Categoría: Biografias

Siete Práctcas de Juan Wesley

siete practicas juan wesleySIETE PRÁCTICAS DE JUAN WESLEY QUE PUEDEN CAMBIAR LOS CORAZONES HOY

Roger Ross*/ Traducción y Adaptación por Michelle Maldonado **

6 de abril de 2016

Wesley estaba angustiado por la falta de poder la iglesia tenia para alcanzar la gran mayoría de los británicos. Dios creó un descontento tan grande en el corazón de Wesley que el abandonó los modos convencionales de ministerio y experimentó con varios enfoques innovadores. Para sorpresa de todos, el reavivamiento espiritual estalló en Inglaterra y más allá. Si eres como yo, usted puede preguntarse, «Si Dios puede hacer eso, entonces, ¿por qué no ahora?»

Siete prácticas surgieron como características del movimiento metodista primitivo.

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Dr. Hugo Magallanes, Director.

dr hugo magallanesDr. Hugo Magallanes,

nuevo Director de Extensión de Perkins en Houston y Galveston

Por Escuela de Teología de Perkins.

Traducción y Adaptación: Rev. Gustavo Vásquez.
03 de mayo de 2017.

DALLAS – El Dr. Hugo Magallanes, profesor asociado de Cristianismo y Culturas en la Escuela de Teología de la Universidad Metodista del Sur, ha sido nombrado director del Programa de Extensión Houston-Galveston de la escuela, a partir del 1 de junio.

El nombramiento del Dr. Magallanes, miembro de la facultad de Perkins desde 2007, refleja un paso clave en la revitalización del programa. «Dr. Magallanes trae gran energía, entusiasmo, capacidad administrativa y experiencia relevante a la posición «, dijo el decano Craig C. Hill. «El liderazgo dedicado es necesario para el crecimiento de este programa crucial, a veces conocido como Perkins Sur. Este es un paso críticamente importante y una inversión vital en el futuro de la educación teológica en la región.

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Seis del Treintiuno

seis-treintiunoSEIS DEL TREINTIUNO

                                                                                                                    Oscar G. Baqueiro

La Iglesia Metodista de México contó en su cuerpo ministerial con seis presbíteros itinerantes que tuvieron en común haber nacido en 1931, vamos a referirnos a cada uno de ellos, pero en el orden de su partida a la patria celestial:

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Misión a los Kakataibos

mision-kakataibosLa Hna. Militza es amiga de la Lic. M. Elena Silva de Fuentes, esposa del Obispo Fernando Fuentes Amador, y fue por recomendación de ella que Militza nos escribió este breve relato sobre la obra cristiana entre los kakataibos de Perú. 


Sin duda cada inicio de año hacemos planes y propósitos para los siguientes 12 meses por venir. Pero, ¿en cuántos de nuestros planes o propósitos estamos incluyendo llevar el mensaje de la Cruz hasta lo último de la tierra?

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Prefacio a los Romanos

PREFACIO DE MARTIN LUTERO
A LA CARTA A LOS ROMANOS 

Este año estamos celebrando los 500 años de la Reforma Protestante del Siglo XVI. El énfasis de estudio de todos los metodistas en México será la doctrina de la Justificación por la Fe, y estaremos estudiando la Carta del Apóstol Pablo a los Romanos. Les compartimos el Prefacio a esta carta que escribió Martín Lutero, convencido por su propia experiencia de lo que afirma, esta carta será para él el Evangelio más claro y puro que hallamos en Las Sagradas Escrituras. Este Prefacio le sirvió dos siglos más adelante a Juan Wesley para disfrutar la Gracia Justificadora en primera persona. La compartimos en el deseo de que la leamos, meditemos y vivamos a plenitud su contenido, obviamente les exhortamos a reenviarla a sus contactos. No tiene «muñequitos», pero es un documento muy ameno, y nos muestra «perlas de gran precio» que darán mayor firmeza a nuestra fe, gozo en nuestra seguridad y elementos para nuestro testimonio.

