El precio de la Gracia (Parte 18)

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Dietrich Bonhoeffer, fue un pastor y teólogo luterano, quien predicó también con el ejemplo. Mientras las iglesias de Alemania guardaron silencio y se sometieron al nazismo de Hitler, él lo confrontó en forma escrita y verbal.

Su resistencia al régimen resultó en su captura, encarcelamiento y ejecución el 9 de abril de 1945, apenas 21 días antes del suicidio de Hitler, y 28 días antes de la rendición de Alemania. El día anterior de su muerte había dirigido un culto con los presos. Antes de ser ahorcado, de rodillas elevó su última oración. Tenía apenas 39 años de edad.

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Continuamos con la publicación de su obra más difundida, El Precio de la Gracia. Vamos en la Segunda Parte de la obra, La Iglesia de Jesucristo y el Seguimiento, de donde entregamos ahora el Capítulo 3, El Cuerpo de Cristo.

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  1. EL CUERPO DE CRISTO

Los primeros discípulos vivían en la presencia corporal de Jesús y en la comunión con él. ¿Qué significa esto y cómo se extiende dicha comunión hacia nosotros? Dice Pablo que por el bautismo nos hemos convertido en miembros del cuerpo de Cristo. Esta frase, que resulta tan extraña, tan inabordable, necesita una explicación profunda. Con ella se nos dice que los bautizados, incluso después de la muerte y resurrección del Señor, deben vivir en la presencia física y la comunión con Jesús. La marcha de Cristo no supone una pérdida para los suyos, sino más bien un don nuevo. Los primeros discípulos, en la comunión corpórea con Jesús, no podían tener nada distinto ni nada mayor que lo que nosotros tenemos hoy; incluso es más sólida, más completa, más segura esta comunión para nosotros que para ellos.

Vivimos en la comunión plena de la presencia del Señor glorificado. La magnitud de este don no puede ser ignorada por nuestra fe. El cuerpo de Cristo es el fundamento y la certeza de nuestra fe, el cuerpo de Cristo es el don único y perfecto por el que somos hechos partícipes de la salvación, el cuerpo de Cristo es nuestra vida nueva. En el cuerpo de Jesucristo somos adoptados por Dios para la eternidad.

Tras la caída de Adán, Dios envió su palabra a la humanidad pecadora para buscar y adoptar a los hombres. La palabra de Dios se halla entre nosotros para adoptar de nuevo a la humanidad perdida. La palabra de Dios vino como promesa, vino como ley. Se hizo débil y pequeña por amor a nosotros. Pero los hombres rechazaron la palabra y no se dejaron adoptar. En lugar de eso, le ofrecían a Dios sacrificios y las obras que realizaban; de esta forma intentaban comprarse su libertad.

Entonces sucedió el milagro de los milagros. El Hijo de Dios se hizo hombre. La Palabra se hizo carne. El que se encontraba en la gloria del Padre desde toda la eternidad, el que existía en la forma de Dios, el que era al principio mediador de la creación, de tal forma que el mundo creado sólo puede ser conocido por él y en él, Dios mismo (1 Cor. 8, 6; 2 Cor. 8, 9; Flp. 2, 6s; Ef. 1, 4; Col. 1, 16; Jn. 1,1s; Heb. 1,1s), adopta la humanidad y viene a la tierra. Adopta la humanidad al adoptar la esencia humana, la «naturaleza» humana, «la carne del pecado», la forma humana (Rom. 8, 8; Ga. 14, 4; Flp. 2, 6s). Dios adopta a la humanidad no sólo por la palabra predicada, sino también en el cuerpo de Cristo. La misericordia de Dios envía a su Hijo en la carne a fin de que, con la carne, tome sobre sí a toda la humanidad. El Hijo de Dios adopta en su cuerpo a toda la humanidad, a esta humanidad que, por odio a Dios y por orgullo de la carne, rechazó la palabra no encarnada e invisible de Dios. Ahora es adoptada corporal y visiblemente en el cuerpo de Jesucristo, tal como es, por la misericordia divina.

