Propiciación vs Expiación

La propiciación vs. la expiación

Dr. Ernesto Contreras Pulido

El apóstol Juan escribió: “En esto consiste el amor: No en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados”. Esto es importante porque la Biblia dice que la sangre de los toros y de los machos cabríos (sacrificados de acuerdo con la ley de Moisés) no puede quitar los pecados, pues eran sacrificios expiatorios. Expiar quiere decir cubrir los pecados para que Dios no los vea; pero el superior sacrificio propiciatorio de Jesucristo, es el sacrificio aceptable, suficiente y sustitutivo ante Dios, que paga por los pecados (de antes, durante y después de Cristo), los remueve del pecador, los echa en el fondo del mar y permite así que, saldada la cuenta, Dios se olvide de ellos para siempre, se reconcilie con el pecador y le de vida eterna (Heb. 10:4, Jn. 1:29).

Dice la Biblia: “¿Qué Dios como Tú, que perdona la maldad, y olvida el pecado del remanente de su heredad? No retuvo para siempre su enojo, porque se deleita en misericordia. Él volverá a tener misericordia de nosotros; sepultará nuestras iniquidades, y echará en lo profundo del mar todos nuestros pecados” (Mi. 7:18-19).

Por eso, cuando Juan vio a Jesucristo dijo: “He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”; pues la Biblia dice que Dios cargó en Él (en su cuerpo), el pecado de todos nosotros, “de tal manera que al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuéramos hechos justicia de Dios en Él”. Así, la Biblia, clara y repetidamente, dice que Jesucristo es la propiciación por nuestros pecados; y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo (Is 53:6; 2ª Co 5:21; 1ª Jn 2:2).

Esta es la bendición trascendental más grande del mundo y por eso es que la Biblia dice que en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos. Además, la Biblia dice que esto es bueno y agradable delante de Dios nuestro Salvador, el cual quiere que todos los humanos sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad y, para tal efecto, nos explica que hay un solo Dios y un solo mediador entre Dios y los humanos, Jesucristo hombre, el cual se dio a sí mismo en rescate por todos, de lo cual se dio testimonio a su debido tiempo (1 Jn. 2:2, Hch. 4:12; 1 Ti. 2:3-6).

Ahora bien, el punto principal de lo que venimos diciendo es que tenemos (en Jesucristo) un sumo sacerdote (el que presenta un sacrificio ante Dios en favor de los humanos), sentado a la diestra del trono de la majestad en los cielos, con un ministerio tanto mejor que el de Moisés y los sacerdotes judíos, por cuanto es mediador de un mejor pacto, establecido sobre mejores promesas. Porque si aquel primero (el pacto mosaico de la ley), hubiera sido sin defecto, ciertamente no se hubiera procurado lugar para el segundo.

Sobre esto del Nuevo Pacto, Dios de antemano profetizó a Israel diciendo: “He aquí vienen días, dice el Señor, en que estableceré con la casa de Israel y la casa de Judá un nuevo pacto. No como el pacto (mosaico) que hice con sus padres el día que los tomé de la mano para sacarlos de la tierra de Egipto; porque ellos no permanecieron en mi pacto. Y (a través de este Nuevo Pacto), seré propicio a sus injusticias, y nunca más me acordaré de sus pecados y de sus iniquidades”. Así, al decir Nuevo Pacto (el de la salvación por gracia, o sea gratuita con base en poner nuestra fe en Jesucristo), ha dado por viejo al primero; y lo que se da por viejo y se envejece, está próximo a desaparecer.

Así, estando ya presente Cristo, sumo sacerdote del Nuevo Pacto y de los bienes venideros, ya no por la sangre de machos cabríos y becerros, sino por su propia sangre, entró una vez para siempre en el Lugar Santísimo (presentándose ante el Padre aprobado), para obtener, con un solo sacrificio, eterna redención. Porque si la sangre de los toros y de los machos cabríos, y las cenizas de la becerra rociadas a los inmundos, santifican (apartan para Dios), para la purificación de la carne, ¿cuánto más la sangre de Cristo, el cual mediante el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios, limpiará nuestras conciencias de obras muertas para que sirvamos al Dios vivo?

Así que, por eso es Mediador de un Nuevo Pacto, para que interviniendo muerte para la remisión de las transgresiones que había bajo el primer pacto (las que habían sido expiadas o cubiertas por la sangre de los animales sacrificados conforme a la ley mosaica), los llamados reciban (ahora por gracia, y por los méritos del sacrificio propiciatorio de Jesucristo), la promesa de la herencia eterna.