Dr. Pbro. Rafa Murillo P.

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El Árbol de Navidad

arbol-navidadSaltillo, Coah. a 15 de diciembre del 2016.

MINISTERIO DE EDIFICACIÓN Y TRANSFORMACIÓN

El Hno. Cuau, les desea en esta Navidad dicha, alegría, amor, paz y esperanza en unión de sus seres queridos y comparto con ustedes la historia del árbol de navidad, para que la lean en su celebración navideña con familiares y amigos.

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Para Resumir, Hillary Clinton: Religión

para-resumir17 septiembre, 2016 

Aclarando para resumir, Hillary Clinton, religión: Cristiana.

Eso es mucho decir hoy en día, teniendo en cuenta la creencia popular de que Obama era musulmán. A ella no la cuestionan por ser atea o estar fuera del cristianismo. Lo muestra a lo largo de su vida. ¿Pero Cristiana qué? Por supuesto no es católica.

Clinton ha sido una Metodista de toda la vida, asistiendo a varias iglesias a través de toda su vida; todos ellas pertenecientes a la Iglesia Metodista Unida:

Entonces vamos sumando -Hillary Clinton religión: Cristiana, Metodista-.

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La Bandera Mexicana

banderaBREVE HISTORIA DE SU FORMACIÓN Y SIMBOLISMO 

                                                                                                                                    Por Luis Vázquez León

Hablando como antropólogo social puedo decir que me complace comentar el libro La bandera mexicana: breve historia de su formación y simbolismo del maestro Enrique Florescano. Y uso declaradamente la palabra maestro no para restarle méritos académicos al Dr. Florescano, sino al contrario, para resaltarlos. Con ello me refiero a que leer la nueva historia cultural que él cultiva siempre es una valiosa oportunidad para que cualquier lector, yo mismo incluido, pueda aprender algo nuevo en sus lecciones de historia patria, puesto que no pocos las hemos relegado a nuestro ya lejano paso por las instituciones de la educación oficial, entiéndase en la tradición de la lectura de los libros de texto gratuitos.
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Efeméride

A cien años de la muerte de

Rubén Darío

efemerides ruben dario

Centenario de su nacimiento 1867 -1967

“¡Dios! Dios está en lo inmenso, en la altura, ¡quién sabe! ¡Me abismo en Él si pienso! ¡En ese hondo misterio todo cabe!”.

EL PUNTO EN LA PALABRA

AUTOR Juan Antonio Monroy

13 DE MAYO DE 2016 07:30 h

Rubén Darío en un sello de Nicaragua. Rubén Darío, el hombre que cantó la vida en verso y cuya muerte lloraron los poetas más insignes, nació en Matalgapa, Nicaragua, el 18 de enero de 1867 y murió en León, mismo país, el 6 de enero de 1916. Ahora se cumplen cien años de su muerte. En los más cultos países de la América hispana se están programando actos especiales para conmemorar la efeméride.

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Vida en comunidad, Parte 4

vida

Proseguimos con la publicación de su obra más conocida entre laicos, pastores y teólogos, VIDA EN COMUNIDAD. Consta de cinco capítulos. Estamos compartiendo el primer capítulo, La Comunidad, donde el cuarto subcapítulo es La Gratitud.

  1. LA COMUNIDAD

La gratitud

Igual que sucede a nivel individual, la gratitud es esenecial en la vida cristiana comunitaria. Dios concede lo mucho a quien sabe agradecer lo poco que recibe cada día. Nuestra falta de gratitud impide que Dios nos conceda los grandes dones espirituales que nos tiene reservados. Pensamos que no debemos darnos por satisfechos con la pequena medida de sabiduría, experiencia y caridad cristianas que nos ha sido concedida. Nos lamentamos de no haber recibido la misma certidumbre y la misma riqueza de experiencia que otros cristianos, y nos parece que estas quejas son un signo de piedad. Oramos para que se nos concedan grandes cosas y nos olvidamos de agradecer las pequeñas (¿pequeñas?) que recibimos cada día. ¿Cómo va a conceder Dios lo grande a quien no sabe recibir con gratitud lo pequeño?

