a entrar en su Reino, a situarnos bajo su soberanía. La pregunta de si debo compararme al discípulo o al paralítico está planteada de una forma peligrosamente falsa. No tengo que compararme en nada con ninguno de los dos. Lo que debo hacer es escuchar y cumplir la palabra y la voluntad de Cristo tal como las recibo en estos dos testimonios.

La Escritura no nos presenta una serie de tipos cristianos a los que habríamos de asimilarnos según nuestra propia elección, sino que en cada línea nos predica al único Jesucristo. Sólo debo escucharle a él. Él es en todas partes el mismo y el único.

A la pregunta sobre dónde podemos oír nosotros, los hombres de hoy, la llamada de Jesús al seguimiento, sólo puede respondérsele: ¡escucha la predicación, recibe los sacramentos, escúchale en ellos y oirás su llamada!

2 El bautismo

La noción de seguimiento, que en los sinópticos podía expresar casi todo el contenido y extensión de las relaciones del discípulo con Jesucristo, pasa claramente en Pablo a segundo plano. Pablo no nos anuncia ante todo la historia del Señor durante los días de su vida terrestre, sino la presencia del resucitado y glorificado, y su obra en nosotros. Para esto necesita una serie nueva y peculiar de conceptos, que brotan de lo que el objeto tiene de particular y tiende hacia lo que hay de común en la predicación del único Señor, que vivió, murió y resucitó. Al testimonio completo sobre Cristo corresponde un conjunto múltiple de conceptos. Y es necesario que la terminología de Pablo confirme la de los sinópticos, y viceversa. Ninguna de ellas tiene ventaja sobre la otra, porque no somos «ni de Pablo, ni de Apolo, ni de Cefas, ni de otro cristiano», sino que ponemos nuestra fe en la unidad del testimonio que la Escritura da sobre Cristo. Destruiríamos la unidad de la Escritura si dijéramos que Pablo anuncia al Cristo que aún está presente en nosotros, mientras que el testimonio de los sinópticos nos habla de una presencia de Cristo que ya no conocemos.

Tal modo de hablar aparece en amplios ambientes como expresión de un pensamiento histórico-reformado, pero en realidad es lo contrario: un ensueño extremadamente peligroso. ¿Quién nos dice que aún tenemos la presencia de Cristo tal como nos la anuncia Pablo? ¿Quién nos lo afirma sino la Escritura? ¿O deberíamos hablar aquí de una experiencia libre de la presencia y de la realidad de Cristo, experiencia que no estaría vinculada a la Escritura? Pero si la Escritura es la única que nos da testimonio de la presencia de Cristo, lo hace precisamente como un todo y, al mismo tiempo, como la misma Escritura que nos testimonia la presencia del Jesucristo sinóptico.

 

El Cristo de los sinópticos no está más cerca ni más lejos de nosotros que el Cristo paulino. El Cristo que está presente a nosotros es aquel del que da testimonio toda la Escritura. Es el encarnado, crucificado, resucitado y glorificado; sale a nuestro encuentro en su palabra. La terminología diferente con la que los sinópticos y Pablo transmiten este testimonio no perjudica en nada a la unidad del testimonio escriturario1.

En Pablo, la llamada al seguimiento y su puesta en práctica tienen su correspondencia en el bautismo.

El bautismo no es una oferta del hombre, sino un ofrecimiento de Jesucristo. Sólo se funda en la voluntad llena de gracia de Jesucristo, que nos llama. El bautismo consiste en ser bautizados, en recibir la llamada de Cristo. Por él, el hombre se convierte en propiedad de Cristo. El nombre de Jesucristo es pronunciado sobre el que se bautiza y, con ello, es hecho partícipe de este nombre, es bautizado «en Jesucristo» (έλε: Rom 6, 3; Gal 3, 27; Mt 28, 19).

Desde entonces pertenece a Jesucristo. Es arrancado de la soberanía del mundo y se convierte en propiedad del Señor.

