Categoría: Reflexiones

Las espigas y el trigo

trigo

“Dios resiste a los soberbios y da gracia a los humildes” (Santiago 4:6)

 Iba un labrador a visitar sus campos para ver si estaba en sazón la cosecha. Había llevado consigo a su pequeña hija, Luisita. Mira, papá — dijo la niña sin experiencia—, cómo algunas de las cañas de trigo tienen la cabeza erguida y altiva; sin duda serán las mejores y las más distinguidas: esas otras de su alrededor, que la bajan casi hasta la tierra, serán seguramente las peores. El padre tomó algunas espigas y dijo:

— Mira bien, hija mía: ¿ves estas espigas que con tanta altivez levantan la cabeza? Pues están enteramente vacías. Al contrario, estas otras que la doblan con tanta modestia, están llenas de hermosos granos. El sabio y el bueno son humildes: la soberbia es propia del ignorante y del malo.

CONTEXTO DEL TEXTO

El escritor de esta carta, un líder de la iglesia de Jerusalén (Hechos 12:17 y 15:13), no fue Santiago el apóstol, sino Santiago el hermano de Jesús. La Epístola de Santiago fue una de las primeras, escrita probablemente antes del año 50 d.C. Después del martirio de Esteban (Hechos 7.55-8.3), aumentó la persecución y los cristianos de Jerusalén fueron esparcidos por todo el mundo romano. Hubo comunidades judías cristianas florecientes en Roma, Alejandría, Chipre y ciudades de Grecia y de Asia menor. Debido a que estos nuevos creyentes no tuvieron el apoyo para establecer iglesias cristianas, Santiago les escribió como un líder interesado en el bienestar de ellos a fin de animarlos en la fe durante ese período difícil.

ENSEÑANZA

La cura para los malos deseos es la humildad (Proverbios 16:18-19; 1Pedro 5:5-6). El orgullo nos hace egocéntricos y nos lleva a pensar que tenemos derecho a todo lo que podemos ver, tocar o imaginar. Crea apetitos codiciosos de obtener más de lo que necesitamos. Podemos ser librados de nuestros deseos egocéntricos al humillarnos delante de Dios, tomando conciencia de que lo único que necesitamos es su aprobación. Cuando su Espíritu Santo nos llena, nos damos cuenta de que las atracciones seductoras del mundo son solo sustitutos baratos en comparación con lo que Dios nos ofrece. Así como Pablo en su primera carta a Timoteo dice que la raíz de todos los males es el amor al dinero, Santiago dice que el orgullo es una de las pasiones que nos llevan a pleitos y guerras entre nosotros. Y la cura de todo ello, someternos a Dios en la humildad.

ORACIÓN

Señor, gracias porque proseguimos en este año en tu nombre, danos sabiduría, danos dirección de tu Espíritu y tómanos de la mano para caminar por caminos espinosos y pedregosos, peligrosos y riesgosos, y úsanos igualmente en lugares tranquilos y apacibles y danos convicción y pasión para seguir extendiendo tu Reino en medio del reino del mal y la maldad. Ayúdanos para luchar por la justicia, la paz y el amor, las cuales son características de tu Reino, y permítenos ver días mejores. En el nombre de tu Hijo, Amén.

juan_pluma

El discípulo de Jesús

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Hermano(a) metodista tal ves pregunte ¿Y qué es un discípulo? Trataremos de responderle desde las páginas de las Escrituras. Ser un discípulo de Jesús, como se decía entre los primeros discípulos, es ser uno de los del Camino (Juan 14:6; Hechos 9:2). En los Evangelios encontramos que Jesús convivía con un grupo escogido de hombres y mujeres que tomaron la decisión de seguirlo y les enseñaba y explicaba las parábolas y tenía una comunión profunda que les permitía experimentar en su propia vida y persona las grandezas de Dios. El apóstol Pablo, Juan Wesley y el hermano Cuau declaramos: “Sed imitadores de mí, así como yo de Cristo.”

Recuerdo un himno que cantabamos en mi iglesia y en la liga de intermedios y jovenes: “Quiero seguir las pisadas del Maestro”, la única manera de enseñarles a andar por el camino de la voluntad de Dios, a nuestros hermanos en la fe, es ayudarles a entrar en un contacto directo y personal con nuestro Dios y Señor y con su Palabra; por medio de la iluminación que solo trae consigo el Espíritu Santo. Tenemos la obligación y responsabilidad de darles a conocer con nuestra manera de vivir, con nuestras actitudes y obras, y hasta con nuestras palabras, esa verdad que los hará libres, Jesús lo resumió de manera magistral: “Si vosotros permanecieréis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (Juan 8:31,32). Después de todo esto volvemos a preguntar ¿Qien es un discípulo? El que, ayudado por sus hemanos en la fe, y en especial por aquellos que Jesús ha puesto en la iglesia para formación de discípulos espirituales, se ha entregado por completo en espíritu, alma y cuerpo a la Palabra de Dios, y se ha consagrado a una única meta que se halla por encima de todas las metas humanas: Seguir a Jesús dondequiera que lo lleve, pagando el precio que sea necesario pagar y buscando la forma de ser cada vez más semejante a ÉL.

No somos discípulos por tener una especie de póliza de seguro eterno en la que Dios promete que viviremos siempre en un lecho de rosas, aquí y mas allá de nuestra muerte física. Somos discípulos para continuar haciendo y enseñando lo que comenzó a hacer y enseñar nuestro Maestro de maestros (Hechos 1:1); porque es necesario que prediquemos el Evangelio del Reino hasta los confines de la tierra “para testimonio a todas las naciones; y entonces vendrá el fin” (Mateo 24:14).

FE EN ACCIÓN: Los tiempos que nos ha tocado vivir exigen más que nunca a nuestra querida Iglesia Metodista que retome el principio básico del sacerdocio universal de los fieles, y forme discípulos con una mentalidad firme y una consagración absoluta. Siempre han sido esas la misión y la mentalidad del cuerpo de Cristo, y podemos declarar bajo la autoridad de la Palabra profética más segura: que el futuro de nuestra Iglesia, y el de la humanidad entera dependerá de una intensa labor de multiplicación de discípulos que continuen la obra que nos encomendo nuestro Señor Jesucristo, en el amor y poder de Cristo, guiados por el Espíritu Santo y con una mentalidad para impactar y tranformar a un mundo lleno de maldad en que vivimos. (Continuara).

(Tomado de la Biblia del Discípulo, y de mi experiencia personal con Dios).

Hno. Cuau

 

cuau

El Dios Fuerte

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Una de las doctrinas cardinales o fundamentales del cristianismo evangélico, es creer en la deidad de Jesucristo. La Biblia dice: Muchos engañadores han salido por el mundo, que no confiesan que Jesucristo (Dios Hijo) ha venido en carne. Quien esto hace es el engañador y el anticristo. Cualquiera que se extravía y no persevera en la doctrina de (la deidad encarnada en) Cristo, no tiene a Dios; el que persevera en la doctrina de Cristo (como perfecto Dios y perfecto humano), ése sí tiene al Padre y al Hijo. Si alguno viene y no trae esta doctrina, no lo recibas en casa ni le digáis:¡Bienvenido! Porque el que le dice: ¡Bienvenido! participa en sus malas obras (2ª Jn 1:7-11).

La Biblia claramente enseña que en Jesucristo, desde el momento en que fue concebido por el Espíritu Santo, (y no por José su padre legal pero no biológico), habita corporalmente toda la plenitud de la divinidad, y que por lo tanto desde el principio, el Verbo (Jesucristo) es el verdadero Dios, y nuestro Gran Dios y Salvador; y que ese Verbo (Dios Hijo), se hizo carne y habitó entre nosotros, y vimos su gloria, gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad (Lc 1: 31-35; Col 2:9; Jn 1:1-14).

Jesucristo durante su ministerio terrenal, dijo que era Dios, cuando dijo que Él y el Padre son uno, y cuando múltiples veces usó el nombre de Dios: YO SOY. Y les dijo: Ustedes son de abajo, yo soy de arriba; ustedes son de este mundo, yo no soy de este mundo. Por eso les dije que morirán en sus pecados, si no creen que YO SOY. Por esto, dicen los evangelios que los judíos aún más intentaban matarlo, porque no sólo quebrantaba el sábado, sino que también decía que Dios era su propio Padre, haciéndose igual a Dios (Jn 8:23-25 y 5:18).

Además, Jesucristo demostró su deidad cuando perdonó pecados (pues sólo Dios puede perdonar pecados), le dio nueva vida a los muertos (sólo Dios puede dar vida); y cuando milagrosamente demostró su soberanía y omnipotencia sobre los demonios, las tempestades, la enfermedad, la naturaleza (al transformar el agua en vino, por ejemplo). Sus palabras tenían la autoridad que sólo Dios tiene. Las gentes que le escuchaban estaban maravilladas, y se decían unos a otros: ¿Qué palabra es ésta, que con autoridad y poder, manda a los espíritus impuros, y salen? Y se admiraban de su doctrina, porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas (Lc 4:36; Mr 1:22).

En este mundo tan lleno de circunstancias, situaciones, diagnósticos adversos, y mil problemas más, que frecuentemente son imposibles de resolver sin la ayuda de Dios, ¡Que bendición tan grande es ser cristianos! y tener de nuestro lado a Jesucristo, el Dios Fuerte. En la Sagrada Escritura dice: Hijitos, ustedes son de Dios y los han vencido, porque mayor es el que está en nosotros (Jesucristo), que el que está en el mundo (satanás).

¿Qué, pues, diremos a esto? Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros? El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas que Él considere buenas, necesarias, y de bendición? ¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, angustia, persecución, hambre, desnudez, peligro o espada? ¡Simplemente nada! Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de Aquel que nos amó (Jesucristo). Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte ni la vida, ni ángeles ni principados ni potestades, ni lo presente ni lo por venir, ni lo alto ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús, Señor nuestro (1ªJn 4:4; Ro 8:31-38).

Isaías nos consuela y fortalece al escribir 700 años antes de que Jesucristo naciera en el establo de Belén: Porque un niño nos ha nacido, hijo nos ha sido dado, y el principado será sobre su hombro. Y se llamará su nombre Admirable consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz (Is 9:6). ¡Gloria a Dios! porque Él es el único Admirable Consejero y Dios Fuerte, capaz y especialista, en resolver nuestros problemas imposibles, en dos formas principales: Siendo el que nos aconseja, convence de pecado, e invita a creer, aceptar, recibir y confesar a Jesucristo como nuestro único y suficiente Salvador; y siendo el Dios Fuerte y el Victorioso Conquistador del enemigo de nuestras almas que vive en nosotros, y que finalmente, vencerá y eliminará al dolor, el llanto, la enfermedad, y la muerte.

Nuevamente, recordemos que el contexto en que Isaías escribió sus consoladoras palabras, era cuando los Israelitas por causa de su idolatría, estaban a punto de caer en cautiverio por los crueles y depravados Asirios. Dice la Biblia: Mas no habrá siempre oscuridad para la que está ahora en angustia, tal como la aflicción que le vino en el tiempo en que livianamente tocaron la primera vez a la tierra de Zabulón y a la tierra de Neftalí; pues al fin se llenará de gloria el camino del mar, de aquel lado del Jordán, en Galilea de los gentiles (Is 9:1).

¡Bendita esperanza del cristiano! Pues aún en medio de las calamidades que por el solo hecho de ser humanos y vivir en este mundo gobernado temporalmente por el usurpador príncipe satanás (a quién nuestro ancestro Adán prefirió obedecer y darle así la autoridad sobre su vida, la de su descendencia, y la naturaleza, en vez de quedarse sumiso y sujeto a Dios), podemos vivir confiados en que a final de cuentas, a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien.

Y podemos tener por cierto que las aflicciones del tiempo presente, no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse, cuando dice la Biblia que nuestro Dios Fuerte, a los que por la gracia de Jesucristo, hayan salido salvos y victoriosos de la gran tribulación, les permita estar delante del trono de Dios, habiendo lavado y blanqueado sus ropas en la sangre del Cordero. Será entonces que el Dios Fuerte que está sentado sobre el trono extenderá su tienda junto a ellos, y ya no tendrán hambre ni sed, y el sol no caerá más sobre ellos, ni calor alguno, porque el Cordero que está en medio del trono los pastoreará y los guiará a fuentes de aguas vivas. Y nuestro Dios Fuerte, enjugará toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá más muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor. ¡Bendito sea Dios! (Ro 8:18 y 28; Ap 7:14-16 y 21:4).

¡Gloria a Dios! porque el escritor de la epístola a los hebreos, escribe: Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado. Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro (He 4:15-16). Jesucristo puede compadecerse de nosotros, porque padeció Él mismo, como perfecto humano. Refiriéndose proféticamente a Jesucristo, dice la Sagrada Escritura: No fue encubierto de ti mi cuerpo, aunque en oculto fui formado y entretejido en lo más profundo; mi embrión vieron tus ojos, y en tu libro estaban escritas todas aquellas cosas que fueron luego formadas, sin faltar ni una de ellas. Me vestiste de piel y carne, me tejiste con huesos y nervios, me concediste vida y misericordia, y tu cuidado guardó mi espíritu (Sal. 139; Job 10:11-12).

Y es que contrario a la forma ‘color de rosa’ que frecuentemente se nos narra, la historia de la primera navidad, es la de una adolescente embarazada de otro que no era su prometido; de un pobre carpintero que gracias a que el ángel le aclaró que había sido escogido para ser el padre legal y terrenal del Hijo de Dios, estuvo dispuesto a casarse con María, quien dio a luz al niño Jesús en un ambiente totalmente insalubre, en un establo, y en medio de sucios animales; y que esa misma noche fue visitado por un grupo de devotos, pero harapientos y apestosos pastores, que vieron al Hijo de Dios, envuelto en pañales, pero recostado en un pesebre, que es el cajón donde se le da de comer a los animales que comen paja. Como si esas fueran pocas vicisitudes, además fue amenazado de muerte por un rey Herodes, que se puso paranoico y mandó matar a todos los niños de la región, menores de dos años, al escuchar de los sabios de oriente, que en Belén de Judea había nacido uno que sería el rey de los judíos.

Dice la epístola a los Hebreos, que Jesucristo debía ser en todo semejante a sus hermanos, para venir a ser misericordioso y fiel sumo sacerdote en lo que a Dios se refiere, para expiar los pecados del pueblo. Pues en cuanto él mismo padeció siendo tentado, es poderoso para socorrer a los que son tentados.

Solo el Dios Fuerte, pudo librar a Jesucristo de los múltiples riesgos de muerte que enfrentó desde que fue dado a luz; y sólo Jesucristo, nuestro Dios Fuerte, puede librarnos de todos los ataques de nuestro enemigo el diablo, que no tiene otro propósito, que hurtar, matar, y destruir nuestra integridad, felicidad, y vida, con el fin de mandarnos al infierno. Sólo Jesucristo, el Dios Fuerte, puede librarnos de la esclavitud del pecado, de la condenación, y de la muerte eterna.

Así, debemos reconocer que si logramos nacer, y vivimos un día o 100 años, es por la pura misericordia de Dios, que nos prolonga la vida, y nos da la capacidad y poder necesarios para que llevemos a cabo, con éxito, las buenas obras, tareas, y ministerios que nos encarga, dentro y fuera del hogar. Dice la Biblia: Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de Aquel que nos amó. Pues somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviéramos en ellas. Jesús dijo: Para los hombres esto es imposible, pero no para Dios, porque todas las cosas son posibles para Dios. Por eso Pablo escribió: Todo lo puedo en Cristo que me fortalece; y ¡Gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo! (Ro 8:37; Ef 2:10; Mr 10:27; Fil 4:13; 1a Co 15:57).

Que Dios nos conceda valorar en toda su magnitud, la bendición de que a Jesús se le llamara Dios Fuerte. AMEN.

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Tal como soy

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“Por lo cual puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos” (Hebreos 7:25)

Fue en 1836 que una joven británica hacía preparativos para asistir a un baile a celebrarse en su pueblo. Se llamaba Carlota Elliot, y era de buena preparación y presentación. Salió muy entusiasmada para encomendar a su costurera hacerle el traje de gala para esa ocasión especial.