Todo esto es también aplicable a la vida de comunidad. Debemos dar gracias a Dios diariamente por la comunidad cristiana a la que pertenecemos. Aunque no tenga nada que ofrecernos, aunque sea pecadora y de fe vacilante, ¡qué importa! Pero si no hacemos más que quejarnos ante Dios por ser todo tan miserable, tan mezquino, tan poco conforme con lo que habíamos esperado, estamos impidiendo que Dios haga crecer nuestra comunidad, según la medida y riqueza que nos ha dado en Jesucristo. Esto concierne de un modo especial a esa actitud permanente de queja de ciertos pastores y miembros «piadosos» respecto a sus comunidades. Un pastor no debe quejarse jamás de su comunidad, ni siquiera ante Dios. No le ha sido confiada la comunidad para que se convierta en su acusador ante Dios y ante los hombres. Cualquier miembro que cometa el error de acusar a su comunidad debería preguntarse primero si no es precisamente Dios quien destruye la quimera que él se había fabricado. Si es así, que le dé gracias por esta tribulación. Y si no lo es, que se guarde de acusar a la comunidad de Dios; que se acuse más bien a sí mismo por su falta de fe; que pida a Dios que le haga comprender en qué ha desobedecido o pecado y le libre de ser un escándalo para los otros miembros de la comunidad; que ruegue por ellos, además de por sí mismo, y que, además de cumplir lo que Dios le ha encomendado, le dé gracias.

Con la comunidad cristiana ocurre lo mismo que con la santificación de nuestra vida personal. Es un don de Dios al que no tenemos derecho. Sólo Dios sabe cuál es la situación de cada uno. Lo que a nosotros nos parece insignificante puede ser muy importante a los ojos de Dios. Así como el cristiano no debe estar preguntándose constantemente por el estado de su vida espiritual, tampoco Dios nos ha dado la comunidad para que estemos constantemente midiendo su temperatura. Cuanto mayor sea nuestro agradecimiento por lo recibido en ella cada día, tanto mayor será su crecimiento para agrado de Dios.

Vida en comunidad

vida

Proseguimos con la publicación de su obra más conocida entre laicos, pastores y teólogos, VIDA EN COMUNIDAD. Consta de cinco capítulos. Estamos compartiendo el primer capítulo, La Comunidad, donde el tercer subcapítulo es La Fraternidad Cristiana.

  1. LA COMUNIDAD
    La fraternidad cristiana

En adelante, debemos renunciar al turbio anhelo que, en este ámbito, nos empuja siempre a desear algo más. Desear algo más que lo que Cristo ha fundado entre nosotros no es desear la fraternidad cristiana, sino ir en busca de quién sabe qué experiencias extraordinarias que uno piensa que va a encontrar en la comunidad cristiana y que no ha encontrado en otra parte, introduciendo así en la comunidad el turbador fermento de los propios deseos. Es precisamente en este aspecto donde la fraternidad cristiana se ve amenazada -casi siempre y ya desde sus comienzos- por el más grave de los peligros: la intoxicación interna provocada por la confusión entre fraternidad cristiana y un sueño de comunidad piadosa; por la mezcla de una nostalgia comunitaria, propia de todo hombre religioso, y la realidad espiritual de la hermandad cristiana. Por eso es importante adquirir conciencia desde el principio de que, en primer lugar, la fraternidad cristiana no es un ideal humano, sino una realidad dada por Dios; y en segundo lugar, que esta realidad es de orden espiritual y no de orden psíquico.

