El Espíritu, La Palabra, Otros y Yo

el-espiritu-la-palabraHace poco me desperté con una sensación de urgencia, y en ese momento el Señor trajo a mi mente este pasaje: “Hablando entre vosotros con salmos e himnos y cánticos espirituales, cantando y alabando al Señor en vuestros corazones”. No recordaba qué cita era la de ese pasaje, pero la busqué y resultó ser Efesios 5:19, enseguida de la exhortación a ser llenos del Espíritu, tan conocida. Entendí la relación que hay entre mi conversación con otras personas y conmigo misma, y el grado en el cual soy llena del Espíritu Santo.

El Espíritu Santo es una persona con la cual conversar; y qué mejor forma de hacerlo que recordando continuamente la Palabra que él inspiró; cuesta trabajo, pero vale la pena intentar substituir pensamientos de preocupación por versículos como “por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante del Señor en toda oración y ruego, con acción de gracias”. Es una disciplina que puede parecer difícil de practicarse, pero esta “gimnasia” mental se va haciendo cada vez más sencilla a medida que la practicamos.

Pero también la Palabra debo incluirla en mi conversación diaria con otras personas. Cosa difícil, porque traigo tantas ideas en la cabeza, tantas impresiones sobre el acontecer del día, tantos juicios sobre lo bueno o malo en otras personas, tantos pendientes de cosas por hacer que, ¿cómo voy a tener espacio para la Palabra de Dios en mi conversación con la gente?

Todo lo que te viniere a la mano para hacer, hazlo según tus fuerzas…”, dice Eclesiastés 9:10. En mi caso, entendí que simplemente debía meditar en algún versículo y compartirlo con alguna persona al hablar con ella.

Comencé con una persona y le compartí el mensaje del Salmo 118:17: “No moriré, sino que viviré, y contaré las obras de Jehová”. Claro, simplemente le dije que Dios me había recordado ese pasaje, sin decirle la cita. Lo tomó con agrado, y seguimos la conversación que estábamos llevando en ese momento. Luego probé a compartir este versículo con otra persona, y su reacción fue de gusto por escuchar esta palabra.

Encontré que lo más difícil no es que la gente acepte la Palabra, SINO QUE YO ME DISPONGA PARA COMPARTIRLA. Pero una vez que me decido a hacerlo, siempre provoca alguna reacción en las personas, en este caso de gozo. Descubrí también que debo compartir la palabra que Dios me haya dado A Mí para mi edificación, exhortación o consolación, como dice I Corintios 14:3. No se trata de ir por la vida dando “bibliazos” al que se me ponga enfrente: la palabra que el Señor me dé A MI, es la que voy a compartir, siempre buscando EDIFICAR, no PETRIFICAR a la gente.

….Y el mensaje del evangelio es algo con lo que nunca me voy a equivocar si lo comparto.

Lic. Ma. Elena Silva de Fuentes

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