En el camino la joven se encontró con un señor cristiano, amigo de la familia, y hombre fiel y sincero. Carlota le saludó y le manifestó el propósito de su diligencia. El varón le comentó que tuviera cuidado con la vanidad de la vida.

La joven, muy enojada, le contestó, “esto no es asunto tuyo” y siguió. El baile se realizó. La dinámica Carlota fue una de las jóvenes más alegres y elogiadas. Pero al acostarse, sintió decepción; no estaba cansada, se encontraba vacía. Una espina se hincaba en su mente. Su conciencia le perturbaba.

Ese señor siempre se había mostrado cariñoso, y la manera ruda en que ella le había tratado llenó su pecho de pesar. Ella no quería reconocerlo, pero estaba viendo que él tenía razón. El brillo de este mundo es engañoso y es vanidad.

Al cabo de tres días de reflexión dolorosa. Carlota visitó al amigo. Le dijo “por días he sido la joven más decepcionada, ahora anhelo encontrar la verdad que usted tiene, ¿qué debo hacer?”

Por supuesto, el hombre no perdió el tiempo en perdonar la conducta tan contraria con la que la joven lo había ofendido. Con toda sencillez y cariño, ese señor le dirigió a la fuente de paz. Simplemente entrégate, hija, a Cristo Jesús, el que murió por ti en la cruz, tal como eres. Eso le pareció extraño, ella nunca había entendido que la salvación fuera tan accesible. ¿Tal como soy? Pero soy mala, indigna, ¿cómo puede Dios aceptarme?

Esto es precisamente lo que tú has tenido que reconocer, fue la respuesta del varón, puedes venir a Cristo “tal como eres”. La joven se sintió abrumada al asimilar la verdad sencilla de esas palabras, fue a su habitación, dobló sus rodillas y ofreció a Dios su corazón indigno. Pidió el perdón de su pecado y puso su fe en Jesús. La dama vivió más y más el gozo de la salvación. Pensando en su experiencia, empleó su talento de escritora, y así nació el himno TAL COMO SOY.

CONTEXTO DEL TEXTO

Como nuestro Sumo Sacerdote, Cristo es nuestro abogado, el mediador entre nosotros y Dios. El cuida de nuestros intereses e intercede por nosotros ante Dios. El sumo sacerdote del Antiguo Testamento se presentaba delante de Dios una sola vez al año para interceder por el perdón de los pecados de la nación; Cristo intercede por nosotros, delante de Dios, de modo permanente. La presencia de Cristo en el cielo con el Padre nos asegura que nuestros pecados han sido pagados y perdonados (véase Ro. 8:33,34; He. 2:17,18; 4:15,16; 9:24). Esa maravillosa seguridad nos libra de condenación y del temor a fracasar.

LO QUE ME DICE EL TEXTO

  1. Que Cristo Jesús es nuestro sacerdote quien intercede por nosotros
  2. Que sólo debeos acercarnos y pedirle perdón, y hará la obra maravillosa
  3. Al mismo tiempo que nos ha perdonado, continúa intercediendo por nosotros ya que no basta darnos la salvación, sino que busca que la ejerzamos.

ORACIÓN

Señor, gracias porque sin merecerlo, quienes nos hemos acercado a ti para pedirte perdón de todas las faltas y fallas, nos has perdonado; pero al mismo tiempo, gracias por interceder por nosotros para continuar en el mismo camino. Gracias por aceptarnos tal como somos. Te ruego, Señor, que sigas trabajando con vidas alejadas de ti, vidas decepcionadas, quebradas y casi destruidas, e igualmente por corazones duros y necios, orgullosos y soberbios, muchos de ellos son los que tienen el poder y el dinero y manipulan a la gente, la engañan y destruyen vidas. Ven, Señor Jesús, y manifiesta tu amor y poder en todos nosotros, en el nombre de tu Hijo, Amén.

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El precio de la gracia (Parte 23)

 

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Dietrich Bonhoeffer, fue un pastor y teólogo luterano, quien predicó también con el ejemplo. Mientras las iglesias de Alemania guardaron silencio y se sometieron al nazismo de Hitler, él lo confrontó en forma escrita y verbal.

Su resistencia al régimen resultó en su captura, encarcelamiento y ejecución el 9 de abril de 1945, apenas 21 días antes del suicidio de Hitler, y 28 días antes de la rendición de Alemania. El día anterior de su muerte había dirigido un culto con los presos. Antes de ser ahorcado, de rodillas elevó su última oración. Tenía apenas 39 años de edad.

Continuamos con la publicación de su obra más difundida, El Precio de la Gracia. Vamos en la Segunda Parte de la obra, La Iglesia de Jesucristo y el Seguimiento, de donde entregamos ahora la primera fracción del Capítulo 5, Los Santos.


  1. Los Santos (primera fracción)

La ekklesía de Cristo, la comunidad de los discípulos, está sustraída a la soberanía del mundo. Vive en medio del mundo, pero ha sido transformada en un único cuerpo, constituye una esfera de soberanía autónoma, un espacio propio. Es la Iglesia santa (Ef 5, 27), la comunidad de los santos (l Cor 14, 33), sus miembros son los llamados a ser santos (Rom 1, 7), que han sido santificados en Jesucristo (l Cor 1, 2), elegidos y segregados antes de la fundación del mundo (Ef 1, 4). El fin de su vocación en Jesucristo, de su elección antes de la fundación del mundo, es que sean santos e irreprensibles (Ef 1,4); Cristo ofreció su cuerpo a la muerte para que los suyos apareciesen ante él santos, inmaculados e irreprensibles (Coll, 22); el fruto de la liberación del pecado por la muerte de Cristo consiste en que, los que antes entregaban sus miembros a la iniquidad, los pongan ahora al servicio de la justicia para la santificación (Rom 6, 19-22).

Sólo Dios es santo. Lo es por su separación total del mundo pecador y por el establecimiento de su santuario en medio del mundo. Así lo dice el cántico de alabanza entonado por Moisés y los hijos de Israel, después del desastre de los egipcios, al Señor que los liberó de la esclavitud del mundo:

¿Quién como tú, Yahvé, entre los dioses? ¿Quién como tú, glorioso en santidad, terrible en prodigios, autor de maravillas? Tendiste tu diestra y los tragó la tierra. Guiaste en tu bondad al pueblo rescatado. Tu poder los condujo a tu santa morada… Tú le llevas y le plantas en el monte de tu herencia, hasta el lugar que tú te has preparado para tu sede, ¡oh, Yahvé! (Ex 15, 11-13.17).

La santidad de Dios consiste en establecer su morada, su santuario, en medio del mundo, y en hacer brotar de este santuario el juicio y la redención (Sal 99 y passim). Pero en el santuario, el Dios santo se une a su pueblo, por medio de la reconciliación que sólo es obtenida en el santuario (Lv 16, 16s).

Dios pacta una alianza con su pueblo. Lo segrega, lo convierte en propiedad suya y se da a sí mismo en garantía de esta alianza. «Sed santos porque yo, Yahvé, vuestro Dios, soy santo» (Lv 19,2), Y «santo soy yo, Yahvé, el que os santifico» (Lv 21, 8). Tal es el fundamento sobre el que se basa esta alianza. Todas las otras leyes dadas al pueblo, y que este debe observar en la justicia, tienen por presupuesto y fin la santidad de Dios y de su Iglesia.

Igual que Dios, por ser santo, está separado de lo que es malo, del pecado, también lo está la Iglesia en su santuario. Él la ha escogido. La ha convertido en la Iglesia de su alianza. La ha reconciliado y purificado en el santuario. Ahora bien, el santuario es el templo, y el templo es el cuerpo de Cristo. En el cuerpo de Cristo se cumple la voluntad de Dios de tener una Iglesia santa. Separado del mundo y del pecado, convertido en propiedad de Dios, el cuerpo de Cristo es el santuario de Dios en el mundo. Dios habita en él por el Espíritu santo.

¿Cómo es esto? ¿Cómo puede convertir Dios a unos hombres pecadores en una Iglesia de santos, totalmente separada del pecado? ¿Cómo puede Dios alejar de sí la acusación de ser injusto cuando se une a los pecadores? ¿Cómo puede ser justo el pecador sin que Dios deje de ser justo?

Dios se justifica a sí mismo, establece la prueba de su justicia. En la cruz de Jesucristo se produce el milagro de la autojustificación de Dios ante sí mismo y ante los hombres (Rom 3, 21s). El pecador debe ser separado del pecado y vivir ante Dios. Ahora bien, para el pecador no hay separación del pecado fuera de la muerte. Su vida es pecado hasta tal punto que, para verse libre de él, debe morir. Dios sólo puede ser justo matando al pecador. Sin embargo, es preciso que el pecador viva y sea santo ante Dios. ¿Cómo es esto posible?

Dios mismo se hace hombre; toma nuestra carne en Jesucristo, su Hijo, y en su cuerpo carga con nuestra carne hasta la muerte de cruz. Dios mata a su Hijo, cargado con nuestra carne, y con su Hijo mata también a todo lo que es carne sobre la tierra. Desde entonces resulta evidente que nadie es bueno sino sólo Dios, que nadie es justo sino sólo Dios. Con la muerte de su Hijo, Dios ha dado la prueba terrible de su propia justicia (Rom 3, 26). Dios debía entregar a la muerte a toda la humanidad en el juicio de su cólera en la cruz para demostrar que sólo él es justo. La justicia de Dios se revela en la muerte de Jesucristo. La muerte de Jesucristo es el lugar en que Dios da prueba de su justicia, el único lugar donde reside la justicia divina. Quien pudiese participar de esta muerte, participaría con ello de la justicia de Dios. Ahora bien, Cristo tomó nuestra carne y en su cuerpo llevó nuestros pecados en el madero (l Pe 2, 24).

Lo que sucedió en él, sucedió en todos nosotros. Participó de nuestra vida y de nuestra muerte y, con ello, nosotros podemos participar de su vida y de su muerte. Si era preciso que la justicia de Dios se manifestase en la muerte de Cristo, nosotros estamos con él allí donde reside la justicia de Dios, en la cruz, porque él llevó nuestra carne. De forma que, habiendo muerto, conseguimos participar de la justicia divina en la muerte de Jesús. La justicia propia de Dios, que nos mata a nosotros, los pecadores, es en la muerte de Jesús su justicia para nosotros. La justicia de Dios, por hallarse establecida en la muerte de Jesús, se halla también establecida para nosotros, que estamos incluidos en la muerte de Jesús.

Dios muestra su justicia «para ser él justo y justificador del que cree en Jesús» (Rom 3, 26). La justificación del pecador consiste, pues, en el hecho de que sólo Dios es justo y él, el pecador, completamente injusto, no en el hecho de que el pecador sea justo igual que Dios. Todo deseo de ser justos por nosotros mismos nos separa radicalmente de ser justificados por la justificación exclusiva de Dios. Sólo Dios es justo. Esto es reconocido en la cruz como un juicio que ha sido pronunciado sobre nosotros, los pecadores.

Pero quien se sitúa junto a la cruz por la fe en la muerte de Jesús recibe, en el mismo lugar en que es condenado a muerte como pecador, la justicia de Dios que triunfa en la cruz. Al no querer ni poder ser justo por sí mismo, admitiendo que sólo Dios lo es, recibe su justificación. Porque el hombre no puede ser justificado ante Dios más que reconociendo que sólo él es justo, y que el hombre es totalmente pecador. El problema de saber cómo nosotros, pecadores, podemos ser justos ante Dios es, en el fondo, el problema de saber cómo Dios es hacia nosotros sólo justo. Nuestra justificación sólo se funda en la justificación de Dios «para que seas (Dios) justificado en tus palabras y triunfes al ser juzgado» (Rom 3, 4).

No se trata más que de la victoria de Dios sobre nuestra injusticia, para que sólo Dios sea justo ante sí mismo. Esta victoria de Dios fue conseguida en la cruz. Y esta cruz no es sólo el juicio, sino también la reconciliación (Rom 3, 25) para todos los que creen que, en la muerte de Jesús, sólo Dios es justo y reconocen su pecado. La justicia de Dios crea la reconciliación (Rom 3, 25). «Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo» (2 Cor 5, 19s). «No tomando en cuenta sus transgresiones», las llevó sobre sí mismo y sufrió por esto la muerte del pecador. «Puso en nuestros labios la palabra de la reconciliación».

Esta palabra quiere encontrar la fe, la fe en que sólo Dios es justo y que en Jesucristo se ha convertido en nuestra justicia. Pero entre la muerte de Jesús y el mensaje de la cruz está su resurrección. Sólo en calidad de resucitado es aquel cuya cruz tiene poder sobre nosotros. El mensaje del crucificado es ya para siempre el mensaje de aquel que no permaneció prisionero de la muerte. «Somos, pues, embajadores de Cristo, como si Dios exhortara por medio de nosotros. En nombre de Cristo os suplicamos: ¡reconciliaos con Dios!» (2 Cor 5, 20).

Este mensaje de la reconciliación es la palabra propia de Cristo. Él es el resucitado que se nos muestra como el crucificado en la palabra del apóstol: Encontraos por la muerte de Jesucristo en la justicia de Dios que nos ha sido dada. Quien se encuentra en la muerte de Jesús, se encuentra en la justicia exclusiva de Dios. «A quien no conoció el pecado, le hizo pecado por nosotros, para que viniésemos a ser justicia de Dios en él» (2 Cor 5, 21). El inocente es muerto porque lleva nuestra carne pecadora, es odiado y maldecido por Dios y por el mundo, es hecho pecado a causa de nuestra carne. Pero nosotros, en su muerte, encontramos la justicia de Dios.

Estamos en él en virtud de su encarnación. Murió por nosotros, a fin de que nosotros, los pecadores, viniésemos a ser justicia de Dios en él, en cuanto pecadores absueltos de sus pecados por la justicia exclusiva de Dios. Si Cristo es ante Dios nuestro pecado, que debe ser condenado, nosotros somos en él justicia, pero no nuestra propia justicia (Rom 10, 3; Flp 3, 9) sino, en sentido estricto, la justicia única de Dios. La justicia de Dios consiste, pues, en que nosotros, pecadores, llegamos a ser su justicia; y nuestra justicia, es decir, la suya (Is 54, 7) consiste en que sólo Dios es justo, y nosotros los pecadores acogidos por él. La justicia de Dios es Cristo mismo (l Cor 1, 30). Ahora bien, Cristo es «Dios con nosotros», «Emmanuel» (Is 7, 4), el Dios de nuestra justicia (Jr 33, 16).

(Continuaremos con la segunda fracción de este Capítulo 5 sobre Los Santos).

Himno «Firmes y Adelante»

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“Y dijeron a Moisés: ¿No había sepulcros en Egipto, que nos has sacado para que muramos en el desierto? ¿Por qué has hecho así con nosotros, que nos has sacado de Egipto? ¿No es esto lo que te hablamos en Egipto, diciendo: Déjanos servir a los egipcios? Porque mejor nos fuera servir a los egipcios, que morir nosotros en el desierto.  Y Moisés dijo al pueblo: No temáis; estad firmes, y ved la salvación que Jehová hará hoy con vosotros; porque los egipcios que hoy habéis visto, nunca más para siempre los veréis, Jehová peleará por vosotros, y vosotros estaréis tranquilos.  Entonces Jehová dijo a Moisés: ¿Por qué clamas a mí? Di a los hijos de Israel que marchen” (Éxodo 14:11-15).

El autor de este himno marcial, el reverendo Sabino Baring-Gould, fue miembro prominente de la Iglesia Romana en Inglaterra, y se distinguió mucho por el gran número de poesías religiosas que preparó y dio a la circulación. Su fecundidad imaginativa y su estilo poético se manifestaron en esas poesías, algunas de las cuales eran magnificas por todos conceptos, dando a su autor fama y renombre. De entre todas ellas ninguna llegó a tener la aceptación de su marcha «Firmes y Adelante». Esta poesía, que con el tiempo ha llegado a ser famosa en todo el mundo, y muy principalmente en el mundo evangélico, originalmente fue una «marcha procesal», y como es natural, tenía un sabor marcadamente romanista. Al ser castellanizado el himno, se ha evangelizado también, en gran manera.