Muchas han sido las comunidades cristianas que han fracasado por haber vivido con una imagen quimérica de comunidad. Es lógico que el cristiano, cuando entra en la comunidad, lleve consigo un ideal de lo que esta debe ser, y que trate de realizarlo. Sin embargo, la gracia de Dios destruye constantemente esta clase de sueños. Decepcionados por los demás y por nosotros mismos, Dios nos va llevando al conocimiento de la auténtica comunidad cristiana. En su gracia, no permite que vivamos ni siquiera unas semanas en la comunidad de nuestros sueños, en esa atmósfera de experiencias embriagadoras y de exaltación piadosa que nos arrebata. Porque Dios no es un dios de emociones sentimentales, sino el Dios de la realidad. Por eso, sólo la comunidad que, consciente de sus tareas, no sucumbe a la gran decepción, comienza a ser lo que Dios quiere, y alcanza por la fe la promesa que le fue hecha. Cuanto antes llegue esta hora de desilusión para la comunidad y para el mismo creyente, tanto mejor para ambos. Querer evitarlo a cualquier precio y pretender aferrarse a una imagen quimérica de comunidad, destinada de todos modos a desinflarse, es construir sobre arena y condenarse más tarde o más temprano a la ruina.

Debemos persuadirnos de que nuestros sueños de comunidad humana, introducidos en la comunidad, son un auténtico peligro y deben ser destruidos so pena de muerte para la comunidad. Quien prefiere el propio sueño a la realidad se convierte en un destructor de la comunidad, por más honestas, serias y sinceras que sean sus intenciones personales.

Dios aborrece los ensueños piadosos porque nos hacen duros y pretenciosos. Nos hacen exigir lo imposible a Dios, a los demás y a nosotros mismos. Nos erigen en jueces de los hermanos y de Dios mismo. Nuestra presencia es para los demás un reproche vivo y constante. Nos conducimos como si nos correspondiera a nosotros crear una sociedad cristiana que antes no existía, adaptada a la imagen ideal que cada uno tiene. Y cuando las cosas no salen como a nosotros nos gustaría, hablamos de falta de colaboración, convencidos de que la comunidad se hunde cuando vemos que nuestro sueño se derrumba. De este modo, comenzamos por acusar a los           hermanos, después a Dios y, finalmente, desesperados, dirigimos nuestra amargura contra nosotros mismos.

Todo lo contrario sucede cuando estamos convencidos de que Dios mismo ha puesto el fundamento único sobre el que edificar nuestra comunidad y que, antes de cualquier iniciativa por nuestra parte, nos ha unido en un solo cuerpo por Jesucristo; pues entonces no entramos en la vida en común con exigencias, sino agradecidos de corazón y aceptando recibir. Damos gracias a Dios por lo que él ha obrado en nosotros. Le agradecemos que nos haya dado hermanos que viven, ellos también, bajo su llamada, bajo su perdón, bajo su promesa. No nos quejamos por lo que no nos da, sino que le damos gracias por lo que nos concede cada día. Nos da hermanos llamados a compartir nuestra vida pecadora bajo la bendición de su gracia. ¿No es suficiente? ¿No nos concede cada día, incluso en los más difíciles y amenazadores, esta presencia incomparable? Cuando la vida en comunidad está gravemente amenazada por el pecado y la incomprensión, el hermano, aunque pecador, sigue siendo mi hermano. Estoy con él bajo la palabra de Cristo, y su pecado puede ser para mí una nueva ocasión de dar gracias a Dios por permitirnos vivir bajo su gracia. La hora de la gran decepción por causa de los hermanos puede ser para todos nosotros una hora verdaderamente saludable, pues nos hace comprender que no podemos vivir de nuestras propias palabras y de nuestras obras, sino únicamente de la palabra y de la obra que realmente nos une a unos con otros, esto es, el perdón de nuestros pecados por Jesucristo. Por tanto, la verdadera comunidad cristiana nace cuando, dejándonos de ensueños, nos abrimos a la realidad que nos ha sido dada.