De este modo, el bautismo significa una ruptura. Cristo penetra en el interior del poderío satánico y pone su mano sobre los suyos, crea su comunidad. Así, pasado y futuro quedan separados uno del otro. Lo antiguo ha pasado, todo se ha hecho nuevo. La ruptura no se produce porque un hombre haga saltar sus cadenas en un deseo inextinguible de encontrar un orden nuevo y libre para su vida y para las cosas. Es el mismo Cristo, mucho antes de esto, quien ha realizado la ruptura. Por el bautismo, esta ruptura se realiza igualmente en mi vida. El carácter inmediato de mis relaciones con las realidades de este mundo queda anulado porque Cristo, el mediador y Señor, se ha interpuesto entre ellas y yo. Quien ha sido bautizado no pertenece ya al mundo, no le sirve, no le está sometido. Únicamente pertenece a Cristo y su comportamiento frente al mundo sólo está determinado por el Señor. Seguir leyendo «El Precio de la Gracia (parte 17)»

El Precio de la Gracia (parte 16)

art.mlutherk.dietrichDietrich Bonhoeffer, fue un pastor y teólogo luterano, quien predicó también con el ejemplo. Mientras las iglesias de Alemania guardaron silencio y se sometieron al nazismo de Hitler, él lo confrontó en forma escrita y verbal.

Su resistencia al régimen resultó en su captura, encarcelamiento y ejecución el 9 de abril de 1945, apenas 21 días antes del suicidio de Hitler, y 28 días antes de la rendición de Alemania. El día anterior de su muerte había dirigido un culto con los presos. Antes de ser ahorcado, de rodillas elevó su última oración. Tenía apenas 39 años de edad.

(Seguimos publicando, parte por parte, el libro de Bonhoeffer, “El Precio de la Gracia”).

De click en los enlaces para ir a la ←  parte 15, o puede ir al inicio de la serie.

II  LA IGLESIA DE JESUCRISTO Y EL SEGUIMIENTO

1 Cuestiones preliminares

Jesús estaba corporalmente presente, con su palabra, ante sus primeros discípulos. Pero este Jesús murió y resucitó. ¿Cómo llega hoy a nosotros su llamada al seguimiento? Jesús no pasa ya corporal mente ante nosotros, como pasó ante Leví, el publicano, para decirnos: «¡Sígueme!». Aunque en mi corazón esté dispuesto a oír, a abandonarlo todo y seguirle, ¿qué me da derecho a ello? Lo que para aquellos hombres resultaba tan inequívoco constituye para mí una decisión sumamente dudosa e incontrolable.

Por ejemplo, ¿cómo podría aplicarme la llamada dirigida al publicano? ¿No habló Jesús de forma completamente diferente a otros hombres en otras ocasiones? ¿Amó menos que a sus discípulos al paralítico al que perdonó los pecados y sanó, o a Lázaro, al que resucitó? Sin embargo, no les llamó a abandonar su profesión para seguirle; los dejó en su lugar, en su familia, en su trabajo. ¿Quién soy yo para ofrecerme a realizar algo desacostumbrado, extraordinario? ¿Quién me dice, y quién dice a los otros, que no actúo por propia autoridad, por propio fanatismo? Y esto no sería precisamente seguimiento.

Todas estas preguntas son falsas; al proponerlas, lo único que hacemos es situarnos fuera de la presencia viva de Cristo. Estas preguntas no cuentan con el hecho de que Jesucristo no está muerto, sino que vive hoy y continúa hablándonos por el testimonio de la Escritura. Él sigue presente hoy entre nosotros, corporalmente y con su palabra.

Si queremos escuchar su llamada al seguimiento debemos oírlo allí mismo donde él se encuentra. La llamada de Jesucristo resuena en la Iglesia por su palabra y los sacramentos. La predicación y el sacramento de la Iglesia son el lugar de la presencia de Jesucristo. Si quieres oír la llamada de Jesús al seguimiento no necesitas para ello una revelación especial. Escucha la predicación y recibe los sacramentos. Escucha el Evangelio del Señor crucificado y resucitado. En él se encuentra todo entero aquel que trató con los discípulos. Sí, se halla aquí como el transfigurado, el vencedor, el viviente. Nadie más que él puede llamar al seguimiento. Ahora bien, dado que en el seguimiento nunca se trata esencialmente de decidirse en favor o en contra de tal o cual acción, sino siempre y exclusivamente de decidirse en favor o en contra de Jesucristo, la situación no era más sencilla para el discípulo o el publicano, a los que él llamaba, que para nosotros hoy día.