La música marcial con que es generalmente conocido, y la que ha contribuido en gran parte a hacerlo tan famoso, fue preparada por Sir Arturo Seymour Sullivan, eminente músico inglés a quien, por sus relevantes servicios en este arte, la reina Victoria dio título de nobleza. Esta música es tan marcial, que si la letra inspira y alienta, ella inflama el entusiasmo en el corazón, haciéndonos sentir realmente que nos encontramos «en marcha hacia la victoria», cada vez que lo cantamos.

CONTEXTO DEL TEXTO

Aunque no fue el texto lo que motivó al autor a escribir el himno, pero nos recuerda uno de los momentos más difíciles del pueblo de Israel, cuando se encontraba en proceso de formación, y huía de un enemigo cruel que se proponía destruirlo, tropieza en su camino con una barrera que le detiene y llena de terror, el miedo a morir. Es entonces, cuando más angustiado se encuentra el pueblo, sin saber qué camino tomar, cuando Dios dice a Moisés: «Manda a los hijos de Israel que marchen”. El pueblo, obediente al mandato divino, siguió adelante y aquella barrera que parecía infranqueable, el mar Rojo, abrió paso al pueblo que iba a la conquista de Canaán.

Sin duda, como el pueblo de Israel, en ocasiones nosotros nos encontramos con miedo, con gran temor y angustia por el peligro que corre nuestra vida. Es en ese momento cuando Dios el Señor nos dice que marchemos, que caminemos, que continuemos, El pelea por nosotros la batalla, cuando obedecemos, entonces Él toma el control de todo y nos bendecirá, ese es nuestro Dios y esa es la fe que nos sostiene. Amén

ENSEÑANZA

  1. Que en varias ocasiones nos hemos encontrado en riesgo y peligro de muerte.
  2. Que Dios está allí a nuestro lado y nos dice que él pelea por nosotros.
  3. Que no importa lo que pase, estamos en sus manos poderosas y en completa seguridad.

ORACIÓN

Señor, en muchas ocasiones hemos estado en peligro, pero tu amor incomparable nos ha salvado, no lo merecemos pero gracias por tu bondad, danos ahora el valor para compartirlo. Nuestra oración es también por quienes sufren por vivir en maldad en su familia, en su trabajo, en sí mismos, e igualmente oramos por todos aquellos que sufren por causa de la injusticia, por la avaricia y por la voracidad de otros, y lloran por haber perdido su trabajo, sus recursos, su familia, pelea por ellos y dales tranquilidad. Permíteles marchar firmes y adelante. En el nombre de tu Hijo. Amén.

juan_pluma

Enfrentando la muerte

 

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El salmista nos anima diciendo: El que habita al abrigo del Altísimo, morará bajo la sombra del Omnipotente. Diré yo al Señor: Esperanza mía, y castillo mío, mi Dios, en quien confiaré. Él te librará del lazo del cazador, de la peste destructora. Con sus plumas te cubrirá y debajo de sus alas estarás seguro. Escudo y defensa es su verdad. No temerás el terror nocturno, ni saeta que vuele de día, ni pestilencia que ande en oscuridad, ni mortandad que en medio del día destruya. Caerán a tu lado mil y diez mil a tu diestra, mas a ti no llegará.

Ciertamente con tus ojos mirarás y verás la recompensa de los impíos. Porque has puesto a Dios, que es mi esperanza, al Altísimo por tu habitación, no te sobrevendrá mal, ni plaga tocará tu morada; pues a sus ángeles mandará acerca de ti, que te guarden en todos tus caminos. En las manos te llevarán para que tu pie no tropiece en piedra. Sobre el león y la víbora pisarás, hollarás al cachorro del león y al dragón. Por cuanto en mí ha puesto su amor, yo también lo libraré; le pondré en alto, por cuanto ha conocido mi nombre.

Me invocará, y yo le responderé; con él estaré yo en la angustia; lo libraré y le glorificaré), en la primera resurrección, (la de los salvos). Lo saciaré de larga vida (la vida eterna) y le mostraré mi salvación (Salmo 91).

Los que profesionalmente nos hemos enfrentado por más de 45 años a la muerte, dado que miles de nuestros pacientes han llegado a nuestro consultorio y hospital en estadios muy avanzados de cáncer, nos hemos percatado más que la mayoría de las personas, de lo importante y trascendental que puede ser, al estar amenazados de muerte inminente, el concepto que tengamos sobre la muerte y la eternidad.

Muchos que durante toda su vida de adultos habían presumido de ateos, ante la espantosa noticia de que están desahuciados, rápidamente nos solicitan que les orientemos sobre lo que les espera en el periodo de agonía, y que les comentemos sobre nuestra fe en la esperanza de la vida en el más allá.

Además, cuando la muerte en forma despiadada y frecuentemente cruel, termina con la vida de un ser amado, que muchas veces, hasta hace unos pocos meses gozaba de excelente salud, felicidad y prosperidad, y era considerado una verdadera bendición para la sociedad, gente decente, útil, necesaria, productiva y ejemplar, los familiares cuya fe no está firmemente fundamentada en la persona de Jesucristo y sus fieles promesas, entran fácilmente en la desesperación y en un doloroso estado de angustia y pérdida irremediable.

Las escenas de dolor y llanto de tantas amorosas madres que están dispuestas no solo a dar su médula ósea y un riñón para salvar a sus hijos, sino su vida a cambio, son verdaderamente conmovedoras, sobre todo cuando no están seguras de lo que les espera a sus amados, al terminar su vida aquí.

Al respecto, Alfonso Aguiló, comenta: Todos hemos visto pasar cerca –cuando no nos ha dado ya de lleno alguna vez– ese dolor tremendo que produce la pérdida de un ser querido. La mayoría de las veces casi no sabemos cómo consolar a esas personas. Les decimos unas palabras, procuramos darles ánimo, pero, al final, casi solo queda acompañarles con nuestro silencio. Pensamos en su sufrimiento, en el vértigo que quizá sientan. A veces te dicen que su vida ha perdido ya todo su sentido, que no entienden, que no encuentran respuesta, que chocan contra ese misterio de la muerte, que nada les puede consolar.

Es que a veces no es fácil darles una respuesta. No es fácil, pero desde la fe hay algunas respuestas. Para quienes tenemos fe, la muerte es una despedida, a un tiempo doloroso y alegre. Un cambio de casa, de esta de la tierra a la del cielo. No es que la fe haga desaparecer esa herida como por encanto, sino que la cicatriza por medio de la esperanza, porque sabemos que los muertos no se mueren del todo.

¿Y los que no creen en nada? Para quienes la muerte no es más que la ruina biológica definitiva, sin nada detrás, efectivamente la respuesta es mucho más difícil. Quizá pudiera ser este un motivo más de credibilidad: la vida sin fe es como una broma cruel que termina un día casi sin avisar. La vida sin Dios no sabe qué hacer con la muerte, no tiene respuesta al miedo a morir, no cuenta con ninguna palabra de esperanza que atraviese el temible silencio de la muerte.

A quienes no tienen fe, la muerte les recuerda desafiante que su forma de entender la vida no tiene para la muerte una explicación satisfactoria. Sin Dios, sin un más allá, ¿qué auxilio puedo esperar para la oculta herida abierta en mi corazón por la muerte, por mi egoísmo y el egoísmo de los demás?

Una criatura, antes de nacer, no sabe absolutamente nada de lo que le espera. Les sucede lo mismo a los no creyentes en relación con la muerte: no saben qué les espera. Sin embargo, la madre, como los que tienen fe, ante los dolores –tanto los del parto como los de la muerte– pone su esperanza en la nueva vida.

El humano no puede atesorar su vida. No puede retenerla. La vida es una hemorragia. La vida se va. ¿Hacia dónde? ¿Hacia el vacío? ¿Hacia la nada? Es inevitable que el hombre se plantee la cuestión de su salvación. De lo contrario, la vida sería como un torrente que inevitablemente nos conduce al abismo. Creer en la salvación es creer que en alguna parte nuestra vida queda recogida.

Si todo se acabara con la muerte, es difícil encontrar sentido incluso al esfuerzo por ser buena persona. Algunos cifran sus afanes en trabajar por un mundo mejor, por lograr que fuera menos malo. Eso está bien, pero sería muy corto reducir nuestras esperanzas a un arreglo más satisfactorio de esta tierra. Todo ese sufrimiento, todo el esfuerzo de una vida, todas esas lágrimas –comenta André Frossard–, toda la sangre que empapa y desborda nuestra historia, ¿no habrían servido entonces más que para construir una ciudad terrena ideal, cuya inauguración se iría aplazando indefinidamente para una fecha posterior?

Pero ¡Gloria a Dios! Que la Biblia dice: El cuerpo hecho polvo se vuelve a la tierra, como era, y el espíritu vuelve a Dios que lo dio; pues está establecido para los humanos que mueran una sola vez, y después de esto el juicio. Así También Cristo fue ofrecido una sola vez para llevar los pecados de muchos; y aparecerá por segunda vez, sin relación con el pecado, para salvar a los que le esperan.

Así, todos los que hemos puesto nuestra fe en Jesucristo y sus fieles promesas bíblicas, podemos confiar en que cuando Jesucristo nuestro Salvador regrese, todos seremos transformados, y que en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la final trompeta transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya; porque se tocará la trompeta, y los muertos serán resucitados incorruptibles, y nosotros seremos transformados. Porque es necesario que esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad. Y cuando esto corruptible se haya vestido de incorrupción, y esto mortal se haya vestido de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: Sorbida es la muerte en victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria?

Por tanto, no queremos, hermanos, que ignoren acerca de los que duermen (en el sepulcro), para que no se entristezcan como los otros que no tienen esperanza. Porque si creemos que Jesús murió y resucitó, así también traerá Dios con Jesús a los que durmieron (murieron) en Él. Por lo cual les decimos esto en palabra del Señor: que nosotros que vivimos, que habremos quedado hasta la (segunda) venida del Señor, no precederemos a los que durmieron. Porque el Señor mismo con voz de mando, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo; y los muertos en Cristo resucitarán primero, incorruptibles, inmortales, perfectos y gloriosos.

Luego nosotros los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire, cuando el mismo Dios de paz nos santifique por completo, y todo nuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea presentado irreprensible en la segunda venida de nuestro Señor Jesucristo, y así estaremos siempre con el Señor. Porque Fiel es el que nos llama, el cual también lo hará. Porque no nos ha puesto Dios para ira, sino para alcanzar salvación integral (en espíritu, alma y cuerpo), en la resurrección, por medio de nuestro Señor Jesucristo, quien murió por nosotros para que ya sea que velemos, o que durmamos (muramos), vivamos juntamente con Él. Por tanto, aliéntense, anímense y edifíquense unos a otros con estas palabras.

¡Qué bueno que la Biblia dice: Esta es la palabra de fe que predicamos: que si confiesas con tu boca que Jesús es el Señor (gran Dios y Salvador), y crees en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo! Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación. Pues la Escritura dice: Todo aquel que en Él cree, no será avergonzado. Porque no hay diferencia entre judíos y gentiles, pues el mismo que es Señor (Dios) de todos, es rico para con todos los que le invocan; porque todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo.

Jesucristo, al invocarlo con su último aliento, le dijo al pecador que estaba crucificado a su lado: Hoy estarás conmigo en el Paraíso (el seno de Abraham, donde reposan los espíritus de los salvos, mientras llega la primera resurrección), a pesar de que nunca se bautizó, nuca puso un pié en un templo, y nunca tuvo la oportunidad de hacer obras dignas de arrepentimiento. Y digo qué bueno, porque aunque no es lo ideal, ni el perfecto plan de Dios para nuestras vidas terrenales, aún en el lecho de muerte, podemos invitar a las personas a que con una sencilla oración, invoquen el nombre de Jesucristo, crean en Él, y le acepten, reciban y le confiesen como su único y suficiente Salvador.

¡Qué bueno que aún al que nosotros por las apariencias y sus frutos de iniquidad, juzgamos como el más vil, despiadado y condenado de los pecadores, mientras tenga aliento y conciencia, tiene la oportunidad de ser salvo! Dijo Jesucristo: De cierto les digo, que los publicanos y las rameras que se arrepintieron y creyeron, irán delante de nosotros al reino de Dios.

Por todo esto, es que solo el cristiano puede decir confiadamente: Tengo por cierto que, siendo que por la gracia y la fe en Jesucristo, hemos sido hechos hijos de Dios y coherederos con Jesucristo del reino de los cielos, las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse. ¡Aleluya! Por tanto: No nos cansemos pues de predicarle el evangelio a toda criatura, porque la promesa

 

ernesto_contreras

Lectura y protestantismo

 

lectura

La fe y la lectura son buenas amigas. Siempre van de la mano. El Protestantismo trajo una nueva manera de vivir la fe. También trajo un cambio de vida, es decir una manera distinta de vivir.

Hoy hablaremos de la importancia de la lectura para la fe. Notaremos dos problemas. El primero es que el Catolicismo Romano no impulsa el estudio de la Biblia porque el Magisterio es el único capacitado para su interpretación. Mientras que en el Protestantismo el estudio de la Biblia por los fieles es necesario y alentado para su desarrollo espiritual. El segundo es que las estadísticas de lectura en México no son del todo favorables. Tristemente, México no tiene el hábito de la lectura.

Todo esto nos lleva a experimentar dos escenarios. En el primero encontramos nuevos convertidos, y dado que la mayoría llegan del Catolicismo Romano, no cuentan con la costumbre de leer la Biblia. En el segundo tenemos a creyentes que han crecido en la Iglesia toda su vida pero lastimosamente no cuentan con el hábito de la lectura. En ambos escenarios parece que ser mexicano pesa y lastima al propio creyente en muchos sentidos.

Entiendo que estos escenarios no son la regla pero tampoco son la excepción. Desafortunadamente vivimos en un país que no aprecia la cultura, el desarrollo intelectual ni la educación formal. Vivimos en un país donde leer todavía es un privilegio para muchos. Un país con libros caros. Un país que, tal y como lo manifiesta el antiguo proverbio egipcio, vive en la peor de las oscuridades… la ignorancia. La paciencia de muchas personas para leer escritos sin dibujitos suele ser heroica. La lectura es una virtud olvidada.

No lo pienso aburrir, asustar ni deprimir, con estadísticas oficiales. Mi sola intención es mostrarle el triste panorama que muchas congregaciones, familias y creyentes viven cada día. Creyentes que carecen del hábito de la lectura son malos creyentes. Inútiles para toda buena obra. Es imposible que un creyente tenga una vida fructífera si carece del hábito de la lectura. Es muy difícil que una congregación se desarrolle y que la Iglesia crezca, ahora sí que como Dios manda, si tiene fieles que no leen… ni siquiera por obligación. Ahora, otro es el problema de la comprensión de la lectura, pero ese asunto lo analizaremos en un artículo posterior.

Teóricamente hablando, ningún protestante, independiente de su nacionalidad o hábitos culturales, debería de tener problema alguno al estudiar la Biblia. La razón es muy sencilla. Dado que el Espíritu Santo habita en el creyente, guiándole a toda verdad, además del hambre de crecer más y más en su vida cristiana, esto le impulsaría de manera natural a leer y a estudiar el texto bíblico. Esa ética protestante de preparación y desarrollo personal debería guiar a todo creyente a la lectura y estudio de las Sagradas Escrituras. Por si eso fuera poco, en el Metodismo contamos con claros ejemplos de personas que cultivaron el hábito de la lectura.

Por lo tanto me parece inexcusable que el creyente no cultive el hábito de la lectura. Si la persona es salva y desea caminar en el Espíritu leer y estudiar la Biblia debería de ser de lo más natural en su vida. Los antecedentes sobrarían. Recuerde mi amable lector aquellos momentos de su primer amor. Donde los deseos de leer y estudiar el texto bíblico vorazmente eran comunes. Las ansías de conocer su fe y vivirla era vital para usted.

Dígame, ¿qué sucedió? ¿Es usted de aquellos que se dejaron vencer por las estadísticas y por la cultura circundante? ¿O acaso es de aquellos que alimentaron su fe y se inspiraron en su herencia protestante y wesleyana? Espero esto le inspire a crecer, avanzar y a desarrollarse espiritual, personal, cultural, académica e intelectualmente.

Que Dios bendiga a la Iglesia a desarrollar el Metodismo, cristianismo de verdad.

daniel_mendoza

Pensamientos episcopales

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Los siguientes párrafos no fueron escritos exprofeso para su publicación en este periódico, sino encontrados en las redes sociales, y dirigidos a pastores y congregantes de la CAO.