Los padres de la Iglesia, al considerar este milagro, defendieron con pasión que Dios había adoptado la naturaleza humana, siendo falso el que hubiese elegido a un hombre perfecto para unirse a él. Dios se hizo hombre. Es decir: Dios adoptó a toda la naturaleza humana débil y pecadora. Dios adoptó a toda esta humanidad caída. Pero esto no significa que Dios haya adoptado al hombre Jesús. Si se quiere comprender correctamente todo el mensaje de salvación, conviene mantener clara esta distinción. El cuerpo de Cristo, en el que somos adoptados con toda la humanidad, es ahora el fundamento de nuestra salvación.

Lo que él lleva es la carne pecadora… pero sin pecado (2 Cor. 5, 21; Heb. 4, 15). Allí donde se encuentra su cuerpo humano, es adoptada también toda carne. «Verdaderamente él llevó nuestras enfermedades y cargó con nuestros dolores». Jesús pudo sanar las enfermedades y dolores de la naturaleza humana porque los llevó todos en su cuerpo (Mt. 8, 15-17). «Fue herido por nuestras rebeldías, molido por nuestras culpas». Cargó con nuestros pecados. Pudo perdonar los pecados porque había «adoptado» en su cuerpo nuestra carne pecadora. Acogió a los pecadores (Lc. 15,2), porque los llevaba en su cuerpo. En Jesús se cumplió el «año de gracia» del Señor (Lc. 4, 19).

El Hijo encarnado de Dios era a la vez él mismo y la humanidad nueva. Lo que hizo lo hizo, al mismo tiempo, por la nueva humanidad que llevaba en su cuerpo. De este modo es un segundo Adán, el «último» Adán (1 Cor. 15,45). También en Adán se hallaban reunidos en un solo hombre el individuo y la humanidad entera. También Adán nevaba en sí a toda la humanidad. En él pecó la humanidad entera, en «Adán» (hombre) cayó «el hombre» (Rom. 5,19). Cristo es el segundo hombre (1 Cor. 15,47), en el que fue creada la humanidad nueva. Él es el «hombre nuevo».

Sólo a partir de aquí comprendemos la esencia de la comunión corporal concedida a los discípulos en Jesús. El que la vinculación de los discípulos al seguimiento fuese corpórea no se debe a una casualidad, es algo necesario a causa de la encamación. El profeta y el maestro no necesitan seguidores, les bastan los discípulos y los oyentes. El Hijo encarnado de Dios, venido en la carne humana, necesita una comunidad de seguidores que participe no sólo de su doctrina, sino también de su cuerpo. Los seguidores tienen la comunión en el cuerpo de Jesucristo. Viven y sufren en la comunión corporal. La comunión del cuerpo de Jesús les impone la cruz. Porque en él todos son llevados y aceptados.

El cuerpo terrestre de Jesús fue crucificado y muerto. En su muerte, la nueva humanidad es crucificada y muere con él. Puesto que Cristo no había adoptado a un hombre, sino la «forma» humana, la carne del pecado, la «naturaleza» humana, con él sufre y muere todo lo que adoptó. Lleva hasta la cruz todas nuestras enfermedades y pecados; nosotros somos crucificados y morimos con él. El cuerpo terreno de Cristo muere, pero resucita bajo la forma de un cuerpo incorruptible y glorioso. Es el mismo cuerpo, puesto que la tumba estaba vacía, pero es nuevo. Lleva a la resurrección a la humanidad con la que murió. También lleva en su cuerpo glorificado a la humanidad que había adoptado sobre la tierra.

