Vida en Comunidad

vida en comunVIDA EN COMUNIDAD

(Parte 23)

Proseguimos con la publicación de su obra más conocida entre laicos, pastores y teólogos, VIDA EN COMUNIDAD. Consta de cinco capítulos. Estamos compartiendo parte del cuarto cinco, Confesión y Santa Cena, donde los dos primeros subcapítulos son, El prójimo, medio de gracia y La confesión.

  1. Confesión y Santa Cena

El prójimo, medio de la gracia.

«Confesaos mutuamente vuestros pecados» (Sant 5,16). Quedarse a solas con el propio mal es quedarse completamente solo. Y puede ser que, a pesar del culto en común, la oración en común y la comunión en el servicio, haya cristianos que permanezcan solos, sin llegar a formar realmente comunidad. ¿Por qué? Porque si bien están dispuestos a formar parte de una comunidad de creyentes, de gente piadosa, no 10 están para formar una comunidad de impíos y pecadores. La comunidad piadosa, en efecto, no permite a nadie ser pecador. Por esta razón cada uno se ve obligado a ocultar su pecado a sí mismo y a la comunidad. No nos está permitido ser pecadores, y muchos cristianos se horrorizarían si de pronto descubriesen entre eIlos un auténtico pecador.

Por eso optamos por quedarnos solos con nuestro pecado, a costa de vivir en mentira e hipocresía; porque, aunque nos cueste reconocerlo, somos efectivamente pecadores. Sin embargo, he aquí que la gracia del evangelio -aunque sea difícil de comprender por el piadoso- nos coloca ante la verdad y nos dice: tú eres un pecador, un pecador incurable, sin embargo, tal como eres, puedes llegar a Dios que te ama. Te quiere tal como eres, sin necesidad de que hagas nada o des nada, te quiere a ti personalmente, sólo a ti. «Dame, hijo mío, tu corazón»

(Prov 23, 26). Dios ha venido hasta ti, pecador, para salvarte.

¡Alégrate! Afirmando en ti la verdad, este mensaje te libera. Ante Dios no puedes ocultarte. Ante él no sirve de nada la máscara que llevas delante de los hombres. Él quiere verte tal como eres para salvarte. Ya no tienes necesidad de mentirte a ti mismo ni a los otros como si estuvieses sin pecado. Y da gracias a Dios de que te sea permitido ser pecador, porque Dios, aunque aborrece el pecado, ama al pecador.

Jesucristo se hizo nuestro hermano en la carne para que nos uniésemos a él por la fe. En él llegó el amor de Dios al pecador. Ante él los hombres han podido manifestarse pecadores y así es como han podido recibir ayuda. Cristo ha hecho derribar todas las apariencias. El evangelio de Jesucristo ha puesto así de manifiesto la miseria del pecador y la misericordia de Dios. De esta verdad debería vivir en adelante su Iglesia. Por ello el Señor concedió a los suyos el poder de confesar y perdonar los pecados en su nombre. «A quienes perdonéis los pecados, les serán perdonados; a quienes se los retengáis, les serán retenidos» (Jn 20, 23).

Por esta promesa Cristo nos ha dado la comunidad, y con ella al hermano, como un medio de gracia. El hermano ocupa desde entonces el lugar de Cristo. Ya no necesito, por tanto, fingir ante él. Puedo ser ante él el pecador que efectivamente soy porque aquí reinan la verdad de Jesucristo y su misericordia. Cristo se hizo nuestro hermano para socorremos, y desde entonces, a través de él, nuestro hermano se convierte para nosotros en Cristo, con toda la autoridad de su encargo. El hermano está ante nosotros como signo de la verdad y de la gracia de Dios. Nos es dado como ayuda. Escucha nuestra confesión en lugar de Cristo y guarda, como Dios mismo, el secreto de nuestra confesión. Por eso cuando me dirijo a mi hermano para confesarme, me dirijo al mismo Dios.

La invitación a confesarse con el hermano y a recibir el perdón fraternal en el seno de la comunidad cristiana es una invitación a aceptar la gracia de Dios en la Iglesia.

La confesión.

La confesión hace posible el acceso a la comunidad. El pecado quiere estar a solas con el hombre. Lo separa de la comunidad. Cuanto más solo está el hombre, tanto más destructor es el poder que el pecado ejerce sobre él; tanto más asfixiantes sus redes, tanto más desesperada la soledad. El pecado quiere pasar desapercibido; rehúye la luz. Se encuentra a gusto en la penumbra de las cosas secretas, donde envenena todo el ser. En este sentido, una comunidad simplemente piadosa está lejos de ser invulnerable. En la confesión, en cambio, la luz del evangelio irrumpe en las tinieblas y en el hermetismo del corazón. El pecado es puesto a la luz. Lo callado es revelado, confesado. Todo lo oculto es puesto a la luz del día. La lucha es dura hasta que el pecado sube a la superficie. «Pero Dios quebranta puertas de bronce y cerrojos de hierro» (Sal 107, 16).

Se puede decir que en la confesión el pecado pierde definitivamente todo resto de autojustificación. El pecador se libera, abandona todo lo que hay en él de ma10, abre su corazón a Dios y encuentra el perdón de todos sus pecados en la comunión con Jesucristo y con el hermano que le escucha. Una vez revelado y confesado, el pecado ha perdido todo su poder. Ha sido reconocido y juzgado. Ya no puede quebrantar más la comunidad.

En adelante es la comunidad quien sobrelleva el pecado del hermano perdonado. Este ya no está solo con su pecado pues se ha «rendido» y entregado a Dios en la confesión. Le ha sido quitado su pecado, y en adelante forma parte de la comunidad de pecadores que viven de la gracia de Dios bajo la cruz de Jesucristo.

Ahora le está permitido ser pecador y, sin embargo, gozar de la gracia divina, confesar sus pecados y encontrar así una posibilidad de comunidad. Permaneciendo oculto el pecado le separaba de la comunidad; confesado, le ayuda a encontrar la verdadera comunión fraterna

en Jesucristo. Todo lo dicho aquí se refiere únicamente a la confesión personal entre dos creyentes. Para reencontrar la comunión con toda la comunidad no es necesario confesar los pecados ante todos los componentes de ésta, ya que es la comunidad entera la que encuentro en la persona del hermano ante quien me confieso y por quien soy perdonado. En comunión con él, disfruto ya de la comunión con toda la comunidad, con toda la Iglesia. Porque, al escucharme, el hermano no actúa en su propio nombre ni por su autoridad personal, sino por encargo de Jesucristo, válido para el conjunto de la comunidad, y que no ejerce sino en virtud de una vocación.

Cuando un creyente se integra en la comunidad creada por la confesión fraterna, no conocerá más la maldición del aislamiento.

Dietrich Bonhoeffer