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LA VERDAD TAMBIÉN ES PELIGROSA.

Leyendo a José de Ingenieros, en su libro «Las fuerzas morales», dice… «Verdad es la más temida de las fuerzas revolucionarias; los pequeños motines se fraguan con armas de soldados, las grandes revoluciones se hacen con doctrinas de pensadores. Todos los que han pretendido eternizar una injusticia, en cualquier tiempo y lugar, han temido menos contra los conspiradores políticos que a los heraldos de la verdad, porque ésta, pensada, hablada, escrita, contagiada, produce en los pueblos cambios más profundos que la violencia. Ella –siempre perseguida, siempre invencible- es el más eficaz instrumento de redención moral que se ha conocido en la historia de la humanidad».

Jesús estableció: «Yo soy la Verdad». Y esta «verdad te hace libre». Esta verdad destruye primero la mentira, rompe las esclavitudes, los yugos, disipa las ignorancias, quita lo inconsistente, establece lo firme y el fundamento… Cristo la verdad eterna, absoluta, el autor y consumador de la Fe. Creamos en él, crezcamos en él, confiemos en él.

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ORAR ES PELIGROSO.

Puedes terminar cambiando tú, tu familia, y se puede transformar tu iglesia y tu nación, ORAR ES COSAS SERIA, muy seria. Terminarás recibiendo lo que ores, por eso ten cuidado… mucho cuidado. De no hacerlo también, pues toda acción, trae una reacción, toda omisión una consecuencia. Se nos insta a «Orar sin cesar»; y tú cuando ores, «Entra en tu aposento». Se pide: «Enséñanos a orar… Vosotros pues orareis así… Padre nuestro…» «El que pide, recibe…» «Todo lo que pidiereis en mi nombre yo os lo haré».

ORAR es un mandamiento y recompensa de mandamiento se recibirá. Se ora al PADRE, a través y dirigido por el Espíritu Santo, en el nombre de JESÚS. Nombre que es sobre todo nombre, sobre toda situación, todo problema; ante él; el hombre, los problemas, la enfermedad y los demonios, doblarán su rodilla y confesarán QUE ES EL SEÑOR.

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Una constante en la historia de los pueblos

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 Alfonso Aguiló / www.interrogantes.net

El pensamiento de Dios ronda la mente del hombre desde tiempo inmemorial. Aparece con terca insistencia en todos los lugares y todos los tiempos, hasta en las civilizaciones más arcaicas y aisladas de las que se ha tenido conocimiento. No hay ningún pueblo ni período de la humanidad sin religión. Es algo que ha acompañado al hombre desde siempre, como la sombra sigue al cuerpo.

La existencia de Dios ha sido siempre una de las grandes cuestiones humanas, pues se presenta ante el hombre con un carácter radicalmente comprometedor. El hombre busca respuesta a los grandes enigmas de la condición humana, que ayer como hoy se presentan ineludiblemente en lo más profundo de su corazón: el sentido y el fin de nuestra vida, el bien y el mal, el origen y el fin del dolor, el camino para conseguir la verdadera felicidad, la muerte, el juicio, la retribución después de la muerte. Todo apunta hacia el misterio que envuelve nuestra existencia, de donde procedemos y hacia el que nos dirigimos, hacia aquella misteriosa fuerza que está presente en el curso de todos los acontecimientos humanos, y que impregna la vida de un íntimo sentido religioso.

—Pero a mucha gente no le importa qué hayan hecho todos los pueblos a lo largo de la historia. No quieren hacer lo mismo que hacían otros en el pasado.

No me refería a hacer lo mismo que nuestros antepasados. Toda persona hace muy bien en buscar su propio camino y ser distinta de quienes le han precedido. Me refería a que nunca está de más echar una mirada a la historia, aunque sólo sea porque eso puede dar una cierta perspectiva que siempre arroja una luz sobre la propia vida. Como decía Aristóteles, si la religión es una constante en la historia de los pueblos, ha de ser porque pertenece a la misma esencia del hombre.

Por fuerte que haya sido a veces la hostilidad o el influjo secularizante de su entorno, jamás el hombre ha quedado totalmente indiferente ante el problema religioso. Dondequiera que hayan sido suprimidas las instituciones religiosas, o se haya perseguido de un modo u otro a los creyentes, las ideas y los hechos de la religión han vuelto a brotar una y otra vez. La pregunta sobre el sentido de la vida, sobre el enigma del mal y de la muerte, sobre el más allá, son interrogantes que jamás se han podido eludir. Dios está en el origen mismo de la pregunta existencial del hombre.

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Artículo seleccionado y compartido por el Dr. Ernesto Contreras Pulido.

Pensamientos Episcopales

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Reflexiones encontradas en las redes sociales.

HOMO VIDENS… de Giovanni Sartori. Acabo de hacer un ensayo de este libro de 150 paginas… Es bueno, fácil de leer y enriquecedor. El autor maneja el argumento de que hemos pasado de los «Homo Sapiens», que usamos el razonamiento para formar ideas, criterios, fundamentos y valores, al «Homo Videns»… Tenemos una nueva generación que nació y nace literalmente VIENDO… y brincan los proceso de formación para el pensamiento, así que ahora la T.V., el Internet, los Cibernautas, nos llevan a un mundo que informa, no forma.

Que es un avance tecnológico no lo podemos negar, pero nos ha quitado el gran privilegio de LEER. La comunicación se amplía y no a la vez, porque cada día son más las personas que se enclaustran en su cuarto, y desde ahí creen estar en un mundo que no conocen, sólo por medio virtual. Yo puedo ver un plato de comida mediante una computadora, y por más rico que se vea, NO ME LO PUEDO COMER… No hay experiencia en lo cibernético. Finalmente, el contacto con la experiencia nos hace establecer la verdad, una verdad que nos hace libres, no medio libres, ni medio informados… Si tienes hijos, LEELO, urge que lo hagas. Lo puedes encontrar en versión pdf, en Google.

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«…Y tu Padre que ve en secreto, te recompensará en público.» En estos tiempos, y más por los adelantos tecnológicos, nos gusta lo público, pues el criterio es «si no se ve, entonces no existe».

En la Iglesia, de manera similar, queremos que todos vean lo que pasa y nos pasa… pero hay una LEY INEXORABLE… no pasará nada de los nada en PÚBLICO, que no suceda en tu aposento, en tu privacidad con Dios, en tu intimidad única y exclusiva con tu Dios… porque «en su presencia hay plenitud de gozo, delicias a su diestra para siempre»…

Lo público es un show… lo privado con el Señor es una experiencia única y transformadora, pues está libre de toda arrogancia, orgullo y protagonismos… ahí solo existe ÉL y yo, y ÉL es el Señor ante quien doblaré mi rodilla, y mi lengua confesará su precioso nombre: JESUS.

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Los artículos que leo me inspiran a escribir, y ahora pondré: 10 COSAS PARA LO QUE SI ES EL PÚLPITO (en contraste con un artículo adventista sobre las 10 cosas para las que el púlpito no es):

  1. Es el lugar sagrado para exponer la PALABRA DE DIOS.
  2. Es donde se expone el LOGOS… conocimiento… pero se recibe el REMA de Dios.
  3. Es el lugar donde el ESPÍRITU SANTO nos inspira y nos da qué HABLAR Y DECIR.
  4. Es el lugar donde SIEMPRE se debe señalar el CAMINO DE LA SALVACIÓN: NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO.
  5. Es el lugar donde se expone TODO EL CONSEJO DE DIOS, con toda sabiduría, ciencia y discernimiento.
  6. Es el lugar donde se denuncia, expone y evidencia el PECADO.
  7. Es el lugar donde se señala EL CAMINO, para salir del pecado a través de la sangre preciosa de Jesucristo y su GRACIA INMERECIDA.
  8. Es el lugar donde siempre se predica LA FE, LA ESPERANZA Y EL AMOR.
  9. Es el lugar donde siempre se habla del PERDÓN Y LA ACEPTACIÓN.
  10. 10.- Es donde se habla del Gran Mandamiento: AMAR A DIOS Y AMAR AL PROJIMO COMO A NOSOTROS MISMOS dando siempre una oportunidad para servirlo.

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Himno «Cuán Grande es Él»

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“Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos. Un día emite palabra a otro día, y una noche a otra noche declara sabiduría. No hay lenguaje, ni palabras, ni es oída su voz. Por toda la tierra salió su voz, y hasta el extremo del mundo sus palabras. En ellos puso tabernáculo para el sol” (Sal 19:1-4).

Se cuenta que en uno de los escasos días soleados, el pastor y senador sueco, Carl Boberg, regresaba de una reunión y mientras se encontraba caminando por el campo, súbitamente fue alcanzado por una terrible tormenta, rayos y truenos sacudían los cielos violentamente. Al refugiarse entre unos árboles esperando que el cielo se despejara y dejara de llover y tronar, Boberg reflexionó en la grandeza de Dios.

«Al contemplar los cielos y la tierra,
El firmamento y las estrellas mil.
Al oír tu voz en los potentes truenos…»

Y así nació “Cuán Grande es Él”. Esta composición, a pesar de haberla tenido el autor en sus apuntes desde 1885, no fue muy difundida pues se encontraba sólo en sueco, pero se dio a conocer recién cuando fue traducida al alemán en 1907 y luego llevada a Rusia en 1912, cinco años antes de la Revolución. Un misionero inglés, Stuart K. Hine, la aprendió en ruso y la tradujo, agregando la cuarta estrofa en 1948, y luego fue traducido al español en 1958, por un argentino.

La primera y tercera estrofas se basan en el himno original de Boberg, la 2ª nació en Rusia, y la 4ª en Inglaterra. A través de 70 años y 5 idiomas, nos ha llegado este majestuoso himno que une los corazones del pueblo de Dios, sin fronteras, para alabar al Creador Omnipotente.

La versión más famosa de este himno, tal vez haya sido la interpretada por Elvis Presley, «How Great You Art». Elvis amaba mucho esta canción, y era insustituible en su repertorio musical desde 1966 hasta 1977, fecha en la que se suicidó. La versión castellana fue escrita por el Dr. Arturo W. Hotton (1909-1959), según la Historia de los Himnos Evangélicos, Versión electrónica.

Hoy, en el mundo cristiano, nos gozamos al cantar este hermoso himno que expresa lo que sintieron David y Carl Boberg. Es lo inexpresable que emociona, que enchina el cuerpo y nos introduce en la esfera de lo emotivo y lo grandioso.

CONTEXTO DEL TEXTO BÍBLICO

En este Salmo, la meditación de David le llevó paso a paso desde la creación, a través de la Palabra de Dios y a través de sus propios pecados, hasta la salvación. Cuando Dios se revela por medio de la naturaleza (19.1-6), aprendemos sobre su gloria y nuestra condición finita. Cuando Dios se revela por medio de las Escrituras (19.7-11), aprendemos acerca de su santidad y de nuestra pecaminosidad. Cuando Dios se revela por medio de las experiencias diarias (19.12-14), aprendemos acerca de su perdón misericordioso y de nuestra salvación.

ENSEÑANZA BÍBLICA

  1. Que el maravilloso universo muestra lo majestuoso de nuestro Dios.
  2. Que soy nada en medio de la naturaleza, la creación de Dios.
  3. Que en la inmensidad y el infinito del universo, Dios se ocupa de mí y me revela quién soy, y me invita a ser parte de su grandeza y amor.

ORACIÓN

Dios, gracias por revelarte a hombres y mujeres para que ellos a su vez nos hablen de ti a través de tu palabra o de sus experiencias. Permite que en la inmensidad de tu grandeza y en medio de este mundo que vive en oscuridad, haya luz para mi país. Señor, México sufre dolores de parto, te ruego por los papás y familiares de los 43 estudiantes de Ayotzinapa, Gro., quienes durante un año han pasado noches sin dormir, han derramado lágrimas y han pasado hambre, suplicando a las autoridades por sus hijos. Señor, te ruego porque destruyas la soberbia de las autoridades que han torcido la verdad por sus intereses, y permitas conocer la verdad y el paradero de estos jóvenes. En el nombre de tu Hijo, amén.

UNAS PALABRAS

Agradezco al Señor la sanidad en mi cuerpo, después de 5 meses hoy él me permite caminar y reintegrarme a mis actividades normales. Gracias le doy profundamente por su amor, por sus bendiciones y por las pruebas en la vida.

Varios son los hermanos y algunos pastores que me han pedido que siga escribiendo las reflexiones que dejé de escribir y enviar. Agradezco sus palabras, su interés en la lectura y reflexión de estas sencillas meditaciones que tienen sólo el propósito de invitarle, de inducirle a usted a buscar al Señor a través de ellas. Dios les bendiga.

juan_pluma

Carta de una madre cristiana

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La carta que transcribimos es real, fue enviada en la mitad de septiembre de 2015, por una mamá cristiana que vive en London, Canadá, y es lectora regular de El Evangelista Mexicano. Su amiga, a quien escribe, vive en México. La carta obedece  a un intercambio de inquietudes e ideas entre ellas, ya que ambas son mamás jóvenes con hijos pequeños. La hemos rescatado, esperando que sea de alguna utilidad para aquellos lectores nuestros que son padres cristianos jóvenes.

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¡Hola Gaby!

Disculpa que apenas te escriba, son días muy atareados. Tener un recién nacido en casa no es tarea fácil. Mi bebito casi no duerme durante el día. Duerme siestas muy cortas, pero en la noche duerme muy bien, gracias a Dios

La verdad no sé ni por dónde empezar al hablar sobre nuestra enseñanza a nuestro hijo mayor, Paul. Él es un niño muy perceptivo para las cosas de Dios. Desde bebé se le enseñó sobre Dios, entonándole himnos y cantos cristianos para niños, cantos que aprendí cuando yo era niña. Además, siempre hemos tenido el hábito de leer historias bíblicas antes de dormir. Le hemos comprado a Paul diferentes libros o Biblias para niños, de acuerdo a su edad. Según de lo que trate la historia bíblica de la noche, yo le aplico la enseñanza con ejemplos prácticos de la vida cotidiana para que el niño entienda cómo trabaja Dios en nuestra vida diaria. Siempre terminamos con una oración en donde yo le menciono a Dios lo que se vivió en ese día, dándole gracias y/o haciendo peticiones. También se le da la oportunidad de que él ore solo en voz alta, para que practique hablar con Dios de manera natural.

La comunicación entre Paul y nosotros sus padres es y siempre ha sido muy abierta. Él abiertamente nos cuenta todo lo que le pasa en la escuela. Nos tiene mucha confianza, además de que nosotros le ponemos atención a todo lo que nos dice, y le hacemos más preguntas para mostrar interés en lo que nos dice. Yo soy la que lo recojo en la escuela, y en el camino a casa siempre le pregunto cómo estuvo su día, si se portó bien, si su maestra le tuvo que llamar la atención, con quien jugó ese día en el recreo y qué juegos jugaron. Como ves, me involucro lo más que puedo en la vida de Paul, y de ahí, cuando se presenta la oportunidad de compartir de Dios con él, la aprovecho. Además, yo trabajo como voluntaria por uno o dos días a la semana en su salón de clases. Lo he hecho así desde que Paul estaba en kinder. De esta manera sé quiénes son sus amigos, veo su comportamiento en la escuela, y me doy la oportunidad de conocer mejor a su maestra(o). ¡Aprendes tantas cosas de la escuela y del medio ambiente en que tu hijo se desenvuelve cuando te involucras en la escuela de tus hijos!

Además, soy una persona muy comunicativa en la escuela, si hay algo que veo y no me gusta o estoy en desacuerdo, lo comunico a la administración de la escuela. ¡Ahí me conocen muy bien! He ganado mis batallas en contra de la administración de la escuela porque siempre tomo en serio mis derechos y los derechos de mi hijo como estudiante. No quiero que pienses que soy un ogro, ja, ja, ja. Esto es sólo con la administración de la escuela, nunca con los maestros de Paul, con ellos soy muy amigable y siempre es bueno tener una comunicación abierta y sana con los maestros de tu hijo. De esta manera tu hijo se convierte en alguien importante para el maestro. Aquí en Canadá, los maestros y las escuelas aprecian mucho el trabajo de voluntariado de los padres porque es de gran ayuda para ellos.