Ahora bien, ¿cómo conseguimos participar de forma viva en este cuerpo de Cristo, que ha hecho todo esto por nosotros? Porque una cosa es cierta: sólo hay comunión con Jesús bajo la forma de comunión con su cuerpo, en el único que somos adoptados, en el único que reside nuestra salvación. Nos hacemos partícipes de la comunión con el cuerpo de Cristo por los dos sacramentos de dicho cuerpo: el bautismo y la cena. El evangelista Juan, en una alusión de valor incalculable, hace brotar del cuerpo crucificado de Jesucristo los elementos de los dos sacramentos, el agua y la sangre (Jn. 19, 34-35). Este testimonio es confirmado por Pablo, que vincula plenamente a los dos sacramentos el hecho de ser miembro del cuerpo de Cristo [15].

El cuerpo de Cristo es tanto el fin como el origen de los sacramentos. La única razón de ser de los sacramentos es la existencia del cuerpo de Cristo. No es la palabra de la predicación por sí sola la que crea nuestra comunión con el cuerpo de Cristo; debe darse también el sacramento. El bautismo es la incorporación en la unidad del cuerpo de Cristo, la eucaristía mantiene la comunión al cuerpo. El bautismo nos hace participar de la cualidad de miembro del cuerpo de Cristo. Somos «bautizados» en Cristo (Gal. 3, 27; Rom. 6, 3), somos bautizados «para formar un solo cuerpo» (1 Cor. 12, 13). Lo que Cristo adquirió para todos en su cuerpo nos es imputado en la muerte del bautismo por el Espíritu santo. La comunión del cuerpo de Cristo que recibimos significa que ahora estamos «con Cristo», «en Cristo», y que «Cristo está en nosotros». Estas expresiones encuentran su sentido exacto en una comprensión correcta del cuerpo de Cristo.

Todos los hombres están «con Cristo» en virtud de la encamación. En efecto, Jesús lleva toda la naturaleza humana. Por eso, su vida, su muerte y su resurrección constituyen un acontecimiento real en todo hombre (Rom. 5, 18s; 1 Cor. 15, 22; 2 Cor. 5, 14). Pero los cristianos están «con Cristo» de forma especial. Lo que para otros significa muerte, para ellos significa vida. En el bautismo se les asegura que están «muertos con Cristo» (Rom. 6, 8), «crucificados con él» (Rom. 6, 6; Col. 2, 20), «sepultados con él» (Rom. 6, 4; Col. 2, 12), «hechos una misma cosa con él por una muerte semejante a la suya» (Rom. 6, 5); precisamente por esto vivirán también con él (Rom. 6, 8; Ef. 2,5; Col. 2, 12; 2 Tim. 2, 11; 2 Cor. 7,3). «Estamos con Cristo»: esto se basa en el hecho de que Cristo es el Emmanuel, el «Dios con nosotros». El hecho de estar con Cristo sólo será una gracia para el que reconozca así a Cristo. Es «bautizado en Cristo», en la comunión de su sufrimiento. Así se convierte en miembro de este cuerpo, y la comunidad de los bautizados se convierte en un solo cuerpo, que es el propio cuerpo de Cristo. De esta forma están «en Cristo» (h) y «Cristo está en ellos». No se encuentran ya «bajo la ley» (Rom. 2, 12; 3, 19), «en la carne» (Rom. 7, 5; 8, 3.8.9; 2 Cor. 10, 3), «en Adán» (1 Cor. 15, 22), sino que, en toda su existencia y en todas las manifestaciones de su vida, están desde ahora «en Cristo».

Pablo puede expresar el milagro de la encamación de Cristo en una multitud absolutamente inagotable de relaciones. Pero todo lo dicho puede resumirse en esta frase: Cristo es «para nosotros», no sólo por la palabra y por su disposición de espíritu, sino también por su vida corporal. Con su cuerpo ocupa el lugar que nosotros deberíamos ocupar ante Dios. Se ha situado en nuestro puesto. Sufre y muere por nosotros. Puede hacerlo porque lleva nuestra carne (2 Cor. 5, 21; Ga.13, 13; 1,4; Ti.t 2, 14; 1 Tes. 5, 10; etc.). El cuerpo de Jesucristo es «para nosotros», en el sentido más exacto, en la cruz, en la palabra, el bautismo y la eucaristía. En esto se basa toda comunión personal con Jesucristo.