La obediencia de estos primeros llamados era seguimiento porque ellos reconocían a Cristo en aquel que les llamaba. Pero tanto allí como aquí es el Cristo oculto quien llama. La llamada, en sí, es equívoca. Todo depende del que llama. Pero Cristo sólo es reconocido en la fe. Y esto es válido para los hombres de aquel tiempo igual que para nosotros. Ellos veían al rabino, al obrador de milagros y creían en Cristo. Nosotros oímos la palabra y creemos en Cristo.

Pero la ventaja de estos primeros discípulos ¿no consistía en que, una vez reconocido Cristo, recibían su mandamiento de forma inequívoca y aprendían de su boca lo que debían hacer, mientras nosotros estamos abandonados en este punto decisivo de la obediencia cristiana? ¿No nos habla el mismo Cristo de forma diferente a la que hablaba a aquellos hombres? Si esto fuera cierto, nos encontraríamos indudablemente en una situación desesperada. Pero no es verdad. Cristo no nos habla de forma diferente a la que habló en aquel tiempo. Las cosas no sucedieron a los primeros discípulos de Jesús de tal modo que primero reconocieron en él al Cristo y después recibieron sus mandamientos. Más bien, sólo le reconocieron por su palabra y su precepto. Creyeron en su palabra y en su mandamiento y reconocieron en él al Cristo. Para los discípulos no hubo conocimiento de Cristo fuera de su clara palabra.

A la inversa, había que mantener que el verdadero reconocimiento de Jesús como el Cristo englobaba simultáneamente el reconocimiento de su voluntad. El conocimiento de la persona de Jesucristo no quitaba al discípulo la certeza de su acción, sino que se la daba. No existe ninguna otra manera de conocer a Cristo.

Si Cristo es el Señor que reina sobre mi vida, al encontrarme con él conozco la palabra que me dirige, y esto es tan cierto como el hecho de que no puedo conocerlo realmente más que por su clara palabra y sus mandamientos. La objeción de que nuestra desgracia consiste en que ciertamente querríamos conocer a Cristo y creer en él, pero no podemos conocer su voluntad, se basa en un conocimiento vago y erróneo de Cristo. Conocer a Cristo significa reconocerle, a través de su palabra, como Señor y salvador de mi vida. Y esto implica el conocimiento de la palabra viva que me dirige.

Si decimos, por último, que el mandamiento era claro para los discípulos, mientras que nosotros debemos decidir cuál de sus palabras se nos dirige, nos equivocamos una vez más sobre la situación de los discípulos y sobre la nuestra. El mandamiento de Jesús siempre tiene por fin exigir la fe que proviene de un corazón indiviso, exigir el amor a Dios y al prójimo con todo el corazón y toda el alma. Sólo en esto era claro el mandamiento. Todo intento de poner en práctica el mandamiento de Jesús sin entenderlo de este modo constituiría de nuevo una falsa interpretación y un acto de desobediencia a la palabra de Jesús.

Mas, por otra parte, no se nos niega el conocimiento del precepto concreto. Al contrario, en toda palabra predicada, por medio de la cual escuchamos a Cristo, se nos dice claramente: Sabes que sólo puedes cumplirla mediante la fe en Jesucristo. Así pues, se nos ha conservado íntegramente el don de Jesús a sus discípulos; incluso podemos decir que ahora está más cerca de nosotros, por el hecho de la marcha de Jesús, porque conocemos su transfiguración y se nos ha enviado el Espíritu santo.

Con esto queda claro que no podemos utilizar la historia de la vocación de los discípulos en contra de otras narraciones. Nunca se pretende que nosotros nos identifiquemos con los discípulos o con otros personajes del Nuevo Testamento; se trata únicamente de identificarnos con Jesucristo y su llamada, entonces y ahora. Y su palabra es la misma, bien haya resonado en su vida terrenal o en nuestros días, bien se haya dirigido a los discípulos o al paralítico. Tanto aquí como allí se trata de la llamada de su gracia a entrar en su Reino, a situarnos bajo su soberanía. La pregunta de si debo compararme al discípulo o al paralítico está planteada de una forma peligrosamente falsa. No tengo que compararme en nada con ninguno de los dos. Lo que debo hacer es escuchar y cumplir la palabra y la voluntad de Cristo tal como las recibo en estos dos testimonios.

La Escritura no nos presenta una serie de tipos cristianos a los que habríamos de asimilarnos según nuestra propia elección, sino que en cada línea nos predica al único Jesucristo. Sólo debo escucharle a él. Él es en todas partes el mismo y el único.