También, antes de dormir, Paul se memoriza versículos de la Biblia.

Otra cosa es que en casa casi no se ve la TV. Las caricaturas y programas que mi niño ve son mayormente educativas. Hay programas que yo no le dejo ver, a pesar de que sean supuestamente para niños, porque el contenido no es apropiado o contradice la Biblia y sus valores. Jerry y yo no vemos TV en frente del niño porque a veces los comerciales son altamente sensuales, sexuales o violentos. No tiene caso exponer su mente a tanta suciedad a tan temprana edad. Ya de por sí hay cosas de las cuales no siempre puedes proteger a tu hijo cuando está en la escuela o fuera de casa. Por eso, mientras se pueda hacerlo en casa, es bueno, y Dios ve el celo que tú tienes al proteger a tu hijo del mundo y de la influencia de satanás.

Hay muchas cosas que se le explican a Paul para que no crezca como un niño ignorante o como un niño completamente ajeno a la realidad del mundo. Por eso preferimos mejor ser nosotros los que le informemos a Paul en lugar de que aprenda a través de lo que ve en la TV.

Para Paul, nosotros sus padres somos la fuente principal de información de todo tipo. A veces hace preguntas muy interesantes, y no estoy preparada para contestar, pero en ese momento hago una oración en mi mente y le pido a Dios que me de gracia, conocimiento, sabiduría de su Espíritu Santo para contestar esas preguntas de Paul que me sacan de onda. ¡Y Dios siempre me ha ayudado y me saca del apuro! Sin Dios yo no sería capaz de ser lo que soy. Dios es el que me capacita y habilita para ser una madre que lucha para que su hijo le conozca y ame a Él por encima de todas las cosas.

Dios siempre está en medio de nuestras conversaciones. Mi esposo también y yo nos parecemos mucho en estas cosas. Los dos hacemos un excelente equipo y hay consistencia en lo que le enseñamos a Paul. Hay veces en que yo me he equivocado, o mi esposo, y siempre admitimos nuestros errores, y pedimos perdón a Dios y a veces a nuestro hijo también. Nuestros hijos ven que nosotros también cometemos errores, pero ellos también deben ver que los papás son humildes para reconocer que se equivocan y piden perdón. Después de todo, al final le daremos cuenta a Dios de todos nuestros actos y acciones.

En cuanto a la disciplina, toda mala acción tiene su consecuencia. Hemos usado “la vara”, el mandarlo a su cuarto, y el quitarle privilegios (TV y ciertos juguetes). Las tres medidas que te menciono funcionan como diferentes castigos para obtener diferentes resultados. Todo depende de cómo tu hijo reacciona a cada una de ellas. Nunca se debe disciplinar a un hijo sin antes explicarle la razón por la cual se le disciplina. Al final del día se hace una oración para pedir perdón por los pecados y errores cometidos durante el día, mencionándolos de manera concreta.

Los niños a esta edad ya deben saber cuál es el trabajo y astucia de Satanás, y cómo nos engaña durante el día. Esto ayuda a tu hijo a saber reconocer la voz del enemigo, las maneras como él nos tienta, explicándolo con casos y ejemplos prácticos. También tu hijo ya debe saber cuál es el rol del Espíritu Santo en su vida, y ayúdale a saber reconocer la voz del Espíritu Santo y las maneras como Él nos ayuda a vencer al tentador. Enséñale a tu hijo a depender de Dios, dile que Dios nos da fortaleza para hacer lo bueno y para hacer las cosas que le parezcan difíciles, dándole ejemplos y explicándole situaciones en las que él tendrá que usar y pedir la ayuda de Dios. Y no te olvides de usar también las historias bíblicas como ejemplos de la ayuda divina de Dios a aquellos hombres que se la pidieron.

Un ejemplo que te doy es de algo reciente que nos pasó. La semana pasada Paul acudió a la Escuelita Bíblica de Vacaciones, y allí les daban puntos por versículos memorizados. El jueves me dijo que él había sido el niño con más puntos acumulados en todo su grupo. Al contarme esto yo noté algo de arrogancia en Paul. Aproveché la oportunidad para decirle que todo el mérito no había sido de él sino también de Dios quien le dio la habilidad para memorizar su Palabra, y le dije que Dios quiere que seamos humildes y agradecidos. También le conté la historia de Jesús y los 10 leprosos que él sanó y que sólo uno de ellos regresó a darle las gracias. De esta manera le dije a Paul que es importante ser agradecidos con Dios cuando él nos bendice. Esta lección le impresionó tanto que al día siguiente cuando le dieron su premio del primer lugar de su grupo, Paul le dijo a una amiguita que había que darle gracias a Dios por su premio. Su amiguita le platicó a su mamá lo que Paul le había dicho, y su mamá me mandó un correo para decirme lo que Paul le había dicho a su hija y que ellas daban gracias a Dios por Paul. ¡Wow, esto fue de tanta bendición para mí! De esta manera hay que aprovechar cada oportunidad que tienes con tu hijo de enseñarle sobre el carácter de Dios.

Otra cosa es que nosotros inculcamos a Paul el amor a la lectura de libros ficticios y no ficticios (ciencias naturales, biología, cualquiera que sea el interés de tu hijo). En la casa tenemos libros y libros en casi cada cuarto, así que no hay excusa para no leer. Lo que hago es ir a la biblioteca pública una a dos veces por semana, y saco libros, y los voy rotando para que siempre haya en casa algo nuevo e interesante para leer. Esta es una de las razones por la cual no vemos tanta TV en casa. El tiempo se va volando leyendo libros.

Y lo más, más, más importante que puedes hacer por tus hijos es orar por ellos y luego orar por sabiduría y dirección del Espíritu Santo para ti y para tu esposo.

Ojalá te haya sido de ayuda esto, pero lo que sí te digo es que siempre hay algo nuevo qué aprender de otras mamás cristianas. Yo aprendo mucho de mis amigas también. Todas las mamis que amamos a Dios estamos pasando por lo mismo, y Dios no quiere que nos sintamos aisladas, sino más bien quiere que nos sintamos apoyadas por Él y por otras mamás.

Si tienes preguntas más específicas, no dudes en compartírmelas. Y te paso un website que a mí me ha gustado mucho leer, diseñado para padres de familia: Family – No Greater Joy Ministries

Que Dios te bendiga mucho y prospere tu hogar. ¡Un abrazo!

«No tengo yo mayor gozo que éste, el oír que mis hijos andan en la verdad» (3 Juan 1:4).

Saraí Trnjik

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Sobre la muerte del mosquito

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Al momento en que veía a ese mosquito cerca de mi brazo y pensé en eliminarlo, un raro sentimiento de duda me inundó, y me guio a preguntarme: ¿Cómo sería nuestra vida si tuviéramos la expectativa vital de este diminuto ser? ¿Es acaso nuestra vida comparada con la expectativa de vida de otras especies, similar en comparación a la nuestra con la del mosquito?¿Es nuestra vida una fútil y temporal niebla de sucesos de los cuales no tenemos control? Mejor aún, ¿qué es la vida?

Tales interrogantes no pueden presentarse con tal fuerza a menos que su respuesta fuese tan importante como la pregunta misma. Hoy vamos a dilucidar la importancia de la vida y también la importancia de cómo vivirla. Sabemos que el antónimo de vida es muerte y su significado es la ausencia de toda actividad en un ser. Por lo tanto una de las primeras respuestas la encontraremos en la muerte misma y su significado.

La molestia que me causaba el vuelo del mosquito y su constante ataque a mi piel fue lo que me guió a mi intento de destruirlo. Solo quería matar al mosquito dado que su presencia no era bienvenida. De haber acabado con el mosquito habría acabado con toda su actividad, con su…propósito. Así que, con eso hemos llegado a nuestra primera conclusión.

La vida es más que mera existencia, es actividad con propósito

Una vida sin propósito no es vida. Es como estar muerto en vida, es decir, la vida se nos da para cumplir con distintos propósitos, y si creemos en Alguien mayor que nosotros, mayor que nuestras circunstancias, y que dirige el destino del mundo y el nuestro, entonces nuestra vida habrá de tener un propósito más allá de nuestro entender.

El tan sólo estar vivo y vivir en la monotonía sin esperar algo más que el paso del tiempo nos guía a una existencia gris y aburrida, sin color, sin emoción, sin brío, sin propósito, sin algo por qué vivir. Cuando contamos con algo por qué vivir, algo merecedor de la atención, cuidado, pensamiento y aceptación personales, entonces estamos viviendo.

Ya sean un amor, una labor, una causa o un proyecto, estos son motivos suficientes para abrazar el vivir y darnos a la consecución de tal propósito en la vida. Sentir que damos de nosotros mismos a favor de alguien o a una causa, estamos otorgando una valoración especial a lo que vivimos, y evitamos la muerte emocional que el despropósito y una vida gris originan.

Para conocer y llegar a nuestra segunda conclusión, habremos de examinar las distintas causas de muerte. Como dijimos, la muerte es la ausencia de vida, la paralización e inutilidad de todo órgano vital, llegando entonces a la finalización de toda actividad que genera vida. Esta frase nos permite llegar a nuestra segunda conclusión.

La vida es la generación de una continua actividad vital

Para que una persona se mantenga viva debe de mantener sus órganos vitales funcionando correctamente. Un inadecuado cuidado de tales órganos podrían causar enfermedades y en consecuencia, debido a un total descuido, el deterioro de los mismos haciendo inminente la llegada de la muerte.

Lo que mantiene a un cuerpo sano y útil, es el ejercicio y la buena alimentación mezclada con buenos hábitos que logran tener una salud integral. Nuestra vida también requiere de cuidados, ejercicios y hábitos que mantengan una sana actividad vital. Todo ello se traduce en adoptar actitudes y realizar actividades que mantengan el o los propósitos vivos y activos, como fuentes de la vida. Tales actitudes pueden ser las siguientes:

  • Contar con una actitud positiva;
  • Mantener una actitud de esperanza;
  • Conseguir las metas que haya establecido;
  • Establecer nuevas metas;
  • Cumplir sueños y deseos;
  • Amar a alguien;
  • Tener fe;
  • Ser congruente con sus principios;
  • Autoexaminarse;
  • Ejercitar sus valores;
  • Mantener la mente limpia de basura;
  • Evitar perder el enfoque;
  • Alimentarse de esperanza, fe y amor;
  • Obtener descanso físico y mental;
  • Cultivar valores perennes;
  • Cuidar de nosotros mismos.

Estos son algunas actividades que lograrán mantenernos siempre con vida, es decir mantener nuestra existencia en el campo fértil de propósitos que nos guían a más y mejores objetivos en nuestra vida. Su ejercicio o cumplimiento nos mantendrán sanos y fuertes para enfrentar las tormentas de la vida y tener la fuerza para aguantarlas.

Es necesario entonces proponernos qué hacer, si vivir o caminar como zombis. Un ser que actúa como un zombi no tiene propósito. Dado que a veces nos sentimos así, por lo tanto es necesario conocer la tercera y final conclusión.

La vida es una actividad continua de creación de relaciones vitales

El hombre es un ser gregario y por lo tanto diseñado para relacionarse con otros. Esto nos lleva a la lógica de que si el hombre no logra mucho solo, y todo lo contrario sucede cuando une sus propósitos en comunidad, entonces cuando se congrega con otros y unen sus objetivos e intereses lograrán algo mayor y mejor de lo que hubiesen logrado separados.

Unidos podemos hacer más. Unidos mejoramos. Unidos crecemos. Crear y desarrollar relaciones vitales, es decir unirse a personas con las mismas creencias y con los mismos propósitos, nos impulsarán a oxigenar y a fortalecer nuestra vida. Esto proporcionará una mejor óptica y una fortaleza interior. El mosquito no habría alcanzado eso ni por instinto.

Lo que el mosquito nos enseña es que para tener vida y tenerla en abundancia habremos de recordar que:

  • La vida es más que mera existencia, es actividad con propósito.
  • La vida es la generación de una continua actividad vital.
  • La vida es una actividad continua de creación de relaciones vitales

“El ladrón no viene sino para hurtar, matar y destruir; yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia” (Jn. 10:10 Versión Reina-Valera Revisión 1995).

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Las predicciones acerca del fin

 

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Desde que Jesucristo ascendió al cielo, aproximadamente en el año 33 d.C., y prometió regresar a establecer su reino milenial en la Tierra, y sempiterno en la gloria. Muchos, principalmente en los tiempos recientes, han tratado de adivinar y predecir, sin éxito, la fecha de su regreso.

El fundador de Family Radio, Harold Camping, después de su tercer fracaso en predecir la fecha, el día, y la hora del fin del mundo y el juicio final, pidió disculpas, y declaró: “Humildemente reconocemos que Dios no le dice a su pueblo ni la fecha del regreso de Cristo, ni la fecha en que va a morir físicamente.”

Otros malinterpretando los escritos mayas, dijeron que según ellos, el fin del mundo vendría en 2012; pero los expertos dicen que sólo se predice el cambio de una época a otra, de acuerdo a cálculos matemáticos usados para establecer su calendario.

Aparte de las ridículas predicciones de pseudo-profetas, basadas en sus elucubraciones, hay muchas otras predicciones más populares y mejor conocidas, con relación al fin del mundo. Varias de las más famosas predicciones fallidas y recopiladas por la prestigiada revista National Geographic son:

  1. La predicción romana del fin del mundo (apoyándose en una expresión mencionada en los escritos del famoso filósofo Séneca), tras la erupción del volcán Vesubio en el 79 d.C.
  2. La predicción europea de que el mundo terminaría en 1666, basada en el temor al número 666 del Anticristo, y en los estragos que en ese tiempo, en Europa, provocó la plaga o Peste Bubónica que mató 25 millones de personas (una tercera parte de la población contemporánea en Europa); así como las desgracias provocadas y asociadas al terrible incendio que redujo a cenizas a casi toda la ciudad de Londres, Inglaterra.
  3. Basado en datos proporcionados por el astrónomo Francés Camille Flammarion, se predijo que (como cada 76 años lo hace) la visita del cometa Halley en 1910, traería el fin del mundo por gases que a partir de su cauda, envenenarían nuestra atmósfera.
  4. También se predijo algo similar para la visita en 1977, del brillante cometa Hale Boop. Si recuerdan, esa fue la razón del suicidio colectivo de la secta La puerta del Cielo.
  5. El evangelista y político Pat Robertson, en E.U.A., calculó el fin del mundo para la década de 1980.
  6. William Miller (El Gran Engaño), predijo el fin del mundo para el 22 de octubre de 1844, y posteriormente los Russelistas o Testigos de Jehová, lo profetizaron para 1914. Cuando fallaron, dijeron que sería antes de que se terminara la generación nacida ese año. Y ya pasaron casi 100 años de eso.
  7. Desde 1984, muchos, por diversas razones, predijeron que el mundo terminaría con el siglo XX, o sea, antes del 1 de enero del 2,000.
  8. El arqueólogo Jefrey Goodman, predijo que por fuerzas gravitacionales extraordinarias, el mundo desaparecería el 5 de mayo del 2,000, con la alineación del sol y nuestra luna, con los planetas Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno.
  9. También Richard Noone en su libro ‘Hielo: El último desastre,’ predijo para el 5 de mayo del 2,000, una nueva era de hielo, que causaría el fin del mundo.
  10. Cuando se construyó y el 2 de Septiembre del 2008, se puso en marcha el mayor acelerador de partículas de la historia (Large Hadron Collinder), que pretendía reproducir el Big Bang, algunos críticos especularon que al generar una colisión atómica catastrófica, causaría la formación de un hoyo negro en el universo, que devoraría y terminaría con nuestro planeta; pero el acelerador funcionó una sola vez, se estropeó, y como en todos los casos previos, nada sucedió.

Kate Ravilious, periodista del famoso diario THE GUARDIAN, menciona 10 amenazas reales que científicos de prestigio aseguran que en un futuro próximo, pueden hacer desaparecer la vida de la Tierra.