El cuerpo de Jesucristo es la nueva humanidad que él ha adoptado. El cuerpo de Cristo es su comunidad. Jesucristo es a la vez él mismo y su Iglesia (1 Cor. 12, 12). Jesucristo, después de Pentecostés, vive en la tierra bajo la forma de su cuerpo, la Iglesia. En ella se encuentra su cuerpo crucificado y resucitado, en ella se encuentra la humanidad que él adoptó. Por eso, ser bautizado significa convertirse en miembro de la Iglesia, en miembro del cuerpo de Cristo (Gal. 3, 28; 1 Cor. 12, 13). Por eso, estar en Cristo significa estar en la Iglesia. Si estamos en la Iglesia, nos hallamos también, verdadera y corporalmente, en Jesucristo. Ahora la noción de cuerpo de Cristo se revela en toda su plenitud. Después de la ascensión, el lugar de Cristo en el mundo es tomado por su cuerpo, la Iglesia. Esta es Cristo mismo presente. Con esto recuperamos una idea sobre la Iglesia que había sido muy olvidada. Estamos acostumbrados a pensar en la Iglesia como en una institución. Ahora bien, debemos considerarla como una persona viva, naturalmente como una persona muy especial.

La Iglesia es una. Todos los bautizados son «uno en Cristo» (GaI. 3,28; Rom. 12,5; 1 Cor. 10, 17). La Iglesia es «hombre». Es el «hombre nuevo». Ha sido creada de esta forma por la muerte de Cristo en la cruz. En ella ha sido abolida la enemistad entre judíos y paganos que destrozaba a la humanidad, «para crear en sí mismo, de los dos, un solo hombre nuevo, haciendo la paz» (Ef. 2, 15). El «hombre nuevo» es uno, no son muchos. Fuera de la Iglesia, que es el hombre nuevo, sólo existe el hombre viejo, destrozado. Este «hombre nuevo», la Iglesia, ha sido «creado según Dios, en la justicia y santidad de la verdad» (Ef. 4, 24). «Se va renovando hasta alcanzar un conocimiento perfecto, según la imagen de su creador» (Col. 3, 10). Aquí sólo se habla de Cristo, imagen de Dios.

Adán fue el primer hombre, según la imagen del creador. Pero perdió esta imagen después de la caída. Entonces fue creado a imagen de Dios un «segundo hombre», un «último Adán», Jesucristo (l Cor. 15,47). El «hombre nuevo» es a la vez Cristo y la Iglesia. Cristo es la nueva humanidad en hombres nuevos. Cristo es la Iglesia. La actitud del individuo ante el «hombre nuevo» es la de «revestirse» de él [16]. El «hombre nuevo» es como un vestido destinado a cubrir al individuo. El individuo debe vestirse la imagen de Dios, que es Cristo y la Iglesia. Quien es bautizado, se viste de Cristo (Gal 3, 27), lo que debemos interpretar, de nuevo, como su incorporación al cuerpo, al único hombre, en el que no hay griego ni judío, libre ni esclavo: la Iglesia. Nadie se convierte en hombre nuevo si no es en la Iglesia, por el cuerpo de Cristo. Quien quiere convertirse en un hombre nuevo por sus propias fuerzas, sigue siendo hombre viejo. Convertirse en hombre nuevo significa entrar en la Iglesia, hacerse miembro del cuerpo de Cristo. El hombre nuevo no es el individuo justificado y santificado, sino la Iglesia, el cuerpo de Cristo, Cristo.

El Cristo crucificado y resucitado existe por el Espíritu santo como Iglesia, como el «hombre nuevo»; si es cierto que él es el encarnado, el que permanece para siempre, también es cierto que su cuerpo es la nueva humanidad. Igual que la plenitud de la divinidad habita corporalmente en él, también los suyos están llenos de Cristo (Col. 2, 9; Ef. 3, 19). Sí, ellos mismos son esta plenitud divina en la medida en que forman su cuerpo y porque él llena a todos en todo.