El precio de la Gracia (Parte 27)

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Hoy finalizamos la publicación de su obra más difundida, El Precio de la Gracia. Vamos en la Segunda Parte de la obra, La Iglesia de Jesucristo y el Seguimiento, de donde entregamos ahora el último capítulo, que es la parte final del libro. Se trata del Capítulo 6, La imagen de Cristo.

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  1. La imagen de Cristo

A los que de antemano conoció, también los predestinó a reproducirla imagen de su Hijo, para que fuera él el primogénito entre muchos hermanos (Rom 8, 29).

La promesa inmensa e inconcebible hecha a los que han sido llamados al seguimiento de Jesucristo es que serán semejantes a él. Llevarán su imagen como hermanos del Hijo unigénito de Dios. Este es el último rasgo del discípulo: debe ser «como Cristo».

La imagen de Jesucristo que el seguidor tiene incesantemente ante los ojos, frente a la cual desaparecen todas las otras, penetra en él, le inunda, le transforma, para que el discípulo se vuelva semejante, e incluso idéntico, a su Señor. En la comunión diaria, la imagen de Jesucristo esculpe la imagen del discípulo. El seguidor no puede contentarse con mirar la imagen del Hijo de Dios en una contemplación muerta y pasiva; de esta imagen brota una fuerza transformadora. El que se entrega plenamente a Jesucristo, llevará necesariamente su imagen. Se convierte en hijo de Dios, se mantiene junto a Cristo como su hermano visible, semejante a él, como imagen de Dios.

Al principio Dios creo a Adán a imagen suya. En Adán, plenitud de su creación, Dios buscaba complacerse en su propia imagen; «y he aquí que estaba muy bien». En Adán, Dios se reconoció a sí mismo. Desde el comienzo, el misterio insoluble del hombre consiste en ser una criatura y, sin embargo, debe asemejarse al Creador. El hombre creado debe llevar la imagen del Dios increado. Adán es «como Dios». Debe llevar, con gratitud y obediencia, su misterio de ser criatura y, no obstante, semejante a Dios. La mentira de la serpiente consistió en insinuar a Adán que aún debía hacerse como Dios, precisamente por medio de su propia acción y decisión. Entonces Adán rechazó la gracia y eligió la acción personal. Quería resolver por sí mismo el misterio de su esencia, consistente en ser a la vez criatura y semejante a Dios. Quería convertirse por sí mismo en lo que ya era por obra de Dios. Esta fue la caída en el pecado. Adán se hizo «como Dios», sicut Deus, a su manera. Se había convertido a sí mismo en dios y ya no tenía Dios. Reinaba solo, como dios creador de un mundo privado de Dios y sometido.

Pero el enigma de su existencia sigue sin resolver. El hombre ha perdido su esencia propia, semejante a Dios, que antes tenía. Ahora vive privado de su carácter peculiar, el de ser imagen de Dios. El hombre vive sin ser hombre. Debe vivir sin poder vivir. Es la contradicción de nuestra existencia, la fuente de todas nuestras miserias. Desde entonces, los orgullosos hijos de Adán intentan restaurar en ellos, con sus propias fuerzas, la imagen de Dios que han perdido. Pero precisamente cuanto más serios e intensos son sus esfuerzos por reconquistar lo que han perdido, cuanto más convincente y grandioso parece ser el éxito, tanto más profunda es la contradicción con Dios. Esta falsa imagen que acuñan a semejanza del dios que se han creado les lleva cada vez más, sin saberlo, a convertirse en imagen de Satanás. La tierra sigue desprovista de la imagen de Dios, en cuanto gracia del Creador.

Pero Dios no aparta su mirada de la criatura perdida. Por segunda vez quiere crear en ella su imagen. Dios quiere complacerse de nuevo en su criatura. Busca en ella su propia imagen para amarla. Pero sólo la encuentra de una forma: tomando él mismo, por pura misericordia, la imagen y la forma del hombre perdido. Puesto que el hombre no puede asemejarse ya a la imagen de Dios, es preciso que Dios se asemeje a la imagen del hombre.

