La Evangelización

Por: Dr. Ernesto Contreras P.
EL EVANGELIO. Se le llama evangelio a las buenas nuevas de salvación por gracia (gratuitamente), y por los méritos del sacrificio de Jesucristo. Que Dios ofrece perdón de pecados y salvación de la condenación eterna, a todo aquel que con corazón sincero delante de Dios, decide creer, aceptar, recibir, y confesar a Jesucristo como su único y suficiente Salvador.
Dice la Biblia: Ahora se ha manifestado la justicia de Dios, por medio de la fe en Jesucristo, para todos los que creen en Él. Porque no hay diferencia, por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios, siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios puso como propiciación (sacrificio suficiente, y agradable delante de Dios, por los pecados de todo el mundo) por medio de la fe en su sangre, para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados, con la mira de manifestar en este tiempo su justicia, a fin de que Él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús (Ro. 3:21-26).
LA GRAN COMISION. Jesús dijo: Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra. Por tanto, id, y predicad a todas las naciones, bautizándoles en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que les he mandado, y he aquí yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo. Amén.” (Mr 16:15-16; Mt 28:18-20). A esto se le llama la Gran Comisión de Jesucristo para la iglesia, o sea, para todos los salvos e hijos de Dios.
Además, Jesucristo le dijo a Pablo: Levántate, y ponte sobre tus pies; porque para esto he aparecido a ti, para ponerte por ministro y testigo de las cosas que has visto, y de aquellas en que me apareceré a ti, librándote de tu pueblo y de los gentiles, a quienes ahora te envío, para que abras sus ojos, para que se conviertan de las tinieblas a la luz, y de la potestad de Satanás a Dios; para que reciban, por la fe que es en mí, perdón de pecados y herencia entre los santificados (Hch. 26:16-18).
Así, la misión y propósito primordial de la iglesia terrenal es ir por todo el mundo y predicar el evangelio a toda criatura. El que creyere y fuere bautizado, dice el evangelio, será salvo; mas el que no creyere, será condenado. Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en Él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por Él. El que en Él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado y no por lo terrible, inmenso, o abundante de sus pecados, sino simplemente porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios, y esta es su condenación (Mr 16: 15,16; Jn 3:16-19).
LA COMPASION POR LOS PERDIDOS. Para tener el deseo sincero y perseverante por predicar el evangelio a los perdidos, es necesario pedirle a Dios que nos llene de la compasión de Cristo por los pecadores. La Biblia dice: Recorría Jesús todas las ciudades y aldeas, enseñando en las sinagogas de ellos, y predicando el evangelio del reino, y sanando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo. Y al ver las multitudes, tuvo compasión de ellas; porque estaban desamparadas y dispersas como ovejas que no tienen pastor. Entonces dijo a sus discípulos: A la verdad la mies es mucha, mas los obreros pocos. Rogad, pues, al Señor de la mies, que envíe obreros a su mies (Mt 9:35-38).
LA RESPONSABILIDAD DE PROCLAMAR. La responsabilidad de la iglesia en esta divina y trascendental tarea, es sembrar fielmente y con los más efectivos métodos de comunicación disponibles, la semilla del evangelio y la bendita palabra de Dios, tanto en las mentes como en los corazones de las personas, confiando en que a Dios le toca el milagro que se necesita para que tal semilla permanezca, crezca y de fruto.
Nosotros sólo somos colaboradores de Dios, labranza de Dios y edificio de Dios. Así que ni el que planta es algo, ni el que riega, sino Dios, que da el crecimiento. Y el que planta y el que riega son una misma cosa; aunque cada uno recibirá su recompensa conforme a su labor (1ª Co 3:6 al 9).
Usando como metáfora a la red, Jesucristo ilustra cómo es que con solo obedecer, Dios honra al evangelista con una pesca abundante y milagrosa de personas salvas. Jesús dijo a Simón: “Boga mar adentro, y echen sus redes para pescar.” Respondiendo Simón, le dijo: “Maestro, toda la noche hemos estado trabajando y nada hemos pescado; mas en tu palabra echaremos la red.” Y habiéndolo hecho, encerraron gran cantidad de peces y su red se rompía (Lc 5:4-6).
EL PODER DEL PREDICADOR. Jesucristo, antes de ascender, dijo a la iglesia: Recibirán poder, cuando haya venido sobre ustedes el Espíritu Santo (único que puede convencer al mundo de pecado). Y me serán testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra. Así, la única forma en que la predicación del evangelio por medio de la iglesia, puede llegar a convencer y convertir al pecador, es cuando está ungida (capacitada sobrenaturalmente) por el Espíritu Santo. Lo único que se necesita para recibir el poder del Espíritu Santo, es ser cristiano sincero, y antes de ministrar, pedirle a Dios que nos unja. Dice la Biblia : Pues si ustedes, siendo malos, saben dar buenas dádivas a sus hijos, ¿cuánto más nuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan? (Hch. 1:8; Jn. 16:8; Lc. 11:13).