La unidad de Cristo con su Iglesia, su cuerpo, exige al mismo tiempo que Cristo sea reconocido como Señor de su cuerpo. Por eso, cuando se desarrolla la noción de cuerpo, Cristo es llamado cabeza del cuerpo (Ef. 1,22; Col. 1,18; 2,19). Se mantiene la clara contraposición. Cristo es Señor. El hecho histórico-salvífico que hace necesaria esta contraposición y no autoriza en ningún momento una fusión mística de la Iglesia y de Cristo es la ascensión de Cristo y su vuelta. El mismo Cristo que está presente en su Iglesia volverá del cielo. Tanto aquí como allí es el mismo Señor, aquí como allí es la misma Iglesia, el único y mismo cuerpo del que está aquí presente y volverá sobre las nubes. Pero el hecho de que estemos aquí o allí constituye una diferencia muy clara. De forma que son necesarias ambas cosas: la unidad y la distinción.
La Iglesia es una, es el cuerpo de Cristo, pero es al mismo tiempo la pluralidad y la comunión de los miembros (Rom. 12,5; 1 Cor. 12, 12s). El cuerpo tiene muchos miembros, y cada miembro, el ojo, la mano o el pie, es y sigue siendo lo que es, tal es el sentido de la comparación paulina. La mano no se vuelve ojo, ni el ojo se transforma en oreja. Cada uno sigue siendo lo que es. Pero sólo son lo que son como miembros del único cuerpo, como comunidad que sirve en la unidad. Sólo basándose en la unidad de la Iglesia es cada individuo lo que es y es la Iglesia lo que es, igual que la Iglesia sólo es lo que es basándose en Cristo y su cuerpo. Aquí aparece claramente la misión del Espíritu santo. Él es quien trae hasta Cristo al individuo (Ef. 3,17; 1 Cor. 12,3). Al reunir a los individuos construye la Iglesia, cuyo edificio, sin embargo, está plenamente acabado en Cristo (Ef. 2,22; 4, 12; Col. 2, 2). Crea la comunión (2 Cor. 13,13) de los miembros del cuerpo (Rom. 15,30; 5,5; Col. 1,8; Ef. 4,3). El Señor es el Espíritu (2 Cor. 3,17). La Iglesia de Cristo es Cristo presente en el Espíritu santo. La vida del cuerpo de Cristo se ha convertido así en nuestra vida.

En Cristo no vivimos ya nuestra vida, sino que Cristo vive su vida en nosotros. La vida de los fieles en la comunidad es realmente la vida de Jesucristo en ellos (Ga1. 2, 20; Rom. 8,10; 2 Cor. 13,5; 1 Jn. 4,15). En la comunión del cuerpo crucificado y glorificado de Jesucristo tomamos parte en el sufrimiento y la glorificación del Señor. La cruz de Cristo se extiende sobre el cuerpo de la Iglesia. Lo que ella sufre bajo esta cruz es sufrimiento de Cristo. Ante todo, es el hecho de sufrir la muerte de cruz en el bautismo; luego, la «muerte cotidiana» del cristiano (1 Cor. 15,31) en virtud de su bautismo. Pero es un sufrimiento de indecibles promesas: sólo el sufrimiento propio de Cristo posee un poder reconciliador, él sufrió «por nosotros», triunfó «por nosotros», pero en el poder de su sufrimiento da a los que no se avergüenzan de la comunión de su cuerpo la gracia inconmensurable de poder ahora sufrir por él.

No podía conceder a los suyos mayor gloria, no puede haber para el cristiano dignidad más incomprensible que la posibilidad de sufrir «por Cristo». Lo que la ley rechaza con todas sus fuerzas se hace verdad aquí. Según la ley, sólo podemos sufrir el castigo por nuestros propios pecados. Si un hombre no tiene la posibilidad de hacer o sufrir algo en provecho propio, ¡cuánto menos en provecho de otro, cuánto menos en provecho de Cristo!