Pues ni aun el primer pacto fue instituido sin sangre. Porque Cristo entró en el cielo mismo para presentarse ahora por nosotros ante Dios; y no para ofrecerse muchas veces, como entra el sumo sacerdote en el Lugar Santísimo cada año con sangre ajena. Pero ahora, en la consumación de los siglos, se presentó una vez para siempre por el sacrificio de sí mismo para quitar de en medio el pecado. Fue así que, a diferencia de los múltiples sacrificios expiatorios de animales, Cristo fue ofrecido una sola vez para llevar los pecados de muchos; y aparecerá por segunda vez, sin relación con el pecado, para salvar a los que le esperan.

Y ciertamente todo sacerdote está día tras día ministrando y ofreciendo muchas veces los mismos sacrificios, que nunca pueden quitar los pecados, sólo expiar o cubrir; pero Cristo, habiendo ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio (propiciatorio) por los pecados, se ha sentado a la diestra de Dios, de ahí en adelante esperando hasta que sus enemigos sean puestos por estrado de sus pies; porque con una sola ofrenda (su sacrificio propiciatorio) hizo perfectos y salvos para siempre a los santificados, y nunca más se acordará de sus pecados y transgresiones; pues donde hay remisión (rescate por medio de un precio: La sangre de Jesucristo) de éstos, no hay necesidad de más ofrenda por el pecado. Así, por los méritos del sacrificio propiciatorio de Jesucristo, tenemos libertad para entrar en el Lugar Santísimo (la presencia de Dios), por la sangre de Jesucristo.

Por lo tanto, teniendo un gran sacerdote sobre la casa de Dios, acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, purificados los corazones de mala conciencia y lavados los cuerpos con agua pura, y mantengamos firme, sin fluctuar, la profesión de nuestra esperanza, porque fiel es el que prometió. Y considerémonos unos a otros para estimularnos al amor y a las buenas obras; no dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos; y tanto más, cuanto ven que aquel día se acerca.

Porque si pecamos voluntariamente después de haber recibido el conocimiento de la verdad, ya no queda más sacrificio por los pecados, sino una horrenda expectación de juicio, y de hervor de fuego que ha de devorar a los adversarios. No perdamos pues, nuestra confianza (en la suficiencia del sacrificio propiciatorio de Jesucristo para pagar por nuestros pecados pasados, presentes y futuros), que tiene grande galardón; porque es necesaria la paciencia, para que habiendo hecho la voluntad de Dios, obtengamos la promesa (de la vida eterna).

Porque aún un poquito, y el que ha de venir vendrá, y no tardará. Por eso dice: Mas el justo vivirá por fe; y si retrocediere, no agradará a mi alma. Pero nosotros no somos de los que retroceden para perdición, sino de los que tienen fe para preservación del alma (Heb. 8:1-10:39).

Por lo cual dice el apóstol Pablo: Les declaro, hermanos, el evangelio (las buenas nuevas de salvación por gracia) que les he predicado, el cual también recibieron, y en el cual también perseveran; y por el cual asimismo, si retienen la Palabra que les he predicado, son salvos, si no creíste en vano.

Porque primeramente les he enseñado lo que asimismo recibí: Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras (la Biblia); y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras. Y por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos. El apóstol Pedro agrega: Él llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia; además sépase que por su herida fuimos sanados. Porque nosotros éramos como ovejas descarriadas, mas ahora hemos vuelto a Jesucristo, el Pastor y Obispo de nuestras almas (1 Co. 15:1-4; 2 Co. 5:15; 1 Pe. 2:24-25).

Además, sépase que nuestro Señor Jesucristo, se dio a sí mismo por nuestros pecados, para también librarnos del presente siglo (y mundo) malo (y la esclavitud del pecado), conforme a la voluntad de nuestro Dios y Padre (Ga 1:4).

En resumen, la propiciación no solo pagó por la salvación de nuestro espíritu, alma y cuerpo, sino aún, ganó para nosotros la liberación de la esclavitud del pecado, y la capacidad sobrenatural para vivir una vida abundante y en victoria sobre el demonio y sus huestes de maldad, durante todo nuestro peregrinar temporal en esta Tierra, rumbo a la Patria Celestial, ¡Gloria a Dios!

REFERENCIA
Contreras-Pulido, Ernesto. (2019). Propiciación vs. Expiación. Junio 22, 2019, de Instituto Virtual Sitio web: http://media.wix.com/ugd/0317a1_ba18a514b85381a883f5d9eb2d0f13df.pdf