El Espíritu del Anticristo

el-espiritu-anticristoEL ESPIRITU DEL ANTICRISTO

“Porque vendrá tiempo cuando no sufrirán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oír, se amontonarán maestros conforme a sus propias concupiscencias,  y apartarán de la verdad el oído y se volverán a las fábulas”, 2ª Timoteo 3:3,4.

La tradición profética de las sagradas escrituras nos presenta amonestaciones contra líderes malignos. Estos malignos siempre manifiestan los mismos atributos: la arrogancia, la mentira, la idolatría, la violencia, la blasfemia, la codicia, el abuso, la falta de respeto, la opresión, el poder mundano, la popularidad.  Jesús mismo lo dice, “¡Ay de vosotros, cuando todos los hombres hablen bien de vosotros! porque así hacían sus padres con los falsos profetas” (Lucas 6:26).

El Nuevo Testamento nos ofrece un título para esta clase de líder: anticristo.  Un anticristo es un líder que carece de todo fruto espiritual y toda virtud. No es igual a Cristo sino un vacío espiritual, un abismo, y últimamente, un fracaso y un desastre. Cuando Satanás tentó a Cristo, fue para intentar convertirle en un anticristo.

A pesar de estas evidencias, una vez tras otra, líderes malignos suelen contar con el apoyo de bastantes personas religiosas.  En nuestros tiempos, un anticristo puede insultar a los humildes, los inmigrantes y los refugiados, y habrá una muchedumbre para aplaudirle.  Se puede jactar por haber abusado de mujeres, y el pueblo le jurará lealtad.  Puede provocar el prejuicio y violencia, y la gente lo declarará un salvador.

El engaño siempre va mano a mano con el espíritu del anticristo. Promete devolver grandeza a la nación, pero la hecha a perder. Promete prosperar al pueblo, pero lo roba. Como cualquier cáncer, este espíritu maligno desaparece por un tiempo solamente para surgir después mutante y más virulento.

Esta pesadilla se ha vuelto la realidad para muchas iglesias evangélicas en los Estados Unidos.  Atemorizados por los cambios económicos y demográficos del país, han abrazado al espíritu del anticristo.  En lugar de levantar su cruz, quieren detener y deportar a los más vulnerables (los que no llevan “el número” de una visa).  En lugar de ofrecer hospitalidad, quieren construir un muro. En lugar de dejar todo para seguir a Cristo, quieren enriquecerse. En lugar de sanar a los enfermos, quieren quitar el seguro de salud. En lugar de educar a los niños, quieren cerrar escuelas. En lugar de liberar a los cautivos, quieren negar derechos civiles y humanos, construyendo cárceles privadas con fines de lucro. En lugar de predicar el evangelio a los pobres, siembran propaganda odiosa contra ellos.  

Rechazan la razón. Dudan todo lo científico. Sospechan de los medios de comunicación. Dicen que son patriotas, pero en realidad su afán es por el racismo y el fanatismo.  

El anticristo ha estado por todos los siglos. Lo encontramos en nuestra situación. No es un hombre. Es un espíritu maligno y mentiroso dentro de muchos que corrompe la iglesia con herejías e hipocresías. Nos urge predicar la sana doctrina.

El Reino de Dios.   El Reino de Dios no es un estado militar con una preferencia étnica religiosa.  Es una visión de la redención de la creación y la reconciliación de los pueblos humanos delante de su creador. En Cristo, este Reino se acerca. El Reino de Dios es soberano sobre todos los estados y sus estatutos y nos hace ver cuando las leyes de los hombres no son justas.

El colonialismo intenta suplantar la visión escatológica del Reino de Dios con un imperio dominado por un grupo étnico. En los Estados Unidos, la conquista colonial se ha llamado El Destino Manifiesto, una doctrina que se ha usado para justificar la aniquilación de los pueblos indígenas y la invasión a otros países. 

El Evangelio. Somos evangélicos porque vivimos en las buenas nuevas de Jesucristo. Cristo dijo que vino para predicar buenas nuevas a los pobres. Juan 3:16 nos enseña que Dios envió a Cristo por su amor al mundo.  Somos mensajeros de buenas nuevas, no de confusión, mentiras y difamación. Las noticias falsas, los hechos alternativos, la propaganda ideológica, el prejuicio y la paranoia no tienen lugar en nuestros púlpitos. 