  1. Un cambio climático incompatible con la vida. Nick Brooks, del Centro Tyndall, de la U. de East Anglia, escribió: “Es posible que a finales de este siglo, al duplicarse la concentración de los gases invernadero, se provoque un incremento de la temperatura global en 2oC, y que tal incremento, eventualmente llegue a ser incompatible con la vida terrestre.”
  2. El médico Reinhard Stindl de la U. de Viena, escribe: “Hay evidencias de que el tapón de la punta de los cromosomas, llamado telómero, se está erosionando, y si llega a desaparecer, desestabilizaría a los cromosomas. Este fenómeno, pudiera causar la extinción de la especie. En otras palabras, este deterioro del telómero, equivale a una fecha de caducidad para los seres vivos.
  3. La viróloga María Zambón del laboratorio de Investigación de la gripa de Inglaterra dice que es inevitable que ocurra una epidemia viral por año, y que fácilmente, cualquier epidemia viral, se puede hacer una Pandemia (epidemia mundial), como la Peste bubónica que diezmó a Europa en la Edad Media, y la Influenza Española que mató a 20 millones de personas en 1918.
  4. El Profesor Paul Wilkinson, del Consejo Asesor del Centro de Estudios del Terrorismo de la U. de St. Andrews, dice que: “La sociedad actual es mucho más vulnerable al terrorismo porque actualmente es más fácil que un grupo malévolo consiga los materiales, tecnología, y experiencia para hacer armas químicas y biológicas de destrucción masiva, a base de virulentos microbios como el ántrax, y el virus de la viruela. Además, la historia nos ha demostrado que la naturaleza misma, se puede comportar como el mayor bioterrorista natural que existe.
  5. Lord Garden, mariscal de la Fuerza Área Británica dice: “En teoría, una guerra nuclear puede destruir la civilización completa; y aunque la peligrosa amenaza nuclear de la llamada Guerra fría, y la URSS ya pasó, actualmente hay tres regiones que realmente son amenazas nucleares: Irán y el Oriente Medio, India-Pakistán, y Corea del Norte.”
  6. Donald Yeomans, de la NASA dice: “El impacto de un meteoro de alrededor 1.5 kilómetros de diámetro, o mayor, levantaría una enorme nube de polvo, y por su asociación con múltiples fragmentos de meteoritos que junto con él, caerían incandescentes a la Tierra, se provocaría una tormenta de fuego de tal magnitud, que junto con la catastrófica lluvia ácida asociada, y el oscurecimiento generalizado de la atmósfera por la nube de cenizas, causarían la muerte relativamente rápida, de plantas, animales, y humanos.
  7. Hans Moravec, investigador del Instituto de Robótica de la U. Carnegie Mellon de Pittsburg, escribe: Para el 2050 preveo que habrá robots con un poder mental como el de los humanos; con capacidad de abstracción y de generalización; y con la capacidad de rebelarse, subyugar, y hasta eliminar a la raza humana.
  8. Nir Shaviv, profesor de Física en la U. Hebrea, dice: Cada pocas décadas, una estrella gigante de la Vía Láctea, explota como supernova. Cuando esto sucede, lanza en todas direcciones, rayos y partículas de alta energía, como los rayos gama, que si llegaran a la Tierra a dosis altas, serían letales para todo tipo de seres vivos. Además, al modificar la temperatura global, serían capaces de provocar otra era de hielo, y la extinción de casi todos los seres vivos.”
  9. Bill McGuire, de la Universidad y College de Londres, escribe: “Aproximadamente cada 50.000 años, un súper volcán hace erupción y carboniza hasta 1,000 Km2 de tierra a su alrededor, por el flujo de ceniza piroclástica. Además, acumula en la estratósfera, una densa nube de cenizas que impide el paso de la luz solar durante 5 a 6 años, provocando otra edad de Hielo.” Taupo, en Nueva Zelanda, y Toba, en Sumatra, Indonesia, fueron los últimos súper volcanes que hicieron erupción.
  10. Además, H. T. Band, y más recientemente A. Kondrashov y M. Kimura, confirmaron que las mutaciones dañinas mínimas adquiridas y acumuladas en el ADN, son irreversibles, y se heredan en cantidades cada vez mayores a través de las generaciones, sentenciando así, a todos los seres vivos, a su eventual extinción, cuando la cantidad de mutaciones dañinas acumuladas, no sea ya compatible con la sobrevida de la especie. A esto H. J. Muller le llamó la carga genética o carga mutacional. (Christopher Wills, Genetic Load, en Scientific American, Marzo 1970, p. 98).

Por otro lado, la Biblia asegura que la segunda vendida de Cristo y el fin del mundo, sucederá cuando menos la estemos esperando, en forma súbita y por sorpresa, como se presenta un ladrón en la noche, por lo que se nos insta a estar siempre listos y velando (Mt 24:37-44 y 25: 1-13; 1ª Ts 4:2-4;1ªTi 6:13-16; Tit 2:12,13; 2ª Pd 3:10 y 11; Ap 3:2,3 y 16:15).

Además, dice que el fin del mundo sucederá en la forma apocalíptica que está descrita en la Biblia, cuando el cielo sea conmovido, y el sol y la luna no den su resplandor. Será entonces que los astros encendidos, caerán del cielo en medio de gran estruendo, y la Tierra y todo lo que ella hay, será quemado. Y tú, ¿Ya estás listo para la segunda venida de Cristo y el fin del mundo? ¿Es tu anhelo verlo y tu oración la de todos los salvos que dicen: Amén. ¡Sí! ¡Ven Señor Jesús!? Juan concluye diciendo: Y oí una voz del cielo que me decía: Escribe: Bienaventurados de aquí en adelante los muertos que mueren en el Señor. Sí, dice el Espíritu Santo, porque descansan de sus trabajos; pero sus obras con ellos continúan. AMEN. GLORIA A DIOS (Ap 14:13).

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El púlpito o la mesa de la comunión

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El movimiento de Reforma Religiosa del siglo XVI fue sin duda un parteaguas definitivo en el curso de la historia humana. A partir del rompimiento que Martín Lutero y sus contemporáneos hicieron respecto del catolicismo, se abolieron tradiciones y doctrinas en el sumamente deteriorado cristianismo medieval, y se transformó el sistema socio económico y político de la época.

Los fundamentos del protestantismo, universalmente reconocidos y sobre los cuales se han escrito numerosos libros, significaron un definitivo y bíblicamente justificado rechazo al sistema católico romano. Usualmente estos fundamentos se han concretado en cinco títulos, a saber:

  1. La justificación por la fe (El creyente es justificado ante Dios por medio de la fe en Jesucristo y no por las obras).
  2. La suprema autoridad de la Biblia (Las Sagradas Escrituras son la autoridad absoluta para normar la fe y conducta, y no el Papa ni los concilios).
  3. El sacerdocio de los creyentes (Mediante la obra de Cristo el creyente es sacerdote y por ello no se requiere ya de un grupo exclusivo que pretenda mediar entre Dios y los hombres).
  4. La santidad de la vida común (La santidad es labor del Espíritu Santo en todo creyente y no es cosa reservada para unos pocos).
  5. El libre examen de las Escrituras (El derecho de todo creyente para leer y entender el contenido bíblico bajo la guía del Espíritu Santo, sin tener que depender de la interpretación oficial del catolicismo).

Obviamente cada uno de estos fundamentos tiene un amplio y razonado respaldo que aquí es imposible exponer, pero para el propósito de este comentario, baste la simple frase que trata de resumir la esencia de cada caso.

Como puede verse, cada uno de estos fundamentos significó –y sigue significando- un irreconciliable distanciamiento con el catolicismo romano, a menos que una parte u otra, o las dos renuncien a sus principios y por ello puedan reunirse. Esta reunión es, en parte, una meta del movimiento ecuménico que se expresa tanto en el Catolicismo romano como en el Protestantismo, mediante comisiones ad hoc.

Uno de los resultados inmediatos del movimiento religioso y reformador del siglo XVI, fue el cambio litúrgico de la misa. El enfoque se centró en la predicación de La Palabra y no en el sacramento; consecuentemente se desplazó la Mesa de la Comunión y se colocó el púlpito en el centro del presbiterio; se eliminaron los cuadros e imágines de santos, así como toda estatua de los mismos y vitrinas de reliquias, incluidas no pocas obras de arte.

Los templos protestantes mantuvieron el púlpito al centro del presbiterio, por varios siglos hasta que a fines de la primera mitad del siglo XX comenzó a manifestarse un regreso al sacramentalismo, particularmente de la Santa Comunión, y la Mesa volvió a ocupar el centro, mientras que el púlpito pasó a ocupar un extremo del Presbiterio. Este no fue un movimiento general, más bien se manifestó en algunas de las llamadas Iglesias Históricas (Luteranos, Episcopales, Reformados, Metodistas), y esto sólo en algunos de sus templos pues no se trató de un mandato oficial.

Es cierto, por otra parte, que la Mesa de la Comunión no fue desplazada del todo del centro, pues en la mayoría de los templos se la mantuvo al frente del púlpito en un nivel más bajo; pero justamente esa disposición mobiliaria daba a entender la supremacía de la predicación sobre el sacramento.

Puede alegarse que para destacar la predicación no es indispensable tener el púlpito en el centro, lo cual es cierto, pero la disposición de la arquitectura templaria enseña mucho. De allí que una primera mirada a cualquier templo nos puede decir mucho sobre lo que allí se considera importante.

Al criterio protestante original no le faltaba razón, si atendemos al relato bíblico que nos recuerda que la Pascua (de donde nos viene la Santa Comunión) se realizaba una sola vez al año y si bien los primeros cristianos comenzaron a celebrarla con mucha mayor frecuencia, se la incluía con la fiesta de ágape, la cual era tan importante como la misma Santa Comunión; es decir no se la destacaba de forma exclusiva. El apóstol Pablo describe y corrige los excesos de los corintios sobre este asunto dando normas para su correcta celebración, cosa que no repite en otras epístolas, sea porque las demás iglesias la celebraban apropiadamente o porque no la celebraban. De hecho, Pablo no era muy sacramentalista que digamos pues en cuanto al bautismo claramente afirmó, “No me envió el Señor a bautizar” (1ª. Cor. 1:17) y apenas sí se acordaba de unos pocos que bautizó. Enfatizó en cambio la necesidad de predicar, “Ay de mí si no anunciare el evangelio” (1ª. Cor. 9:16), Y al padre le ha placido salvar a los pecadores “por la locura de la predicación” 1ª. Cor. 1:21), etc. El mismo Señor Jesucristo no bautizó a nadie, según Juan 4:2.

Todo esto nos lleva a considerar que el protestantismo hizo y hace bien al destacar la importancia de la proclamación activa del evangelio, de lo cual el púlpito es símbolo, por sobre la actitud pasiva del sacramento. Esto sin dejar de reconocer que éste último tiene un lugar dentro de la vida el creyente, si bien en orden menor al deber de predicar La Palabra. Los templos que han colocado el púlpito en el lugar central del presbiterio están –a no dudarlo- dentro de la tradición protestante que tuvo, y sigue teniendo, muy buenas razones para honrar la sana proclamación de La Palabra desde todos los púlpitos cristianos.

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El precio de la Gracia (Parte 18)

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Dietrich Bonhoeffer, fue un pastor y teólogo luterano, quien predicó también con el ejemplo. Mientras las iglesias de Alemania guardaron silencio y se sometieron al nazismo de Hitler, él lo confrontó en forma escrita y verbal.

Su resistencia al régimen resultó en su captura, encarcelamiento y ejecución el 9 de abril de 1945, apenas 21 días antes del suicidio de Hitler, y 28 días antes de la rendición de Alemania. El día anterior de su muerte había dirigido un culto con los presos. Antes de ser ahorcado, de rodillas elevó su última oración. Tenía apenas 39 años de edad.

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Continuamos con la publicación de su obra más difundida, El Precio de la Gracia. Vamos en la Segunda Parte de la obra, La Iglesia de Jesucristo y el Seguimiento, de donde entregamos ahora el Capítulo 3, El Cuerpo de Cristo.

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  1. EL CUERPO DE CRISTO

Los primeros discípulos vivían en la presencia corporal de Jesús y en la comunión con él. ¿Qué significa esto y cómo se extiende dicha comunión hacia nosotros? Dice Pablo que por el bautismo nos hemos convertido en miembros del cuerpo de Cristo. Esta frase, que resulta tan extraña, tan inabordable, necesita una explicación profunda. Con ella se nos dice que los bautizados, incluso después de la muerte y resurrección del Señor, deben vivir en la presencia física y la comunión con Jesús. La marcha de Cristo no supone una pérdida para los suyos, sino más bien un don nuevo. Los primeros discípulos, en la comunión corpórea con Jesús, no podían tener nada distinto ni nada mayor que lo que nosotros tenemos hoy; incluso es más sólida, más completa, más segura esta comunión para nosotros que para ellos.

Vivimos en la comunión plena de la presencia del Señor glorificado. La magnitud de este don no puede ser ignorada por nuestra fe. El cuerpo de Cristo es el fundamento y la certeza de nuestra fe, el cuerpo de Cristo es el don único y perfecto por el que somos hechos partícipes de la salvación, el cuerpo de Cristo es nuestra vida nueva. En el cuerpo de Jesucristo somos adoptados por Dios para la eternidad.

Tras la caída de Adán, Dios envió su palabra a la humanidad pecadora para buscar y adoptar a los hombres. La palabra de Dios se halla entre nosotros para adoptar de nuevo a la humanidad perdida. La palabra de Dios vino como promesa, vino como ley. Se hizo débil y pequeña por amor a nosotros. Pero los hombres rechazaron la palabra y no se dejaron adoptar. En lugar de eso, le ofrecían a Dios sacrificios y las obras que realizaban; de esta forma intentaban comprarse su libertad.

Entonces sucedió el milagro de los milagros. El Hijo de Dios se hizo hombre. La Palabra se hizo carne. El que se encontraba en la gloria del Padre desde toda la eternidad, el que existía en la forma de Dios, el que era al principio mediador de la creación, de tal forma que el mundo creado sólo puede ser conocido por él y en él, Dios mismo (1 Cor. 8, 6; 2 Cor. 8, 9; Flp. 2, 6s; Ef. 1, 4; Col. 1, 16; Jn. 1,1s; Heb. 1,1s), adopta la humanidad y viene a la tierra. Adopta la humanidad al adoptar la esencia humana, la «naturaleza» humana, «la carne del pecado», la forma humana (Rom. 8, 8; Ga. 14, 4; Flp. 2, 6s). Dios adopta a la humanidad no sólo por la palabra predicada, sino también en el cuerpo de Cristo. La misericordia de Dios envía a su Hijo en la carne a fin de que, con la carne, tome sobre sí a toda la humanidad. El Hijo de Dios adopta en su cuerpo a toda la humanidad, a esta humanidad que, por odio a Dios y por orgullo de la carne, rechazó la palabra no encarnada e invisible de Dios. Ahora es adoptada corporal y visiblemente en el cuerpo de Jesucristo, tal como es, por la misericordia divina.

Los padres de la Iglesia, al considerar este milagro, defendieron con pasión que Dios había adoptado la naturaleza humana, siendo falso el que hubiese elegido a un hombre perfecto para unirse a él. Dios se hizo hombre. Es decir: Dios adoptó a toda la naturaleza humana débil y pecadora. Dios adoptó a toda esta humanidad caída. Pero esto no significa que Dios haya adoptado al hombre Jesús. Si se quiere comprender correctamente todo el mensaje de salvación, conviene mantener clara esta distinción. El cuerpo de Cristo, en el que somos adoptados con toda la humanidad, es ahora el fundamento de nuestra salvación.

Lo que él lleva es la carne pecadora… pero sin pecado (2 Cor. 5, 21; Heb. 4, 15). Allí donde se encuentra su cuerpo humano, es adoptada también toda carne. «Verdaderamente él llevó nuestras enfermedades y cargó con nuestros dolores». Jesús pudo sanar las enfermedades y dolores de la naturaleza humana porque los llevó todos en su cuerpo (Mt. 8, 15-17). «Fue herido por nuestras rebeldías, molido por nuestras culpas». Cargó con nuestros pecados. Pudo perdonar los pecados porque había «adoptado» en su cuerpo nuestra carne pecadora. Acogió a los pecadores (Lc. 15,2), porque los llevaba en su cuerpo. En Jesús se cumplió el «año de gracia» del Señor (Lc. 4, 19).