La imagen de Dios debe ser restaurada en el hombre de forma plena. El fin pretendido no es que el hombre vuelva a tener ideas correctas sobre Dios, ni que vuelva a situar sus actos aislados bajo la palabra de Dios, sino que totalmente, en cuanto criatura viva, sea imagen de Dios. El cuerpo, el alma y el espíritu, la persona entera del hombre debe llevar la imagen de Dios en la tierra. El beneplácito de Dios sólo descansa en su imagen perfecta.

La imagen brota de la vida, del modelo vivo. La forma se configura por la forma. O bien es una forma imaginaria de Dios la que modela la forma humana, o bien es la forma de Dios mismo, verdadera y viva, la que acuña la forma del hombre para convertirlo en imagen de Dios. Es preciso que se realice una transformación, una «metamorfosis» (Rom 12,2; 2 Cor 3, 18), una modificación de la forma, para que el hombre caído vuelva a ser imagen de Dios. El problema consiste en saber cómo es posible tal transformación del hombre en imagen de Dios.

Puesto que el hombre caído no puede reencontrar ni tomar la forma de Dios, sólo queda un camino. Dios mismo toma la forma del hombre y viene a él. El Hijo de Dios, que vivía junto al Padre en la forma de Dios, se despoja de esta forma y viene a los hombres en forma de siervo (Flp 2, Ss). Esta transformación, que no podía producirse en los hombres, se realiza en el mismo Dios. La imagen de Dios, que había permanecido junto a él desde toda la eternidad, toma ahora la imagen del hombre caído y pecador. Dios envía a su Hijo en una carne semejante a la del pecado (Rom 8, 2s).

Dios envía a su Hijo; sólo en esto puede consistir la ayuda. No es una idea nueva ni una religión mejor lo que puede conseguir el fin. Un hombre viene hacia el hombre. Todo hombre lleva una imagen.

Su cuerpo y su vida aparecen en forma visible. Un hombre no es sólo una palabra, un pensamiento, una voluntad, sino antes que todo esto, y en todo esto, un hombre, una persona, una imagen, un hermano. Así, 10 que surge con él no es sólo un pensamiento nuevo, una voluntad nueva, una acción nueva, sino una imagen, una forma nuevas. En Jesucristo, la imagen de Dios ha venido a nosotros bajo la forma de nuestra vida humana, perdida en una carne semejante a la del pecado. En su doctrina y sus hechos, en su vida y su muerte, se nos ha revelado su imagen. En él Dios ha recreado su imagen sobre la tierra. La encarnación, la palabra y la acción de Jesús, su muerte en la cruz, forman parte de esta imagen de manera inalienable. Es una imagen diferente de la de Adán en la gloria primera del paraíso. Es la imagen del que se sitúa en medio del mundo del pecado y de la muerte, toma sobre sí la miseria de la carne humana, se somete humildemente a la cólera y al juicio de Dios sobre los pecadores y permanece obediente a la voluntad divina en la muerte y los sufrimientos; la imagen del que nació en la pobreza, fue amigo de los publicanos y pecadores, con los que comía, y se vio recha zado y abandonado por Dios y por los hombres en la cruz. Es Dios en forma humana, el hombre, nueva imagen de Dios. Sabemos que las huellas del sufrimiento, las heridas de la cruz, son ahora los signos de la gracia en el cuerpo de Cristo glorificado y resucitado, que la imagen del crucificado vive ahora en la gloria del sumo y eterno sacerdote, que intercede por nosotros ante Dios en los cielos. En la mañana de Pascua la forma de siervo de Jesús se transformó en un cuerpo nuevo de aspecto y claridad celestes.

