La Idolatría a la Materia

la-idolatria-materiaLa Idolatría a la Materia

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 La realidad es que aún el polvo, las piedras, y los fósiles (plantas y animales petrificados), son elocuentes evidencias de la existencia de Dios y de la fidelidad del relato sobre la creación y la catástrofe sucedida durante y después del diluvio universal, mencionados en las Sagradas Escrituras de la Biblia. Cuando toda la multitud de los discípulos de Jesucristo, gozándose, comenzó a alabar a Dios a grandes voces por todas las maravillas que habían visto, diciendo: ¡Bendito el Rey (Jesucristo) que viene en el nombre del Señor; paz en el cielo, y gloria en las alturas! Entonces algunos de los fariseos de entre la multitud le dijeron: Maestro, reprende a tus discípulos. Y Él, respondiendo, les dijo: Les digo que si éstos callaran, las piedras clamarían (Lucas 19:37-40).

Al respecto, el escritor sagrado, por inspiración del Espíritu Santo, dijo: Porque lo que de Dios se conoce nos es manifiesto, pues Dios nos lo manifestó. Porque las cosas invisibles de Dios, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas (la materia, las piedras, la naturaleza, y la creación), de modo que no tenemos excusa, para no creer en Dios (Ro 1:19-20). Así, es una de las peores necedades, atribuirle a la materia, las piedras, y la naturaleza, los atributos que sólo Dios tiene.

Cualquier niño de preescolar sabe que no puede sustituir a su maestra por una imagen inanimada, sorda, y muda, esperando que ésta le enseñe o conceda algo. Y sin embargo, se cuentan por miles de millones las personas que diariamente le dirigen su adoración, alabanza, y plegarias, a figuras de personas, animales y cosas, hechos de palo, piedra, tela, y yeso, que a pesar de que a veces están rica y sofisticadamente adornadas de joyas, piedras preciosas, plata y oro, no dejan de ser obra de manos humanas, que tienen boca, mas no hablan; tienen ojos, mas no ven; orejas tienen, mas no oyen; tienen narices, mas no huelen; manos tienen, mas no palpan; tienen pies, mas no andan; y no hay aliento en sus bocas, ni hablan con su garganta. La conclusión es que semejantes a ellos son los que los hacen, y cualquiera que confía en ellos (Sa 115:4-8 y 135:15-18).

¿De qué sirve la escultura que esculpió el que la hizo? ¿La estatua de fundición que enseña mentira, para que haciendo imágenes mudas confíe el hacedor en su obra? ¡Ay del que dice al palo: Despiértate; y a la piedra muda: Levántate! ¿Podrán ellos enseñarle algo? He aquí que aunque esté cubierto de oro y plata, no hay ni espíritu, ni aliento, ni vida, ni poder dentro de él (Habacuc 2:18-19). Sin embargo sigue habiendo cientos de científicos y miles de profesores universitarios, proclamadores de la falsamente llamada ciencia (2ª Ti 6:20), que siguen absurda, ciega, y neciamente persuadidos de que la inánime materia orgánica, de alguna manera, tuvo el poder para transformarse y organizarse espontáneamente, y por puros sucesos al azar, en un ser vivo unicelular, que eventualmente, sin ningún control, guía, o intervención externa, llegó a formar todas las estructuras, tejidos y órganos necesarios para transformarse en un ser humano.

No dicen abiertamente que creen que los palos y piedras pueden transformarse espontáneamente en humanos (tampoco los idólatras, aunque lo creen, no proclaman abiertamente que los ídolos hacen milagros), sino que simplemente enseñan en las aulas y en sus libros, que gracias a que la naturaleza tuvo miles de millones de años de oportunidad para hacer sus ensayos, eventualmente, por pura casualidad, logró acertar, y formar, a partir de hidrógeno (según ellos formado originalmente, a partir de la nada), todos los millones de especies vivas (actuales y extintas) que hasta hoy conocemos. Pero cada vez más científicos con las más altas credenciales (incluyendo premios Nobel), gracias a los hallazgos y conocimientos que casi a diario se han estado agregando a partir del descubrimiento de la estructura del ADN (1953), se han estado convenciendo, como cualquier escolar de primaria, que es no menos que ridículo creer que una computadora, y cualquier ser vivo que es extraordinariamente más complicado que una computadora, pudo haber aparecido por obra y gracia de la casualidad, y no necesariamente, como el producto de un diseño y creación inteligente.

Creer que el palo, la piedra, y la materia inánime tienen poder para dar vida, es similar a la creencia que tiene el pagano de que su ídolo tiene poder para escucharle y concederle los deseos de su corazón. La fe que ellos profesan en sus ídolos, es similar a la que esos intelectuales universitarios, fanáticamente profesan hacia la evolución (sin hacer caso a la razón, ni a las evidencias científicas incontrovertibles que la genética, genómica y biología molecular constantemente aportan), como la fuerza creadora y transformadora capaz de cambiar la materia inánime en un ser vivo, y un organismo unicelular (como las bacterias o la amiba), tras billones de años, en el más sofisticado y complicado ser vivo conocido: el ser humano.

Así, literalmente, el estudio y análisis del ADN, los genes, las biomoléculas, y el polvo de la tierra, nos revela cada día con más elocuencia, que nada apareció por casualidad, sino que todo es obra del sabio, omnisciente, y omnipotente Dios de la Biblia. Dice la Biblia: En efecto, pregunta ahora a las bestias, y ellas te enseñarán; a las aves de los cielos, y ellas te lo mostrarán. Habla a la tierra, y ella te enseñará, y los peces del mar te lo declararán también. ¿Qué cosa de todas estas no entiende que la mano de Jehová, el Dios de la Biblia, la hizo? En su mano está el alma de todo viviente, y el hálito de todo el género humano. Ciertamente con Dios está la sabiduría y el poder, pues Suyo es el consejo y la inteligencia (Job 12:7-13).

La sabia exhortación divina sigue diciendo: Los cielos son los cielos de Dios, y Él ha dado la Tierra a los hijos de los hombres, para que la habiten y gobiernen. ¡Alaben a Dios y canten salmos a su nombre! Porque Él es grande. Todo lo que Dios quiere hacer, en los cielos, en la tierra, en los mares y en todos los abismos, Él lo hace. Y Él bendecirá a los que le respetan reverentemente, a ellos y a sus hijos (Sa 115:13-18).

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