Algunas prácticas para escuchar con humildad, amor y esperanza.
David Bennett
Hace poco tuve la oportunidad de asistir a un ensayo abierto de la Orquesta Sinfónica de Oregón. Me encanta escuchar música clásica y, como provengo de una familia de músicos, mi oído ha sido entrenado para escuchar los diferentes instrumentos, melodías y ritmos.
Pero lo que me sorprendió durante el ensayo fueron las cosas que el director podía oír y que yo no oía. Paró la orquesta una y otra vez para corregir sutilezas y matices que yo había pasado por alto. En muchos ámbitos, tenemos que estar entrenados para escuchar.
Luego, durante el fin de semana leí que dos neurocientíficos del MIT han descubierto que el canto evoca una respuesta única en el cerebro humano. Identificaron un grupo de neuronas previamente no descubierto en la corteza auditiva que responden específicamente a canciones, no al habla ni a otros sonidos, ni siquiera a la música instrumental. Sólo al canto.
Dios nos ha programado para escuchar, de maneras sorprendentemente específicas. Y podemos ser entrenados para escuchar mejor. Pero también necesitamos el deseo de escuchar.
La base bíblica de escuchar
Escuchar forma parte de la sabiduría divina. “Los oídos para oír y los ojos para ver: ¡hermosa pareja que el Señor ha creado!” dice Proverbios 20:12. Más precisamente aún, «El sabio escucha el consejo» (Pr 12:15) y «Es necio y vergonzoso responder antes de escuchar» (Pr 18:13).
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