Pero quien quiere participar, según la promesa de Dios, en la claridad y la gloria de Jesús, debe asemejarse primero a la imagen del siervo de Dios, obediente y sufriente en la cruz. Quien desea llevar la imagen glorificada de Jesús debe haber llevado la imagen del crucificado, cargada de oprobio en el mundo. Nadie encontrará la imagen perdida de Dios si no se configura a la persona de Jesucristo encarnado y crucificado. Dios sólo se complace en esta imagen. Por eso, sólo puede agradarle quien se presenta ante él con una imagen semejante a la de Cristo. Asemejarse a la forma de Jesucristo no es un ideal que se nos haya encomendado, consistente en conseguir cualquier parecido con Cristo. No somos nosotros quienes nos convertimos en imágenes; es la imagen de Dios, la persona misma de Cristo, la que quiere configurarse en nosotros (GaI4, 19). Es su propia forma la que quiere hacer brotar en nosotros. Cristo no descansa hasta habernos transmitido su imagen. Debemos asemejarnos a la persona entera del encarnado, crucificado y glorificado.

Cristo ha tomado esta forma humana. Se hizo un hombre como nosotros. En su humanidad, en su anonadamiento, reconocemos nuestra propia figura. Se hizo semejante a los hombres para que estos fuesen semejantes a él. Por la encarnación de Cristo, la humanidad entera recibe de nuevo la dignidad de ser semejante a Dios. Ahora quien atenta contra el hombre más pequeño atenta contra Cristo, que ha tomado una forma humana y ha restaurado en él la imagen de Dios. En la comunión del encarnado se nos devuelve lo que es característico de nuestra esencia de hombres. Con ello somos arrancados del aislamiento del pecado y devueltos a la humanidad. En la medida en que participamos del Cristo encarnado, participamos de toda la humanidad, acogida por él. Sabiéndonos acogidos y llevados en la humanidad de Jesús, nuestra nueva forma de ser hombres consistirá en llevar la falta y la miseria de los otros. Cristo encarnado convierte a sus discípulos en hermanos de todos los hombres. La «filantropía» (Tit 3, 4) de Dios, que se manifestó en la encarnación de Cristo, fundamenta el amor fraternal que los cristianos experimentan para con todos los hombres de la tierra. Es la persona del encarnado la que transforma a la comunidad en cuerpo de Cristo, este cuerpo sobre el que recaen el pecado y la miseria de toda la humanidad.

La forma de Cristo en la tierra es la forma de muerte del crucificado. La imagen de Dios es la imagen de Jesucristo en la cruz. La vida del discípulo debe ser transformada en esta imagen. Es una vida configurada a la muerte de Cristo (Flp 3, 10; Rom 6, 4s). Es una vida crucificada (Gal 2, 19). Por el bautismo, Cristo esculpe la forma de su muerte en la vida de los suyos. Muerto a la carne y al pecado, el cristiano ha muerto a este mundo y el mundo ha muerto para él (Gal 6, 14). Quien vive de su bautismo, vive de su muerte.

Cristo marca la vida de los suyos con la muerte diaria en el combate del espíritu contra la carne, con el sufrimiento diario de la agonía, infligido al cristiano por el diablo. En la tierra todos los discípulos deben padecer el sufrimiento de Jesucristo. Cristo sólo concede a un pequeño número de discípulos el honor de la comunión más íntima con su sufrimiento, el martirio. En él, la vída del discípulo ofrece la más profunda semejanza con la forma de la muerte de Jesucristo. En el oprobio público, en el sufrimiento y la muerte a causa de Cristo es como Cristo se forma visiblemente en su Iglesia. Pero desde el bautismo hasta el martirio es el mismo sufrimiento, la misma muerte. Es la nueva creación de la imagen de Dios por el crucificado.