EL EJEMPLO APOSTOLICO. Los primeros que en la naciente iglesia, fueron enseñados, capacitados, y enviados para predicar el evangelio, fueron los apóstoles. Todos ellos testificaron diciendo: Él nos mandó que predicáramos al pueblo, y testificáramos que Él (Jesucristo) es el que Dios ha puesto por Juez de vivos y muertos. De éste dan testimonio todos los profetas, que todos los que en Él creyeren, recibirán perdón de pecados por su nombre.
El resto de la iglesia, debe aprender de los apóstoles, que constantemente y en todas las circunstancias, hablaban no sus propias filosofías o creencias, sino que, con denuedo, hablaban la palabra de Dios ( la Biblia ).
Por ejemplo, Pablo, como acostumbraba, discutía con ellos, declarando y exponiendo por medio de las Escrituras, que era necesario que el Cristo padeciera y resucitara de los muertos, y que Jesús, a quien yo les anuncio, decía él, es el Cristo.
La Biblia dice que todos los días, en el templo y por las casas, los apóstoles no cesaban de enseñar al pueblo y predicar a Jesucristo. Pedro les dijo: Arrepiéntanse y bautícese cada uno de ustedes en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibirán el don del Espíritu Santo; porque para nosotros es la promesa, y para nuestros hijos, y para todos los que están lejos; para cuantos el Señor nuestro Dios llamare. Y con otras muchas palabras les testificaba y exhortaba diciendo: ¡Sed salvos de esta perversa generación! Así que, los que recibieron su palabra fueron bautizados y se añadieron aquel día como tres mil personas; y crecía la palabra del Señor, y el número de los discípulos se multiplicaba grandemente en Jerusalén; y también muchos de los sacerdotes obedecían a la fe. También, al pasar por las ciudades, les entregaban las ordenanzas que habían acordado los apóstoles y los ancianos que estaban en Jerusalén, para que las guardaran. Así que las iglesias eran confirmadas en la fe y aumentaban en número cada día (Hch 2:38-41, 4:2, 5:42, 6:7, 10:42,43, 16:4,5, 17:2,3).
QUE PREDIQUES LA PALABRA. La Biblia dice: La fe viene por oir la Palabra de Dios (la Biblia). Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón. Por eso es que la recomendación del Espíritu Santo para todos y cada uno de los miembros de la iglesia, es: “Te encarezco delante de Dios y del Señor Jesucristo, que juzgará a los vivos y a los muertos en su manifestación y en su reino, que prediques la Palabra ( la Biblia ), que instes a tiempo y fuera de tiempo; convence, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina. Porque vendrá tiempo cuando no sufrirán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oír, se amontonarán maestros conforme a sus propias concupiscencias, y apartarán de la verdad el oído y se volverán a las fábulas. Pero tú sé sobrio en todo, soporta las aflicciones, haz obra de evangelista, cumple tu ministerio (Ro 10:17; He 4:12; 2ª Ti 4: 1-5).
CON PALABRA, CONDUCTA, TESTIMONIO Y OBRAS. Nuestros hechos hablan mucho mas fuerte que nuestras palabras, por lo que si nuestro lenguaje y nuestra conducta no corresponden a las de un embajador de Jesucristo, son muy pocas las posibilidades de que nuestra predicación sea usada poderosamente por Dios para salvar, sanar y restaurar a los oyentes, transformándolos milagrosamente, en hijos de Dios.
Pablo decía: Así que (los miembros de la iglesia), somos embajadores en nombre de Cristo, como si Dios rogara por medio de nosotros, les rogamos a todos en nombre de Cristo, que se reconcilien con Dios. Hermanos, sean imitadores de mí, y observen a los que así se conducen según el ejemplo que tienen en nosotros. Porque por ahí andan muchos, de los cuales ya les dije muchas veces, y aun ahora lo digo llorando, que son enemigos de la cruz de Cristo; el fin de los cuales será perdición, cuyo dios es el vientre, y cuya gloria es su vergüenza; que sólo piensan en lo terrenal.
Que ninguno tenga en poco su juventud; pero se ejemplo de los creyentes en palabra, conducta, amor, espíritu, fe y pureza. No descuides el don que hay en ti y ocúpate en la lectura, la exhortación y la enseñanza (de la Biblia); permanece en ellas, para que tu aprovechamiento sea manifiesto a todos. Ten cuidado de ti mismo y de la doctrina; persiste en ello, pues haciendo esto, te salvarás a ti mismo y a los que te oyeren (2ª Co 5:20; Fil 3: 17-19; 1ª Ti 4: 12-16).
Que Dios nos conceda y ayude, como miembros de la iglesia, a cumplir con la Gran Comisión de ir y predicar el evangelio a todos los que Él nos dé la oportunidad de hacerlo. AMEN.