A la pregunta sobre dónde podemos oír nosotros, los hombres de hoy, la llamada de Jesús al seguimiento, sólo puede respondérsele: ¡escucha la predicación, recibe los sacramentos, escúchale en ellos y oirás su llamada!

2 El bautismo

La noción de seguimiento, que en los sinópticos podía expresar casi todo el contenido y extensión de las relaciones del discípulo con Jesucristo, pasa claramente en Pablo a segundo plano. Pablo no nos anuncia ante todo la historia del Señor durante los días de su vida terrestre, sino la presencia del resucitado y glorificado, y su obra en nosotros. Para esto necesita una serie nueva y peculiar de conceptos, que brotan de lo que el objeto tiene de particular y tiende hacia lo que hay de común en la predicación del único Señor, que vivió, murió y resucitó. Al testimonio completo sobre Cristo corresponde un conjunto múltiple de conceptos. Y es necesario que la terminología de Pablo confirme la de los sinópticos, y viceversa. Ninguna de ellas tiene ventaja sobre la otra, porque no somos «ni de Pablo, ni de Apolo, ni de Cefas, ni de otro cristiano», sino que ponemos nuestra fe en la unidad del testimonio que la Escritura da sobre Cristo. Destruiríamos la unidad de la Escritura si dijéramos que Pablo anuncia al Cristo que aún está presente en nosotros, mientras que el testimonio de los sinópticos nos habla de una presencia de Cristo que ya no conocemos.

Tal modo de hablar aparece en amplios ambientes como expresión de un pensamiento histórico-reformado, pero en realidad es lo contrario: un ensueño extremadamente peligroso. ¿Quién nos dice que aún tenemos la presencia de Cristo tal como nos la anuncia Pablo? ¿Quién nos lo afirma sino la Escritura? ¿O deberíamos hablar aquí de una experiencia libre de la presencia y de la realidad de Cristo, experiencia que no estaría vinculada a la Escritura? Pero si la Escritura es la única que nos da testimonio de la presencia de Cristo, lo hace precisamente como un todo y, al mismo tiempo, como la misma Escritura que nos testimonia la presencia del Jesucristo sinóptico.

 

El Cristo de los sinópticos no está más cerca ni más lejos de nosotros que el Cristo paulino. El Cristo que está presente a nosotros es aquel del que da testimonio toda la Escritura. Es el encarnado, crucificado, resucitado y glorificado; sale a nuestro encuentro en su palabra. La terminología diferente con la que los sinópticos y Pablo transmiten este testimonio no perjudica en nada a la unidad del testimonio escriturario1.

En Pablo, la llamada al seguimiento y su puesta en práctica tienen su correspondencia en el bautismo.

El bautismo no es una oferta del hombre, sino un ofrecimiento de Jesucristo. Sólo se funda en la voluntad llena de gracia de Jesucristo, que nos llama. El bautismo consiste en ser bautizados, en recibir la llamada de Cristo. Por él, el hombre se convierte en propiedad de Cristo. El nombre de Jesucristo es pronunciado sobre el que se bautiza y, con ello, es hecho partícipe de este nombre, es bautizado «en Jesucristo» (έλε: Rom 6, 3; Gal 3, 27; Mt 28, 19).

Desde entonces pertenece a Jesucristo. Es arrancado de la soberanía del mundo y se convierte en propiedad del Señor.

De este modo, el bautismo significa una ruptura. Cristo penetra en el interior del poderío satánico y pone su mano sobre los suyos, crea su comunidad. Así, pasado y futuro quedan separados uno del otro. Lo antiguo ha pasado, todo se ha hecho nuevo. La ruptura no se produce porque un hombre haga saltar sus cadenas en un deseo inextinguible de encontrar un orden nuevo y libre para su vida y para las cosas. Es el mismo Cristo, mucho antes de esto, quien ha realizado la ruptura. Por el bautismo, esta ruptura se realiza igualmente en mi vida. El carácter inmediato de mis relaciones con las realidades de este mundo queda anulado porque Cristo, el mediador y Señor, se ha interpuesto entre ellas y yo. Quien ha sido bautizado no pertenece ya al mundo, no le sirve, no le está sometido. Únicamente pertenece a Cristo y su comportamiento frente al mundo sólo está determinado por el Señor. Seguir leyendo «El Precio de la Gracia (parte 16)»