El cuerpo de Cristo, entregado por nosotros, que sufrió el castigo por nuestros pecados, nos hace libres para morir y sufrir «por Cristo». En adelante es posible trabajar y sufrir por Cristo, en bien de aquel que lo hizo todo por nuestro bien. Este es el milagro y la gracia en la comunión del cuerpo de Cristo (Flp. 1,25; 2,17; Rom. 8,35s; 1 Cor. 4,10; 2 Cor. 4,10; 5,20; 13,9). Aunque Jesús haya cumplido todo el sufrimiento vicario y reconciliador, sus sufrimientos en la tierra no han terminado aún. Por su gracia, ha dejado a su Iglesia para este último tiempo hasta su vuelta un resto de sufrimientos que debe ser cumplido todavía (Col. 1,24). Este sufrimiento repercutirá en bien del cuerpo de Cristo, la Iglesia.

No estamos seguros de poder pensar que este sufrimiento de los cristianos tenga también un poder de destruir el pecado (cf. 1 Pe. 4,1). Pero sí es claro que el que sufre en virtud del cuerpo de Cristo sufre de forma vicaria «por» la Iglesia, por el cuerpo de Cristo, y que tiene derecho a llevar lo que se ahorra a otros. Llevamos siempre en nuestros cuerpos por todas partes el morir de Jesús, a fin de que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo. Pues, aunque vivimos, nos vemos continuamente entregados a la muerte por causa de Jesús, a fin de que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal. De modo que la muerte actúa en nosotros, mas en vosotros la vida (2 Cor. 4,10-12; cf. 1,5-7; 13,9; Flp. 2,17).

Al cuerpo de Cristo se le prescribe una cierta medida de sufrimiento. Dios concede a uno la gracia de llevar un sufrimiento particular en lugar de otro hermano. El sufrimiento debe ser cumplido, llevado y vencido. Dichoso aquel a quien Dios concede el honor de sufrir por el cuerpo de Cristo. Tal sufrimiento es una alegría (Col. 1,24; Flp. 2,17). En medio de dicho sufrimiento, el creyente puede gloriarse de llevar la muerte de Jesucristo, de llevar en su cuerpo los estigmas de Cristo (2 Cor. 4,10; Ga1. 6,17). Ahora, el creyente puede contribuir a que «Cristo sea glorificado en mi cuerpo, por mi vida o por mi muerte» (Flp. 1,20). Tal acción y sufrimiento vicarios de los miembros del cuerpo de Cristo constituyen en sí la vida de Cristo, que quiere configurarse en sus miembros (Gal. 4,19).

En todo esto nos hallamos en la comunión de los primeros discípulos y seguidores de Jesús. El final de esta meditación consistirá ahora en que volvamos a encontrar en la totalidad de la Escritura el testimonio del cuerpo de Cristo. Aquí se observa que la gran profecía veterotestamentaria del templo de Dios encuentra su cumplimiento en el cuerpo de Cristo. La noción de cuerpo de Cristo no hay que entenderla en conexión con el uso helenístico de esta imagen, sino a partir de la profecía veterotestamentaria del templo. David quiere construir un templo a Dios.

Interroga al profeta. Este transmite a David la palabra de Dios sobre su proyecto: «¿Me vas a edificar tú una casa para que yo habite? …Yahvé te anuncia que Yahvé te edificará una casa» (2 Sm. 7, 5-11). El templo de Dios sólo puede ser edificado por Dios mismo. Al mismo tiempo, y en términos extrañamente contradictorios con lo que se ha dicho anteriormente, David recibe la promesa de que un descendiente suyo edificará una casa a Dios y que su reino durará eternamente (v. 12-13). «Yo seré para él padre y él será para mí hijo» (v. 14). Salomón, el «hijo de la paz» de Dios con la casa de David, se atribuyó esta promesa. Construyó el templo y fue confirmado en esto por Dios. Sin embargo, la profecía no se cumplió en aquel templo, porque estaba construido por manos humanas y destinado a la destrucción. La profecía siguió incumplida. El pueblo de Israel continúa esperando el templo que debía ser edificado por el Hijo de David, cuyo reino permanecería para siempre. El templo de Jerusalén fue destruido numerosas veces, signo de que no era el templo prometido. ¿Dónde se encontraba el templo verdadero? Cristo mismo nos lo dice al aplicar a su cuerpo la profecía del templo: Los judíos le contestaron: Cuarenta y seis años se ha tardado en construir este templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días? Pero él hablaba del templo de su cuerpo. Cuando resucitó de entre los muertos, se acordaron sus discípulos de que era eso lo que quiso decir, y creyeron en la Escritura y en las palabras que había dicho Jesús (Jn. 2, 20s).