El Hijo encarnado de Dios era a la vez él mismo y la humanidad nueva. Lo que hizo lo hizo, al mismo tiempo, por la nueva humanidad que llevaba en su cuerpo. De este modo es un segundo Adán, el «último» Adán (1 Cor. 15,45). También en Adán se hallaban reunidos en un solo hombre el individuo y la humanidad entera. También Adán nevaba en sí a toda la humanidad. En él pecó la humanidad entera, en «Adán» (hombre) cayó «el hombre» (Rom. 5,19). Cristo es el segundo hombre (1 Cor. 15,47), en el que fue creada la humanidad nueva. Él es el «hombre nuevo».

Sólo a partir de aquí comprendemos la esencia de la comunión corporal concedida a los discípulos en Jesús. El que la vinculación de los discípulos al seguimiento fuese corpórea no se debe a una casualidad, es algo necesario a causa de la encamación. El profeta y el maestro no necesitan seguidores, les bastan los discípulos y los oyentes. El Hijo encarnado de Dios, venido en la carne humana, necesita una comunidad de seguidores que participe no sólo de su doctrina, sino también de su cuerpo. Los seguidores tienen la comunión en el cuerpo de Jesucristo. Viven y sufren en la comunión corporal. La comunión del cuerpo de Jesús les impone la cruz. Porque en él todos son llevados y aceptados.

El cuerpo terrestre de Jesús fue crucificado y muerto. En su muerte, la nueva humanidad es crucificada y muere con él. Puesto que Cristo no había adoptado a un hombre, sino la «forma» humana, la carne del pecado, la «naturaleza» humana, con él sufre y muere todo lo que adoptó. Lleva hasta la cruz todas nuestras enfermedades y pecados; nosotros somos crucificados y morimos con él. El cuerpo terreno de Cristo muere, pero resucita bajo la forma de un cuerpo incorruptible y glorioso. Es el mismo cuerpo, puesto que la tumba estaba vacía, pero es nuevo. Lleva a la resurrección a la humanidad con la que murió. También lleva en su cuerpo glorificado a la humanidad que había adoptado sobre la tierra.

Ahora bien, ¿cómo conseguimos participar de forma viva en este cuerpo de Cristo, que ha hecho todo esto por nosotros? Porque una cosa es cierta: sólo hay comunión con Jesús bajo la forma de comunión con su cuerpo, en el único que somos adoptados, en el único que reside nuestra salvación. Nos hacemos partícipes de la comunión con el cuerpo de Cristo por los dos sacramentos de dicho cuerpo: el bautismo y la cena. El evangelista Juan, en una alusión de valor incalculable, hace brotar del cuerpo crucificado de Jesucristo los elementos de los dos sacramentos, el agua y la sangre (Jn. 19, 34-35). Este testimonio es confirmado por Pablo, que vincula plenamente a los dos sacramentos el hecho de ser miembro del cuerpo de Cristo [15].

El cuerpo de Cristo es tanto el fin como el origen de los sacramentos. La única razón de ser de los sacramentos es la existencia del cuerpo de Cristo. No es la palabra de la predicación por sí sola la que crea nuestra comunión con el cuerpo de Cristo; debe darse también el sacramento. El bautismo es la incorporación en la unidad del cuerpo de Cristo, la eucaristía mantiene la comunión al cuerpo. El bautismo nos hace participar de la cualidad de miembro del cuerpo de Cristo. Somos «bautizados» en Cristo (Gal. 3, 27; Rom. 6, 3), somos bautizados «para formar un solo cuerpo» (1 Cor. 12, 13). Lo que Cristo adquirió para todos en su cuerpo nos es imputado en la muerte del bautismo por el Espíritu santo. La comunión del cuerpo de Cristo que recibimos significa que ahora estamos «con Cristo», «en Cristo», y que «Cristo está en nosotros». Estas expresiones encuentran su sentido exacto en una comprensión correcta del cuerpo de Cristo.

Todos los hombres están «con Cristo» en virtud de la encamación. En efecto, Jesús lleva toda la naturaleza humana. Por eso, su vida, su muerte y su resurrección constituyen un acontecimiento real en todo hombre (Rom. 5, 18s; 1 Cor. 15, 22; 2 Cor. 5, 14). Pero los cristianos están «con Cristo» de forma especial. Lo que para otros significa muerte, para ellos significa vida. En el bautismo se les asegura que están «muertos con Cristo» (Rom. 6, 8), «crucificados con él» (Rom. 6, 6; Col. 2, 20), «sepultados con él» (Rom. 6, 4; Col. 2, 12), «hechos una misma cosa con él por una muerte semejante a la suya» (Rom. 6, 5); precisamente por esto vivirán también con él (Rom. 6, 8; Ef. 2,5; Col. 2, 12; 2 Tim. 2, 11; 2 Cor. 7,3). «Estamos con Cristo»: esto se basa en el hecho de que Cristo es el Emmanuel, el «Dios con nosotros». El hecho de estar con Cristo sólo será una gracia para el que reconozca así a Cristo. Es «bautizado en Cristo», en la comunión de su sufrimiento. Así se convierte en miembro de este cuerpo, y la comunidad de los bautizados se convierte en un solo cuerpo, que es el propio cuerpo de Cristo. De esta forma están «en Cristo» (h) y «Cristo está en ellos». No se encuentran ya «bajo la ley» (Rom. 2, 12; 3, 19), «en la carne» (Rom. 7, 5; 8, 3.8.9; 2 Cor. 10, 3), «en Adán» (1 Cor. 15, 22), sino que, en toda su existencia y en todas las manifestaciones de su vida, están desde ahora «en Cristo».

Pablo puede expresar el milagro de la encamación de Cristo en una multitud absolutamente inagotable de relaciones. Pero todo lo dicho puede resumirse en esta frase: Cristo es «para nosotros», no sólo por la palabra y por su disposición de espíritu, sino también por su vida corporal. Con su cuerpo ocupa el lugar que nosotros deberíamos ocupar ante Dios. Se ha situado en nuestro puesto. Sufre y muere por nosotros. Puede hacerlo porque lleva nuestra carne (2 Cor. 5, 21; Ga.13, 13; 1,4; Ti.t 2, 14; 1 Tes. 5, 10; etc.). El cuerpo de Jesucristo es «para nosotros», en el sentido más exacto, en la cruz, en la palabra, el bautismo y la eucaristía. En esto se basa toda comunión personal con Jesucristo.

El cuerpo de Jesucristo es la nueva humanidad que él ha adoptado. El cuerpo de Cristo es su comunidad. Jesucristo es a la vez él mismo y su Iglesia (1 Cor. 12, 12). Jesucristo, después de Pentecostés, vive en la tierra bajo la forma de su cuerpo, la Iglesia. En ella se encuentra su cuerpo crucificado y resucitado, en ella se encuentra la humanidad que él adoptó. Por eso, ser bautizado significa convertirse en miembro de la Iglesia, en miembro del cuerpo de Cristo (Gal. 3, 28; 1 Cor. 12, 13). Por eso, estar en Cristo significa estar en la Iglesia. Si estamos en la Iglesia, nos hallamos también, verdadera y corporalmente, en Jesucristo. Ahora la noción de cuerpo de Cristo se revela en toda su plenitud. Después de la ascensión, el lugar de Cristo en el mundo es tomado por su cuerpo, la Iglesia. Esta es Cristo mismo presente. Con esto recuperamos una idea sobre la Iglesia que había sido muy olvidada. Estamos acostumbrados a pensar en la Iglesia como en una institución. Ahora bien, debemos considerarla como una persona viva, naturalmente como una persona muy especial.

La Iglesia es una. Todos los bautizados son «uno en Cristo» (GaI. 3,28; Rom. 12,5; 1 Cor. 10, 17). La Iglesia es «hombre». Es el «hombre nuevo». Ha sido creada de esta forma por la muerte de Cristo en la cruz. En ella ha sido abolida la enemistad entre judíos y paganos que destrozaba a la humanidad, «para crear en sí mismo, de los dos, un solo hombre nuevo, haciendo la paz» (Ef. 2, 15). El «hombre nuevo» es uno, no son muchos. Fuera de la Iglesia, que es el hombre nuevo, sólo existe el hombre viejo, destrozado. Este «hombre nuevo», la Iglesia, ha sido «creado según Dios, en la justicia y santidad de la verdad» (Ef. 4, 24). «Se va renovando hasta alcanzar un conocimiento perfecto, según la imagen de su creador» (Col. 3, 10). Aquí sólo se habla de Cristo, imagen de Dios.

Adán fue el primer hombre, según la imagen del creador. Pero perdió esta imagen después de la caída. Entonces fue creado a imagen de Dios un «segundo hombre», un «último Adán», Jesucristo (l Cor. 15,47). El «hombre nuevo» es a la vez Cristo y la Iglesia. Cristo es la nueva humanidad en hombres nuevos. Cristo es la Iglesia. La actitud del individuo ante el «hombre nuevo» es la de «revestirse» de él [16]. El «hombre nuevo» es como un vestido destinado a cubrir al individuo. El individuo debe vestirse la imagen de Dios, que es Cristo y la Iglesia. Quien es bautizado, se viste de Cristo (Gal 3, 27), lo que debemos interpretar, de nuevo, como su incorporación al cuerpo, al único hombre, en el que no hay griego ni judío, libre ni esclavo: la Iglesia. Nadie se convierte en hombre nuevo si no es en la Iglesia, por el cuerpo de Cristo. Quien quiere convertirse en un hombre nuevo por sus propias fuerzas, sigue siendo hombre viejo. Convertirse en hombre nuevo significa entrar en la Iglesia, hacerse miembro del cuerpo de Cristo. El hombre nuevo no es el individuo justificado y santificado, sino la Iglesia, el cuerpo de Cristo, Cristo.

El Cristo crucificado y resucitado existe por el Espíritu santo como Iglesia, como el «hombre nuevo»; si es cierto que él es el encarnado, el que permanece para siempre, también es cierto que su cuerpo es la nueva humanidad. Igual que la plenitud de la divinidad habita corporalmente en él, también los suyos están llenos de Cristo (Col. 2, 9; Ef. 3, 19). Sí, ellos mismos son esta plenitud divina en la medida en que forman su cuerpo y porque él llena a todos en todo.

La unidad de Cristo con su Iglesia, su cuerpo, exige al mismo tiempo que Cristo sea reconocido como Señor de su cuerpo. Por eso, cuando se desarrolla la noción de cuerpo, Cristo es llamado cabeza del cuerpo (Ef. 1,22; Col. 1,18; 2,19). Se mantiene la clara contraposición. Cristo es Señor. El hecho histórico-salvífico que hace necesaria esta contraposición y no autoriza en ningún momento una fusión mística de la Iglesia y de Cristo es la ascensión de Cristo y su vuelta. El mismo Cristo que está presente en su Iglesia volverá del cielo. Tanto aquí como allí es el mismo Señor, aquí como allí es la misma Iglesia, el único y mismo cuerpo del que está aquí presente y volverá sobre las nubes. Pero el hecho de que estemos aquí o allí constituye una diferencia muy clara. De forma que son necesarias ambas cosas: la unidad y la distinción.
La Iglesia es una, es el cuerpo de Cristo, pero es al mismo tiempo la pluralidad y la comunión de los miembros (Rom. 12,5; 1 Cor. 12, 12s). El cuerpo tiene muchos miembros, y cada miembro, el ojo, la mano o el pie, es y sigue siendo lo que es, tal es el sentido de la comparación paulina. La mano no se vuelve ojo, ni el ojo se transforma en oreja. Cada uno sigue siendo lo que es. Pero sólo son lo que son como miembros del único cuerpo, como comunidad que sirve en la unidad. Sólo basándose en la unidad de la Iglesia es cada individuo lo que es y es la Iglesia lo que es, igual que la Iglesia sólo es lo que es basándose en Cristo y su cuerpo. Aquí aparece claramente la misión del Espíritu santo. Él es quien trae hasta Cristo al individuo (Ef. 3,17; 1 Cor. 12,3). Al reunir a los individuos construye la Iglesia, cuyo edificio, sin embargo, está plenamente acabado en Cristo (Ef. 2,22; 4, 12; Col. 2, 2). Crea la comunión (2 Cor. 13,13) de los miembros del cuerpo (Rom. 15,30; 5,5; Col. 1,8; Ef. 4,3). El Señor es el Espíritu (2 Cor. 3,17). La Iglesia de Cristo es Cristo presente en el Espíritu santo. La vida del cuerpo de Cristo se ha convertido así en nuestra vida.

En Cristo no vivimos ya nuestra vida, sino que Cristo vive su vida en nosotros. La vida de los fieles en la comunidad es realmente la vida de Jesucristo en ellos (Ga1. 2, 20; Rom. 8,10; 2 Cor. 13,5; 1 Jn. 4,15). En la comunión del cuerpo crucificado y glorificado de Jesucristo tomamos parte en el sufrimiento y la glorificación del Señor. La cruz de Cristo se extiende sobre el cuerpo de la Iglesia. Lo que ella sufre bajo esta cruz es sufrimiento de Cristo. Ante todo, es el hecho de sufrir la muerte de cruz en el bautismo; luego, la «muerte cotidiana» del cristiano (1 Cor. 15,31) en virtud de su bautismo. Pero es un sufrimiento de indecibles promesas: sólo el sufrimiento propio de Cristo posee un poder reconciliador, él sufrió «por nosotros», triunfó «por nosotros», pero en el poder de su sufrimiento da a los que no se avergüenzan de la comunión de su cuerpo la gracia inconmensurable de poder ahora sufrir por él.

No podía conceder a los suyos mayor gloria, no puede haber para el cristiano dignidad más incomprensible que la posibilidad de sufrir «por Cristo». Lo que la ley rechaza con todas sus fuerzas se hace verdad aquí. Según la ley, sólo podemos sufrir el castigo por nuestros propios pecados. Si un hombre no tiene la posibilidad de hacer o sufrir algo en provecho propio, ¡cuánto menos en provecho de otro, cuánto menos en provecho de Cristo!

El cuerpo de Cristo, entregado por nosotros, que sufrió el castigo por nuestros pecados, nos hace libres para morir y sufrir «por Cristo». En adelante es posible trabajar y sufrir por Cristo, en bien de aquel que lo hizo todo por nuestro bien. Este es el milagro y la gracia en la comunión del cuerpo de Cristo (Flp. 1,25; 2,17; Rom. 8,35s; 1 Cor. 4,10; 2 Cor. 4,10; 5,20; 13,9). Aunque Jesús haya cumplido todo el sufrimiento vicario y reconciliador, sus sufrimientos en la tierra no han terminado aún. Por su gracia, ha dejado a su Iglesia para este último tiempo hasta su vuelta un resto de sufrimientos que debe ser cumplido todavía (Col. 1,24). Este sufrimiento repercutirá en bien del cuerpo de Cristo, la Iglesia.

No estamos seguros de poder pensar que este sufrimiento de los cristianos tenga también un poder de destruir el pecado (cf. 1 Pe. 4,1). Pero sí es claro que el que sufre en virtud del cuerpo de Cristo sufre de forma vicaria «por» la Iglesia, por el cuerpo de Cristo, y que tiene derecho a llevar lo que se ahorra a otros. Llevamos siempre en nuestros cuerpos por todas partes el morir de Jesús, a fin de que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo. Pues, aunque vivimos, nos vemos continuamente entregados a la muerte por causa de Jesús, a fin de que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal. De modo que la muerte actúa en nosotros, mas en vosotros la vida (2 Cor. 4,10-12; cf. 1,5-7; 13,9; Flp. 2,17).

Al cuerpo de Cristo se le prescribe una cierta medida de sufrimiento. Dios concede a uno la gracia de llevar un sufrimiento particular en lugar de otro hermano. El sufrimiento debe ser cumplido, llevado y vencido. Dichoso aquel a quien Dios concede el honor de sufrir por el cuerpo de Cristo. Tal sufrimiento es una alegría (Col. 1,24; Flp. 2,17). En medio de dicho sufrimiento, el creyente puede gloriarse de llevar la muerte de Jesucristo, de llevar en su cuerpo los estigmas de Cristo (2 Cor. 4,10; Ga1. 6,17). Ahora, el creyente puede contribuir a que «Cristo sea glorificado en mi cuerpo, por mi vida o por mi muerte» (Flp. 1,20). Tal acción y sufrimiento vicarios de los miembros del cuerpo de Cristo constituyen en sí la vida de Cristo, que quiere configurarse en sus miembros (Gal. 4,19).