La Justicia. La justicia es el reconocimiento que Dios ama a todos por igual aun en su diversidad y nos llama a conducta respetuosa, recta, y santa.  La justicia nos llama vivir en integridad, el acuerdo de nuestra moralidad y conducta, no en una hipocresía religiosa y nacionalista.

La justicia no es la obediencia ciega a la voluntad de una mayoría. Tampoco es buscar conformidad por medio de la coerción. El maltrato de los vulnerables, los que pertenecen a menorías, los pobres, las mujeres, los discapacitados, los niños, los inmigrantes, los refugiados, es injusto, aun cuando está sancionado por el estado.

 La Gracia.  Somos un pueblo perdonado. Hemos recibido misericordia. Se nos ha perdonado mucho, y Dios quiere que perdonemos a otros. Nuestra respuesta a la gracia de Dios debe ser la gratitud, no el orgullo narcisista. No podemos recibir de Dios la amnistía mientras negamos concederla a otros.

La Solidaridad.  La Cruz de Cristo nos presente el ejemplo perfecto del amor divino, una expresión de solidaridad con todos los que sufren. Cristo expresa su solidaridad cuando dice, “De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis.” El amor de Dios es para todos, incluso para nuestros enemigos, y Cristo nos llama a seguirle en una vida de sacrificio, humildad, misericordia, y solidaridad.  

La teología de la prosperidad no es más que la mentira pagana del karma, la idea que los ricos y los pobres merecen su estado desigual por el favor o el juicio de Dios. La teología de la prosperidad justifica la idolatría y la inequidad de nuestra sociedad.

La Responsabilidad.  Dios nos ha dado libertad, percepción, razón, agencia y buenos valores.  Por eso, somos seres responsables. Somos hechos a la imagen y semejanza de Dios, y por eso somos también vivos, libres, y responsables. Tenemos vocación y Dios espera nuestra respuesta.

La teología de las dispensaciones cambia al Dios vivo y soberano por una adivinación de lo que es el porvenir.  La salvación se reduce a un momento de oración sin ninguna implicación para el discipulado, y nuestra responsabilidad se convierte en creer, orar, y esperar el rapto. En estas teorías, todo ya está ordenado. No habrá cambios. No hay libertad. Si hay pecado, es porque Dios quiso. Si se levanta un anticristo, es porque Dios quiso. Si el mundo se acaba, es por el plan.

La Realidad.  Dios nos llama a ser sal y luz, agentes de influencia e iluminación en el mundo.  Tenemos que buscar, investigar, y encontrar la verdad en la palabra de Dios tanto como en las ciencias naturales.

El cristianismo no es un esoterismo que abandona la realidad.  La paranoia no tiene lugar en la vida cristiana. No debemos temer el descubrimiento porque es una ventana hacia la obra creativa de Dios.

La Mayordomía. Nuestras vidas son una dádiva de Dios. Somos sus criaturas juntamente con los animales. Dios nos ha dado el papel de cultivar, cuidar, y preservar el orden de la creación. Somos mayordomos de la doctrina cristiana, de nuestros púlpitos, y de nuestras congregaciones, de la naturaleza, de nuestras familias y nuestras comunidades.

La tierra no es plana. Los recursos naturales no son infinitos. Todos los elementos tienen volumen finito, el aire, el agua, la tierra. La contaminación, explotación, y maltrato de la creación son pecados contra su creador. Cuando una especie de animales desaparece, es extinguida para siempre. En medio de toda esta confusión y fracaso, la voz de Dios nos dice, “no temáis, Cristo es Señor.” Las tinieblas no tienen poder sobre la luz. La verdad prevalecerá.

Que Dios nos fortalezca con el valor de ser fieles y firmes en la verdad de nuestro Señor Jesucristo con inspiración de su Espíritu Santo aun cuando una legión engañada decide saltar por un precipicio.

  • John P. Feagins

john-p-feagins