Quien está en la comunión del encamado y crucificado, habiéndose configurado a él, se asemejará también al glorificado y resucitado. «Revestiremos también la imagen del hombre celeste» (l Cor 15,49). «Seremos semejantes a él porque le veremos tal cual es» (l Jn 3, 2). La imagen del resucitado, igual que la del crucificado, transformará a los que la vean. Quien vea a Cristo, será incorporado a su imagen, identificado a su forma, e incluso se convertirá en espejo de la imagen divina. Ya en esta tierra se reflejará en nosotros la gloria de Jesucristo. De la forma de muerte del crucificado, en la que vivimos en la miseria y la cruz, brotarán la claridad y la vida del resucitado; cada vez será más profunda nuestra transformación en imágenes de Dios, y cada vez será más clara la imagen de Cristo en nosotros. Es un progreso de conocimiento en conocimiento, de claridad en claridad, hacia una identidad cada vez más perfecta con la imagen del Hijo de Dios. Todos nosotros, que con el rostro descubierto reflejamos como en un espejo la gloria del Señor, nos vamos transformando en esa misma imagen, de gloria en gloria (2 Cor 3,18).

Es la presencia de Jesucristo en nuestros corazones. Su vida no ha terminado en la tierra. Continúa en la vida de los que le siguen. Ya no debemos hablar de nuestra vida cristiana, sino de la verdadera vida de Jesucristo en nosotros. «Vivo, pero no yo, sino que es Cristo quien vive en mí» (Gal 2, 20). Cristo encamado, crucificado, glorificado, ha entrado en mí y vive mi vida; «Cristo es mi vida» (Flp 1, 21). Pero con Cristo es el Padre quien vive en mí, y el Padre y el Hijo por el Espíritu santo. La santa Trinidad ha establecido su morada en el cristiano, le llena y transforma en su imagen.

Cristo encamado, crucificado y glorificado toma forma en los individuos porque son miembros de su cuerpo, la Iglesia. La Iglesia lleva la forma humana de Jesucristo, la forma de su muerte, la forma de su resurrección. Ella es su imagen (Ef 4, 24; Col 3, 10) y, por ella, también lo son todos sus miembros. En el cuerpo de Cristo nos hemos vuelto «como Cristo».

Ahora comprendemos que el Nuevo Testamento repita continuamente que debemos ser «como Cristo». Habiéndonos convertido en imágenes de Cristo, debemos ser como él. Puesto que llevamos la imagen de Cristo, solamente él puede ser nuestro «modelo». Y dado que él vive en nosotros su verdadera vida, podemos «vivir como él vivió» (1 Jn 2,6), «hacer lo que él hizo» (Jn 13, 15), «amar como él amó» (Ef 5,2; Jn 13,34; 15, 12), «perdonar como él perdonó» (Col 3, 13), «tener en nosotros los sentimientos que tuvo Cristo» (Flp 2, 5), «seguir el ejemplo que nos dejó» (1 Pe 2, 21), «dar nuestra vida por los hermanos como él la dio por nosotros» (l Jn 3, 16).

Lo único que nos permite ser como él fue es que él fue como nosotros somos. Lo único que nos permite ser «como Cristo» es que nos hemos vuelto semejantes a él. Ahora que nos hemos convertido en imágenes de Cristo, podemos vivir según el modelo que nos ha dado. Ahora es cuando actuamos como debemos; ahora, en la sencillez del seguimiento, vivimos una vida semejante a la de Cristo. Ahora obedecemos con sencillez a su palabra. Ninguna mirada se dirige a mi propia vida, a la nueva imagen que llevo. En cuanto desease verla, la perdería. Por eso sólo contemplo fijamente el espejo de la imagen de Jesucristo. El seguidor sólo mira a aquel a quien sigue. Pero del que lleva en el seguimiento la imagen de Jesucristo encamado, crucificado y resucitado, del que se ha convertido en imagen de Dios, podemos decir, por último, que ha sido llamado a ser «imitador de Dios». El seguidor de Jesús es el imitador de Dios. «Haceos imitadores de Dios como hijos queridísimos» (Ef 5, 1).