El púlpito o la mesa de la comunión

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El movimiento de Reforma Religiosa del siglo XVI fue sin duda un parteaguas definitivo en el curso de la historia humana. A partir del rompimiento que Martín Lutero y sus contemporáneos hicieron respecto del catolicismo, se abolieron tradiciones y doctrinas en el sumamente deteriorado cristianismo medieval, y se transformó el sistema socio económico y político de la época.

Los fundamentos del protestantismo, universalmente reconocidos y sobre los cuales se han escrito numerosos libros, significaron un definitivo y bíblicamente justificado rechazo al sistema católico romano. Usualmente estos fundamentos se han concretado en cinco títulos, a saber:

  1. La justificación por la fe (El creyente es justificado ante Dios por medio de la fe en Jesucristo y no por las obras).
  2. La suprema autoridad de la Biblia (Las Sagradas Escrituras son la autoridad absoluta para normar la fe y conducta, y no el Papa ni los concilios).
  3. El sacerdocio de los creyentes (Mediante la obra de Cristo el creyente es sacerdote y por ello no se requiere ya de un grupo exclusivo que pretenda mediar entre Dios y los hombres).
  4. La santidad de la vida común (La santidad es labor del Espíritu Santo en todo creyente y no es cosa reservada para unos pocos).
  5. El libre examen de las Escrituras (El derecho de todo creyente para leer y entender el contenido bíblico bajo la guía del Espíritu Santo, sin tener que depender de la interpretación oficial del catolicismo).

Obviamente cada uno de estos fundamentos tiene un amplio y razonado respaldo que aquí es imposible exponer, pero para el propósito de este comentario, baste la simple frase que trata de resumir la esencia de cada caso.

Como puede verse, cada uno de estos fundamentos significó –y sigue significando- un irreconciliable distanciamiento con el catolicismo romano, a menos que una parte u otra, o las dos renuncien a sus principios y por ello puedan reunirse. Esta reunión es, en parte, una meta del movimiento ecuménico que se expresa tanto en el Catolicismo romano como en el Protestantismo, mediante comisiones ad hoc.

Uno de los resultados inmediatos del movimiento religioso y reformador del siglo XVI, fue el cambio litúrgico de la misa. El enfoque se centró en la predicación de La Palabra y no en el sacramento; consecuentemente se desplazó la Mesa de la Comunión y se colocó el púlpito en el centro del presbiterio; se eliminaron los cuadros e imágines de santos, así como toda estatua de los mismos y vitrinas de reliquias, incluidas no pocas obras de arte.

Los templos protestantes mantuvieron el púlpito al centro del presbiterio, por varios siglos hasta que a fines de la primera mitad del siglo XX comenzó a manifestarse un regreso al sacramentalismo, particularmente de la Santa Comunión, y la Mesa volvió a ocupar el centro, mientras que el púlpito pasó a ocupar un extremo del Presbiterio. Este no fue un movimiento general, más bien se manifestó en algunas de las llamadas Iglesias Históricas (Luteranos, Episcopales, Reformados, Metodistas), y esto sólo en algunos de sus templos pues no se trató de un mandato oficial.

Es cierto, por otra parte, que la Mesa de la Comunión no fue desplazada del todo del centro, pues en la mayoría de los templos se la mantuvo al frente del púlpito en un nivel más bajo; pero justamente esa disposición mobiliaria daba a entender la supremacía de la predicación sobre el sacramento.

Puede alegarse que para destacar la predicación no es indispensable tener el púlpito en el centro, lo cual es cierto, pero la disposición de la arquitectura templaria enseña mucho. De allí que una primera mirada a cualquier templo nos puede decir mucho sobre lo que allí se considera importante.

Al criterio protestante original no le faltaba razón, si atendemos al relato bíblico que nos recuerda que la Pascua (de donde nos viene la Santa Comunión) se realizaba una sola vez al año y si bien los primeros cristianos comenzaron a celebrarla con mucha mayor frecuencia, se la incluía con la fiesta de ágape, la cual era tan importante como la misma Santa Comunión; es decir no se la destacaba de forma exclusiva. El apóstol Pablo describe y corrige los excesos de los corintios sobre este asunto dando normas para su correcta celebración, cosa que no repite en otras epístolas, sea porque las demás iglesias la celebraban apropiadamente o porque no la celebraban. De hecho, Pablo no era muy sacramentalista que digamos pues en cuanto al bautismo claramente afirmó, “No me envió el Señor a bautizar” (1ª. Cor. 1:17) y apenas sí se acordaba de unos pocos que bautizó. Enfatizó en cambio la necesidad de predicar, “Ay de mí si no anunciare el evangelio” (1ª. Cor. 9:16), Y al padre le ha placido salvar a los pecadores “por la locura de la predicación” 1ª. Cor. 1:21), etc. El mismo Señor Jesucristo no bautizó a nadie, según Juan 4:2.

Todo esto nos lleva a considerar que el protestantismo hizo y hace bien al destacar la importancia de la proclamación activa del evangelio, de lo cual el púlpito es símbolo, por sobre la actitud pasiva del sacramento. Esto sin dejar de reconocer que éste último tiene un lugar dentro de la vida el creyente, si bien en orden menor al deber de predicar La Palabra. Los templos que han colocado el púlpito en el lugar central del presbiterio están –a no dudarlo- dentro de la tradición protestante que tuvo, y sigue teniendo, muy buenas razones para honrar la sana proclamación de La Palabra desde todos los púlpitos cristianos.

ruben_pedro

3 comentarios sobre “El púlpito o la mesa de la comunión

    1. Cierto. Originalmente el mueble dominante en los templos era el trono del obispo desde el cual daba su cátedra doctrinal. Posteriormente la mesa de la comunión tomó ese lugar. Y, a partir de la Reforma, tocó al púlpito ser el mueble central. Bendiciones.

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