En todo esto nos hallamos en la comunión de los primeros discípulos y seguidores de Jesús. El final de esta meditación consistirá ahora en que volvamos a encontrar en la totalidad de la Escritura el testimonio del cuerpo de Cristo. Aquí se observa que la gran profecía veterotestamentaria del templo de Dios encuentra su cumplimiento en el cuerpo de Cristo. La noción de cuerpo de Cristo no hay que entenderla en conexión con el uso helenístico de esta imagen, sino a partir de la profecía veterotestamentaria del templo. David quiere construir un templo a Dios.

Interroga al profeta. Este transmite a David la palabra de Dios sobre su proyecto: «¿Me vas a edificar tú una casa para que yo habite? …Yahvé te anuncia que Yahvé te edificará una casa» (2 Sm. 7, 5-11). El templo de Dios sólo puede ser edificado por Dios mismo. Al mismo tiempo, y en términos extrañamente contradictorios con lo que se ha dicho anteriormente, David recibe la promesa de que un descendiente suyo edificará una casa a Dios y que su reino durará eternamente (v. 12-13). «Yo seré para él padre y él será para mí hijo» (v. 14). Salomón, el «hijo de la paz» de Dios con la casa de David, se atribuyó esta promesa. Construyó el templo y fue confirmado en esto por Dios. Sin embargo, la profecía no se cumplió en aquel templo, porque estaba construido por manos humanas y destinado a la destrucción. La profecía siguió incumplida. El pueblo de Israel continúa esperando el templo que debía ser edificado por el Hijo de David, cuyo reino permanecería para siempre. El templo de Jerusalén fue destruido numerosas veces, signo de que no era el templo prometido. ¿Dónde se encontraba el templo verdadero? Cristo mismo nos lo dice al aplicar a su cuerpo la profecía del templo: Los judíos le contestaron: Cuarenta y seis años se ha tardado en construir este templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días? Pero él hablaba del templo de su cuerpo. Cuando resucitó de entre los muertos, se acordaron sus discípulos de que era eso lo que quiso decir, y creyeron en la Escritura y en las palabras que había dicho Jesús (Jn. 2, 20s).

El templo que espera Israel es el cuerpo de Cristo. El templo veterotestamentario no es más que la sombra de su cuerpo (Col. 2,17; Heb. 10,1; 8,5). Jesús se refiere a su cuerpo humano. Sabe que el templo de su cuerpo también será destruido, pero resucitará, y el templo nuevo, el templo eterno, será su cuerpo resucitado, glorificado. Esta es la casa que Dios mismo edifica a su Hijo y que, sin embargo, también el Hijo construye a su Padre. En esta casa habita Dios realmente y, con él, la nueva humanidad, la Iglesia de Cristo. Cristo encarnado es el templo del cumplimiento. Esto corresponde a lo que dice el Apocalipsis de la nueva Jerusalén, a saber, que en ella no hay templo «porque el Señor Dios omnipotente y el Cordero es su templo» (Ap. 21, 22).

El templo es el lugar de la presencia y de la habitación de Dios entre los hombres. Al mismo tiempo, es el lugar en que la Iglesia es aceptada por Dios. Ambas cosas sólo se han hecho verdaderas en Jesucristo encarnado. La presencia de Dios es aquí verdadera y corporal. La humanidad es aquí verdadera y corporal, porque él la ha adoptado en su propio cuerpo. El cuerpo de Cristo es el lugar de la adopción, de la reconciliación y de la paz entre Dios y los hombres. Dios encuentra al hombre en el cuerpo de Cristo y el hombre, en el cuerpo de Cristo, se halla adoptado por Dios. El cuerpo de Cristo es el templo espiritual construido de piedras vivas (l Pe. 2,5s). Sólo Cristo es el fundamento y la piedra angular de este templo (Ef. 2,20: 1 Cor. 3,11); simultáneamente, él mismo es el templo en el que habita el Espíritu santo, en el que llena y santifica los corazones de los fieles (1 Cor. 3,16; 6,9). El templo de Dios es la Iglesia santa de Jesucristo. El cuerpo de Cristo es el templo vivo de Dios y de la nueva humanidad.

NOTAS AL PIE DE PÁGINA:

[15]. También Ef. 3, 6 abarca todo el don salvífico: palabra, bautismo, santa cena.

[16]. En la imagen evocada se halla, en cierto modo, la representación espacial de una morada, de un vestido. Quizás también puede interpretarse en este contexto 2 Cor. 5,1s. Aquí aparece en conexión con lo celeste. Sin este vestido, el hombre está desnudo, y debe temer ante Dios. No está cubierto y desea estarlo. Lo que consigue cuando es vestido con la cubierta celeste. El «vestirse» de la Iglesia en este mundo, ¿no tendrá su correspondencia en un vestir la Iglesia celestial, que es lo que Pablo desea? Tanto aquí como allí se trata de la Iglesia una, con la que somos revestidos, el tabernáculo de Dios, el ámbito de la presencia y la protección de Dios; tanto aquí como allí es el cuerpo de Cristo el que nos cubre.

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Los masones

MASONES

Según Eddy D. Field III y Eddy D. Field II (quien fue masón grado 32, caballero Templario y un Shriner), la Francmasonería es una hermandad que aboga por el desarrollo de la virtud y el carácter de sus miembros. En otras palabras es humanista (considera que el bien supremo es la razón y mente humanas). Por tanto, a la luz de la Biblia, es imposible que se justifique ser masón.

Esto, a pesar de que oficialmente una religión (denominación) cristiana dice que es posible ser cristiano y masón, “en su esfuerzo por avanzar hacia el cumplimiento de su misión como principal defensor mundial de la hermandad del hombre bajo la paternidad de Dios” (A Study of Freemasonry. Atlanta: Home Mission Board of the Southern Baptist Convention, 1993; The Scottish Rite Journal, August 1993).

El origen de la masonería no es claro. Por lo que nos hay necesidad de especular. Hutchinson dijo que Jesucristo fue sólo un ejemplo del maestro masón, y que representa a un hombre bajo la doctrina cristiana salvado de la tumba de la iniquidad y resucitado a la fe de la salvación, quien lleva el emblema de la Santa Trinidad como insignia de nuestros votos y origen. Pero para los cristianos, Jesucristo (uno con el Padre y el Espíritu Santo) es el verdadero Dios y la vida eterna. La Biblia dice: Este Jesús es la piedra reprobada por ustedes los edificadores, la cual ha venido a ser cabeza del ángulo. Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos. Hay un solo Dios y un solo mediador entre Dios y los hombres: Jesucristo hombre. El que en Él cree, es salvo.

Un ex-masón, William Schnoebelen, autor de “La Masonería: Más Allá de la Luz”, cita a dos masones de niveles altos, y reconocidos como portavoces oficiales de la masonería: Albert Pike y Albert Mackey. Pike dice, «Cada Logia es un templo de religión, y sus enseñanzas son instrucciones de religión”. Mackey elimina toda duda para el creyente de la Biblia: «la religión de la Masonería Libre no es el cristianismo».

Manly P. Hall, quien fue masón grado 33, fue uno de los primeros autores en denunciar el origen pagano de la masonería, al afirmar que es una expresión universal de la sabiduría divina. «La orden masónica más que una organización social, está compuesta por todos los que se han agrupado para aprender y aplicar los principios de su misticismo y ritos ocultistas.»

Según Albert Pike (erudito masónico), “es la religión original, universal, eterna e inmutable, tal y como la plantó Dios en el corazón de la humanidad.” La masonería dice: “Hasta el momento está entretejida con la religión como para ponernos en la obligación de pagar ese homenaje racional a la divinidad que a la vez constituye nuestro deber y nuestra felicidad.”

El teólogo Walter Hanna, escribió: Los secretos de los masones son triviales, y el simbolismo francamente esotérico: La geometría, astronomía, arquitectura y las herramientas de trabajo del masón operativo, pueden considerarse complementarios (pero no sustitutivas), a la creencia del cristiano evangélico. Sin embargo, un análisis serio de las enseñanzas de la masonería demuestra que son formalmente heréticas.

Desde la década de 1920, una gran cantidad de libros que comenzaron a aparecer afirmaban los orígenes paganos de los masones (también llamados el Oficio, la Hermandad, la Orden, la Orden Fraternal, la Logia, etc.), comprobando que la masonería niega las enseñanzas fundamentales de la Biblia y el cristianismo (1. Jesucristo es Dios. 2. La Biblia es infalible y autoridad final. 3. La Salvación es sólo por Gracia. 4. Hay Cielo y hay infierno.). Se considera que Pike, una vez que la mayoría cristiana dejó el Oficio, fue quien lo rediseñó de una forma que apoyara su perspectiva pagana.

Es requisito para ser masón creer en una deidad (Krishna, Buda, Alá, o el dios de cualquier religión teísta. Esto es universalismo). Se instruye a cada masón, a que independientemente de su religión, se incline ante la letra G (símbolo de la Gnosis o conocimiento universal, o símbolo de cualquier dios), y a jurar lealtad permanente a la masonería, bajo pena de castigos, si la traiciona.

Dios dice: “Jehová nuestro Dios, Jehová uno es. No tendrás dioses ajenos delante de mí, ni te inclinarás ante ellos”. “Sólo a Jehová tu Dios adorarás, servirás y amarás con todo tu corazón, mente, alma y fuerzas”. Josué dijo lo que todo cristiano debe decir: “Escojan hoy a quién servirán; pero yo y mi casa serviremos a Jehová”, el único Dios verdadero de la Biblia.

El dios masónico no es trino, ni personal, y es inalcanzable. Todo lo incluye y todo lo abarca (panteísmo). Pike afirma que la masonería es la unificadora de todas las religiones, y que «el cristiano, hebreo, musulmán, brahmán, y seguidores de Confucio y Zoroastro, pueden reunirse como hermanos, en oración al único dios que está por encima de todos los baales.»

La Biblia enseña sin ambigüedades que Jesucristo es uno con el Padre y el Espíritu Santo; y que todos los demás dioses son ídolos mudos, sordos, inánimes e incapaces. Que hay un solo Dios y Salvador (Jesucristo). Que el que cree en Él, y le acepta, recibe y confiesa como su Gran Dios y Salvador, es salvo, y que el que no cree en Jesucristo, está condenado.

Las sectas se caracterizan porque 1. No respetan a la Biblia como su única y final autoridad en asuntos de fe y doctrina; 2. Afirman que sólo ellos son los verdaderos intérpretes de la verdad. 2. Que sólo los miembros de su organización pueden ser salvos. Pike dice que sólo los masones son hijos de la luz, y que Lucifer (satán), es el portador de la luz, y (al igual que las sectas), dice que todos los que no son masones, están en tinieblas. Pero Jesucristo dice: “YO SOY la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida”.

Los masones no aceptan la doctrina de que por herencia adámica (por naturaleza), todos los humanos nacen esclavos del pecado, de la concupiscencia (apetito innato para hacer el mal), sentenciados a la muerte física y condenación eterna, e incapaces por sus propios esfuerzos de mejorarse progresivamente hasta lograr su salvación. Pero la Biblia dice: Todos éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás. Que no hay bueno ni justo ni aún uno. En pecado me concibió mi madre; y por cuanto todos pecamos, estamos por naturaleza, destituidos de la gloria de Dios.

La Logia enseña que todo masón debe aprender y obedecer sus enseñanzas, incluyendo su doctrina de la salvación. El iniciado, debe participar en tres ceremonias secretas de iniciación, llamadas “grados,” para llegar a ser un masón maestro, cuyo deber y honor le atan para ser fiel, y obligatoriamente ejercer obediencia constante a los principios de la masonería.

Los principios esenciales de la masonería son contrarios a los del cristianismo. La soteriología (doctrina de la salvación), de la masonería es francamente antibíblica, como varias de sus enseñanzas lo indican: Las enseñanzas del delantal de piel de cordero, el cómo prepararse para el cielo, la sillería perfecta, el martillo o mazo común, y cómo vivir una vida digna.

Dice: A quien usa (el delantal), la piel de cordero, como la insignia de un masón, se le recuerda continuamente, la pureza de vida y conducta, esencialmente necesaria para obtener su admisión en la logia celestial de arriba, donde el supremo arquitecto del universo preside. Esto es claramente, salvación por méritos propios, y contrario a la doctrina de la salvación por gracia. Dice que para prepararse para el cielo (y acoger la muerte como un mensajero que lleva a la logia celestial, donde el gran maestro supremo del universo preside), debemos imitar, por ejemplo, del maestro Hiram Abiff, su carácter verdaderamente sublime y ejemplar, su piedad sincera hacia Dios y su fidelidad inflexible a su confianza. Esto tampoco es salvación por gracia.

La Biblia enseña que por gracia somos salvos por medio de la fe; y esto no de nosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe; Él nos ha salvado no según nuestras obras, sino según su propósito y la gracia que nos fue dada en Cristo Jesús desde la eternidad. Él abolió la muerte y sacó a la luz la vida y la inmortalidad por medio del evangelio.
En el simbolismo de la sillería, dice que inicialmente esta es una piedra áspera, que por las manos e instrumentos (mazo) del obrero masón (incluyendo una educación virtuosa, nuestros propios esfuerzos, y la bendición de dios), es transformada en la sillería perfecta, que podrá embonar para ser parte del templo espiritual y celestial. Pero la Biblia enseña que nadie puede perfeccionarse a sí mismo. Jesucristo hizo la siguiente pregunta retórica: ¿Y quién de ustedes podrá, por mucho que se afane, añadir a su estatura un codo?

La Biblia dice: “Acérquense a Él, piedra viva, desechada ciertamente por los hombres, mas para Dios escogida y preciosa, y ustedes también, como piedras vivas, sean edificados como casa espiritual (templo del Espíritu Santo) y sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios (ofrendas) espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo”.

En cuanto al mazo o martillo común, dicen que es simbólicamente un instrumento que los masones usan con el propósito más noble y glorioso de desposeer nuestros corazones y conciencias de todos los vicios y lo superfluo de la vida, para ir ajustando nuestras mentes como piedras vivas de ese edificio espiritual, esa casa hecha de manos, eterna en el cielo.

Sobre la vida digna agrega: “En la juventud, como aprendices participantes, debemos diligentemente ocupar nuestras mentes en los logros de conocimientos útiles. En la edad adulta, como miembro artesano, debemos aplicar nuestros conocimientos para el desempeño de nuestras funciones a favor de dios, del prójimo y de nosotros mismos.” (Esto es humanismo).

“Para que así, ya maduros, como maestros masones, podamos disfrutar de la reflexión feliz, consecuencia de una vida bien vivida, y morir en la esperanza de una gloriosa inmortalidad.” Esto indica que la esperanza del masón de la vida eterna, depende de haber vivido una vida digna, y no de la suficiencia de la fe en que Cristo pagó por todos los pecados.

Por supuesto que ésta no es la sana doctrina sobre la salvación por gracia. Dios dice que quiso dar a conocer las riquezas de la gloria de este misterio entre los gentiles: “Que es Cristo en nosotros la esperanza de gloria, a quien anunciamos, amonestando y enseñando a todo humano, en toda sabiduría, a fin de presentar perfecto en Cristo Jesús a todo humano”.

Todos hemos admirado durante toda nuestra vida la labor extraordinaria, sacrificial y ejemplar de masones como los Shriner; pero eso no los hace cristianos, ni salvos, ni hermanos en la fe. Pablo bajo inspiración del Espíritu santo escribió: “Y si entendiera todos los misterios y toda ciencia, y si repartiera todos mis bienes para dar de comer a los pobres, y si entregara mi cuerpo para ser quemado, y no tengo amor (o sea al único Dios verdadero de la Biblia que es amor), de nada me sirve”.

La Biblia dice que si nosotros, o un ángel del cielo, les anuncia o predica un evangelio (soteriología), diferente al bíblico, sea anatema (maldito). La advertencia es: “No se unan en yugo desigual con los incrédulos. Porque ¿qué comunión hay entre la luz y las tinieblas? ¡Salgan de en medio de ellos y apártense! Y Yo seré para ustedes por Padre, dice el Todopoderoso”. AMEN.

Bibliografía

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