El templo que espera Israel es el cuerpo de Cristo. El templo veterotestamentario no es más que la sombra de su cuerpo (Col. 2,17; Heb. 10,1; 8,5). Jesús se refiere a su cuerpo humano. Sabe que el templo de su cuerpo también será destruido, pero resucitará, y el templo nuevo, el templo eterno, será su cuerpo resucitado, glorificado. Esta es la casa que Dios mismo edifica a su Hijo y que, sin embargo, también el Hijo construye a su Padre. En esta casa habita Dios realmente y, con él, la nueva humanidad, la Iglesia de Cristo. Cristo encarnado es el templo del cumplimiento. Esto corresponde a lo que dice el Apocalipsis de la nueva Jerusalén, a saber, que en ella no hay templo «porque el Señor Dios omnipotente y el Cordero es su templo» (Ap. 21, 22).

El templo es el lugar de la presencia y de la habitación de Dios entre los hombres. Al mismo tiempo, es el lugar en que la Iglesia es aceptada por Dios. Ambas cosas sólo se han hecho verdaderas en Jesucristo encarnado. La presencia de Dios es aquí verdadera y corporal. La humanidad es aquí verdadera y corporal, porque él la ha adoptado en su propio cuerpo. El cuerpo de Cristo es el lugar de la adopción, de la reconciliación y de la paz entre Dios y los hombres. Dios encuentra al hombre en el cuerpo de Cristo y el hombre, en el cuerpo de Cristo, se halla adoptado por Dios. El cuerpo de Cristo es el templo espiritual construido de piedras vivas (l Pe. 2,5s). Sólo Cristo es el fundamento y la piedra angular de este templo (Ef. 2,20: 1 Cor. 3,11); simultáneamente, él mismo es el templo en el que habita el Espíritu santo, en el que llena y santifica los corazones de los fieles (1 Cor. 3,16; 6,9). El templo de Dios es la Iglesia santa de Jesucristo. El cuerpo de Cristo es el templo vivo de Dios y de la nueva humanidad.

NOTAS AL PIE DE PÁGINA:

[15]. También Ef. 3, 6 abarca todo el don salvífico: palabra, bautismo, santa cena.

[16]. En la imagen evocada se halla, en cierto modo, la representación espacial de una morada, de un vestido. Quizás también puede interpretarse en este contexto 2 Cor. 5,1s. Aquí aparece en conexión con lo celeste. Sin este vestido, el hombre está desnudo, y debe temer ante Dios. No está cubierto y desea estarlo. Lo que consigue cuando es vestido con la cubierta celeste. El «vestirse» de la Iglesia en este mundo, ¿no tendrá su correspondencia en un vestir la Iglesia celestial, que es lo que Pablo desea? Tanto aquí como allí se trata de la Iglesia una, con la que somos revestidos, el tabernáculo de Dios, el ámbito de la presencia y la protección de Dios; tanto aquí como allí es el cuerpo de Cristo el que nos cubre.

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2 comentarios sobre “El precio de la Gracia (Parte 18)

  1. Este escrito es útil para compartirlo con quienes rechazan el tomar la comunión, aun teniendo a Cristo en su corazón, por sentirse indignos de tomarla.

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